Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 6. LA TRANSFORMACIÓN
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6. LA TRANSFORMACIÓN

E n cuanto Leala cerró la última puntada, Thyra dejó escapar un enorme suspiro de entre sus temblorosos labios, pues el dolor que había soportado era indescriptible.

Mientras la mujer le aplicaba un emplaste de color verdoso y olor poco agradable, la princesa trató de sonreír como muestra de agradecimiento.

―¿Cómo te encuentras? ―le preguntó Alana con una expresión de preocupación que impresionó a la errante.

―Duele, aunque menos. ¿Qué estáis poniendo en la herida? ―dijo, prestando aún más atención a su dulce semblante.

―Es mejor no saberlo. Un poco de esto, otro de aquello. Se machaca en el mortero y listo para evitar infecciones. También lleva algo para bajar la quemazón, pero no la eliminará del todo.

―No importa, es mucho más de lo que yo hubiera podido hacer. Gracias.

―No las merece. Te quedarás con nosotros hasta que estés recuperada por completo.

―No, mañana he de partir. Me estarán buscando…

―¿Quiénes? ―interrumpió Lana.

―Los míos. No debería haberme saltado algo muy importante. Creo que mi padre no estará muy contento cuando me vea.

―Bueno, no conozco a tu padre ―añadió Leala―, pero soy madre y te aseguro que, aunque quiera azotarte por desobedecerlo, en el fondo, respirará aliviado cuando te vea regresar sana y salva .

―Sí, está claro que no lo conocéis en absoluto.

Ambas sonrieron.

―Thyra, ¿de verdad piensas que han enviado a alguien a buscarte? ―insistió Alana.

―Estoy convencida.

―¿Y por qué no han dado aún contigo si, con toda seguridad, cuentan con grandes rastreadores? No me imagino lo preocupados que deben de estar dado quien eres.

―Lo estaban. De hecho, los vi pasar muy cerca.

Pero ellos buscaban pisadas más pequeñas que estas ―dijo, señalándose una bota― y un olor…

diferente al que sé que apesto. ―Se acercó la chaqueta a la nariz y resopló mientras hacía un gesto de repulsa―.

Robé la ropa a alguien del campamento. Para ser exacta, a mi hermano mayor, Thorkell, quien estoy segura de que me despellejará cuando vea que le he destrozado una de sus mejores calzas.

―Se señaló el rajón que había ensanchado Leala―.

Para poder utilizar sus botas, me puse dos calcetas gruesas.

Pero nada de esto importa. Mi deber era encontrarte, Lana.

Algo me llamaba desde lo más profundo de mi ser.

―¿Algo? La… ¿la sangre?

―Tal vez, aunque no puedo explicártelo porque ni yo misma lo entiendo. Solo sé que mi alma me decía que llegara a tiempo, y lo he hecho.

Leala las miró muy seria. Aquello cambiaba las reglas.

Que el destino se hubiera tomado tantas molestias en unirlas confirmaba que su pequeña era la Elegida.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Durante un instante, le resultó muy difícil no pensar en que en sus hombros reposaría el peso del mundo.

Una vez más, se lamentó por no habérselo contado antes, pero ya no podía cambiar el pasado.

Miró hacia fuera. El sol había avanzado más deprisa de lo que esperaba. Ya tendrían tiempo para hablar después. Ahora solo quería disfrutar de los últimos momentos con ella antes de que su vida cambiara para siempre.

―Hija ―dijo con cariño―, deja que Thyra descanse un poco. Aviva el fuego y vamos a preparar el almuerzo. Hay que meter las dos hogazas de pan, cortar las zanahorias y los nabos.

―Claro, madre. Enseguida.

―Yo quiero ayudar ―intervino la errante, que tenía un poco más sonrosadas las mejillas .

―No ―respondió Leala con firmeza―. Acabo de cerrarte la herida. Por poco que te muevas, puedes hacer que se abra. No estoy dispuesta a que te desangres en mi cocina, de modo que estate quieta y cuéntanos algo sobre tu pueblo.

La princesa bajó la mirada, pensando en qué podía decirle y qué no.

Ya conocían parte de su historia, y eso la preocupó en extremo.

Por mucho que trataba de imaginar quién habría sido el insensato que le había hablado a ese párroco de su existencia y de lo que iba a suceder, no logró ponerle cara al que había cometido tal sacrilegio.

En cuanto volviera al campamento, se lo preguntaría a su padre.

El don de la «Lucidez» solo lo poseía su familia, y dudaba mucho de que de entre los suyos alguien pudiese ocultar tal información sin más.

Si alguien los había traicionado, debían encontrarlo cuanto antes y castigarlo sin piedad.

―Somos… Los errantes somos un pueblo muy antiguo.

Los más ancianos ―se detuvo un instante y sonrió sin poder evitarlo―, así lo dicen.

Por desgracia, muchos de ellos murieron en una terrible batalla al principio de los tiempos, tras El Despertar de la Bestia.

Cuando Mørket [10] apareció, trajo consigo a seres que no habéis visto nunca y que espero que jamás tengáis que conocer.

Razas malditas… ―Imprimió en su voz el deseo de destruirlas―.

Por un lado, la unión de hembras con demonios creó a los Tvillinger [11] , una casta de gemelos despiadados y crueles que destilan un odio profundo y animadversión desmesurada por los humanos.

Por otro lado, están los Skyggene [12] , de tez azulada.

Son sibilinos y capaces de desaparecer como si de sombras se trataran, de ahí su nombre.

A estos hay que añadirles los «No Muertos», también llamados vampiros, que portan la sangre de Mørket.

Una plaga que estamos tratando de hacer desaparecer en Inglaterra y las Tierras Altas.

Por último, los demonios, engendrados por él mismo.

Los más salvajes y sádicos que podáis imaginar.

―¿Mørket es…?

―No lo digas, Alana ―la interrumpió Thyra―. En mi lengua es «El Oscuro», el traidor del Creador. Es tu acérrimo enemigo. Te odia con todas sus fuerzas porque sabe quién eres .

―Pero aún soy yo la Portadora ―dijo Leala, sintiendo un pánico incontrolable por lo que aquello implicaba―. De hecho, nunca dejamos de serlo, puesto que mi madre todavía conserva buena parte de cuanto fue.

―Eso es lo que ha sucedido hasta el momento ―respondió la errante con cierto pesar―, pero tu camino termina hoy.

―¿Por qué? ―soltó Lana sin entenderlo.

Su madre cerró los ojos y asintió, aguantando las lágrimas.

―Porque sois, Alana de Essex, la Elegida ―confirmó la princesa con solemnidad―. La espera ha acabado. Sois vos quien ha de salvarnos a todos.

―¿De qué? ¿Cómo voy a salvar a nadie de nada si apenas soy capaz de cuidar de mí misma? ―Con rabia, sostuvo en alto el cuchillo que estaba utilizando para cortar las verduras, como si con ese gesto retara a la misma vida que la estaba empujando a ser alguien que no quería.

―Hija, tranquilízate.

Cuando Lana se vio amenazando a las dos sin apenas haberse dado cuenta, soltó el cuchillo en la mesa como si le quemara en las manos. Las miró un instante con aflicción y corrió fuera de la casa.

―¡Fairfax, ve a por ella! ―gritó Leala.

―¡Alana! ―vociferó Thyra, que trató de ponerse en pie. La punzada que sintió en la herida la obligó a cambiar de idea.

―¡No te levantes! Su padre la alcanzará y la traerá de vuelta. Solo es que… necesita algo de tiempo.

―Mucho me temo que es justo lo que no tiene.

―Lo sé, ¿crees que esto es fácil para ella o para mí? ―clamó la pobre mujer.

―No, claro que no. Nadie os dio la oportunidad de elegir si queríais esta vida y tremenda responsabilidad. Os entiendo mejor de lo que podáis creer.

―No sé cómo.

Thyra le reveló su don y compartió con ella todo lo que la Elegida había omitido para no preocuparles.

Al fin y al cabo, Leala aún era la Portadora y siempre sería su principal apoyo hasta el fin de sus días.

Mientras tanto, Fairfax caminó a grandes zancadas hasta que se detuvo junto a ella, que había dejado de correr al llegar al camino que se adentraba en el bosque.

―Hija …

―¿Por qué? ¿Por qué yo?

―ÉL te eligió.

―No me preguntó.

―Alana…

Ella se volvió y lo miró con los ojos llenos de lágrimas. Lágrimas de rabia, de pena, de terror.

―¿Qué se supone que debo hacer? ¿Cómo pretende que los salve a todos? ―preguntó mirando hacia la casa en respuesta a la declaración de la errante.

―No lo sé, hija.

―¿Sabes qué me dijo en el río? ¿En quién me convertiría? ―Fairfax negó―. En la reina de Inglaterra.

―¿Eso te…?

―Sí, padre. ¡Es una locura!

―Bueno, no sé qué responder a eso. El príncipe no ha visitado Felsted aún, y dudo mucho de que vaya a hacerlo en los próximos días.

―¿Eso quiere decir que me va a tocar a mí ir a buscarlo para cumplir mi destino? ―bromeó un poco para aliviar el peso que sentía en el corazón.

Ambos se miraron y acabaron sonriendo.

―Ay, hija. Eso tampoco lo sé. Todo lo que nos ha contado Thyra es muy difícil de creer.

Tantas razas, tantos seres malvados. Ni he podido quedarme con los nombres, pero dudo mucho de que sean reales.

Jamás hemos visto a ninguno de ellos por estas tierras.

¿Bebedores de sangre? ¿Demonios? ¿No será que la chica se ha trastornado por el golpe que le dieron en la cabeza esos malhechores?

―Algo me dice que no, padre. ―Cerró un momento los ojos, tal y como lo hacía Leala―. No sé qué significa ser la Elegida. ¿Tendré que luchar? ¿Podré curar? Caminar sobre las aguas… ―acabó susurrando.

―A eso no puedo responderte, Lana. Tu madre nunca ha hecho nada de lo que acabas de decir.

―Pero algo distinta a los demás sí que es.

―Si echo la vista atrás, lo que recuerdo es que siempre ha gozado de muy buena salud. No desfallece nunca. Es rápida y también fuerte como un roble.

―¿Y sabe luchar con una espada?

―Que yo sepa, no .

―No sabe… ―Suspiró, dándose por vencida―. Thyra dice que he de salvar a todos. ¿Cómo pretende que lo haga si ni siquiera puedo acercarme a un caballo, mucho menos cabalgarlo o… ―puso las palmas hacia arriba― defenderme con un simple puñal?

―Tal vez ella pueda enseñarte. Si de verdad acabó con aquellos hombres por sí sola, significa que es más de lo que vemos.

―Está claro que no es una simple chica, padre.

―Tú tampoco, hija mía.