8. EL INFIERNO COMIENZA A DESATARSE #3
―Sí. ―Esta vez fue ella la que detuvo su caballo―. Sé que después de nuestra unión no tendremos secretos, pero algo me dice que no sois del todo sincero. ¿Hace falta que os recuerde mi don ?
―No ―dijo dibujando media sonrisa―. Pero aún no puedo. De modo que, hasta que llegue nuestra unión, tendrás que confiar en mí.
―¿Ciegamente? ―insinuó con un tono de voz que consiguió que el errante se estremeciera.
―Todavía queda mucho para llegar al campamento, no hagas que cambie de idea y me comporte como no debo.
―¿Quieres decir como un humano? Venga, Oskar, hace mucho que los nuestros dejaron atrás esa etapa.
―Lo sé, pero tus labios no hacen más que distraerme. Vamos, mejor sigamos adelante.
Él volvió a ponerse en marcha y ella lo siguió sosteniendo una sonrisa.
Le resultaba curioso darse cuenta de cómo había cambiado su percepción sobre el errante que iba a ser su compañero.
Además, con sus palabras, había sido capaz de encender zonas de su cuerpo que jamás habían requerido ningún tipo de atención.
De pronto, miró alrededor. Ni un alma. Sin embargo, sintió que no estaban solos.
Thyra decidió dejar atrás esos pensamientos porque el lugar era el menos indicado para confesar lo que estaba sintiendo.
Sin motivo alguno, recordó lo último que le había dicho Alana, así que aprovechó el momento para cambiar de conversación.
―¿Te puedo hacer una pregunta?
―Todas las que quieras.
―Cuando viniste a por mí esta mañana, ¿Yngvar nos aguardaba en el bosque?
―No, ya iba de regreso al campamento. ¿Por qué?
―Es solo que… ¿Cuál es la expresión que siempre utiliza tu amigo cuando no le gusta algo? No sé por qué me acabo de acordar de eso. Déjalo, no viene al caso.
― Forbanna skjebne.
―Maldito destino… ―repitió ella.
―¿Me vas a contar lo que estás pensando?
Thyra trató de encontrar la manera de desviar la atención. Acababa de confirmar que el errante había permanecido escondido en el bosque. Se extrañaba de que la Elegida lo hubiera oído desde tanta distancia, pero, por alguna razón, pudo hacerlo.
De repente, recordó las palabras exactas de Alana: «Lo he escuchado en mi mente, pero no sé qué significa…» .
―No puede ser.
―¿El qué?
La errante no llego a responder. De la nada, una decena de bestias aparecieron. Tres de ellos tiraron a Oskar del caballo. Otro se sentó en la montura de la princesa y la sujetó con fuerza del cuello. El resto emitía unos sonidos estridentes parecidos a risas.
―Mirad su piel… ―dijo el que la asía con fuerza.
―Debe de ser muy especial ―intervino otro, mostrando sus colmillos―. Quiero probarla.
―¿Acaso sois unos necios? ―dijo el que los comandaba, harto de escuchar las tonterías de aquellos dos.
―¡Soltadla ahora mismo! ―exigió Oskar, que trataba de liberarse de los que lo sujetaban.
Thyra trató de moverse, pero el «No Muerto» se lo impidió ciñendo sus manos con más fuerza. No le dio ni la oportunidad de decir una sola palabra, puesto que la golpeó en la nuca con la empuñadura de su daga. Ella quedó inconsciente en el acto.
―¡Os mataré a todos! ―gritó el errante, que tiró con tanta rabia que logró zafarse de uno de ellos.
Los demás rieron al ver el patético intento del que creían humano. Justo cuando iba a asestarle un golpe al ser que aún lo retenía, todo se volvió negro.
―Venga, ya os habéis divertido bastante ―dijo una de las vampiras, quien miró a Oskar con lujuria―. Vaya, sí que es atractivo.
El jefe soltó una carcajada por su comentario y chasqueó la lengua mientras admiraba los preciosos rasgos de la joven.
―Tú siempre pensando en retozar con la comida ―soltó, burlándose de ella.
―¡Qué le voy a hacer! Me gusta jugar con ellos antes de dejarlos secos. Algunos son muy complacientes.
―No lo dudo, pero basta ya de perder el tiempo. Llevadlos de vuelta al castillo. No sé cómo han conseguido escaparse de los muros, pero informaremos de esto en cuanto lleguemos.
―Entonces, ¿no podemos probarlos? ―preguntó el que quería hacerlo desde que había visto a la muchacha.
―No ―respondió el que estaba al cargo―. Es una orden directa de Helmet. Así que no me busques porque me vas a encontrar .
―Pues no lo entiendo ―protestó―. ¿Quién se iba a enterar?
―Yo lo sabría, y desobedecerme a mí es desobedecer a Helmet.
―No serías capaz de…
―Con sumo gusto. La cuestión es: ¿quieres arriesgarte?
―No, por supuesto que no ―añadió a regañadientes. Asintió una vez y se apartó de los prisioneros mientras mascullaba una maldición.
―Bien. Vosotros ―señaló el jefe a dos de los suyos―. Cogedlos con cuidado. Nada de muertes innecesarias. La comida escasea y no quiero desperdiciarla. Ahora, regresemos.
El grupo se puso en marcha. Poco después, llegaron al castillo. Wêranker salía para realizar una inspección y se topó con el grupo.
―¿Qué ocurre aquí? ¿Qué hacéis con ellos? ―preguntó enfadada.
Con desprecio, se acercó a la chica que colgaba del hombro de uno de la patrulla y la sujetó del cabello para verle la cara. No podía creerlo. Se volvió hacia el macho que llevaba otro de los suyos e hizo lo mismo.
Su expresión cambió al momento y enseñó los colmillos porque se sintió muy complacida.
―¿Dónde los habéis encontrado?
―Cerca del río. Llevábamos varias jornadas fuera y estábamos de regreso. Nos hemos topado con ellos en el bosque, iban hacia el sur. No sabíamos si se habían escapado del castillo, así que los hemos traído de vuelta.
―Habéis hecho bien. ―Miró al grupo y los hizo acercarse―. Si no le contáis nada de esto a nadie, os recompensaré con ración doble a cada uno durante una luna.
Un murmullo general de aceptación la hizo comprender que aquel premio era desorbitado, pero lo que acababa de obtener merecía la pena.
―Gracias, Wêranker ―respondió el jefe.
Ella hizo un gesto con la mano para quitarle importancia.
―Vosotros dos ―ordenó mirando a los que llevaban a los errantes a hombros―, acompañadme a las mazmorras.
Ella los condujo escaleras abajo donde se encontraban las celdas. Un soldado se acercó al verlos. Wêr le susurró unas pocas palabras, robándole de inmediato la voluntad. El carcelero rebuscó entre las ropas de los dos para quitarles las armas. Después, las metió en un armario y lo cerró con llave.
―Seguidme ―dijo el joven sin inflexión en la voz .
Los tres descendieron por otras escaleras que desembocaban en una zona de la prisión que parecía abandonada. Metieron a cada uno en una celda y el humano cerró con llave.
―Ahora, lo prometido.
Wêr les hizo un gesto con la cabeza a sus guerreros.
Los dos se emplearon en la garganta del soldado hasta que notaron que sus pulsaciones descendían peligrosamente.
Lamieron las incisiones para cerrarle las heridas.
Antes de marcharse, hicieron una pequeña genuflexión hacia ella para agradecerle la ración extra.
―Procurad que nadie os vea salir de aquí y volved cuanto antes con vuestro grupo. Por cierto, ¿no había nadie más en la zona?
―No ―respondió uno mientras el otro negaba con la cabeza―. Los caminos estaban despejados.
Wêranker asintió y les hizo otro gesto para que salieran de allí. Se giró hacia las celdas. Observó un momento a los prisioneros con los ojos entrecerrados mientras se pasaba la lengua por los colmillos.
―Aliméntalos dos veces al día, pero déjalos a oscuras. Así será mucho más divertido.
El carcelero obedeció y la acompañó al nivel superior. Uno de los suyos aún la estaba esperando.
―¿Qué quieres? ―preguntó la vampira.
―Sé qué son esos dos, y no son humanos.
Ella lo miró de arriba abajo.
―Ya, ¿y qué pides por tu silencio?
Él la recorrió con lascivia. Se humedeció los labios y acabó pasándose la lengua por los colmillos.
―Quiero saber si es verdad lo que se oye por ahí.
―De acuerdo, pero luego no digas que no te lo advertí.
Sin mediar palabra, se llevó al joven acólito a su habitación. Tendría diversión por partida doble. Cerró la puerta y desvió la mirada hacia cama.
―Si gritas, duplicaré el castigo ―agregó excitada.
―Eso ya lo veremos.
Él se lanzó a su boca. En respuesta, ella lo sujetó de la entrepierna con tanta fuerza que terminó arrodillándose.
―Bienvenido a mi mundo…