Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 11. ESA ES RAZÓN MÁS QUE SUFICIENTE PARA MÍ #2
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11. ESA ES RAZÓN MÁS QUE SUFICIENTE PARA MÍ #2

Después de que se marchara, Landon despidió a los dos soldados para que repusieran fuerzas. En esta ocasión, Hereward permaneció con ellos. Ya que había ido a buscar a León y a la muchacha, no había razón para mantenerlo al margen.

―Bien ―comenzó el sacerdote―, ¿para qué me habéis hecho llamar si estáis completamente recuperado?

―¿Dónde está Alana? ―lo cortó Alistair, ansioso por verla de nuevo y decepcionado porque no los hubiese acompañado.

―Príncipe, está en su hogar, descansando. Ha acabado agotada por el esfuerzo. Lo que no comprendo es por qué, después de haberos salvado la vida, él ha amenazado con encarcelar a su familia si salían del pueblo.

―¡Hereward! ―lo reprendió Alistair―. ¿Qué es lo que le habéis dicho a ella?

―A ella no, mi príncipe, a su padre. Lo he creído necesario, puesto que me ha dado la sensación de que me estaban mintiendo .

El capitán le resumió en pocas palabras lo ocurrido en la casa de la joven.

Landon sonrió y bajó la mirada. Ese gesto le hizo comprender al heredero que las sospechas del soldado no eran infundadas.

La chica era libre de ir donde quisiera, pero antes de partir a Richborough para desposarse con aquella desconocida quería verla una última vez.

―Padre ¿León? ―preguntó para asegurarse. El sacerdote afirmó con la cabeza―. Mi intención solo es agradecer a mi salvadora que pueda estar aquí, que estoy vivo.

―Pero ella ya ha oído esas palabras de vuestros labios, por lo que lo veo innecesario.

―No lo entendéis, ¿verdad? El don que posee Alana es digno de ser compartido con mi padre ―añadió el heredero con suavidad.

En realidad, las palabras de Alistair escondían unas intenciones que distaban mucho de llevarla ante el rey.

Se había quedado prendado de su rostro, de la dulzura de sus palabras, del tacto de su piel.

No podía irse de ese pueblo sin verla esa última vez, y no estaba dispuesto a marcharse con las manos vacías.

―Su don no es infinito ―dijo el párroco con determinación.

―¿Qué queréis decir?

―Cada curación la debilita. Lo que hizo por vos no sé cuánto la mantendrá en cama. Jamás había salvado la vida de nadie.

―¿Por qué puede hacer…?

―No lo sé. Nadie lo sabe. Su don se reveló sin más, así que igual que vino puede desaparecer.

―Lo decís con mucha rotundidad, y eso no podéis saberlo con certeza.

―Claro que no, pero lo que sí sé es que su vitalidad merma cuando ayuda a los demás. Ella es pura bondad, por lo que sería capaz de dar su propia vida con tal de salvar a otro.

―Eso no lo permitiré ―dijo Alistair muy serio. Se incorporó hasta sentarse. Landon le colocó las almohadas para que estuviera más cómodo.

―Entonces debéis entender que ella no puede abarcar más, como quien dice, de estas cuatro paredes, de este pueblo.

―¿Ha estado alguna vez al borde de…?

―¿La muerte? ―acabó el sacerdote la frase.

El príncipe asintió preocupado. Lo último que quería era ponerla en peligro, por lo que su secreto debía mantenerse a buen recaudo. Si alguien más descubría lo que Alana podía hacer, la raptarían para salvar a quien fuera sin tener en cuenta las consecuencias.

―¿Vos qué creéis? ―agregó León con el semblante tranquilo, todo lo contrario a cómo se sentía.

―Esta ha sido su peor vez, ¿me equivoco?

―No, príncipe. Esta ha sido la «vez» que más cerca ha estado de dejarnos. Recordad que os ha arrancado de las mismas garras de la muerte. Algo que le ha salido muy caro, puesto que ahora yace inconsciente en su lecho.

―No lo entiendo, se marchó de aquí y estaba bien.

―Los efectos no son inmediatos.

El párroco se sintió mal al mentir de forma descarada, pero no tenía más remedio que hacerlo o Alana estaría en peligro. Debía hacerle ver al príncipe que acercarse a ella significaba exponerla al mundo, y este la despedazaría sin importarle si sobrevivía después.

―Está bien ―aceptó el heredero. El párroco respiró aliviado solo un breve instante―, pero quiero verla una vez más. En cuanto se recupere, iré a su casa.

―Pero, príncipe…

―Es mi decisión y acataréis mis deseos. Quiero hablar con ella antes de retomar mi camino, eso es todo.

―No creo que debáis acercaros a Alana. Vuestra milagrosa recuperación puede levantar sospechas. Más aún si la visitáis en su propio hogar. Vos, el príncipe de Inglaterra.

―Pero contamos con una ventaja. ―El sacerdote frunció el entrecejo―. Aquí no me conoce nadie, padre. Me vestiré con ropas más acordes a las gentes de este pueblo e iré a verla en cuanto se recupere.

―No…

―El príncipe ha hablado ―dijo Landon mirándolo con cara de pocos amigos.

Alistair asintió. Una cosa era salvarle la vida, algo que sin duda agradecía, y otra era permitirle que cuestionara su voluntad. Tan solo el rey tenía la potestad de ordenarle qué hacer, y un mísero sacerdote no iba a interponerse en sus deseos.

―De acuerdo. Cuando se sienta mejor, os lo haré saber ―agregó León, temiendo lo que aquel encuentro podría implicar en la vida de su protegida .

―Gracias, padre.

Tras cerrar la puerta, el cura regresó a la parroquia.

No podía arriesgarse a que uno de los soldados lo siguiera.

Al alba iría a visitar a Alana. A su pupila no le quedaba más remedio que ver al príncipe y dejarle claro que no estaba interesada en él en ningún sentido.

La cuestión era si ella estaría dispuesta a rechazarlo.

Bêwestan avanzó todo lo deprisa que sus piernas le permitieron.

Quería poner la mayor distancia posible entre el sacerdote y ella.

Conforme avanzaba, sentía cómo iba recuperándose.

Volvía a tener toda su fuerza y velocidad.

No entendía por qué aquel hombre había conseguido desestabilizarla de aquel modo, aunque recordó que, tiempo atrás, cuando acababan de convertirla en lo que ahora era, cualquier referencia al Dios de los cristianos la afectaba profundamente.

A todos los neófitos les ocurría lo mismo, pero con el tiempo el efecto se iba diluyendo.

La fe no era inquebrantable, sino que cambiaba como el viento en cuanto sucedía alguna desgracia.

Algo que a su raza le beneficiaba porque lograban obtener lo que deseaban gracias a esa debilidad.

Su capacidad para robar la voluntad de los humanos era una ventaja de la que jamás se cansaba, aunque, en aquella alcoba, la creencia de un solo mortal había eclipsado toda oportunidad de someter a los hombres del rey.

La noche se cernió sobre la vampira. No temía los peligros que conllevaba ir sola por el camino hacia el castillo, puesto que ella era la misma muerte.

Si algún grupo quisiera detenerla, no se lo pondría nada fácil.

Cuando aún era humana, los que la conocían decían que era tenaz, perseverante.

Siempre era la más rápida, nunca dejaba nada a medias y no se detenía hasta acabar lo que había empezado.

En honor a esas cualidades, nada más convertirla, Helmet la nombró de ese modo en su lengua: Bêwestan, la Incansable.

Dejó esos pensamientos atrás en cuanto vio a lo lejos las antorchas del campamento que estaban montando los suyos alrededor del castillo. No se había detenido ni un instante, aun así, no sentía cansancio alguno.

Bajó el ritmo al llegar a la zona de las primeras tiendas.

Tras ser reconocida, la dejaron pasar. Caminó por el patio de armas hasta las enormes puertas de madera que protegían la entrada.

Saludó con un gesto de cabeza casi imperceptible a los que estaban guardia con junto a los soldados.

No sabía qué ocurría, tan solo notaba el ambiente distinto al que había dejado antes de irse.

Lo sentía pesado, enrarecido. Supuso que el miedo general de las gentes del pueblo al verse rodeadas por extraños tenía mucho que ver.

Dada lo avanzada que estaba la noche, supuso que quizás ya todos estarían en sus aposentos.

De repente, varios sirvientes pasaron rápido ante ella llevando bandejas repletas de venado, frutas y queso.

Otros tantos portaban jarras de lo que supuso era vino.

Prestó más atención. De pronto, le llegó un murmullo amortiguado del lado donde se encontraba el salón del trono.

Entendió que la cena se había alargado más de la cuenta, así que dibujó una mueca de indiferencia y se dirigió hacia allí.

Quería informar a Helmet cuanto antes de la milagrosa recuperación del príncipe y retirarse a descansar.

Lo ocurrido con aquel párroco la había dejado con un regusto amargo en la boca, así que solo le apetecía beber de algún sirviente que encontrara de camino a su alcoba y dormir hasta el día siguiente.

Todos sus planes se fueron al traste al entrar en el gran salón.

La representación que se estaba desarrollando era bastante cercana a las antiguas orgías con las que solían divertirse los de la casa Ursu.

Aquello lo hubiera esperado de Abbadon y de sus secuaces, pero no de Helmet, con lo que comenzó a darle vueltas a qué habría ocurrido para que hubieran llegado a ese punto.

En el centro, media docena de mujeres y hombres danzaban semidesnudos al son de los laúdes.

No había rastro de los miembros del consejo, solo estaba el rey sentado en su trono con una expresión que no dejaba duda de su repulsa hacia todo aquello.

Helmet se alimentaba de una chica menuda mientras Xwînxwar daba buena cuenta de un bailarín fornido que parecía disfrutar de lo que le estaba haciendo.

Qiloçker se encontraba sentado cómodamente en uno de los bancos jugueteando con una copa vacía, mirando los movimientos de una mujer con demasiadas curvas para su gusto; y Wêranker sonreía por algo que le había comentado el humano al que estaba mordiendo.