5. UN TRATO A LA FUERZA #2
El soldado se despidió del rey con un gesto de preocupación. Sin perder un instante más, corrió escaleras arriba para comprobar que su pupilo aún seguía en el castillo.
Llamó un par de veces a la puerta, pero nadie contestó. Torció el gesto y se decidió a entrar.
―¿Príncipe Alistair?
―Aquí estoy. No he huido.
―Mmm… Nadie ha pensado que lo haría .
―Mientes de pena. Los criados han terminado los baúles en un abrir y cerrar de ojos. Cuando quieras, podemos irnos.
―Partamos entonces.
El sol de media tarde comenzaba a caer cuando los dos salieron al patio.
Allí, una treintena de hombres los esperaban equipados como si fueran a asaltar una fortaleza.
El carro con las pertenencias del príncipe tardaría un poco más en llegar porque iría por la ruta principal.
Ellos, sin embargo, debían encontrar el asentamiento de Ricardo lo antes posible, de modo que acortarían por el este.
Habían recibido la orden de continuar hasta que se pusiera el sol.
Ya habían salido dos emisarios para tenerlo todo preparado para cuando llegasen a la posada que se hallaba a medio camino, así podrían descansar antes de retomar la marcha.
Dejaron el castillo atrás con un mal presentimiento instalado en sus corazones.
Tal era la seriedad de los hombres que los cascos de los caballos eran lo único que rompían el silencio de los caminos, dado que a esas horas empezaban a estar desiertos por la inminente falta de luz.
Las respiraciones entrecortadas de los jinetes se mezclaban con los sonidos que creaba la brisa entre las copas de los árboles y el tímido cantar de algunos pájaros.
Conforme la claridad desaparecía, la preocupación de Landon comenzó a crecer.
La noche no era buena compañera del valor ni de la entereza de las almas dudosas.
Los soldados encargados de proteger a su pupilo formaban parte de una de las guarniciones más leales al rey, así que, en ese aspecto, tenía una razón más para confiar en que todos llegarían sanos y salvos a su destino, pero el sol acababa de ocultarse y la oscuridad galopaba con ellos.
Un cuerno sonó para avisarlos de que era momento de tomar un pequeño descanso.
Debían encender las antorchas y todos necesitaban estirar un poco las piernas.
El heredero bajó del caballo y se internó en el bosque para aliviarse.
Youngblood, en cuanto el príncipe estuvo rodeado por los soldados, hizo lo mismo.
Al volver, se encontró con un joven malhumorado. Quizás tenía algo de razón, puesto que tampoco entendía la urgencia del rey porque dejaran el castillo a esas horas. Aunque ya no había otro remedio que seguir adelante, hasta la posada.
―¿Se puede saber por qué no pasamos la noche aquí mismo? Llevamos cabalgando desde bien entrada la tarde ―dijo Alistair con una expresión de estar a punto de azotar a alguien .
―Porque no es lo que nos ha ordenado el rey ―respondió Landon muy serio.
―¿Y qué? Aquí soy yo quien está al mando.
―Mi príncipe, las cosas no funcionan así.
―¿Es que vas a desafiarme?
―No, pero tampoco dejaré que pongáis en peligro a ninguno de nosotros.
―Señor ―dijo el capitán Terrel Hereward―, estamos listos. Partamos, falta poco para llegar.
―Adelante ―ordenó Landon.
―Tú no estás por encima de mí ―lo recriminó Alistair.
―Lo sé, pero tened por seguro que haré lo necesario para manteneros con vida, queráis o no.
El heredero se quedó mirándolo, pero no añadió nada más.
Hereward levantó el brazo a modo de señal y emprendieron la marcha como si el diablo les pisara los talones.
Poco después, vieron a lo lejos unas luces.
Sin duda, la posada a la que se dirigían.
De pronto, se oyó un grito desgarrador. Una antorcha se apagó bruscamente.
Un jinete desapareció ante sus ojos y su caballo salió disparado en sentido contrario, como si huyera de la misma muerte.
El aire era espeso. Helado.
Un golpe seco. Forcejeo. Estertores.
―¡Nos atacan! ―anunció un soldado.
―¡No os detengáis! ―decretó Landon.
El capitán no cuestionó su decisión y vociferó que espolearan a sus monturas.
La pequeña comitiva comenzó a mermar de forma preocupante, puesto que, uno tras otro, fueron cayendo ante los ojos desorbitados por el miedo de los que aún resistían.
Una niebla surgió de la nada, por lo que la falta de visión dificultó aún más la huida.
Youngblood ordenó que se replegaran para proteger al príncipe. El temor de ser devorados por aquel animal o lo que fuera los mantenía en alerta y con las pulsaciones retumbando con fuerza.
Ninguno entendía qué estaba ocurriendo. Por mucho que intentaron darle forma a lo que salía de la más aterradora oscuridad, no fueron capaces de distinguir qué o quién los estaba atacando.
Las voces de aquellos valerosos guerreros pidiendo ayuda helaba la sangre.
Sus lamentos se perdían en la noche hasta desaparecer ante la impotencia de los que seguían a todo galope.
Para empeorar la situación, los pocos que aún permanecían en la carrera empezaban a ser conscientes de que su capacidad de distinguir el camino por la pérdida de las cuantiosas antorchas que habían quedado atrás era cada vez menor.
En la mente de todos surgió una pregunta: ¿qué los estaba masacrando sin piedad? Algunos podrían definirlo como un golpe de viento o un maldito espectro que aparecía de la nada para llevarse con él a otro jinete hacia lo más profundo del bosque en lo que duraba un mísero pestañeo.
Uno más.
Otro.
La risa del vencedor.
Los jadeos angustiados de los vivos, aún sin poder lamentar las pérdidas de los que habían quedado atrás.
De pronto, los ataques cesaron. Como si aquello no hubiera sido más que un juego. Como si se tratara de una simple advertencia para demostrar que todos estaban a merced de algo muy superior que solo los había dejado ir para que pudieran contar lo sucedido.
La última parte del camino fue agónica. Jinetes y monturas estaban agotados por el esfuerzo y la preocupación de volver a ser masacrados en algún momento.
Pero no fue así. Tras un recodo del camino, la niebla desapareció sin más y pudieron ver a lo lejos las luces de la posada que antes habían creído distinguir.
Cabalgaron con más rapidez incluso. Al llegar, de forma instintiva, volvieron los caballos hacia el camino, formando una barrera alrededor del heredero.
―¿Nos siguen? ―preguntó a voz en grito Landon.
―No lo sé ―respondió Hereward―. ¡Soldados, vuestras espadas!
Aun estando a punto de caer desfallecidos, obedecieron ante la orden de su capitán. Eran lo mejor del ejército inglés y ninguno iba a dar su vida sin luchar.
―¿Veis algo? ―gritó Alistair.
―¡No! ¡Nada, señor! ―respondieron varias voces.
―¡Prosigamos sin detenernos hasta la posada! ―ordenó Youngblood con la sangre corriendo a toda prisa por sus venas.
No hizo falta ni una palabra más. Todos giraron la montura y cabalgaron hacia su destino .
Cuando llegaron, hasta el aire olía distinto. Una cantidad de antorchas excesiva iluminaba la zona, algo que a todos les resultó un tanto extraño. Al desmontar, fueron conscientes de cuántos hombres habían perdido. Apenas quedaban una docena en pie, contando al príncipe y a su protector.
―¿Qué ha sido eso? ―preguntaron algunos de los fornidos soldados con una expresión que reflejaba el horror por el que habían pasado.
Una cosa era enfrentarse al enemigo cara a cara y otra muy distinta sucumbir al vacío sin posibilidad de hundir el acero en el gaznate de aquellos malnacidos que se escondían en las sombras.
―Ocupaos de los caballos y entrad enseguida. Esta noche atrancaremos las puertas ―dijo Hereward bajo la atenta mirada de Landon, que asintió como respuesta.
Al oír las voces, los dos emisarios salieron para saludarlos.
Lo que se encontraron no fue lo que esperaban.
Mientras Youngblood les contaba lo que había sucedido, algunos soldados se encargaron de llevar a los animales bajo el techado que hacía las veces de cuadra para que bebieran y descansaran.
El hijo del posadero los saludó y comenzó a alimentar a los caballos.
Los hombres, cabizbajos por la pérdida de tantos compañeros y amigos, entraron sin decir palabra.
Se distribuyeron en unas pocas mesas para cenar algo y beber una o dos copas con el fin de paliar la pena y el terror que sentían.
Para asombro de Landon, Alistair invitó al capitán a compartir la mesa con ellos. Hereward aceptó de buen grado, puesto que quería hablar para decidir qué harían al día siguiente.
El posadero y su mujer aparecieron con jaras de hidromiel, un asado de venado generoso en verduras y salsa, pan y varios trozos de queso.
Mientras les servía, el hombre se fijó en que todos tenían un semblante muy serio.
No cabía duda de que no iba a tratar de indagar por qué se encontraban así, puesto que se veía claramente que eran hombres del rey.
De modo que el tabernero prefirió mantenerse en silencio mientras dejaba las viandas y llenaba las copas.
Antes de retirarse, les comentó que, si lo volvían a necesitar, se lo hicieran saber.
Nada más irse, se lanzaron a por la bebida. Tras apurar de un solo trago sus copas, el capitán las volvió a rellenar. Aquel brebaje les calentó por dentro, lo que ayudó a que se relajaran un poco .
―Landon, ¿tú sabes quién nos ha atacado? ―preguntó Alistair, que intentaba disimular cómo le temblaban las manos.
―No, mi príncipe, pero lo que sí tengo claro es que no son de este mundo.
―¿De qué estáis hablando? ―intervino Hereward.