Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 11. ESA ES RAZÓN MÁS QUE SUFICIENTE PARA MÍ
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11. ESA ES RAZÓN MÁS QUE SUFICIENTE PARA MÍ

B êwestan corrió como el viento para llegar al pueblo.

Miró alrededor con detenimiento. No encontró por ninguna parte a los dos soldados que se habían salvado, por lo que pensó que ambos habían castigado a los caballos con verdadera saña para escapar del peligro que aún podía acechar en el bosque.

Al ver la posada, supuso que quizás estuvieran allí con el príncipe, aunque antes debía asegurarse.

Mientras se adentraba por la húmeda calle principal, los aldeanos murmuraban a su espalda.

Unos parecía que habían reconocido qué era, otros se maravillaban de sus preciosas facciones.

Por doquier encontraba a alguien que la estaba juzgando por algún motivo, pero todos coincidían en que era temible y que debían andar con cuidado.

Se fijó en un grupo de cinco hombres y sonrió. Antes de que pudieran dispersarse, se acercó hasta ellos en un suspiro. Eligió a uno y le susurró unas palabras que los demás fueron incapaces de oír, pese a estar a pocos pasos.

―Estoy buscando a los soldados que han llegado hace poco con un herido ―dijo sin más. El resto se quedó inmóvil ante lo que la habían visto hacer―. ¿Dónde están?

―En la posada ―respondió el dominado.

Aprovechando la confusión de los cuatro al ver a su amigo hablar como si no tuviera alma, ella volvió a susurrar algo a toda velocidad.

Se sorprendió de haber podido someter la voluntad de los cinco, que la olvidaron en cuanto desapareció de su campo de visión, pero no se detuvo a pensar en cómo lo había logrado.

Tal vez la simpleza de sus almas había tenido mucho que ver.

Caminó a buen paso hacia donde le había indicado el que parecía un herrero.

Se lamentó de no poder subyugar a todo el pueblo; por lo que optó por parecer un poco más humana, aunque su impresionante tez nívea, libre de cualquier imperfección, era imposible de ocultar.

Además, sus ropas la delataban, ya que los que pertenecían al ejército de la casa Drăgoi vestían del mismo modo.

Chaqueta negra con el emblema de las tres serpientes negras sobre fondo rojo, todo bordado con esmero.

Pantalones ajustados de cuero oscuro, que resaltaban sus piernas delgadas pero atléticas, bien formadas, y botas altas a la altura de la rodilla.

En el cinto, varias dagas. Una de ellas de acero dojehî.

Nada más entrar en la posada, todas las miradas recayeron sobre la vampira por motivos evidentes. Los hombres, impactados por su belleza. Las mujeres, celosas de su perfección imposible de superar.

Buscó al posadero con la mirada y se dirigió hacia él.

―Buenas tardes, necesito reunirme con los soldados que acaban de llegar ―dijo con suavidad, tratando de ser amable. Estaba rodeada de demasiadas almas inocentes con las que podría haberse dado un festín, pero su misión era otra―. Las buenas gentes de este pueblo me han confirmado que están aquí.

El hombre la miró de arriba abajo, levantó el mentón y apoyó ambas manos sobre el mostrador.

―No puedo darle esa inform…

Bêwestan colocó la mano derecha encima de una de las de él y susurró algo que nadie más oyó.

―Sígame, por favor ―respondió el posadero sin voluntad.

Ella asintió y lo acompañó escaleras arriba. Una vez se detuvo delante de una puerta, le dijo algo que provocó que el hombre volviera a lo que fuera que estaba haciendo. En cuanto lo perdió de vista, llamó un par de veces y abrió sin esperar respuesta.

En la pequeña alcoba, se encontraba el príncipe acompañado de Youngblood y los dos soldados que habían resistido hasta el último embate.

Los cuatro se sorprendieron al verla entrar .

―¡Habéis sobrevivido! ―dijo Alistair con alivio.

―Es una forma de verlo, príncipe ―respondió ella, dibujando media sonrisa en su precioso rostro.

―¿Todos sois…? ―Landon dejó la pregunta en el aire.

―Eso es algo de lo que no deberíais preocuparos. He venido solo para saber cómo os encontrabais ―dijo mirando al heredero―, pero veo que mis ojos me han engañado antes.

―¿Por qué decís eso? ―preguntó él mientras se cerraba como podía la chaqueta, que estaba hecha jirones―. No tenéis de qué preocuparos. Estoy perfectamente.

A la vampira no le pasó por alto que el humano solo mostraba algunas manchas de sangre seca el pecho y en las ropas; sin embargo, su carne no estaba desgarrada, ni siquiera mostraba una simple costra o cicatriz. Algo impensable dado lo que había visto.

―El golpe que os han asestado tendría que haber acabado con vuestra vida, príncipe ―soltó sin medir lo que sus palabras implicaban―.

De hecho, deberíais haberos desangrado. Conocía desde hace mucho al que se encaramó a vuestra montura.

Puedo aseguraros que, hasta ahora, ningún hombre había conseguido sobrevivir a su mortífero ataque.

―Os equivocáis ―intervino Landon antes de que Alistair inventara alguna mentira difícil de creer―. Os aseguro que las garras de ese ser solo le atravesaron el peto. Debió de recibir un golpe en la cabeza y por ese motivo quedó inconsciente. Nada más.

―¿Nada más, soldado?

En el instante en el que iba a hipnotizarlos a todos, ya que no creía ni una sola palabra, llamaron a la puerta. Esta se abrió y entró el capitán Hereward acompañado del padre León, que había decidido no disimular la expresión de disgusto que llevaba.

―¿Veis? ―añadió Landon―. Hemos llamado al galeno del pueblo, que resulta ser el sacerdote de la parroquia. Si no os importa retiraros, en cuanto compruebe que el golpe de la cabeza del príncipe no es nada, nos iremos a dormir. Hemos de partir por la mañana.

Ella se giró para saber de quién estaba hablando.

Un halo de energía como jamás había sentido hasta ese momento la alcanzó.

Aquella sensación extraña la desconcertó por completo.

De pronto, sopesó intentar apoderarse de la voluntad de todos.

De hecho, trató de moverse, pero le fue imposible.

Aquella parálisis momentánea la dejó debilitada en todos los sentidos.

Al apartar la mirada del párroco, comenzó a volver a ser ella misma.

Sentir debilidad la indignó. Esa extraña sensación de impotencia era algo nuevo para ella.

Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que tal vez fuese la fe de aquel que la miraba como si pudiera leer su alma la que impedía que pudiera actuar.

Sin amilanarse, decidió responder ante su escrutinio observándolo con descaro, aunque acabó maldiciendo por lo bajo por haber cometido aquel error.

La luz que desprendía el insignificante sacerdote la estaba cegando hasta tal punto que apenas podía pensar.

Pese a que quería averiguar cómo se había salvado el príncipe, no tuvo más remedio que aceptar la petición de Youngblood.

Pospondría el interrogatorio para otro momento más propicio en el que no se viera socavada por un verdadero creyente en la palabra de Dios.

―Está bien ―acabó diciendo Bêwestan―. Regresaré al castillo para confirmarle a vuestro padre que os encontráis sano y salvo. Por otro lado, ¿cuándo pensáis retomar el camino hacia Richborough?

―¿Cómo sabéis…? ―dijo Landon muy sorprendido. Aquella información no debía conocerla nada más que el séquito del príncipe.

Ella se lo quedó mirando mientras decidía qué responderle.

―Creo que será mejor que os quedéis en el pueblo unos días más ―agregó, ignorando su pregunta―. No es seguro que partáis mañana dado que solo sois cinco hombres. Si os vuelven a atacar y no estamos nosotros para defenderos, moriréis todos con total seguridad.

Youngblood se volvió hacia el príncipe, quien asintió abiertamente. Hereward no dijo nada porque estaba de acuerdo con la mujer que los había defendido de aquellos seres infernales.

―Está bien…

―Bêwestan ―les recordó su nombre.

― Lady Bêwestan ―dijo Alistair―, os agradezco de corazón lo que vos y los vuestros habéis hecho hoy por nosotros.

Permaneceremos aquí hasta que vengan nuestros hombres.

Trasládale mis palabras al resto de los tuyos.

Hablaré con mi padre en cuanto regresemos para que sepa con certeza que vuestra lealtad está con el rey de Inglaterra.

Ella sonrió ante la declaración del humano. Él entendió aquel gesto como la aceptación de un cumplido; pero, en realidad, estaba a punto de echarse a reír por la sarta de estupideces que acababa de escuchar de boca de un ser que consideraba un mero fardo de alimento .

El padre León fijó su mirada en la espalda de la vampira.

Había reconocido al instante qué era, pero no lograba entender por qué el hijo del rey tenía tratos con ella.

El sacerdote pensó que aquella alianza era un error, por lo que no estaba dispuesto a quedarse cerca de esa aberración ni un instante más.

―Príncipe Alistair ―interrumpió el párroco sin importarle si era o no lo adecuado―, me habéis hecho llamar y creo que debería veros la herida cuanto antes.

Aquel tono limpio, sin rastro de maldad, logró remover algo en el interior de Bêwestan.

Ella se volvió hacia él con la intención de callarlo, pero acabó entrecerrando los ojos y frunciendo los labios.

León la miró mientras elevaba el mentón.

Acto seguido, metió la mano entre sus ropas y sacó de ellas una pequeña cruz simple tallada en madera.

La «No Muerta» dio un paso atrás y apartó la mirada con ira.

―He de irme ―añadió a toda prisa―. No sé si nos volveremos a ver, pero cuidad del príncipe ―se dirigió a Landon con brusquedad.

Tras un pequeño saludo, salió como alma que lleva el diablo de aquel aposento para librarse de la protección con la que aquel párroco parecía contar.

Jamás había sentido nada parecido con otro seguidor de Cristo.

Supuso que allí, en mitad de aquellas malditas tierras, no había otra cosa mejor que hacer que creer en algo para conseguir la salvación.

Una salvación de la que ella hacía mucho tiempo estaba lejos de alcanzar.