Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 7. MALDITO DESTINO
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7. MALDITO DESTINO

O skar e Yngvar ya llevaban más de medio día de camino cuando decidieron detenerse.

Debían revisar el mapa que les había facilitado Vidar antes de partir.

Tras revisar las líneas dibujadas y los tótems señalados, pudieron comprobar que iban en la dirección correcta.

El sentido de la orientación del prometido de Thyra era envidiable, por lo que no se habían desviado ni un solo palmo.

Por otro lado, pese a la enorme distancia que ya llevaban recorrida, ninguno sentía cansancio alguno.

Tanto la resistencia como la velocidad del pueblo errante eran extraordinarias, y aquel día ambos amigos la iban a poner al límite.

Tras beber unos sorbos de agua, se pusieron de nuevo en marcha.

―¿Crees que llegaremos antes del amanecer? ―dijo Yngvar sin esfuerzo.

―Tal vez. Si no llueve esta noche, quizás podamos. Los caminos no están tan mal como esperaba.

―No vas a dejarme dormir ni un instante, ¿verdad?

Oskar lo miró y sonrió.

―Cuando te llegue, me comprenderás.

―¡Yo no pienso enamorarme nunca! Además, soy mayor que tú y el rey aún no ha elegido a nadie para mí. Eso solo puede significar que soy libre y puedo hacer lo que me plazca. ―Se echó a reír.

De pronto, escucharon unas voces a lo lejos. Se detuvieron de golpe para no ser descubiertos .

―Shh… ―susurró Oskar, quien le hizo un gesto con la cabeza a su amigo mientras señalaba el árbol que tenía al lado. Después, trepó a él con la facilidad de un felino.

Yngvar hizo lo mismo en otro cercano. Bajo la atenta mirada de ambos, observaron cómo una horda de vampiros temibles cruzaba a toda velocidad en dirección norte.

Eran demasiados. Se hicieron una señal y negaron con seriedad.

Luchar con ellos supondría una insensatez, puesto que no habría acabado nada bien para ninguno de los dos.

En cuanto volvieron a estar solos, bajaron al suelo.

―¿Has visto los emblemas? ―preguntó el joven Isaksen muy serio mientras pensaba en los posibles horrores a los que se habría tenido que enfrentar Thyra por su imprudencia.

―Un escorpión. Son las tropas de Abbadon.

Yngvar no temía a nada ni a nadie, pero aquellos que antaño fueron hombres se habían convertido en bestias sin corazón. Jamás se le ocurriría ignorar o infravalorar el peligro que los rodeaba.

―¿Qué harán tan al sur, Oskar? Pensaba que ya habían llegado al castillo con las bestias de Helmet ―añadió entrecerrando los ojos.

―No lo sé, Yng, pero hemos de encontrar a Thyra lo antes posible y avisar al rey. Quizás deberías volver, esta información es vital.

―No pienso dejarte solo, así que corramos más que nunca para encontrar a tu prometida. En cuanto te deje con ella, me haré con un caballo y me adelantaré para avisarlos.

―De acuerdo.

Apretaron el paso para adentrarse en la oscuridad de la noche.

No pudieron calcular cuánto habían permanecido encaramados a los árboles esperando a que los «No Muertos» se alejaran, pero estaban seguros de que ya había sobrepasado la medianoche.

Por suerte, la luna llena los acompañó hasta que comenzó a clarear.

―Yngvar, detente un momento.

―¿Qué ocurre?

―Espera, deja que saque el mapa. Aquella posada es esta ―señaló con el dedo.

Su amigo asintió―. Aquí está el camino y ahí el bosque.

Si seguimos río arriba, llegaremos antes de que salga el sol.

El pueblo queda cerca. Lo más sensato es preguntar al párroco, quizás conozca a la Elegida.

Esperemos que la suerte esté de nuestro lado y no tengamos que dar demasiadas explicaciones .

―Si quieres, puedo sonsacarle sin problemas ―le recordó Yng dibujando media sonrisa.

Los pertenecientes a la casa de Knutsen eran capaces de confundir las mentes haciéndose con la voluntad de los que caían bajo su poder. A diferencia de los «No Muertos», ellos podían influir en todos los seres vivos: hombres y animales.

Oskar sonrió al pensar que aún no le había revelado a nadie cuál era su gracia.

La razón principal para mantenerla en secreto no era otra que la había utilizado para someter a muchos para conseguir cuanto quería.

Incluso lo había hecho con su mejor amigo.

Su habilidad era parecida a la de Yngvar, aunque para dominar al otro necesitaba tocar su piel.

Después, lograba que quien cayera bajo su control hiciera todo lo que se le antojara.

Por fortuna para los que subyugaba, sus deseos eran simples e inocentes.

―De acuerdo, pero primero lo intentaremos sin dones. Solo los utilizaremos como último recurso.

Su amigo asintió y se dirigieron a la vereda del río. El amanecer se acercaba. Con el nuevo día, la situación sería muy diferente, puesto que la Elegida ya habría completado su transformación. Oskar esperaba que Thyra la hubiera encontrado y estuviese a salvo.

Sin poder evitarlo, pensó un instante cuánto tiempo había transcurrido desde que fueron designados el uno al otro.

Mucho. Demasiado para lo que sentía por ella.

Ambos se conocían desde que eran niños, y de eso hacía tanto que prefirió no recordar el número de años.

Cuando un errante nacía, era un verdadero acontecimiento para todas las casas.

Una nueva vida significaba que un guerrero más se agregaba al ejército contra Mørket y que el final de la guerra estaba un poco más cerca.

Ya hacía un tiempo que él había llegado a la madurez como lo hacían los hombres.

Thyra, sin embargo, la había alcanzado la noche anterior.

Según la costumbre de su pueblo, debían estar juntos cuando aquello sucediera, pero su intrépida prometida había preferido vivir toda una aventura por su cuenta y riesgo.

Mientras dejaban atrás el camino y corrían veloces por el bosque, se preguntó si llegaría alguna vez a amarlo por quien era y no por el ritual del sjelevenner .

Deseaba con todas sus fuerzas que así fuera, pero ella nunca había estado interesada en conocerlo de verdad.

Las escasas ocasiones en las que se habían visto eran las estrictamente oficiales, o, dicho de otro modo, de las que Thyra no se había podido librar .

Aquel recuerdo crispó su templanza, de modo que apretó aún más el paso. Yngvar, que lo conocía bien, supo que le faltaba poco más para echarse a volar, pero, por desgracia, ellos no tenían la capacidad de cambiar de forma.

―¿Más deprisa? ―bromeó el de la casa Knutsen―. Te mueres por besarla, ¿eh?

―¡Déjame en paz!

Los primeros rayos de sol se reflejaron en los cabellos dorados de Oskar, que bailaban al son de sus enormes zancadas. Ambos se desplazaron a una velocidad endiablada, hasta que el amanecer iluminó todo a su paso. Con la luz de la mañana, la esperanza de ambos por encontrarla se reavivó.

El corazón del joven Isaksen retumbó un poco más fuerte, y no se debió al esfuerzo. En su mente no dejaba de repetir una idea que espoleaba su determinación. Una que le haría lograr su objetivo.

«Solo un poco más y llegaré al pueblo. Solo un poco más y te encontraré, Thyra».

Tras una inspiración profunda, Alana comenzó a parpadear.

No había soltado la mano de la princesa en ningún momento, y ahora tampoco quería dejarla ir.

La sentía parte de ella misma. Como si, de algún modo, hubieran conectado a un nivel más profundo.

Como si sus almas estuviesen unidas por un hilo invisible.

Aquel proceso las había convertido en verdaderas hermanas, aunque no compartieran la misma sangre.

Sentía como si la amara tanto como a su pequeño hermano Wade, y deseaba protegerla como haría con sus padres sin dudarlo.

Justo antes de abrir los ojos, cientos de recuerdos de la noche anterior llegaron en tropel, completando así su transformación.

La claridad de mente con la que veía todo la sobrepasó unos instantes.

El amor hacia cuanto la rodeaba. Sentir a todo ser viviente respirar, vibrar y tratar de seguir adelante.

Entonces, lo vio. Vio el Mal que corroía a las almas.

El Mal que tenía forma y que deseaba algo por encima de todo.

A ÉL. A… ella.

Antes de que Alana pudiera adentrarse en aquel pensamiento, Thyra comenzó a moverse. La errante abrió los ojos sintiéndose distinta. Más fuerte. Más alerta que nunca. Miró a la Elegida y un escalofrío la recorrió al saberse cogida aún de su mano. Ambas sonrieron y asintieron sin decir una palabra.

«Lo has conseguido», se dijo la princesa, inmensamente feliz.

«¿Qué has dicho? ¿Por qué puedo oírte en mi mente?», preguntó Lana extrañada y temerosa.

«¡Yo también os oigo! No… no lo sé. Os juro que jamás había escuchado hablar de nada semejante», respondió Thyra con la misma cara de sorpresa.

«Soy… Estamos…», añadió la joven inglesa, incapaz de pensarlo siquiera, ya que no hacía falta.

La errante asintió y Alana inspiró un poco más fuerte cuando la vio confirmarlo. En silencio, aceptaron que los cambios que se habían producido en ambas no iban a poder comprenderlos sin más. Thyra le aseguró que preguntaría a los ancianos y la Elegida aceptó su palabra.

Pese a que ninguna entendía aquella singular conexión, a esas alturas poco importaba, puesto que no había vuelta atrás.

La sangre de Cristo había dejado de estar latente y ya corría libre por las venas de Alana.

También el conocimiento que le prometió su madre que tendría, que superaba con creces sus expectativas.

Cerró los ojos un instante con la necesidad de rememorar una vez más cuanto había visto y sentido.

Traición, latigazos, desprecio, dolor. Todo aquello no era nada comparado con la paz que sentía en ese momento.

Una fe, antes incomprensible para ella, ahora la inundaba.

La necesidad de salvaguardar la vida de cuanto ser viviente caminaba sobre la tierra se había convertido en su prioridad.

Cada inspiración llenaba su cuerpo de un amor infinito.

El aire olía a flores, a pureza, a verdad.