9. A SOLO DOS JORNADAS #3
De piel clara como el nácar. Los labios rellenos, muy sonrosados. Un par de mechones que se le habían escapado del recogido dejaban entrever unas mejillas arreboladas por la carrera que parecía haberse dado para llegar hasta allí. Y sus ojos, tan azules como el mar, pareció atravesarles el alma.
―Es ahora o nunca ―dijo León mirando a Youngblood.
Él asintió sin saber por qué.
―No creo que sea buena idea ―se quejó Hereward.
―Puedo con un párroco y una chiquilla. Esperad fuera.
―Si me necesitáis, estaré al otro lado de la puerta.
En cuanto el capitán salió, León cogió de la mano a Alana y la acercó al camastro .
―Hija, el príncipe de Inglaterra te necesita.
―¿El príncipe…? ―Observó al joven que se estaba poniendo pálido por momentos―. Pero no sé si podré hacerlo, padre.
―Encuentra la fe que hay en ti, Alana. Sé que ÉL te guiará.
―¿Qué demonios pretende hacer esta muchacha? ―dijo Landon, colérico.
El cura, muy serio, se acercó al soldado. Torció el gesto y lo miró como si aquel no fuera a atravesarlo con la espada en cualquier instante si alguno de los dos le acababa estorbando.
―¿Creéis en milagros, muchacho? ―preguntó con arrojo.
―¿Qué demonios…?
―A «esos» mejor déjalos fuera de aquí. ¡Responded! ¿Creéis en milagros? ―repitió León como si fuese él quien estaba al mando de la situación.
―No ―respondió con contundencia―. No lo sé.
―Eso está mejor, esperemos que con vuestra profunda fe sea suficiente ―bromeó, pero en el fondo estaba muy preocupado―. Ahora, manteneos en silencio. Si alguna vez habéis pensado en creer, confiad en mí, no tendréis mejor ocasión para empezar que esta.
Youngblood dibujó una mueca de desaprobación por el tono que había empleado con él, pero se abstuvo de quejarse. Si aquella chica podía curar de algún modo al heredero, no iba a interponerse. Tras sopesar un instante lo que supondría que Alistair muriera, asintió.
León se dio la vuelta y se colocó al lado de Alana.
―Hija, ha llegado el momento.
Ella lo miró y unió los labios antes de mover de forma imperceptible la cabeza. El párroco volvió junto al soldado y la Elegida se sentó en el lecho. Se miró las manos antes de cerrar un momento los ojos.
―No existe mayor honor… ―susurró para sí.
Acto seguido, se quedó mirando la herida y colocó las palmas encima de la carne abierta.
Al principio, no sucedió gran cosa. Poco después, la sangre dejó de brotar y regresó dentro de los profundos cortes, dejando una estela roja a su paso.
Como si de magia se tratara, el pecho del príncipe comenzó a cerrarse.
Landon giró la cabeza hacia el párroco, quien movió la mano un par de veces para que esperara.
El soldado se volvió bruscamente hacia el camastro y sintió un escalofrío recorriéndole de pies a cabeza cuando Alistair abrió los ojos .
―¿Qué ha ocurrido? ―preguntó pesadamente mientras parpadeaba despacio.
Alana lo contempló con alivio y sonrió con timidez.
―Os han herido, pero yo os he curado.
Cuando el príncipe buscó con la mirada aquella dulce voz, el mundo se detuvo al distinguir el bello rostro de la muchacha.
―¿Vos me habéis salvado?
Ella asintió varias veces.
―¿Cómo os llamáis?
―Alana.
―Alana ―repitió con extrema lentitud―, soy Alistair.
―Debes irte, Alana ―interrumpió León.
―Ahora mismo.
En cuanto se puso en pie, él la sujetó de la mano.
―No os vayáis… ―rogó.
―Lo siento, he de marcharme ya. Esto solo ha sido un sueño.
La Portadora salió de la estancia a toda prisa y cerró la puerta tras salir. Sin preguntar siquiera, Hereward entró, imaginando lo peor.
―¡Príncipe Alistair! ―dijo el capitán, dejando escapar un gran suspiro de alivio.
―Habéis cumplido vuestra promesa, párroco. Yo cumpliré la mía ―aseguró Landon.
―Entonces, pasad por la iglesia. El Señor siempre os recibirá con los brazos abiertos.
―¿No queréis mi dinero? ―preguntó extrañado.
―Yo no, aunque os aseguro que mis feligreses más necesitados sí. Pero no lo tomaré de vuestra mano. Os lo he dicho, las puertas de la iglesia siempre están abiertas.
―Así haré, padre ―dijo, ladeando un poco la cabeza.
―Ahora he de irme. Solo una recomendación: volved al castillo cuanto antes. El futuro rey sigue estando en peligro.
―¿Cómo sabéis?
―El «mal» se propaga por doquier, hijo. La muerte da vida a algunos mientras a otros los despedaza ―añadió, mirando el torso inmaculado del heredero.
―¿Quién es ella? ―preguntó Alistair.
―Una buena creyente. Nada más .
―Dígale que la buscaré para agradecerle…
―No hace falta, futuro rey ―lo interrumpió León, rechazando de pleno cualquier acercamiento a su pupila―. Creedme, ella ya ha recibido de vos todo el agradecimiento pertinente para estos casos. Caballeros…
El párroco los dejó a solas mientras caminaba deprisa hacia la casa de Alana.
Quería saber si estaba bien, pero, más que nada, debía convencerla para que dejara el pueblo cuanto antes.
Su don había salvado al heredero y eso la había puesto en el punto de mira de demasiadas almas ávidas de cualquier tipo de necesidad.
Empezando por la del príncipe.