Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 10. DEBEMOS REGRESAR
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10. DEBEMOS REGRESAR

Q iloçker repelió al último atacante de la casa Ursu atravesándole la garganta con sus propias manos.

Pese a superarlos en número, el valor de las huestes de Abbadon no se podía comparar a la de los acólitos de Helmet.

Estos sentían aún la llamada al honor y la lealtad, dos sentimientos que habían desaparecido de los corazones de sus oponentes hacía mucho, debido a la infinita crueldad de los castigos de su señor por el más mínimo error.

Wêranker y Bêwestan miraron alrededor para asegurarse de que no volvían. El silencio más absoluto copó el anochecer tras acabar el enfrentamiento.

Después de hacer un breve recuento, el número de supervivientes fue mayor del esperado. Dos ingleses aún se mantenían en pie. El resto, muerto o desaparecido, lo que a efectos prácticos venía a ser lo mismo.

Los suyos, como era de esperar, no habían salido tan mal parados y ya estaban recuperándose.

―¿Qué tal las heridas? ―preguntó Wêranker a los dos hombres.

―Sobreviviré, milady ―dijo uno.

―Nada que no se pueda coser ―agregó el otro.

―Vuestro arrojo ha sido extraordinario. Daré parte a mi señor y a vuestro rey. Ahora, no hay tiempo que perder. Cabalgad hacia el pueblo sin deteneros y permaneced en la posada hasta que vayamos a rescataros.

―¿Qué os hace pensar que no nos atacarán allí? ―inquirió el primer soldado .

―Un pacto, pero nada garantiza que ninguno esté a salvo. Lo mejor será que os despojéis de vuestras ropas en cuanto podáis. De hecho, trasmitídselo a la mano derecha del rey.

―El príncipe debe llegar a Richborough ―añadió el segundo hombre.

―Pues no será ni hoy ni mañana ―dijo muy seria―. Parece que os están siguiendo, y no sabemos si pueden estar esperándoos en otro punto del camino. Partid ya. Nosotros debemos regresar al castillo lo antes posible para informar de estos ataques.

Los soldados saludaron con un gesto de cabeza a sus salvadores y montaron a caballo. Tras espolearlos, salieron al galope sin mirar atrás.

Qiloçker los observó un instante antes de indicarle a Bêwestan que se separaran unos pasos.

―¿Crees que el príncipe habrá sobrevivido? ―soltó él sin ninguna inflexión en la voz.

―¿La verdad? No lo sé.

―Esto es un inconveniente que Helmet no tenía previsto.

―¿Bromeas? Ni él ni ninguno de nosotros. Abbadon está tramando algo, aunque aún podemos estar tranquilos porque no ha enviado a…

―Ni los menciones.

―¿Aún estás enfadado con él por lo que hizo?

―Hasta el día que deje esta maldita vida o muerte en vida, como te apetezca llamarla.

―Vamos, Qil. De eso hace tanto tiempo que parece solo un mal sueño.

―No estoy de acuerdo. Yo lo recuerdo como si fuera ayer y esto que hacemos cada maldito día es un tormento, pero es lo único que nos queda. Al menos hasta que le arranque con mis propias manos eso que fue una vez su corazón y le corte el cuello con una daga himmelsk .

―¿No hablarás en serio?

―Y tanto, pero ahora no es el mejor momento para tratar esto. Venga, debemos volver al castillo de inmediato, aunque creo que antes hemos de aseguramos de que el príncipe aún vive. Si regresamos sin esa información, Helmet nos arrancará la piel por mera diversión.

Ella resopló, dejando pendiente aquel asunto.

Sabía que él tenía razón. Su señor era más paciente que Abbadon, de eso no había duda.

Aun así, cuando no se cumplían a rajatabla sus órdenes, se volvía imprevisible y letalmente cruel.

Por suerte, los vampiros tenían la ventaja de contar con una pronta recuperación tras ser heridos.

Si el oponente no empleaba acero himmelsk , en poco tiempo volvían a estar preparados para la batalla.

Esto hacía eternas, exasperantes y dolorosas hasta el extremo las jornadas de torturas.

Algo que ninguno estaba dispuesto a experimentar de nuevo.

―Tienes razón ―acabó admitiendo ella ante la perspectiva de poder ser castigada―. Lo mejor será dividirnos. Yo acompañaré a los humanos y después regresaré con las nuevas. Esperemos que no tengamos que lamentar el haber sido un poco descuidados.

―Shh, Bêw. No todo se reduce a matar ―dijo, mirándola a los labios con lujuria.

A ella le hizo gracia el giro de la conversación.

Estaba acostumbrada a que él fuese tan voluble como el viento.

Recordar el pasado siempre lo sumía en un estado de enajenación bastante peligroso.

En alguna ocasión, lo había visto dejarse llevar por la ira.

El resultado había sido devastador para el contrario.

Pero en cuanto lograba cerrar esa puerta, volvía a ser el compañero de batalla leal y divertido de siempre.

Además de un amante muy generoso en el lecho.

Con media sonrisa, aceptó su insinuación.

―Puede que más tarde deje mi puerta abierta ―susurró ella, comenzando aquel juego en el que ambos siempre acababan ganando.

―Si no lo haces, la tiraré abajo.

―Vamos, Qil. No seas tan impulsivo. No va contigo en absoluto. ―Se pasó la lengua por los colmillos―. Además, olvidas algo importante.

―Ah, ¿sí? ―dijo, acercándose un poco más.

―Por supuesto. De sobra sabes que no me amas ―añadió divertida, interponiendo una mano entre ellos―, así que igual me canso de ti y me entretengo con otro.

Aquella amenaza estaba envuelta con un tono que no dejaba ninguna duda de que estaba provocándole a propósito.

El vampiro levantó una ceja y se humedeció los labios.

El juego con Bêwestan era siempre muy satisfactorio, pero nada comparado con poseerla de todas las formas inimaginables durante las horas que compartían juntos.

Y estaba deseando repetir.

―El amor es para los mortales. Yo te ofrezco perder el aliento, hacer que tu corazón se desboque y un sinfín de…

―Te recuerdo que no respiramos y que nuestro corazón no late .

―Pues piensa lo bueno que soy en el lecho porque te voy a hacer sentir todo eso y mucho más.

Wêranker los miró con hartura. Parecían dos criaturas enamoradas y solo la estaban haciendo perder un tiempo muy valioso que podría estar empleando en otra parte. Cansada de esperarlos, decidió que había llegado el momento de retomar la misión.

―¡Qiloçker! ―dijo con un tono muy cortante―. Helmet nos espera, ¡y no pienso cubrirte esta vez!

―Siempre tan servicial, Wêr.

Él hizo un gesto a los suyos y se reagruparon. Bêwestan se marchó hacia el pueblo mientras que el resto se dirigía al castillo.

―No es de mi incumbencia, pero ya va siendo hora de que admitas que la amas ―dijo Wêranker al segundo al mando.

―Es cierto, no es de tu incumbencia.

―Lo que tú digas.

―Y no la amo.

―Lo que tú digas ―repitió, mostrando media sonrisa.

El grupo apretó el paso. La velocidad de los «No Muertos» era inigualable. Ni siquiera los errantes podían alcanzarlos cuando empleaban todo su potencial.

El resto del camino lo hicieron en silencio, aunque Qiloçker fue incapaz de dejar atrás la indiscreción de su compañera.

El padre León recorrió a buen paso la poca distancia que le quedaba hasta la casa de Alana.

Trastabilló por las prisas al llegar a la puerta.

Le faltó poco para caerse al suelo. Por suerte, recuperó el equilibrio a tiempo.

Tras recomponerse, llamó con insistencia.

Fairfax se sorprendió por la brusquedad de los golpes, de modo que abrió enseguida.

Al ver quién era, lo saludó con cordialidad, aunque se quedó extrañado por la expresión de determinación que mostraba el sacerdote en su rostro.

―Padre, ¿qué tal ha ido todo?

―¿Dónde está Alana? ―preguntó sin más. Estaba tan preocupado que ni siquiera lo había oído.

―Descansando en su alcoba.

―He de verla.

―No es el mejor momento .

―¡Alana! ―dijo levantando la voz sin importarle las palabras del padre de la muchacha.

―Pero ¿qué pretendéis? ―se quejó Fairfax.

Poco tiempo después, ella apareció junto a su madre y el pequeño Wade.

―¡Hola, padre León! ¿Jugamos a los soldados? ―soltó el jovencito, que traía una espada de madera en la mano.

―Hoy no, Wade. He de hablar con tu hermana. Otro día, ¿vale?

―Bueno ―respondió alargando la palabra mientras fruncía el ceño con cara de decepción.

―Anda, hijo. Sal fuera a jugar, pero no te alejes ―lo instó Leala.

El niño la obedeció al instante. Los dejó sin despedirse siquiera mientras blandía la espada y los ensordecía con un grito de felicidad.

―¿Qué ocurre? ―preguntó Alana.

―Has de partir esta misma noche. No puedes quedarte aquí, no es seguro ni para ti ni para tu familia.

―No lo entiendo. ¿Por qué?

―El príncipe pretende buscarte ―soltó con una expresión severa.

―¿Eso ha dicho? ―Sonrió tímidamente.

―Sí, Alana. Eso ha dicho.

―Bueno, ¿y qué hay de malo en ello?

―Todo. Parece que no lo entiendes. Acabas de cerrar la carne desgarrada de un hombre solo con tus manos.

Aunque solo lo haya visto su tutor, eso te pone en peligro.

Además, es pronto para pensar en… Eres demasiado joven, y aún me queda mucho por mostrarte.

Estoy seguro de que tu madre me dará la razón.

―Padre, mi destino no está en vuestras manos ―respondió molesta.

―Lo sé, solo está en manos de Dios. Pero, antes de desposarte, tienes que ser capaz de controlar tu poder. Yo puedo enseñarte…

―No veo cómo ―lo interrumpió con contundencia―. Yo soy la Elegida. Lo que «puedo hacer» ―recalcó― no está ni en vuestra mente ni en vuestro corazón, sino en mí. Os aseguro que soy capaz de rechazar cualquier insinuación por parte del príncipe o incluso de defenderme, en caso de que fuera necesario.

Fairfax y Leala la miraron temiendo lo peor.

Aquella revelación acerca del interés del heredero por ella parecía acercar a su hija al trono de Inglaterra.

La princesa Thyra ya les había adelantado lo que Alana llegaría a ser: la reina.

Ambos pensaron que, si la errante veía el futuro y no había error en su predicción, por mucho que el padre León tratara de separarlos, tarde o temprano, acabarían juntos.

―Él se ha quedado prendado de ti ―confirmó con estas palabras lo que el matrimonio temía.