6. LA TRANSFORMACIÓN #3
Tras almorzar, Fairfax decidió que había llegado el momento de aclarar con Thyra cuáles eran sus verdaderas intenciones con respecto a su hija.
La tarde se iba acercando demasiado deprisa y pronto llegaría la noche.
La transformación comenzaría al caer en un profundo sueño, y rogaba porque todo saliera bien.
―¿Cómo tenéis la pierna, princesa?
―Mejor, gracias .
―No sé cómo deciros esto, pero creo que vuestro cometido no solo era conocer a Lana. Así que disculpadme si no lo digo con las mejores palabras, pero ¿por qué estáis aquí? La verdad.
La princesa lo miró con una expresión de sorpresa. No esperaba que la interrogara. En cierto modo, lo comprendía. Era una extraña que había irrumpido en sus vidas en el día más duro que iba a vivir su hija, qué menos que conocer sus intenciones.
Miró a la Elegida y decidió que lo mejor era contar la verdad.
―No lo sé ―dijo sin más―. Una fuerza me impulsaba a conocerla.
Puedo ver el futuro, aunque a veces es confuso.
Eso no significa que sepa en todo momento qué va a acontecer.
Lo que me ocurre se asemeja a cerrar los ojos e imaginar algo concreto.
Solo que, esa escena que se me presenta se cumple después, sea bueno o malo.
Y me aterra que te suceda algo malo ―añadió, volviéndose hacia su protegida―.
Eres lo más preciado que existe para el mundo, Alana. He de salvarte, pero aún no sé cómo.
―¿Voy a morir? ―soltó angustiada.
―Sí… No… Es algo que no puedo distinguir con claridad y me está desquiciando. Conforme os acercáis al cambio, siento como si mi don estuviera perdiendo eficacia. Tal vez os pueda orientar mejor cuando todo se estabilice.
―Entonces, ¿no conocéis mi futuro? ―preguntó esperanzada.
―No del todo. Por esa razón estoy aquí. Vi algo con mucha claridad, pero otras visiones que creía ciertas se han esfumado.
Lo que sí os puedo asegurar es que «ese momento» del que os hablo no ha cambiado.
Pero, tranquilizaos, aún falta un poco para eso.
Han de rodearse muchas circunstancias antes de llegar a ese punto.
―Mi vida no es mía ―susurró Alana mientras las lágrimas caían sin control por su rostro.
Leala se levantó para abrazarla con fuerza. Al oírla, había sentido como si hierros candentes le atravesaran el corazón. En cierto modo, no iba desencaminada. Su vida ya no le pertenecía, y no había manera de detener el avance del tiempo.
―Mañana, hija mía. Mañana será distinto ―le susurró entre tanto la acunaba y besaba su cabello.
―Yo estaré siempre a vuestro lado ―añadió Thyra―. Tal vez no signifique mucho, pero podéis confiar en mí. Hasta que muera, mi vida será vuestra .
Ella miró a su madre y se puso en pie. Para sorpresa de la errante, vio cómo la rodeaba con sus brazos. Mientras le mostraba su agradecimiento de ese modo, Alana se dijo que si aquella chica estaba dando todo cuanto era para protegerla, no iba a despreciar su sacrificio.
―Gracias, Thyra. Jamás lo olvidaré.
El sol rozó el horizonte. No podían verlo, pero la Elegida sintió como si un látigo le cruzara la espalda. Se contrajo sin poder evitarlo y gritó de dolor.
―¡Alana! ―dijeron a la vez Fairfax y Leala.
―Llevadla a su cama ―pidió Thyra, que la sujetó con fuerza, pese a que la pierna la estaba matando.
Su padre la cogió en brazos y la llevó a la pequeña estancia donde dormían Wade y ella. La dejó con cuidado y la tapó con las mantas.
―Tengo mucho frío ―balbuceó con los dientes castañeando.
Leala cogió un cuadrante de lana hecho con sus propias manos y la cubrió con él. Ella cerró los ojos con fuerza. El sufrimiento se veía reflejado en su rostro. De pronto, al otro lado de la sala donde hacían vida, un grito desgarrador salió de los labios de Thyra.
―¡Ve a auxiliarla, Fairfax! ―exclamó su esposa.
―Princesa, ¿qué os ocurre?
Ella no respondió. Se encontraba en el suelo y tenía los ojos cerrados.
Su expresión era similar a la de su propia hija.
En ese momento, entendió lo que parecía estar ocurriendo.
Ambas estaban conectadas de alguna forma, y ya nada podía parar ese maldito cambio que llevaba temiendo desde que Alana había nacido.
Cogió también a la errante en sus brazos y la llevó junto a ellas. Puede que se estuviera equivocando, pero, de algún modo, sentía que aquello era justo lo que debía hacer para protegerlas.
―Acerca la cama de Wade a su lado ―ordenó el hombre.
―¿Por qué? ¿Qué le ocurre? ―preguntó mirando hacia la princesa.
―No lo sé, pero creo que deben estar juntas. Han de pasar por esto juntas ―aseguró Fairfax.
Nada más poner a una al lado de la otra, aun en su delirio, buscaron sus manos.
Leala se abrazó a su esposo sollozando. Ninguno de ellos podía ayudarlas.
Ese era su camino. Aunque deseaba poder hacer algo, tuvo que aceptar que su hija ya tenía en Thyra cuanto necesitaba para realizar la transición .
Un leve resplandor comenzó a cubrirlas de pies a cabeza, como si un lienzo fino las envolviera.
Fairfax miró extrañado a su mujer.
―¿Te ocurrió lo mismo?
―No, lo mío fue muy distinto. No sé qué es eso.
Con cautela, el hombre acercó la mano a la luz. Trató de atravesarla, pero no pudo. Ambas estaban protegidas del exterior por aquel fulgor blanquecino.
―¿Sobrevivirán? ―preguntó él.
―Eso espero.