Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 8. EL INFIERNO COMIENZA A DESATARSE
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8. EL INFIERNO COMIENZA A DESATARSE

L a mañana avanzó con lentitud. El príncipe, Youngblood y Hereward, junto a los escasos soldados que habían resistido el ataque de la noche anterior, ya se dirigían a la siguiente posada.

Los emisarios iban de vuelta al castillo, aunque todos temían por sus vidas.

El séquito encontró el camino despejado.

Solo se cruzaron con unos pocos campesinos, algunos llevando sus carretas con víveres para vender en el pueblo cercano.

Aparte de eso, no habían tenido más percance que el de recibir un chaparrón inesperado.

Conforme se acercaban al siguiente cruce, unas nubes negras coparon el cielo.

Aún no era mediodía, sin embargo, el ambiente se sentía pesado.

La inquietante oscuridad que los envolvía amedrentó las ya ajadas voluntades de los soldados, que sentían como una afrenta personal las inclemencias del cielo.

Sabían que su destino más próximo lo alcanzarían antes de ponerse el sol y también que esa fina lluvia persistente volvería los caminos intransitables conforme avanzara la tarde.

En poco tiempo, los animales tendrían serias dificultades para continuar, y no querían encontrarse expuestos en mitad de la nada.

Tras sopesarlo, y ante la perspectiva de verse sorprendidos de nuevo por aquellos seres, Landon llamó al capitán.

―Hereward, ha llegado el momento de espolear los caballos si no queremos ser un blanco fácil .

―¿Crees que nos siguen? ―respondió ante la atenta mirada del príncipe.

―No lo sé, pero no estoy dispuesto a arriesgar nuestras vidas.

―¿Es que acaso pueden caminar de día? ―susurró el príncipe para que solo ellos lo oyeran.

―Ninguno lo sabemos ―volvió a reconocer Landon―, solo es que tengo un mal presentimiento.

Lo mejor será que galopemos como si la vida nos fuera en ello.

Aún queda bastante para llegar, y quiero que todos lo hagamos con vida.

¿Os parece bien? ―preguntó mirando al heredero, quien asintió repetidas veces al pensar que en la posada estarían a salvo.

―De acuerdo, mi señor ―añadió Hereward―. Soldados, a mi señal. ¡Todos a galope! ―gritó, elevando el brazo.

Como si hubiesen estado esperando esa orden, el séquito corrió veloz mientras miles de gotas los empapaban sin piedad. Apenas llevaban unos instantes avanzando a esa velocidad cuando, a poca distancia, aparecieron unas figuras en el camino.

―¡No os detengáis! ―vociferó Landon.

Como si aquellos extraños hubieran leído sus intenciones, desaparecieron en un suspiro.

Los hombres se miraron con la expresión demudada, pero no dijeron ni una palabra.

Solo castigaron aún más a los pobres caballos, que parecían poder sentir el mal acechando.

Los animales, respondiendo sin quejarse a las demandas de sus espuelas, corrieron aún más, como si supieran que huían de una muerte segura.

Thyra volvió a entrar en la casa. Allí, expectantes, la esperaban los tres. Alana se sorprendió al ver que el joven no iba con ella y tomó la palabra. No le parecía bien que él se quedara fuera siendo quien había entendido que era.

―¿Y tu prometido? ―le preguntó sin darle tiempo a explicarse.

―Ha ido por los caballos.

―Ya. ¿Nada más?

―No sé qué queréis que os diga.

―Pues, no sé… Podrías empezar por: «Alana, te he ocultado que voy a desposarme. Eso sí, puedo ver tu futuro y te he protegido sin saber cómo, pero estoy a punto de irme y dejarte con decenas de preguntas pendientes porque he de volver con los míos» ―contestó malhumorada .

―Yo…

―En serio, no te molestes.

―¡Alana! ―la regañó su madre.

―¿Qué? Mi vida ha cambiado por completo en una sola noche y he de dejar que se marche sin más. ¿Sabes lo doloroso que es esto para mí? ―dijo mirando a la princesa con algo de resentimiento.

―También lo es para mí. Yo… no tendría que haber venido ―soltó Thyra por fin―.

He incumplido una orden directa de mi padre, que me castigará en cuanto regrese por haber puesto en peligro la unión sagrada con mi prometido.

Era él quien debía estar presente en mi paso a la edad adulta.

―La Elegida se tapó la boca con las manos―.

Así que no os enfadéis conmigo, Alana. Os he puesto por delante de todos, incluso de mí misma.

Deseo quedarme, pero he de volver para asumir las consecuencias de mis actos.

Lo único que importa es que habéis sobrevivido a la transformación.

He sido testigo de ello, y estoy convencida de que nuestros caminos se cruzarán muy pronto.

―¿Has roto una promesa por mí?

―Sí, Alana. Mi raza y mis costumbres son muy distintas a las vuestras, pero dejé todo a un lado porque sentía que mi responsabilidad era protegeros. Digamos que ayer también era mi aniversario.

―No lo sabía.

―No me dio tiempo a decíroslo. Mi transformación, como la vuestra, se ha completado. Ahora comienzo mi etapa adulta y, con mi unión con Oskar, he de dejar atrás la niñez.

―Entiendo. ¿Y tú lo amas? ―preguntó preocupada.

Ella sonrió con cierta timidez.

―Sí, Lana. Es mi obligación, pero también…

―Lo deseas ―dijo con alivio, devolviéndole la sonrisa.

―Sí.

―¿De verdad estás segura de que volveremos a vernos?

―Muy segura.

―Entonces, debes irte ―añadió con los ojos brillantes por las lágrimas retenidas.

―Así es ―respondió con emoción en la voz.

Alana se acercó a ella y la abrazó con fuerza. La errante se despidió de Leala y Fairfax. La mujer, tras darle un hatillo con medio pan recién hecho, queso, algo de carne y fruta, volvió a besarla en la mejilla .

―Cuídate mucho, Thyra. Espero que seas feliz con tu destino y que puedas volver pronto. Esta siempre será tu casa.

―Gracias, Leala.

Al salir, Oskar la estaba esperando. La princesa miró a Alana y sonrió al escuchar lo que había pensado sobre su prometido.

―Alana, él es Oskar, de la casa de Isaksen.

―Todo un honor conoceros, Elegida ―dijo él, llevándose la mano al pecho.

―¿Sabe…? ―preguntó volviéndose hacia la errante.

―Todo mi pueblo lo sabe. Llevamos siglos cuidando de vosotras esperando a que la Elegida se revelara.

Alana sintió un escalofrío que acabó por erizarle toda la piel.

Thyra sonrió un instante. Después, llevó la mano al corazón de la Portadora y cerró los ojos.

La princesa compartió con ella decenas de recuerdos suyos de otras épocas.

Incluso del día de su nacimiento y de su familia.

Quería que la tuviera presente hasta que volvieran a estar juntas. Algo para lo que aún faltaba bastante.

Tras separarse, la joven inglesa asintió. Debía dejarla marchar, solo que rechazaba la idea de pleno. Justo antes de que subiera al caballo, le susurró en la mente que esperara un instante. Ante su petición, Thyra aceptó caminar unos pasos para alejarse de su prometido a fin de que no las oyera.

―Decidme, ¿qué queréis preguntarme? ―inquirió la princesa con mucha curiosidad ante su expresión.

―¿Qué significa Forbanna skjebne? ―soltó de golpe, como si sintiera que debía saberlo a toda costa.

―¿Quién os ha dicho eso?

―Nadie. Lo he escuchado en mi mente, pero no sé qué significa. He supuesto que lo habías pensado tú.

―No, Alana. Yo no he dicho esas palabras.

―¿No? ―Thyra negó un par de veces―. ¿Y qué significan?

―Maldito destino. Es mi lengua y tiene miles de años. ¿Cuándo lo habéis oído?

―Poco después de llegar tu prometido ―dijo bajando el tono―. Tal vez lo haya dicho él.

―No que yo recuerde. ¿Y qué más…? ¿Acaso habéis escuchado nuestra conversación? ―preguntó preocupada .

―No, tan solo he oído esas dos palabras. Pero no venían de donde estabais vosotros, sino del bosque. Es como si lo hubiera susurrado el viento, aunque tampoco podría asegurarlo.

Thyra bajó la mirada y bloqueó un pensamiento. Una corazonada que prefirió no compartir hasta no averiguarla por sí misma.

―No lo sé, Lana.

―Déjalo, no tiene importancia. No te retengo más. Cuídate mucho. Espero verte pronto.

Un último abrazo antes de montar a caballo.

―Confiad en el padre León ―le pidió la princesa―. Ahora él es vuestro protector hasta que yo regrese.

Alana asintió y volvió junto a sus padres.

Ver partir a su nueva amiga le destrozó el alma, pero era algo que no podía impedir.

Sin saber cómo, tuvo el presentimiento de que pasaría un tiempo antes de que se vieran de nuevo.

Aquel pensamiento desapareció en cuanto escuchó en su mente cómo Thyra volvía a despedirse de ella y le decía que estaba deseando formalizar su unión.

Al rozar el mediodía, los emisarios llegaron al castillo.

Desmontaron a toda prisa y corrieron hacia la sala del trono para ver al rey.

No tenían tiempo que perder, puesto que la vida de los hombres que cabalgaban hacia Richborough dependía de ello.

Cuando entraron en el gran salón, se toparon con que allí estaban los invitados del día anterior y los hombres del consejo en una conversación distendida.

Varios extranjeros trataron de cortarles el paso, pero, como si la preocupación de esos dos hombres hubiese recorrido la estancia, Athelstan volvió la cabeza hacia donde se encontraban. Sorprendido de verlos de vuelta y temiendo que aquellos dos vampiros les anularan la voluntad, dio una orden.

―¡Que pasen mis hombres, los estoy esperando! ―vociferó, silenciando así a todos.

Los dos soldados apresuraron el paso. En cuanto se encontraron ante él, hincaron la rodilla en el suelo.

―Mi rey ―dijeron los dos.

―Seguidme. Discúlpenme, caballeros. Llevo varios días esperando esta respuesta y es de vital importancia ―mintió. No sabía qué les había obligado a regresar tan pronto, pero la expresión de sus hombres no auguraba nada bueno.

Los presentes asintieron sin darle más importancia, excepto Helmet, que se levantó para acompañarlo.

―Mi buen amigo ―dijo Athelstan mirando al «No Muerto»―, es una nimiedad. No os importa que os deje aquí con los míos, ¿verdad?

―Todo lo contrario, «mi rey». Siento que me veo en la obligación de acompañaros ―respondió con una mueca, dándole a entender que no pensaba dejar que se fuera sin más.

―Por supuesto ―aceptó de mala gana, asintiendo con brusquedad.