9. A SOLO DOS JORNADAS #2
Aun no estando de acuerdo del todo, Youngblood no tuvo más remedio que darle la razón y acabó aceptando para que retomaran la marcha cuanto antes. El capitán detuvo el séquito y ordenó a cuatro de los suyos que lo ayudaran.
Alistair caminó un poco, necesitaba estirar las piernas.
Se sentía agarrotado después de tantas duras jornadas.
Hasta entonces, no había salido más que unas cuantas veces para cazar o cabalgar en un obligado paseo.
Lo que menos esperaba era tener que correr por su vida, y todo para satisfacer los deseos de su padre, quien le había impuesto desposarse con una desconocida por el bien del reino.
Maldijo su suerte. Aún era demasiado joven para tener que asumir tanta responsabilidad.
Apenas había visitado media docena de ocasiones la casa de las rameras, y aunque una de ella se había esforzado por enseñarle a complacer a una mujer, su experiencia no era toda la que deseaba antes de unirse a una doncella que podría resultarle repugnante.
Había oído hablar de las francesas a algunos de los soldados, pero la mayoría de las veces los hombres solían fanfarronear sobre sus encuentros; así que tampoco podía estar seguro de que ella lo satisficiera en ese sentido.
Eso sí, su padre le había dejado muy claro que su deber era engendrar un heredero lo antes posible, así que, le gustara o no, tendría que cumplir con aquel matrimonio cada maldita noche.
Solo anhelaba que ella fuera algo atractiva, si no, consumar el acto sería un verdadero tormento.
La tarde avanzó demasiado deprisa. Una vez acabada de arreglar la rueda, el campesino les agradeció repetidas veces su ayuda y volvió al camino a toda prisa.
―Debemos llegar a la posada ya. Hemos perdido demasiado tiempo ―se quejó Landon .
―Tranquilo, seguro que esta buena acción nos será devuelta con creces ―respondió Alistair.
En cuanto volvieron a galopar, el grupo se relajó.
El viento traía el sonido de las campanas.
La iglesia estaba más cerca de lo que pensaban, así que llegarían al pueblo antes de lo esperado.
Ese era el deseo más profundo de todos, pero los deseos rara vez se cumplen.
A poca distancia, un grupo de veinte individuos temibles los estaban esperando.
El pensamiento colectivo fue el mismo: volvían a ser atacados.
La sincronización de aquellos seres los dejó estupefactos.
Como si se movieran como espectros, iban apareciendo y desapareciendo hasta que acabaron por rodearlos.
No tuvieron más remedio que detenerse, puesto que ellos apenas eran una docena frente a unos demonios, o lo que fueran, de unas dimensiones descomunales.
Sin más, algunos soldados desaparecieron ante sus ojos.
Los gritos desgarradores de aquellos hombres no dejaron duda de que estaban siendo aniquilados de la manera más cruel.
De forma inesperada, otra decena de seres se interpusieron entre los atacantes y el grupo de ingleses. Los golpes caían de todas partes, pero los acólitos de Helmet los protegieron lo mejor que pudieron.
Qiloçker sujetó a uno de ellos por la garganta y lo estampó con una fuerza descomunal contra el suelo. Wêranker y Bêwestan rodearon al príncipe mientras trataban de repeler, uno tras otro, los asaltos de las tropas de Abbadon.
―¡Qil! ¡Son demasiados! ―gritó Wêranker.
―¡Salvad al heredero! ―respondió el «No muerto» al tiempo que intentaba zafarse de dos enemigos.
―¡Proteged al príncipe! ―vociferó Youngblood, espada en mano, mientras trataba de atravesar a un contrario.
Hereward pegó su caballo a uno de los costados del de Alistair, Landon se posicionó al otro lado. Las vampiras sonrieron ante el inútil intento de salvaguardar la vida del joven humano.
Bêwestan se subió de un salto a la montura del príncipe y miró a sus protectores sintiendo algo de nostalgia.
Podía oler el miedo que desprendían los tres hombres, algo completamente comprensible.
Las huestes de Abbadon no eran para tomarlas a broma.
Hizo una cuenta rápida y el número había aumentado de forma peligrosa.
Los veinte que habían divisado en un principio tan solo habían servido de cebo .
Entre tanto estertor, alarido y maldición, pudo vislumbrar un pequeño hueco que se había formado en mitad de la escaramuza.
Sin pensárselo dos veces, se puso en pie detrás del heredero y bramó:
―¡Corred!
Landon y Hereward comprendieron al instante su orden. De un salto, se bajó del caballo y golpeó con fuerza a los tres animales sin darles tiempo a los ingleses a ver aquel movimiento demencial.
Wêranker se abalanzó a uno de la casa Ursu para impedir que se les echara encima. La sincronización entre los de la casa Drăgoi logró que los tres tomaran el camino hacia la posada. No se detuvieron a mirar atrás, aunque sabían que estaban condenando al resto a una muerte segura.
Mientras galopaban a todo lo que podían los pobres animales, de improviso, un enemigo saltó al caballo del príncipe. Todo sucedió muy deprisa. El ser trató de llevárselo, pero Bêwestan apareció de la nada, tiró de él hacia atrás y le cercenó la cabeza.
―¡Alistair! ―gritó con desesperación su tutor, mientras veía a Hereward sujetar las riendas de la montura para impedir que se desbocara.
El heredero se dejó caer en las crines, dejando un reguero de sangre que hizo que el corazón de Landon se detuviera un momento.
―¡Alistair! ―repitió, pero él no respondió.
Bêw subió de nuevo al caballo del joven para cogerlo en brazos. En pleno galope, ante la mirada estupefacta de Youngblood, se lo colocó delante de su cuerpo.
―Llevadlo a la posada. Buscad en la iglesia al párroco, seguro que él conoce a un sanador. ¡No tenéis tiempo que perder! ―ordenó ella antes de desaparecer delante de sus ojos.
Como si aquellos instantes fueran eternos, el tutor lo asió con fuerza mientras notaba cómo su mano se humedecía. Hereward no dijo nada, solo los miró con la cara desencajada y castigó con saña los costados de su animal mientras su mente solo era capaz de repetir tres palabras: «Que no muera».
Poco tiempo después, entraron en el pueblo.
Landon gritó a todo aquel con el que se cruzaban la orden de que llevaran a un galeno a la posada.
Mientras avanzaban hasta la fonda, Hereward echó la vista atrás y respiró un poco más tranquilo al ver que varios hombres corrían hacia el mismo lugar: la iglesia .
En cuanto llegaron a su destino, el capitán ayudó a desmontar al príncipe y lo sujetó en brazos.
Su mentor bajó de un salto y se lo arrebató al soldado.
Nada más entrar en el establecimiento, exigió una cama donde dejar al herido.
El posadero lo llevó a una de las alcobas que estaba libre. En ese momento, apareció el párroco.
―¡Aún no lo necesitamos, padre! ―gritó Youngblood.
―Aparta, hijo. Soy también el sanador del pueblo.
Él asintió y lo dejó acercarse.
―No sabemos quién lo ha atacado ―dijo para tratar de ocultar lo que les había sucedido.
―Muchacho ―dijo mirándolo un instante―, no hace falta mentir. Traed agua del pozo y telas limpias ―ordenó al posadero―. Ayudadme a quitarle la ropa. ¡Con cuidado! ―exclamó el padre León, que se preocupó al ver a lo que se enfrentaba.
Al descubrir la herida, los dos soldados se miraron.
Ambos bajaron la vista, aceptando que el heredero no iba a sobrevivir.
Las garras del vampiro habían penetrado en su carne, desgarrándola en parte, y los cortes sangraban profusamente.
Alistair estaba inconsciente, por lo que no tardaría en llegar a su último aliento.
León miró a Landon y supo que no tenía otra opción.
―¿Quiénes sois?
―No es de vuestra incumbencia.
―Puede que no, pero ¿queréis salvarle la vida al príncipe?
―¿Cómo habéis…?
―No hay tiempo para eso. Decidme, ¿queréis salvarle la vida al príncipe o no? ―repitió con rudeza. Algo bastante extraño para tratarse de quién era.
―Os pagaré lo que pidáis.
―Eso ya lo veremos.
El sacerdote salió de los aposentos lo más aprisa que pudo y habló con alguien que los soldados no llegaron a ver. Cuando regresó al camastro, el posadero apareció con una olla llena de agua caliente y un barreño lleno de paños limpios.
―Salid y cerrad la puerta. No regreséis a no ser que os llamemos ―le dijo al hombre. Este obedeció sin rechistar―. ¿Quién de los dos está al mando? ―preguntó, mirando a uno y a otro.
―Lo estoy yo ―respondió Landon .
―De acuerdo. Él debe marcharse ―exigió, señalando con la cabeza hacia Hereward.
―Él no irá a ninguna parte.
―Entonces, vuestro pupilo morirá.
Youngblood lo asió del hábito con fuerza. León no se amilanó ni un ápice.
―¡Harás lo que se te ordene! ―gritó la mano derecha del rey.
―Vos no tenéis ningún poder sobre mí, solo Dios…
―¿Es que acaso queréis morir? ―lo amenazó, elevándolo del suelo sin esfuerzo.
―No era mi intención hoy, pero si es lo que el Señor quiere, ¿quién soy yo para llevarle la contraria?
Landon lo observó un instante. Ese religioso no temía ni sus palabras ni su rudeza.
Aquello le hizo pensar en que las amenazas no iban a conducirlos a ninguna parte.
Si quería salvar al heredero, tendría que seguirle el juego a aquel hombrecillo insignificante.
Se les estaba acabando el tiempo, y no tenían más opciones que confiar en que podría salvarlo de alguna manera.
―¿Qué diablos necesitas?
―Que él se vaya. Solo vos podréis quedaros.
De pronto, un par de golpes los devolvió a la realidad.
Alistair se debatía entre la vida y la muerte, y aquel cura molesto no iba a dar su brazo a torcer.
Landon lo soltó de malos modos. León se acercó a la puerta para abrirla.
Al apartarse, ambos soldados se quedaron estupefactos al toparse con la muchacha más bonita que habían visto nunca.