7. MALDITO DESTINO #3
Yngvar maldijo por lo bajo. Debería haber acompañado a Oskar a la casa, pero ya era tarde. Aparecer de la nada lo pondría en ridículo, y su obligación era regresar cuanto antes para comunicar al rey lo que había visto. Si sabía de sobra cuál era su deber, ¿por qué era incapaz de moverse?
―Vamos, Alana. Dejemos que hablen en privado ―dijo Fairfax.
El errante aguzó el oído. El aire transportó sin dificultad las palabras del hombre, así que esperó un instante más para oír su voz.
―Lo sé, padre. Solo es que… ¿No ves algo en el bosque?
―¿El qué, hija?
―No sé. Algo…
El suspiro que dejó escapar acabó de minar la voluntad del fornido guerrero.
Debía irse.
Debía…
―¿Qué hay, Alana?
―No es nada. ―Sonrió―. Debo de haberme confundido.
El errante sintió una punzada que le atravesó el alma. «No es nada», se repitió. «Nada…».
A pocos pasos de allí, la tormenta que se había desatado entre la princesa y su amigo acaparó de pronto su atención, apartándolo un instante de aquellos sentimientos que habían aniquilado todos sus principios sin esperarlo.
―¡Estás mintiendo, Oskar! ―se la oyó gritar con rabia.
Alana se giró hacia la princesa. Yngvar la vio cabecear una vez, tras lo que Thyra negó. Fairfax la llamó y ambos entraron en casa. Antes de entornar la puerta, ella se quedó un momento mirando hacia donde él estaba. Algo que le produjo un dolor indescriptible.
― Forbanna skjebne [13] … ―susurró el errante antes de subir al caballo. Espoleó con dureza los costados del pobre animal, que respondió dando lo mejor de sí.
―¡No te miento! ―se defendió el de la casa Isaksen.
―¿Me estás diciendo que has venido tú solo a buscarme ?
―No, Thyra. Yngvar me ha acompañado todo el camino, pero ha regresado al campamento porque hemos visto tropas de Abbadon yendo hacia el norte.
―¿Al norte? Pero Athelstan está al oeste. Tenía entendido que Helmet llegaba ayer.
―Pues no sé qué hacían yendo en esa dirección. Por eso ha vuelto Yng. ―Dejó escapar un suspiro, como si aquello no fuera lo más importante en ese momento.
―¿Qué? ―preguntó exasperada.
―¿Cómo te encuentras?
―¿A qué viene esa pregunta?
―Thyra, ayer era el día de tu transformación. Lo sé bien porque debía estar a tu lado.
―¡Aún falta una luna para el sjelevenner ! ―se quejó, sintiéndose muy indignada.
―Nuestra unión es una carga para ti, ¿verdad?
―¿Y para ti no?
Oskar puso recta la espalda y la observó desde su altura. Dos palmos de diferencia los separaba en todos los sentidos. Un abismo insalvable, salvo porque él quería eliminarlo de un plumazo por lo que sentía.
Una palabra errónea y la unión sería imposible. Dado que no veía más salida que decirle la verdad, se atrevió a romper el silencio.
―No, Thyra. Para mí no es una carga. Para mí es el inicio de mi destino. No porque sea una obligación, sino porque es lo que ansío.
Ella entreabrió los labios por la sorpresa. Aquella era la última respuesta que esperaba de ese magnífico errante. No deseaba un enlace con nadie que no la amara por quién era, sin embargo, con sus palabras había expresado justo lo contrario.
―¿Ansias nuestra unión? ―repitió, recalcando cada una de las palabras que había empleado.
El acortó la distancia entre ambos y se colocó tan cerca que ella tuvo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos.
―No pienso en otra cosa, Thyra ―susurró como una plegaria―, pero no me has dado la oportunidad de mostrarte quién soy. Tu padre es mi rey, pero no me uniré a ti si es la obligación la que te mueve.
―Se supone que ese es el motivo por el que tenemos que pasar por esto. Mi padre decide. Su palabra es la ley. Siempre lo ha sido .
―Lo sé, pero si esa es la única razón por la que vamos a estar el resto de nuestra existencia juntos…
―Se supone que después del sjelevenner seremos uno. El amor nacerá en nosotros como la lava y ya no querremos separarnos nunca. Así que no hace falta que sientas nada por mí antes…
―Pero lo siento ―la interrumpió―. Desde hace mucho lo siento. He desafiado a mi padre y no he dudado en poner en ridículo a Gudrun y a sus hombres por encontrarte primero.
―¿A Gudrun?
―Sí, Thyra. Lucharía contra el mismo Mørket por ti, pese a que creas que me mueve solo la obligación.
Sin más, la princesa unió los labios en una fina línea.
Aquellas palabras significaban mucho más para ella de lo que podía imaginar el fornido guerrero.
Desde pequeña, antes incluso de saber que estaban destinados a unirse, se sentía atraída por él, pero jamás se lo había confesado a nadie.
No estaba dispuesta a pasar por esa ceremonia solo porque fuera su deber, así que había logrado posponerla cuanto había podido para no atarse a un errante que solo la amaría porque el Destino así lo había decidido.
Ahora se encontraba con que él sentía lo mismo y no sabía bien qué iba a suceder cuando la unión tuviera lugar. Solo había oído hablar en las leyendas del amor de los errantes antes de su enlace.
―No sé qué decir. ―Cerró los ojos, luchando contra ella misma.
―No digas nada.
Oskar se acercó a sus labios con el hambre de un ser casi inmortal enamorado.
Se mantuvo tan cerca que casi podía rozarla, aunque no sucumbió al deseo.
Ella no abrió los ojos con la esperanza de sentir su boca devorando todo a su paso.
Notó la tibieza de su respiración rozando su piel, y aquello erizó la suya.
Lo deseaba con todas sus fuerzas, solo que no se movió lo más mínimo por miedo a despertar de un sueño.
Él inspiró una vez más para recordarla, pero acabó apartándose. Su corazón protestó por no haber hecho desaparecer la escasa distancia que los separaba.
Caminó unos pasos para crear el espacio necesario entre ellos. Era eso o no responder de sus actos. Y eso jamás iba a suceder.
―Será mejor que te despidas de Alana. Hemos de regresar.
―¿Por qué has hecho eso ?
―¿El qué? ―dijo muy serio.
―Nada ―respondió molesta―. Voy a despedirme. No tardaré.
Thyra trató de rodearlo, pero él la detuvo sujetándola del brazo antes de que llegara a la puerta.
―No puedo besarte antes del sjelevenner , lo sabes bien. Si lo hiciera, te estaría mancillando, y yo no soy un maldito indeseable.
Ella dejó escapar un suspiro de entre sus labios, entendiendo su forma de proceder.
―Tienes razón, pero esperar hasta la próxima luna va a ser lo más difícil que he hecho en mi vida, guerrero.
―¿Cómo…?
―Ahora no. Antes voy a despedirme de la Elegida, pero tenemos mucho de lo que hablar.