8. EL INFIERNO COMIENZA A DESATARSE #2
El corazón del inglés estaba lleno de ira por la constante vigilancia de Helmet.
Para colmo, al grupo se sumó su mano derecha, Xwînxwar, lo que empeoró su estado de ánimo.
Nada más entrar en la sala donde se habían reunido el día anterior, los emisarios permanecieron en silencio.
Se miraron el uno al otro sin saber qué hacer.
La información que traían era para compartirla en exclusiva con el rey, así que esperaron a recibir una orden directa para comenzar.
―Adelante ―dijo el gobernante muy serio.
―Señor, con todo el respeto. ―Se giró hacia el invitado y su acólito―. Creo que deberíamos estar a solas.
Helmet miró a Athelstan, quien bajó la vista para darle su beneplácito.
En un abrir y cerrar de ojos, ambos vampiros se apoderaron de la voluntad de los dos soldados.
Con parsimonia, Helmet tomó asiento. Con un leve gesto, le dio a entender al rey que podía empezar el interrogatorio.
Xwîn se quedó de pie apoyado en una de las paredes de piedra, observando.
―Bien ―añadió el rey―, ahora contadme cuanto ha ocurrido.
Sin darse cuenta de que eran esclavos y que no tenía el control de sus actos, uno y otro fueron revelando todo lo que sus compañeros les habían descrito.
La desesperación. Los gritos espeluznantes.
El reguero de muertos que habían dejado atrás…
Repitieron cada palabra sin ser dueños de su propio juicio.
Cuando acabaron, Athelstan le pidió a su invitado que les dejara el recuerdo de haberlo contado sin estar ellos presentes.
Nada más abandonar los soldados la estancia, el rey ocultó un instante la cara tras su mano.
Sus vidas habían cambiado en un solo día, y ahora era incapaz de discernir un futuro sin estar a merced de la maldad y del terror más inmundo .
―No os preocupéis ―soltó Helmet―, los míos se ocuparán de esta situación hoy mismo.
El rey lo miró sin confiar en su palabra. Su expresión fue tan evidente que el extranjero no tuvo más remedio que sonreír.
―No sabía que teníais tan poca fe en mí ―añadió el «No Muerto» despacio mientras se echaba hacia atrás en la silla.
―Has entrado en mis tierras gracias a una vil mentira. Tus bestias han intentado asesinar a mi hijo y a mis hombres. Dime, «vampiro», ¿cómo pretendes que crea una sola palabra que salga de tu boca? ―escupió con rudeza, retirándole el tratamiento de cortesía.
―Reconozco que tenéis valor, rey Athelstan, pero también sois un imprudente sabiendo lo que ayer os revelé.
―No me amenaces más, Helmet. Hay algo que puede que no sepas de mi ejército, y es que mis hombres son tan leales que a una orden mía puedo sacrificarlos a todos. Si lo hago, ¿de quién os alimentaréis?
Él le mostró un instante los dientes y después dibujó una expresión indescifrable.
Sabía que el rey estaba marcándose un farol.
Jamás obligaría a los suyos a morir por nada, pero el mero hecho de haberlo pensado le hizo reflexionar sobre lo volubles que eran los hombres y a la insensatez a la que eran capaces de llegar con muchas de sus decisiones.
Miró a los ojos a su oponente, sopesando si contarle o no lo que sabía. Le otorgó el beneficio de la duda.
―No los atacaron los míos ―dijo con un tono solemne.
El rey elevó las cejas, sorprendido.
―¿Entonces…?
―Tenemos la sospecha de que eran de la casa Ursu. ―Athelstan entrecerró los ojos sin comprender―. Los secuaces de Abbadon.
―No lo entiendo. Me dijiste que erais algo así como socios. Empleasteis la palabra «Iguales».
―Exacto. Por esa misma razón he enviado un destacamento para averiguar qué ha ocurrido y también para salvaguardar a vuestros hombres, incluido vuestro hijo.
―¿Ya lo sabías?
―Recibí las nuevas anoche.
―¿Y por qué no me informaste enseguida?
―Porque no os debo nada ―agregó con una mueca insolente de superioridad―, aun así, he elegido protegerlos. Quiero que os quede claro que mi único deseo es cumplir mi misión, no acabar con vuestro linaje ni vuestro reino.
―¿Abbadon piensa igual? ―recalcó el rey.
―No puedo garantizaros que así sea. Si os soy sincero, no me esperaba que los atacaran. Estarán mucho más expuestos cuando anochezca, así que rezad a vuestro dios para que los míos lleguen a tiempo y puedan repeler cualquier ataque.
―¿Crees que van a intentarlo de nuevo? ―preguntó con los ojos a punto de salírseles de las órbitas.
―Eso no lo sé. De lo que sí estoy seguro es de que tanto Qiloçker como Wêranker y Bêwestan lucharán contra ellos porque así se los he ordenado. Pondrán su existencia por detrás de la de vuestros hombres.
―¿Por qué? ―susurró Athelstan sin entender el motivo.
―Mi deber es con mi señor, no con Abbadon. Si él incumple las reglas, yo trataré de detenerlo hasta que averigüe los motivos o reciba otras órdenes. Por el momento, no ha ocurrido ni lo uno ni lo otro.
―Entonces, sigo sin poder confiar en ti.
―Y hacéis bien, «mi rey». Ni yo mismo confío en mí.
Ambos se miraron e hicieron un pacto de silencio. Athelstan entendió que el vampiro cuidaría de los suyos hasta nueva orden, y eso era a lo máximo que podía aspirar en sus circunstancias. Quisiera o no, su reino estaba ahora en las manos del «No muerto», no en las suyas.
La pareja errante avanzó hasta un recodo del camino.
Si permanecían en él, estarían demasiado expuestos, de modo que Oskar sugirió que se adentraran en el bosque para tomar el mismo atajo que habían elegido ambos amigos horas antes.
La princesa aceptó sin rechistar. El día había transcurrido sin incidentes, pero, ahora, que la noche se cernía sobre ellos, la preocupación de pronto pareció alcanzarles.
Llevaban demasiado tiempo sin cruzarse con un alma y eso los puso en alerta.
La guerrera comprendió que no temía por su vida, sino por la de su compañero. Esto la hizo sonreír, algo que provocó múltiples sensaciones en el joven, que llevaba tratando de controlar sus deseos desde que había dado con ella.
―¿De qué te ríes? ―preguntó él, incapaz de no saber lo que estaba pensando .
―¿De verdad hicisteis corriendo todo el camino? ―Frunció los labios para contenerse.
―Mi deber con el rey está muy por encima de mis necesidades, princesa.
―¿Y cuáles son esas necesidades? ―quiso saber ella.
―Ninguna que os incumba hasta que el sjelevenner tenga lugar.
Thyra unió los labios tratando de no volver a sonreír.
Llevaban buena parte del día cabalgando.
Apenas se habían detenido unos instantes para descansar y comer algo.
Pese a haber hablado de todo un poco, ninguna conversación se había acercado tanto al tema que ambos estaban intentando evitar, puesto que aquel no era el mejor momento para abordarlo.
Ambos sentían una fuerte atracción el uno por el otro.
Era como un susurro. Un sentimiento velado que crecía conforme los dos pasaban más tiempo juntos.
Thyra se lamentó de haber cometido el error de prejuzgar a su prometido.
Si hubiera aclarado antes sus sentimientos, tal vez habría tenido la oportunidad de conocerlo un poco mejor.
Al menos aún les quedaba una luna para la unión, así que se centró en imaginar que esos días serían más que suficientes como para hacerse una idea de cómo iban a ser sus vidas una vez no hubiera marcha atrás.
―¿En qué piensas? ―Oskar interrumpió su silencio.
―En que siempre he huido de nuestro compromiso porque no sabía cómo eras.
―¿Y ahora lo sabes? ―Detuvo el caballo. Esa conversación le interesaba demasiado como para no poder mirarla a los ojos.
―No, apenas te conozco ―añadió con algo de pena.
―Yo tampoco a ti, Thyra. ―Dejó escapar un suspiro de determinación―. Sé que una luna no es mucho, pero es todo lo que tenemos hasta lo inevitable.
―Lo dices como si te pesara.
―Y así es. Hemos perdido un tiempo precioso.
Quería que me vieras a mí, no al hombre que por imposición va a estar a tu lado el resto de tu existencia.
Sé que nos amaremos profundamente una vez consumamos nuestra unión.
El Destino así lo ha decidido, pero lo que siento por ti es mucho más que una obligación.
Siempre había creído que el amor antes del sjelevenner era una leyenda, tan solo unas pocas historias compartidas en los papiros más antiguos para, de algún modo, dar esperanza a la raza.
Reconozco que se lo he oído decir a mi madre en cientos de ocasiones desde que era un niño, que es posible que suceda. Sin embargo, me parece muy improbable.
―¿Qué quieres decirme?
―Si de verdad sientes algo por mí, es algo que creo que no deberíamos revelar a nadie. ―Pensó en el momento en que el rey le había preguntado si sentía algo por ella y él lo había negado para no delatarse.
Ella se lo quedó mirando sin comprenderlo.
―¿Por qué?
―¿Acaso no conoces el destino de los que se aman?
―Tú lo has dicho, Oskar, solo son leyendas. Pero hay algo que me causa más curiosidad, y es que todavía no has revelado tu don. Tu madre es una protectora y tu padre un creador de realidades, así que no entiendo a qué viene tanto misterio.
―Para tu conocimiento, poseo el mismo don que mi madre. Soy un protector. No es un misterio ―dijo para salir del paso, pero sabía que, tarde o temprano, tendría que contarle la verdad.
Le hizo un gesto con la cabeza y retomaron la marcha. La miró y sopesó si aquel era un buen momento para hacerlo. Rechazó la idea de pleno, aún no estaba preparado para que conociera su secreto.
―¿En serio? ¿Y por qué no lo sabía?
―Supongo que porque no te has parado ni un instante a escuchar, princesa.
―¿A quién?
―A mí, Thyra.
―Tienes razón. ―Frunció los labios―. Trataré de cambiar eso.
El de la casa de Isaksen sonrió ligeramente. Sintió que, después de esa conversación, ella iba a poner mucho más de su parte para que pudieran conocerse mejor. Algo que provocó que bajara la guardia.
―Te estaré muy agradecido si lo haces.
―Eres muy gentil. ¿En serio eres así o es todo fachada?
―Ay, Thyra…
―Perdón. No sé por qué he dicho eso.
―¿Temes que mienta? ―preguntó algo molesto.