4. DEBÉIS ENCONTRARLA #3
―Yngvar, cuida de ambos. Tú sí tienes experiencia en el campo de batalla, así que recuerda que Eirik ha puesto su vida ―miró a Oskar un instante―, en tus manos.
El primero al mando les entregó a ambos dos espadas forjadas con acero himmelsk , el único capaz de matar a un «No Muerto» y a los seres más oscuros del infierno.
También le pasó al joven Knutsen, apenas un par de años mayor que su amigo, una daga de la armería.
Toda protección era poca para lo que podían encontrarse allá fuera.
Mientras caminaban con aplomo hasta la entrada del campamento acompañados por Vidar, algunos guerreros de la casa Strøm se cruzaron con ellos mostrando en sus caras muecas de desaprobación y desprecio.
Ya había corrido el rumor de que la princesa Thyra se había escapado y que su futuro ektemann [9] iba a ir a por ella, pese a que tres de los mejores guerreros de Gudrun habían salido en su busca.
Oskar los ignoró y miró al frente. El futuro de ninguno de ellos estaba en peligro. Solo el rey podría haberlo detenido, y había tenido la gran suerte de que había apoyado su decisión sin ni siquiera pestañear.
Al llegar a la puerta norte, los guerreros de la casa Parêzvanan los saludaron. Ya habían recibido la orden de abrir el campo de invisibilidad que protegía el campamento.
Justo cuando iban a cruzar el umbral, Vidar detuvo a Oskar y lo separó a un lado. Se acercó a su oído para susurrarle algo a fin de que solo él lo oyera.
―Dirígete a Essex, orden del rey. Busca a una joven llamada Alana Shaw. Puede que Thyra se encuentre con ella.
Él no respondió, pero sí lo miró con agradecimiento y asintió una vez.
Aquella información había sido solo para sus oídos, por lo que no la compartiría con Yngvar hasta que los hubieran dejado bien atrás.
Sin más, los dos muchachos salieron hacia el bosque.
Se encontraban a más de una jornada de camino, tal vez un poco más, por lo que tendrían que correr parte del tiempo si no querían que la noche los sorprendiera en mitad de un claro.
Al otro lado del campamento, Eirik se encontraba solo en la tienda principal, mirando el plano que sus rastreadores habían confirmado con los que poseían de la antigüedad. Los límites de las tierras habían variado un poco en los últimos seiscientos años, pero no tanto como para estar preocupado.
Tras despedirlos a todos, una sensación de desasosiego se había instalado en su pecho, así que decidió mantener la mente ocupada en algo que no fuera su primogénita.
Thyra era una guerrera fuerte y decidida.
Y, pese a que no importaba en absoluto, era tan o incluso más bella que su madre.
Por supuesto, igual o más cabezota que él, por lo que temía que precisamente ese ímpetu con el que imprimía cada una de sus decisiones la hubiera llevado a cometer una insensatez.
Cerró los ojos y trató de ver su futuro.
Nada.
El vacío.
Sintió como si alguien lo estrangulara. Aquello solo tenía dos posibles explicaciones. Una, que ya hubiese perdido su don, o, dos, que Thyra estuviera muerta.
Apartó esos pensamientos para centrarse en la Portadora.
Alana era una mortal que iba a recibir el mayor don de todos.
De la noche a la mañana, de forma literal, iba a cambiar.
Ya no solo en sus capacidades físicas, sino también en conocimiento.
La sabiduría de la sangre del Creador correría por sus venas. Lo había visto desde hacía décadas.
Con una sonrisa, comenzó a recordar.
Aquel día la persecución se había vuelto aún más cruda y complicada.
Los suyos se hallaban a las afueras de un pueblecito francés, cerca de la costa.
Habían recibido un soplo sobre una facción a la que querían dar caza.
Los errantes siempre habían sido enemigos acérrimos de los «No Muertos».
Pese a no estar seguros de encontrarlos en la zona, se desplazaron durante cuatro lunas hasta dar con ellos.
Por suerte, ninguno portaba el temido acero dojehî , de modo que pudieron acabar con todos tras una lucha brutal y encarnecida .
Antes de ser aniquilado, el último que quedó en pie les aseguró que pronto llegaría «El Enviado», y a ese no lo podrían derrotar, puesto que contaba con el beneplácito del Príncipe de la Oscuridad.
Eirik siempre había pensado que aquella declaración tan solo era para asustarlos.
En el futuro que se le mostraba no aparecía nada de eso, pero últimamente sus predicciones tenían pequeñas variaciones con respecto a lo que sucedía más tarde.
Por desgracia, desconocía a qué se debía su falta de precisión, aunque la cuestión era que sus errores se habían multiplicado.
Puede que tener más años de los que era capaz de contar tuviera algo que ver en todo aquello.
Su amada Brina envejecía lentamente a su lado.
Nueve, puede que diez mil años juntos. No lo recordaba o, más bien, no quería rememorar todos los horrores de los que habían sido testigos.
Tal vez se acercaba su fin. Quizás su momento había llegado, aunque no dudaría en celebrarlo.
Había disfrutado de cuanto la vida podía ofrecer.
Amor. Una compañera leal y cariñosa. Unos hijos de los que sentirse orgulloso…
Thyra volvió a su mente y, por consiguiente, Alana. Esperaba que el padre León fuese el buen consejero que le habían revelado sus visiones. Pronto lo sabría de primera mano, pero, por el momento, solo podía esperar.