Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 10. DEBEMOS REGRESAR #3
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10. DEBEMOS REGRESAR #3

―Ya veo ―dijo León con el gesto torcido―. Está bien. Yo os puedo acompañar ahora, pero ella necesitará descansar hasta mañana. Está demasiado débil como para caminar.

―Esas no son mis órdenes.

―Entonces, ¿qué haréis? ¿Obligarla a ir con vos cuando no se mantiene en pie por haber salvado al «futuro rey»? ―añadió, enfrentándose al soldado―. ¿Es que vais a atreveros a tocarla después de lo que ha hecho?

El capitán entrecerró los ojos un instante mientras asimilaba las palabras del párroco.

En cierto modo, tenía razón. No conocía las verdaderas intenciones de Alistair con respecto a la joven, aunque tampoco era cuestión de precipitarse y ponerla en peligro.

Sin duda, ella era muy valiosa. Tras curar las terribles heridas que le había infligido aquel vampiro, se había marchado a toda prisa.

Él la había visto solo un momento antes de abandonar la alcoba en la posada.

Poco después, el sacerdote también se marchó.

No pudo determinar cuánto estuvo esperando hasta que volvió a entrar.

Ver el pecho inmaculado del príncipe, sin ni siquiera la sombra de una leve cicatriz, le impactó en lo más profundo de su ser.

Sin embargo, ninguno de los dos le aclaró qué era lo que había sucedido allí.

Alistair se ciñó a pedirle que lo trajera de vuelta para hablar con ambos, lo que en la mente del capitán se había convertido en una orden directa.

Ahora se encontraba en la casa de la chica que había llevado a cabo aquel milagro, porque de eso no cabía ninguna duda.

Su príncipe quería hablar con ella, pero quizás ese esfuerzo realmente la hubiera debilitado.

Puede que el párroco no mintiera después de todo, aunque no iba a dejar esa casa sin comprobarlo por sí mismo.

―De acuerdo, padre. Acepto vuestra palabra, pero he de verla antes de irnos.

―¡Os he dicho que está descansando! ―insistió León.

―O me mostráis a la doncella ahora mismo o tiro la puerta abajo y me la llevo a rastras, esté consciente o no.

El tono del soldado no dio opción a negarse. Fairfax iba a decir algo, pero, de pronto, la puerta se abrió. Leala salió con una expresión a medio camino entre indignación y preocupación .

―¿Se puede saber a qué viene tanto alboroto? ―dijo con un tono tranquilo, pero con el corazón bombeándole fuerte en el pecho.

―He de ver a vuestra hija ―soltó Hereward a punto de sacar la espada, ya que estaba empezando a perder la paciencia.

―Está dormida, o al menos lo está intentando.

―Dejadme verla.

―En silencio.

―Apartad de una vez.

El capitán entró en la alcoba. Al verla tumbada bajo una manta, se abstuvo de decir nada más. La chica no tenía buen aspecto. Mostraba un rostro níveo y la frente perlada de sudor.

―¿Se encuentra bien? ―preguntó en voz baja.

―No. Ha hecho un sobresfuerzo y no sé cuándo despertará ―aclaró Leala, pidiéndole con la mirada que saliera de allí.

Hereward asintió. No quería ponerla en peligro bajo ningún concepto. Menos aún, cuando el príncipe quería hablar con ella.

―Está bien. Volveré mañana.

―Os lo agradezco ―respondió la mujer con un tono de voz que hizo al soldado retroceder otro paso.

―Padre, vámonos.

―Enseguida. Bueno, hijo ―añadió León mirando a Fairfax―, retomando lo que iba a decirte antes de que llamaran a la puerta, espero que sigas mis consejos y vayas a ver a tu hermana.

El padre de Alana sonrió para tratar de disimular y asintió para darle a entender que sabía lo que debían hacer.

―Tenéis toda la razón ―dijo lo más tranquilo que pudo―. Dejaré nuestras rencillas a un lado y partiré esta misma noche. No quiero llegar demasiado tarde y perder la oportunidad de despedirme de ella.

―Harás bien, hijo.

Al pasar a su lado, el sacerdote le puso la mano en el hombro para insuflarle ánimos. El capitán lo siguió hacia la puerta, pero justo después de salir, se dio la vuelta.

―Un momento. Según me han dicho, vos sois Fairfax, el padre de la muchacha. ―Hizo el mismo gesto de ladear la cabeza y volver los ojos hacia la puerta, que ahora estaba abierta.

Él no dijo nada, solo contuvo la respiración.

―Capitán, ¿no deberíamos irnos ya? ―apremió León .

―Sí, pero antes quiero dejar algo claro.

―Miró a Fairfax con altanería―. Ni ellas ni tú iréis a ninguna parte.

Vuestra supuesta hermana puede esperar. ¿Queda claro?

El príncipe Alistair quiere hablar con ella.

―Giró la cabeza hacia la alcoba un instante―.

Por el bien de tu familia, presta atención: espero que vuestra hija esté aquí mañana.

Si no es así, os daremos caza e iréis todos a prisión.

―¿Y para qué quiere hablar…?

―Lo que quiera el heredero no os incumbe. Callad y obedeced o me la llevaré sin más.

Fairfax se mordió la lengua. Había oído hablar de la maldad de los soldados del rey, pero nunca había sido testigo de su rudeza.

―Todos estaremos aquí mañana ―acabó diciendo.

―Buena elección. ¿Padre?

Hereward salió a toda prisa. León se volvió un instante y negó con la cabeza. El padre de Alana no entendió aquel gesto, pero de lo que sí estaba seguro era de que no iba a arriesgar la vida de su familia por un dios que no dudaba en ponerlos en peligro.