Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 6. LA TRANSFORMACIÓN #2
24%

6. LA TRANSFORMACIÓN #2

Alana, de pronto, se echó hacia delante. Dejó escapar un fuerte suspiro y se miró las manos con extrañeza. Temerosa, levantó la cabeza para susurrar:

―Padre…

―Está comenzando. Volvamos a casa. ―Ella asintió―. ¿Puedes caminar?

―Sí, creo que sí.

Fairfax colocó el brazo en los hombros de su hija y anduvieron despacio hacia la casa. Cada paso la acercaba a un futuro ineludible. Un deber impuesto. Un cambio radical en su forma de entender la vida y de ver el mundo.

Se fijó en sus ropas. En sus gastadas botas.

«Reina de…», no fue capaz ni de repetírselo a sí misma.

Ella no podía ser quien decía Thyra, aunque tampoco pensaba que iba a ser la portadora de la sangre de Cristo; así que a pocos palmos de su hogar empezó a pensar si aquello podría ser un sueño.

Quizás estaba aún dormida y su hermano Wade la despertaría de un momento a otro dándole un golpe con la almohada.

―¿Te encuentras mejor? ―preguntó su padre, destruyendo con esas tres palabras sus esperanzas en que todo aquello fuera irreal.

―Un poco.

―Vamos a almorzar. Aún nos queda tiempo antes de que caiga el sol para poder hablar.

―¿Y de qué quieres hablar, padre?

―Esa chica nos tiene que contar la verdad. Dice que debía conocerte, pero pienso que falta algo más en su historia.

―Hay cosas que no puede compartir.

―Entiendo sus motivos, pero nos ha confesado que viene de tierras muy lejanas con los suyos. ¿Me estás diciendo que han cruzado el mar solo para que ella pudiera conocerte ?

―Eso parece.

Fairfax se quedó pensando un instante.

―¿Y si era su deber estar contigo hoy? ―preguntó más para sí que para su hija―. Puede que, después de todo, no se haya confundido de día.

―¿Qué estás tratando decir? ¿Que este era su destino?

―Si realmente eres la Elegida, tal vez tu transición sea distinta y necesites a alguien que te proteja, que esté a tu lado en todo el proceso.

―Voy a sufrir mucho, ¿verdad?

―No sé, hija. Conocí a tu madre tiempo después de su cambio.

No confió en mí para contármelo hasta que tú naciste.

He de decir que no me lo tomé demasiado bien.

La acusé por traicionar mi confianza y habérmelo ocultado durante casi un año.

Me avergüenzo de lo que hice, porque, por primera vez, le levanté la mano.

Alana se detuvo para mirarlo.

―Padre…

―Me cegué, hija. No sé qué me ocurrió, pero, tranquila, ella detuvo mi brazo como si mi fuerza no fuese más que la que posee la brisa moviendo las hojas.

Acto seguido, tiró de mí hacia abajo. Acabé de rodillas sin poder levantarme.

Sentía sus manos apoyadas en mis hombros como si fueran dos yunques que me aplastaban.

―¿Y qué hiciste?

―Pedirle perdón desde el fondo de mi alma. Ella jamás había hecho uso de su don, así que me sentí como un patán porque, en realidad, la envidiaba. Envidiaba lo que significaba tener su poder.

―Pero madre es…

―Magnífica, hija mía. La mejor mujer de todas.

―Desde luego que lo es. Te perdonó.

―Y no lo merecía. Un hombre que pone la mano encima a su esposa es un ser despreciable y un cobarde. Jamás he vuelto a pensarlo.

―¿Por miedo a que te ganara?

―No, hija. No lo he hecho porque es un acto digno del peor de los castigos. Si alguna vez el hombre que está destinado a amarte te golpea, juro por el dios de tu madre que lo mataré.

―El dios de mi madre…  ―repitió despacio―. Parece que pronto también será el mío.

―Eso me temo.

Volvieron a caminar, pero Alana lo detuvo una vez más .

―¿La has temido alguna vez? ―preguntó con un visible tono de preocupación . Esas palabras encerraban miedo a lo que su cambio podría llegar a causar a los suyos.

―Nunca. Será más sencillo de lo que piensas, Lana. Además, siempre estaremos a tu lado y cuidaremos de ti.

Ella lo abrazó con fuerza. Deseaba creer en sus palabras. Deseaba sentirse débil por última vez. Pero el tiempo, ignorante de sus deseos, no se lo concedió.

―Hija, no me dejas respirar.

―¡Ah! ¡Lo siento! ―Lo soltó enseguida―. No lo controlo.

―Tranquila.

―¿Te he hecho daño?

―No, estoy bien. Venga, volvamos.

―Wade…

―Estará una temporada con los abuelos. Hasta que sepas…

―Controlarme.

―Sí.

―Quizás debería irme de aquí ―agregó con pesar.

Fairfax se paró y la tomó de los hombros.

―¡Jamás! ¿Me oyes bien? Esta es tu casa, y tu madre y yo te protegeremos mientras nos quede un soplo de vida. No seré más fuerte que vosotras, pero no dejaré que nadie os haga daño.

Ella lo volvió a abrazar. Esta vez, lo rodeó sin hacer ningún tipo de presión por temor a herirlo de algún modo.

Cuando entraron en casa, la mesa estaba preparada.

―¿Cómo estás? ―preguntó Leala.

―Hambrienta. Enfadada. Triste y resignada.

―No es poco, hija mía. ―Se acercó a ella y la besó en la frente―. Mañana verás todo con más claridad.

―Eso espero.