10. DEBEMOS REGRESAR #2
―Pero yo no de él. ―Carraspeó―. Solo le he salvado la vida, igual que hubiera hecho con cualquiera que hubiese estado en su lugar.
―De eso no tengo duda, Alana, pero tus mejillas arreboladas te traicionan. Por el amor de… ¡Apenas lo has visto un instante!
Ella se llevó de forma instintiva las manos al rostro.
―Yo… ¡No es eso! Es solo que estoy cansada ―se defendió.
―No lo dudo, pero sigo pensando que debes marcharte del pueblo enseguida.
¿Crees que no he visto cómo te has dado la vuelta justo antes de salir de aquella alcoba?
Él no ha dejado de mirarte ni un solo momento y te ha sonreído antes de que cerraras la puerta.
Créeme, no se conformará únicamente con darte las gracias.
―Padre, os tengo en gran estima, pero esto no es de vuestra incumbencia ni, mucho menos, vuestra decisión.
Yo no voy a ir a ninguna parte. Hasta que me llegue el momento de desposarme, como es ley de vida, este es y será mi hogar.
No está es vuestras manos elegir ni cuándo ni cómo he de dejar a los míos.
―Cometes un error al no escucharme. Durante años, he acompañado a tu madre. La he ayudado en todo lo que he podido, y mi obligación es hacer lo mismo contigo.
―Os aseguro que, si en algún momento os necesito, seré yo misma quien acuda a vos. ¡Pero dejad de intentar manipularme u obligarme a hacer algo que no quiero!
―Alana, ¡no le hables así al padre León! ―la regañó Leala.
―Hija, ¡cuida tus palabras! ―la recriminó Fairfax también.
―Has nacido para proteger la vida de los hombres, no solo la del príncipe ―añadió el párroco muy serio―. Nada ni nadie ha de desviarte del camino, ni siquiera la promesa de un supuesto amor a primera vista.
Ella se quedó mirando a los tres mientras pensaba que apenas habían pasado un par de días desde que se había visto envuelta en un destino que era impensable para una muchacha de su condición.
Ahora su deber era salvar al mundo, a todos en realidad. Esa era su cruz y, quisiera o no, no podía escapar de ella .
―No ―dijo Alana sin más.
―¿No? ―preguntó León.
―Así es. No acepto vuestras palabras. No acepto vuestras órdenes. Tengo dieciséis años. Ya soy una mujer y… la Elegida. Dentro de mí hay más sabiduría y poder de lo que jamás seréis capaz de imaginar.
―Ala…
―No, madre ―la cortó, desesperada porque se pusieran en su lugar―.
Os aseguro que no es impertinencia, solo os pido comprensión.
Mi vida ha cambiado de la noche a la mañana y siento que soy incapaz de reconocerme.
No puedo volver atrás, y lo peor es que ni siquiera se me concedió la oportunidad de elegir.
Os pese a todos lo que os pese, tenéis que aceptar en quien me he convertido; pero os aseguro que no seré esclava de mi don.
―Hija mía, lo único que queremos es ayudarte ―dijo Leala, acariciándole la mejilla.
―Alana, créeme cuando te digo que mi última intención es herirte o hacer que te sientas desdichada ―intervino León―. Como ha dicho tu madre, solo quiero ayudarte y protegerte en lo que pueda, incluso con mi propia vida.
―¿Es que no os dais cuenta, padre? Nadie en esta sombría tierra puede protegerme porque esa responsabilidad recae en mí. ¡Soy yo la que ha de protegeros a todos!
―Sí, hija ―dijo el sacerdote cambiando su tono de voz―, aunque recuerda que, como todos nosotros, continúas siendo mortal. No eres inmune al acero, puedes morir como nuestro Señor lo hizo. Tu fuerza, velocidad, destreza, sabiduría… Todo eso hace de ti una mujer excepcional, pero no invencible.
―Lo sé, y es lo único que me queda. Lo único que me acerca un poco más a la que fui, pero, por desgracia, también me aleja de quien pretendía ser.
―Lana, hija mía, la sangre que corre por nuestras venas es una bendición. Aporta luz al destino de los hombres, y…
―No existe mayor honor.
―Exacto.
―Tal vez, madre; pero pesa.
―Al principio, sí. Pasado un tiempo, olvidarás a la Alana que fuiste y te convertirás en quien realmente eres .
―Me gustaba ser quien era. Al menos no tenía esta responsabilidad sobre mis hombros.
―Lo sé…
Unos golpes en la puerta los interrumpió. Wade no podía ser, él nunca llamaría antes de entrar.
―Escondedla ―instó el padre León.
Leala se la llevó a su alcoba y cerró despacio. Se llevó la mano a los labios para indicarle que no hiciera ruido. Las dos se miraron con temor porque aquella insistencia no auguraba nada bueno.
Antes de dirigirse hacia la puerta, Fairfax le hizo un gesto con la cabeza al cura, quien movió las manos de arriba abajo para que se tranquilizara un poco.
Unos cuantos golpes más.
―¿Quién sois y por qué no dejáis de aporrear mi puerta? ―expresó el campesino con cara de pocos amigos.
―Busco al párroco y a la muchacha. En el pueblo me han dicho que han visto a ambos entrar en esta casa ―dijo Hereward con rudeza.
―Aquí estoy ―se presentó León, dando un paso hacia adelante.
El capitán lo miró con indiferencia. Sin mediar palabra, entró en el hogar de la Elegida para echar un vistazo.
Hizo caso omiso de las protestas de Fairfax, quien se guardó mucho de ponerle la mano encima.
Con una expresión austera, se dedicó a escudriñar a su alrededor.
Pasó la mirada por la pequeña estancia que contenía dos lechos y la dejó fija en la puerta que estaba cerrada.
―El príncipe quiere veros de nuevo a la muchacha y a vos ―agregó ladeando la cabeza y mirando hacia donde supuso que la habían escondido.
―¿Acaso ha empeorado? ―se sorprendió el sacerdote.
―No.
―Entonces, dadle las gracias en mi nombre y en el de mi pupila. Como comprenderá, ella no se encuentra bien después de lo ocurrido; y yo estoy muy ocupado con el resto de mis feligreses como para perder el tiempo con…
―No lo habéis entendido ―lo cortó de malas maneras―. Estoy aquí para llevaros a ambos en presencia del futuro rey de Inglaterra. No es una petición, sino una orden.
Se llevó la mano diestra al cinto y la apoyó en la espada. No iba a dejar que aquel hombrecillo lo manipulase. Él no creía en ningún dios, y mucho menos en uno que jamás había estado de su lado en la batalla y que había dejado morir a demasiados buenos hombres sin tener en cuenta sus plegarias.