Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 9. A SOLO DOS JORNADAS
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9. A SOLO DOS JORNADAS

A l amanecer, Thyra abrió los ojos. Tenía un regusto amargo en la boca y fuertes palpitaciones en la cabeza.

Se llevó la mano a la nuca, ya que era la zona que más le dolía.

Se palpó con cuidado. Notó el cabello húmedo, pero no fue capaz de encontrar la herida.

Supuso que le habían asestado un buen golpe, lo que explicaba lo mal que se sentía.

Con la vista adaptándose a la más terrible oscuridad, echó un vistazo en rededor.

El lugar donde se encontraba era un calabozo mugriento.

La poca paja del suelo estaba sucia y húmeda.

No había ni un triste ventanuco, y los gruesos barrotes daban a un estrecho pasillo.

Se puso en pie, apoyándose en la fría piedra.

Tambaleándose, se acercó hasta donde pudo para tratar de ver algo más.

La claridad que se percibía tímidamente desde el lado derecho daba a entender que por ahí se encontraba la salida.

Supuso que cerca habría alguna antorcha, pero apenas era suficiente para hacerse una idea de dónde se hallaba.

Enfocó un poco más y apoyó la frente entre los fríos hierros.

La celda al otro lado, que con dificultad distinguía a pocos pasos de ella, estaba vacía. No se oía nada, ni un triste lamento.

Se tocó el cinto, su daga había desaparecido. Durante un instante, imaginó lo peor. Aguzó el oído mientras el mentón le temblaba. Si no había nadie más, eso solo podía significar…

Apartó aquel pensamiento a un lado y trató de reponerse. De pronto, escuchó una respiración al otro lado. Sin importar si alguien que no debía la podía oír, se armó de valor y susurró :

―Oskar…

Nada. Ninguna respuesta.

―Oskar ―repitió―, ¿eres tú? ¡Oskar!

―¿Thyra? ¡Estás viva!

Un sollozo rompió el silencio.

―Sí…

―¿Te han hecho daño? ¿Estás herida? ―preguntó preocupado.

―Solo me duele la cabeza. ¿Y tú?

―Estoy bien. Me golpearon a traición, igual que a ti. ¿Tienes algún arma? Me las han quitado todas.

―También a mí.

La oscuridad se hizo insoportable. La princesa se llevó la mano a la boca para ahogar otro sollozo. Trató de no sucumbir al miedo, pero la evidencia de que se encontraban en las mazmorras de un castillo no auguraba un futuro halagüeño.

―Por favor, no llores ―dijo él con la voz quebrada.

Thyra se agarró a los barrotes y acabó sentada de lado mientras agachaba la cabeza.

Nunca había combatido en una batalla. Nunca había sido capturada.

Los hombres con los que luchó antes de conocer a Alana eran unos simples ladrones, así que el que la hirieran con una daga de acero dojehî había sido pura casualidad.

Lo que aún no había tenido tiempo de pensar era cómo esos indeseables pudieron hacerse con ella.

Eso no importaba en ese momento. Además, ahora la situación era muy distinta. Allí se encontraban a merced de humanos y vampiros. Estaba segura de que sería a la primera a quien torturarían. La mancillarían y, con suerte, después acabarían con su vida.

―Guerrero, debí decirte…

―Lo sé. ―Tragó con fuerza para no sucumbir a la evidencia―.  Pero no lo hagas ahora, por favor. No se te ocurra decirlo sin que pueda mirarte a los ojos.

El errante se llevó las manos a la cabeza, desesperado por encontrar la forma de sacarlos de allí. Se acercó a los barrotes y revisó la cerradura. Tiró de la puerta con todas sus fuerzas. El hierro protestó un poco, pero apenas se movió.

―Oskar, yo…

―Thyra, espera. ¿Puedes hacerme un favor?

―¿El qué ?

―Inspira hondo y trata de tranquilizarte un poco. Solo un poco. ¿Podrás hacerlo?

―No creo. No lo sé.

―No estás sola. ¿De acuerdo? Estoy aquí. No dejaré que te ocurra nada malo. ¿Confías en mí?

―Confío en ti. ―No pudo evitarlo y volvió a sollozar―. Voy… a tratar de hacer lo que me has dicho. Dame unos momentos.

―Los que necesites.

Ella se secó las lágrimas. Después, fijó la mirada en una pequeña grieta de una enorme piedra y comenzó a respirar más despacio. Tras varios intentos fallidos, el errante escuchó cómo sus respiraciones se normalizaban.

―¿Te encuentras mejor?

―Sí.

―Bien, Thyra. Ahora necesito que te concentres para ver tu futuro. ¿Harías eso por mí? ¿Crees que podrás?

―No lo sé ―repitió sobrepasada. Suspiró y se frotó los ojos para eliminar los restos de lágrimas―. Deja que pruebe.

―De acuerdo, pero no te fuerces.

La princesa cerró los ojos y se llevó las palmas al corazón. La oscuridad la envolvió por completo. No era capaz de conectar con nada. Ni pasado, presente o futuro. Aunque la desesperación se apoderó de ella, intentó con más intensidad ver algo. No obtuvo ningún resultado.

Un lamento a escasa distancia le reveló al errante que no había salvación para ellos.

―Ey, no pasa nada ―trató de animarla, pese a tener un nudo en la garganta―. Debí besarte cuando tuve la oportunidad.

―No, no es lo que piensas. No puedo ver nada. He perdido mi don ―susurró abatida.

―Eso no es posible.

―Entonces, es que estoy peor de lo que creo.

―Te golpearon muy fuerte. Quizás más tarde seas capaz de distinguir algo.

Unos pasos interrumpieron de golpe su conversación. La luz de una antorcha iluminó pobremente el pasillo. Era un soldado inglés, que dejó la tea encendida en un saliente de la pared. Un poco más tarde, volvió con una bandeja .

―Oye, ¡sácanos de aquí ahora mismo! ―gritó el guerrero―. Nos han capturado sin ninguna razón.

―No sé nada de eso ―dijo el hombre sin vida en la voz―. Mi deber es alimentaros y poco más.

Con cuidado, dejó un plato y una copa en el suelo delante de los barrotes de la celda. Acto seguido, se dirigió a la de Thyra e hizo lo mismo.

―¿Es de día o de noche? ―preguntó ella con un hilo de voz.

―Acaba de amanecer. Volveré más tarde para retirar los platos. Os traeré más comida cuando se ponga el sol.

―Por favor, déjanos ir ―rogó angustiada.

―No sé nada de eso. Mi deber es alimentaros y poco más ―repitió el soldado. Tras darse la vuelta de manera errática, se llevó la antorcha y los sumió de nuevo en la más profunda oscuridad.

―Vamos a morir aquí ―dijo la princesa al tiempo que miraba al frente sin distinguir apenas nada.

―No, amor mío. En cuanto vuelva, le quitaré las llaves. Ha sido sometido por un vampiro y eso lo hace débil.

―¿Qué te hace pensar que podrás hacerlo?

―No sé si podré, pero no voy a dejar que mueras aquí.

Ella frunció los labios con fuerza para ahogar otro sollozo más. Sabía que no podrían escapar, pero no iba a robarle el último atisbo de esperanza al errante que acababa de confesarle que la amaba.

―Oskar…

―¿Sí?

―Yo también te quiero.

Él no respondió, sino que se abalanzó a los barrotes. Tiró una y otra vez para tratar de arrancarlos mientras maldecía a los «No Muertos».

Cuando el silencio cobró protagonismo, una verdad quedó flotando en el aire: iban a morir allí, a tan solo unos pasos el uno del otro.

Una distancia insoportable. Un destino truncado.

El capitán Hereward entró en la posada donde habían pernoctado esa noche para informar al príncipe y a Youngblood de que los caballos estaban preparados.

Por fortuna, las sombras que aparecieron en el camino se esfumaron sin más, así que pudieron llegar sin ningún contratiempo.

Apenas los separaban dos jornadas de Richborough, pero tendrían que volver a hacer noche en una última posada.

Ninguno quería tentar a la suerte. Era preferible que tardaran un poco más en llegar antes que caer en manos de aquellos seres.

―Ya podemos irnos ―les anunció.

―¿Cómo están los caballos, Terrel? ―preguntó Landon.

―No demasiado mal para lo mucho que los hemos castigado, aunque no creo que sean capaces de resistir mucho más a este ritmo.

―Llevamos solo una noche sin ser atacados. ¿Creéis que ya se habrán desplazado a otra parte y que no volverán a intentarlo? ―inquirió Alistair.

―No lo sé, mi príncipe ―añadió su tutor―. Ayer parecía que nos iban a volver a asaltar, pero no fue así. Lo que está claro es que hemos de estar preparados para afrontar cualquier eventualidad. Si os soy sincero, no me gusta esta extraña quietud que nos rodea.

―Pero tu presentimiento no se ha cumplido ―respondió el heredero. Su intención no era menospreciarlo, sino celebrar de algún modo que hubiese fallado en sus predicciones.

―Aún no estamos en Richborough ―agregó con determinación.

Alistair asintió muy serio. Aquellas duras palabras dejaban abierta la posibilidad de que la suerte no estaba del todo de su lado.

―Tienes razón. Partamos de una vez.

Los dos capitanes lo acompañaron hasta su montura.

Nada les garantizaba que no fueran sorprendidos en algún momento, así que debían extremar las precauciones.

La alianza era de vital importancia. Comenzaron la marcha y no se detuvieron hasta bien pasado el mediodía.

Tras descansar lo justo para estirar las piernas y devorar las provisiones que tenían preparadas, volvieron al galope.

Antes de caer la tarde, a poca distancia del pueblo donde esperaban pasar la noche, encontraron a un campesino en mitad del camino.

Una de las ruedas del carro había colapsado.

El hombre trataba de arreglarla a toda prisa, pero el desasosiego que sentía estaba logrando que tardara mucho más de lo esperado.

―No os detengáis ―ordenó Landon.

Hereward lo miró con una mueca de desaprobación. Si aquel pobre hombre no acababa a tiempo, iba a ser un blanco fácil. Elevó la vista al cielo y todavía faltaba bastante para la puesta de sol.

―Señor, podríamos echarle una mano .

―Estoy de acuerdo ―intervino Alistair―. He de bajar de este maldito caballo o no podré volver a dar un paso.

―No es buena idea, mi príncipe.

―Pues yo creo que sí. Hereward, que tus hombres lo ayuden. No quiero tener en mi conciencia otra muerte más si podemos evitarla.

―Os ruego que lo consideréis ―añadió Landon.

―Ya lo he considerado. Una buena acción entre tanto caos no nos vendrá nada mal. Sobre todo a él ―dijo mirando al campesino―, ¿no os parece?