5. UN TRATO A LA FUERZA
L a negociación no fue tal, puesto que el rey se ciñó a oír cómo Helmet alababa las maravillas de llevar a cabo aquella oscura alianza.
Athelstan no sabía si apenas habían transcurrido unos instantes o ya se habría puesto el sol.
El tiempo en la sala se había detenido, o al menos era lo que a él le había parecido desde que había vuelto a ocupar su lugar en esa mesa que mandaría a quemar en cuanto lograra salir de la maldita estancia.
Mientras su jefe continuaba hablando, los cuatro vampiros que lo rodeaban, dándole de este modo un halo de ser supremo adorado, mantenían cerrados los ojos como si dormitaran.
Pero el rey sabía que no era así. Esos seres estaban en alerta, esperando el momento de atacar en cuanto recibieran la orden.
Aquello le dio el arrojo de cortar a su invitado, ya que estaba exhausto por tanta palabrería.
―Helmet, creo que ha llegado el momento de concluir esta reunión ―dijo Athelstan agotado.
―Lo lamento. ¿Os estoy aburriendo? ―respondió, formando algo similar a una sonrisa.
―Más bien es que no pienso aceptar ser vuestro bufón.
Para que no haya dudas ni por vuestra parte ni por la mía: cada luna os alimentaréis de mi tropa.
Ni un día antes. Mis hombres deben recuperarse.
Han de entrenar y continuar sirviéndome como hasta ahora.
No convertiréis a ninguno. Aquel que mate a uno de los míos deberá morir. Una vida por otra .
―«Mi rey» ―vocalizó despacio―, nosotros ya estamos muertos.
―Puede, pero, que yo sepa, de espectro tenéis poco. Ninguno de los que estáis aquí parece estar en el «otro lado» ―ironizó.
―La fina línea entre la vida y la muerte nos mantiene en pie.
―Más bien, la sangre que corre por las venas de los vivos ―puntualizó Athelstan.
―Mmm… ese «caldo templado y espeso»…
En ese momento, el rey entendió lo que había querido decir Helmet cuando propuso tener aquella reunión privada.
No deseaba comer, sino beber de los suyos hasta dejarlos secos.
Detestó no haberse dado cuenta antes de quiénes eran, pero poco podía hacer ya.
Sabía que, a la larga, aquel trato iba a debilitarlos sin remedio.
Al menos había logrado estirar el tiempo entre visita y visita.
La primera propuesta fue de cada semana, pero el vampiro terminó aceptando que esa frecuencia iba a ser insostenible.
Los soldados acabarían enfermando o muriendo por la falta de sangre.
Desde su conversión, Helmet, como inmortal, ya había probado de todo.
El ejército inglés estaba compuesto por hombres fuertes.
La mayoría gozaba de un excelente estado de salud.
Pero si acudían a ellos sin mesura, reducirían sus filas drásticamente, y eso no era lo que pretendía.
En realidad, el «No Muerto» no sabía cuánto tiempo estarían en la zona, así que con eso tendría que bastar.
Visitarían aldeas cercanas para complementar su alimentación.
Ya habían vivido en escasez en otras épocas, por lo que el hambre a todos les era conocida.
Todo dependería de si serían capaces de encontrar lo que buscaban, si no, viajarían al norte.
Puede que el portador hubiera salido huyendo hacia los clanes de las Highlands, pero, aún debían buscar por todo el sur antes de darse por vencidos.
Y eso no iba a ocurrir mientras él estuviera al mando.
―Ya. Una manera muy enrevesada de denominar nuestra sangre ―escupió el rey.
―A mí me parece muy acertada. Cuando se desliza en nuestra boca lo sentimos como lo que es: un líquido espeso y templado. Además, su aroma embriaga y nos hace muy complicado el saber cuándo parar.
Athelstan abrió los ojos de golpe.
―El trato…
―El trato, «mi rey» ―estiró Helmet ambas palabras―, es que os tendréis que ceñir a lo que yo quiera en todo momento. Pero, tranquilo, no os preocupéis. No os aniquilaremos. Os he dado mi palabra, y jamás rompo una promesa.
―Y yo os he dado la mía ―añadió el inglés con dureza.
―¿Veis? Ambos sabemos cuál es nuestro lugar.
―¿Mantendréis que ni mi hijo ni yo entraremos en el trato?
―Por supuesto. La sangre real tiene un regusto a adoración desmesurada del dueño que la posee, por lo que hace tiempo que perdí el interés por ese sabor.
―Sois detestable.
―Y vos un necio, pero acabamos de cerrar un trato ventajoso para ambos. ¿No es así?
―Dirás para ti ―lo tuteó un instante.
―Minucias…
―¿Y ellos? ―preguntó, haciendo un barrido con la mirada a los suyos―. ¿Qué van a recordar de esta reunión?
―Ni una sola palabra. Vos seréis el único que tendrá la certeza de que nada de esto ha sido un sueño.
De todos modos, y solo porque me siento generoso, repitamos nuestra conversación cambiando un ínfimo detalle.
Sangre por trigo para vuestros hombres y pienso para vuestro ganado.
Veréis lo creíble y ventajosa que va a resultar mi oferta para vos.
Sin darle tiempo a responder, Helmet volvió a levantar la mano. Los vampiros despertaron del letargo a los durmientes. Después, regresaron a sus asientos. El rey apenas pudo atisbar el movimiento, pero reconoció lo que aquel gesto significaba.
Para que ninguno de los presentes sospechara lo más mínimo, el «No Muerto» cumplió su palabra.
Habló de pienso para el ganado y de trigo para los graneros.
Cada mes pasarían para traer las provisiones por un importe que a los ingleses les pareció un intercambio muy provechoso.
Todos los soldados podrían adquirir un saco por un precio aún menor.
Se levantarían decenas de tiendas para suministrarlos.
La única condición era que nadie podía pasar dos veces o llevar el que le correspondía a otro.
Tras acabar la reunión, el rey mandó llamar a dos destacamentos y les ordenó hacer guardia delante de las alcobas asignadas a los recién llegados.
Lo que iba a traducirse, tal y como había concretado con Helmet, en que sus invitados pasada la medianoche se alimentarían de esos soldados y después no recordarían nada.
El verdadero acuerdo tendría que quedar entre aquellas paredes, con lo que solo Athelstan conocería la auténtica naturaleza de los nuevos aliados y todo lo que allí sucedería cuando regresaran.
Una vez se despidieron de los extranjeros, que se retiraron a sus aposentos para descansar, el rey solicitó a su hijo y a Youngblood que permanecieran en la sala hasta que regresara.
Tenían que comentar el tema de su partida.
No quería retrasarlo ni un momento más, pero antes debía solucionar un problema.
Poco tiempo después, el rey volvió con el semblante muy serio. Miró a los dos y se sentó mientras digería lo que iba a compartirles.
―Bien, padre. Tú dirás ―dijo con voz cansada Alistair.
―Partiréis ahora mismo al encuentro de Ricardo. Sé que hasta final de la época estival permanecerá en Richborough. Ya he enviado a un par de emisarios para informar de tu llegada en los próximos días.
―¿Ahora? ¡Si habías acordado que sería a finales de año!
―Alistair, por una vez en tu vida, ¡vas a obedecer! ―vociferó con la rabia instalada en cada poro de su piel.
Athelstan temía que Helmet no cumpliera su palabra y acabara alimentándose de todos. No podía poner la mano en el fuego por el valor que tendría la palabra del vampiro, pero no pensaba arriesgar la vida de su hijo bajo ningún concepto.
―No os entiendo, padre.
―Ni falta que hace. ¡Soy el rey y tu deber es acatar mis órdenes!
Landon ni se inmutó. Lo había visto gritar muchas veces a sus hombres.
Incluso él se había llevado alguna buena reprimenda en el pasado con razón, solo que, por mucho que lo estaba intentando, no le veía sentido alguno a esa imposición.
Menos aún en un momento de bonanza económica y de alimento.
La alianza con la bastarda aumentaría las tropas, solo que no entendía la urgencia de cerrar ese trato.
―Por supuesto, «mi rey» ―respondió Alistair resentido.
Por un instante, Athelstan estuvo a punto de contarles el verdadero motivo, pero desistió de inmediato. No sabía si aquellos seres podían oír a través de las puertas o de los gruesos muros, pero no iba a arriesgarse.
―No regresaréis hasta pasada la luna nueva. Ante todo, debes procurar que la muchacha se enamore de ti. De este modo habrá menos complicaciones, y los consejeros del rey aceptarán con mejor talante este acuerdo entre los dos.
―Sí, padre .
―Créeme, Alistair. Es lo mejor.
Él respondió con un gesto brusco de cabeza.
―¿Algo más?
―No, hijo.
El joven volvió a asentir con dureza y salió de la sala hacia sus aposentos. La rabia lo carcomía por dentro como si una llama quemara todo a su paso. El tutor miró al rey. Repitió el mismo gesto que el príncipe, aunque de una manera menos tosca.
―Cuida de él con tu vida, Landon.
―Por supuesto, mi rey. ―Hizo el ademán de salir, pero se dio la vuelta. Una pregunta le quemaba en la garganta―. ¿Qué os preocupa, señor? El acuerdo no es lo que aparenta ser, ¿verdad?
Una vez más, Athelstan tuvo que morderse la lengua.
No podía confiar en que alguien estuviese oyendo.
La vida de los suyos dependía de que él tuviese la boca cerrada.
El vampiro le había asegurado que serían solo unas pocas lunas, así que, quisiera o no, tenía que mantener su palabra o los aniquilarían a todos sin ninguna posibilidad de resistirse.
―No es eso, amigo mío. Alistair ya es un hombre, pero la sangre joven hierve con fuerza en sus venas y es incapaz de ver más allá. Aún no entiende que, en la mayoría de las ocasiones, no logramos lo que queremos. A veces hemos de hacer sacrificios por un bien mayor.
Youngblood asintió, aceptando su razonamiento como algo comprensible e ineludible dado que el heredero, tarde o temprano, se convertiría en el rey de Inglaterra.
―Haré cuanto esté en mi mano para que cumpla con su deber, señor.
―Lo sé, mi fiel amigo. Ahora, ve en su busca. No vaya a ser que se le ocurra escaparse.
―Esperemos que no.