Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 7. MALDITO DESTINO #2
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7. MALDITO DESTINO #2

Volvió a mirar a Thyra y, a su modo, le dijo que había llegado la hora de ponerse en pie. La errante le dedicó una enorme sonrisa y asintió. El movimiento sincronizado de ambas despertó tanto a Fairfax como a Leala, quienes habían caído rendidos de madrugada en un sueño profundo.

―¡Alana! ―dijo su madre al tiempo que se acercaba a la cama.

―Estoy bien…

―¿De verdad, hija? ―añadió Fairfax.

―Sí, ¿por qué tenéis esa cara de preocupación?

Los dos les contaron lo que había sucedido con aquella luz incomprensible que fueron incapaces de traspasar.

La princesa frunció el entrecejo y, tras cerrar los ojos, se llevó las manos al corazón.

Una imagen nítida de lo que había sucedido la inundó, así como la revelación de que su don, el de la «Lucidez», ya no era el único que poseía.

Ahora se le sumaba la capacidad de proteger a Alana y de comunicarse con ella utilizando solo el pensamiento.

De lo que no estaba aún segura era de si aquel campo de fuerza invisible y el poder conectarse para hablar con la mente se ceñía de forma exclusiva a la Elegida o, por contra, podía utilizarlo en cualquiera.

―¿Thyra? ―preguntó Lana.

―He visto lo que han descrito. He visto lo que nos ha protegido.

Alana le pidió mentalmente que no contara que podían oír sus pensamientos. Temía que sus padres no pudieran soportarlo. La errante lo entendió, ya que ni ella misma era capaz de aceptar esa nueva habilidad.

―Entonces, ¿sabes qué era eso? ―agregó la Elegida, refiriéndose a esa extraña luz que las había envuelto.

La princesa les habló del don de la protección que poseían algunos de los suyos, pero jamás soñó con tenerlo. Pensaba que su capacidad para ver el futuro de la Portadora era cuanto podía hacer.

―Entonces, ¿sigues viendo mi futuro? ―preguntó Alana, que, en cierto modo, prefería no saberlo.

―No estoy segura. Para eso, he de entrar en trance, como hice en el bosque. ¿Lo recuerdas?

―Ahora no es el momento, hija ―dijo Fairfax, aliviado de que hubiera sobrevivido a la transmutación.

―Creo que lo mejor será dejar esta conversación para otro momento ―intervino Leala―. Ambas necesitáis reponer fuerzas. Voy a preparar un buen plato de gachas calientes, pan y mantequilla.

―Gracias, madre. Estoy hambrienta. ¿Y tú? ―preguntó a Thyra.

―Yo también. No esperaba pasar por nada parecido.

―¿Has visto o sentido algo de lo que yo…?

―No, Alana. Solo os he acompañado en vuestro camino para que no estuvierais sola.

―No lo he estado en absoluto ―añadió ella, mirando a sus padres y a la errante.

Al tratar de levantarse, la princesa dejó escapar un quejido. No se había dado cuenta de lo que le dolía el muslo hasta que había apoyado los pies en el suelo y realizado el intento de ponerse en pie.

―Déjame que te vea la herida ―dijo Leala preocupada .

―Solo ha sido una molestia ―quiso quitarle importancia.

―Eso lo decidiré yo.

Tras quitarle el paño y retirar el emplaste, todos vieron cómo unas pequeñas ramificaciones negras salían del corte.

―¡Oh, no! ―exclamó Thyra.

―Madre, ¿qué es eso?

―Me temo que la daga que la hirió le ha dejado alguna esquirla dentro, aunque ayer no vi nada.

―He de volver con los míos. Tal vez mi padre sepa qué hacer.

Alana se miró las manos y sintió una leve vibración en las palmas. Como si algo o alguien la guiara, se interpuso entre la errante y su madre.

―Déjame curarte ―dijo con una voz más profunda que la suya. Thyra asintió sin decir nada―. Madre, necesito que le abras la herida con un cuchillo limpio para que pueda sacarle lo que tiene dentro.

―¿Estás segura de esto, hija? ¿Cómo sabes que…?

―Lo siento con todo mi ser, madre. Ahora no te lo puedo explicar. No te demores o empeorará.

―Yo te lo traigo ―se ofreció Fairfax.

―Voy a lavarme las manos.

Regresaron poco tiempo después. Leala miró a la errante, que resopló porque sabía cuánto iba a dolerle.

Con mano firme, cortó los hilos y la herida quedó expuesta.

Thyra dejó escapar un par de lágrimas, pero no se quejó.

La Elegida se acercó y le impuso las manos.

Sin saber cómo, atrajo el pequeño fragmento hasta que este atravesó la carne y cayó encima de la cama.

La princesa frunció los labios mientras gemía y las lágrimas corrían por sus mejillas.

El diminuto trozo de acero dojehî había sido más que suficiente como para infectarle la sangre de forma gradual.

Al encontrarse liberada de ese pedazo forjado en el mismo infierno, de pronto, se sintió mejor.

Miró a Alana a través de las pestañas empapadas e inspiró con fuerza al observar cómo ella volvía a colocar las manos en la lesión.

No estaba segura de lo que iba a hacer, hasta que, incrédula, vio cómo el corte se cerraba hasta desaparecer.

―¿Cómo has…? ―preguntó la princesa.

―Porque ÉL está en mí.

―Hija mía… Yo nunca he podido hacer nada parecido ―susurró Leala, impresionada por lo que acababa de ver .

Fairfax se mantuvo en silencio, puesto que era incapaz de asimilar que su pequeña había cerrado una herida abierta solo con sus manos.

―Para bien o para mal, soy la Elegida. Tengo dones que ninguna de mis antecesoras ha poseído ―dijo mientras se frotaba las palmas.

Después, al darse cuenta de lo que había dicho desde lo más profundo de su ser, se pasó las manos por los muslos.

Como si el miedo, de pronto, hubiera tomado el control de su cuerpo.

―Tal vez tengas razón ―añadió su madre.

―No me miréis así, ¡ni yo misma sé qué es lo que he hecho ni por qué he hablado de ese modo! ―susurró, temerosa de convertirse en un monstruo.

Unos golpes acabaron con una situación que se estaba complicando por momentos. Fairfax se acercó a la puerta. Nada más abrirla, se topó con un extranjero. Sin duda, era uno de los hombres más altos y fuertes que había visto en toda su vida.

―¿En qué puedo ayudarle? ―preguntó con desconfianza.

―Buen hombre, permítame que me presente.

Soy Oskar, de la casa Isaksen. El padre León me ha confirmado que en esta casa vive Alana Shaw, vuestra hija.

Busco a mi prometida, la princesa Thyra, de la casa Ragnasson.

Desapareció hace unos días de nuestro campamento, así que comprenderá lo preocupados que estamos por ella.

Ruego porque esté sana y salva. Os aseguro que vengo desde muy lejos para encontrarla y llevarla de vuelta.

Thyra, que se había acercado al hogar para acompañar a Leala y Lana a poner la mesa, se quedó petrificada al oír su voz.

―¿Quién es? ―preguntó la inglesa, sintiendo mucha curiosidad.

―Mi futuro ineludible ―dijo furiosa, ya recuperada por completo.

Sin sopesar las consecuencias, la errante salió a su encuentro. Ni que decir tiene que no lo iba a dejar pasar dentro de la casa de la Elegida, así que salió para aclarar las cosas. No pensaba regresar al campamento, y mucho menos con él.

―¿Se puede saber qué haces aquí? ¡Te recuerdo que aún no hemos formalizado nuestro sjelevenner y no te pertenezco! ―le soltó, caminando unos pasos fuera de la casa.

Al verla de una pieza, Oskar, aliviado, inspiró un poco más fuerte y dejó escapar el aire entre sus labios. Ladeó la cabeza hacia Fairfax en señal de agradecimiento .

―¿Puedo hablar contigo a solas? ―preguntó con media sonrisa.

―No sé de qué quieres hablar. No te debo nada.

―Thyra ―oír su nombre en los labios del errante hizo que a ella se le erizara la piel―, por favor…

Resopló fastidiada, pero asintió aceptando su petición. Pasó por delante de Fairfax, que se quedó mirando cómo ambos caminaban a grandes zancadas y se paraban a poca distancia del huerto.

En el bosque, Yngvar esperaba con impaciencia a que su amigo le confirmara que ya podía regresar.

Se había podido hacer con un caballo a buen precio.

Era algo viejo, aunque le serviría para el camino de vuelta al campamento.

Mientras observaba a Oskar hablar con aquel campesino, cayó en la cuenta de que él no pasaría jamás por algo semejante.

Se alegraba de no haber querido intervenir en aquel reencuentro.

El amor escapaba de su comprensión. No renegaba de él, solo que nunca lo había sentido de esa manera por nadie.

Sus padres eran grandes guerreros y ninguno se había tomado el tiempo suficiente como para mostrarle el más mínimo afecto.

Desde tiempos inmemoriales, de la crianza de los Knutsen se encargaban las nodrizas.

En otras casas no era de ese modo. De hecho, en la de los Isaksen, el cariño estaba presente en muchas de sus acciones.

La misma madre de Oskar, Branka, lo había abrazado o besado en las mejillas más que su propia madre.

Esos pensamientos se detuvieron en seco al ver a la princesa salir de aquella casa seguida de su amigo. Al menos él sí lograría tener el futuro que deseaba, aunque le había sido impuesto. Justo cuando iba a desatar al caballo, la vio aparecer.

La brisa se detuvo.

El bosque enmudeció.

Yngvar solo podía oír sus latidos retumbando en el fondo de los oídos y su respiración superficial, que, de pronto, le resultó insuficiente.

Aquella era la muchacha más bonita que había visto en toda su larga existencia.

Su cabello rubio ondulado se movía al son de una melodía antigua que su mente reprodujo sin esfuerzo.

Apenas había podido ver su rostro un instante, pero el corazón le gritaba que no volviera a separarse de ella.

La sangre corría veloz por sus venas sin tener en cuenta los peligros que conllevaba sentirse unido a alguien que no conocía.

Como si al Destino le pareciera poco cruel esa situación, Alana se giró hacia el bosque, mirando fijamente en su dirección .

Como un cobarde, se escondió tras el árbol que lo cubría. Ella se puso la mano a la altura de los ojos, ya que la luz del sol incidía con fuerza donde se encontraba.