4. DEBÉIS ENCONTRARLA #2
El joven ladeó la cabeza. Ante los ojos de aquellos guerreros, su corta edad era sinónimo de inexperiencia.
Sin embargo, Oskar no había dejado de estudiar, aprender y prepararse para lo que debía hacerse en estos casos y en otros muchos.
Reconocer en la mirada del rey la inquietud por la situación a la que los había empujado la princesa le hizo entender que rescatarla se había vuelto un asunto prioritario.
Si el pacto que aún mantenían con el «No Muerto» se resquebrajaba, el contratiempo de no saber dónde se había metido su hija podría ponerlos en peligro si se desataba una batalla contra su ejército.
Pensó que, si fuese apresada, él, como su pareja por destino, haría cuanto fuese necesario para salvarla.
Y si ni los Altos Guardianes podían impedir que sus captores acabasen con ella, Oskar debería esperar lo que el Destino decidiera hasta que Thyra volviese a nacer.
La eternidad en su especie no separaba a las almas.
El «para siempre» tomaba una nueva dimensión entre los suyos, puesto que era real.
Vida tras vida, siempre volverían a reunirse.
Una vez designada la pareja por orden del Šāhanšāh , permanecerían juntos experimentando un amor y una complicidad como jamás podrían encontrar en otro.
Además, aunque sucedía en muy raras ocasiones, se daba la coyuntura de que ciertas parejas tras el sjelevenner comenzaban a fusionar sus dones, de modo que ambos acababan teniendo no solo su propio poder, sino también el de su compañero, fuera cual fuera.
Llevaban siglos sin que ocurriera, pero a Oskar eso le traía sin cuidado.
Había comenzado a amar a Thyra por ser quien era, no porque estuviese predestinado a ello.
Hacía mucho que la belleza en su raza había pasado a segundo plano.
Todos eran tan apuestos y perfectos que el exterior no determinaba la elección de las almas.
Incluso así, mientras la princesa lo ignoraba, el muchacho se había enamorado de ella sin remedio desde que la vio por primera vez, incluso antes de ser elegidos el uno para el otro.
Después, al saber que se unirían en el ritual del sjelevenner , su dicha no podía haber sido mayor.
Ya había pasado un año desde el anuncio, así que faltaba muy poco para que pudieran estar juntos.
No cabía duda de que se sentía muy orgulloso de formar parte de la estirpe de Eirik y lo que ello conllevaba.
Además, estaba convencido de que juntos traerían al mundo vástagos sanos y fuertes, de modo que debía centrarse en que ella estuviera con vida y sus destinos llegaran a cumplirse .
Claro, que eso sucedería siempre y cuando ella regresara.
―Mi rey, mi padre me ha enseñado bien ―respondió el joven―. Lo principal es recuperarla. Me ofrezco a ir en su busca.
―Ya he enviado a tres de mis mejores guerreros, muchacho ―lo interrumpió Gudrun con altanería.
―Y aún no habéis dado con ella ―añadió con un tono desafiante mientras lo miraba sin acobardarse.
―¿Qué estás insinuando? ―respondió con furia, elevando la voz y poniéndose en pie.
―Basta, Gudrun ―lo cortó Eirik, dando un ligero golpe en la mesa―. ¿Qué me estás pidiendo, joven Isaksen?
―Rescatarla, mi rey. Iré solo si hace falta, pero, dada la situación en la que nos encontramos, no dejaré que mi eieren [7] corra ningún peligro.
―Pero, hijo, ¿es que te has vuelto loco de repente? ¡El Ejército de la Sangre está por todas partes! ―Brand lo miró como si hubiera perdido la cabeza.
―Lo sé, padre. Pero ella está ahí fuera, y yo no voy a esperar a que nadie la traiga de vuelta por mí. Si lo hiciera, ¿qué clase de cobarde sería? No, mi rey ―se volvió hacia Eirik―, he de ser yo. Es a mí a quien le corresponde, a nadie más.
Los cuatro lo miraron con orgullo. Incluso su padre, a quien no le entusiasmaba la idea de que dejara la seguridad del campamento cuando los caminos y los bosques estaban infestados de aquel mal que asesinaba a diestro y siniestro.
El rey rompió el silencio que se había formado tras su respuesta.
―Sin duda, te honran tus palabras; pero no permitiré que vayas solo. Esta zona es un hervidero del mal en todas sus formas, así que ¿a quién vas a pedir que te acompañe?
Oskar no titubeó ni un instante.
―A mi mejor amigo: Yngvar, de la casa Knutsen.
―Buen muchacho ―agregó Eirik asintiendo―. De acuerdo entonces. ―Palmeó con fuerza―. Partiréis enseguida. La noche caerá pronto, así que tened mucho cuidado. Vidar os aprovisionará de todo lo que preciséis. Y, Oskar ―él lo miró prestando mucha atención―, tráela de vuelta .
―Será un honor, mi rey ―respondió, bajando la cabeza.
El primero al mando salió junto al joven Isaksen.
Debían encontrar a Yngvar cuanto antes. Gudrun, al verlos salir, cerró los puños con fuerza.
Esa acción dejaba en mal lugar a sus hombres.
Su lealtad al rey era incuestionable. Durante siglos, su valor y manera resolutiva de llevar a cabo cualquier misión lo había llevado a ocupar un lugar privilegiado junto al líder de su raza.
Ahora, en cambio, por el capricho de su insensata hija, el prestigio que ostentaba su casa iba a ser mancillado si un simple muchacho, que ni siquiera había conocido los horrores de la guerra aún, lograba traerla de vuelta.
Eso no iba a pasar, de modo que se despidió con un gesto de cabeza y se dirigió a su tienda.
Debía trazar un plan para que fueran los suyos quienes rescataran a la princesa, no aquel advenedizo que acababa de cumplir lo que equivalía a dos décadas para los humanos y que podía dejarlo en el más denigrante ridículo.
Mientras atravesaban el campamento, Vidar se mantuvo en silencio. Acordó con Oskar en que se verían en la tienda que hacía las veces de herrería cuando lo tuvieran todo listo.
A Isaksen no le costó demasiado convencer a Yngvar.
El valiente guerrero siempre estaba dispuesto a proteger y a disfrutar de una buena pelea, pero esta situación era distinta.
Ambos lo sabían, por lo que no habían bromeado ni una sola vez.
El padre del muchacho, sin embargo, no compartía su entusiasmo por adentrarse en unas tierras desconocidas.
Él era su único hijo, y temía perderlo más que a nada en el mundo.
Por el contrario, su madre, la bellísima Branka, nacida en la casa Parêzvanan, una de las protectoras más poderosas de todos los tiempos, aceptó sin cuestionar ni un instante su decisión.
Poco después, los dos amigos aparecieron en el sitio convenido con un gesto austero. Allí los esperaba el primero al mando.
Vidar, al verlos, asintió y se volvió hacia el herrero, que le facilitó lo que le había pedido antes.
―Bien, ¿lleváis suficientes provisiones?
―dijo muy cortante. Ambos asintieron―. Muchacho, escúchame bien ―soltó, mirando hacia Oskar―.
No estoy de acuerdo con la estupidez que vas a cometer.
Estoy seguro de que los hombres de Gudrun ya la están trayendo de vuelta, pero, por lealtad a Eirik, no me interpondré entre una pareja designada.
Tu locura la respalda el rey, y ante eso poco puedo hacer. Sed juiciosos y tened mucho cuidado .
―Os lo agradezco, Vidar.
―No lo hagas. Lo que puedes encontrarte ahí fuera no es nada comparado con lo que has leído en papiros antiguos o nos has oído en relatos interminables.
El Ejército de la Sangre son los llamados «No Muertos».
Los humanos los denominan «vampiros», pero ese término me parece infantil y poco acertado para las vilezas que cometen.
En cualquier caso, recordad que sus colmillos pueden atravesar vuestra piel ―añadió, mirando a los dos―.
El veneno que portan, pese a que no os matará, os debilitará sin remedio.
A veces, medio día, otras, varias jornadas.
Si eso llegara a ocurrir, tendréis que sangraros justo donde os haya mordido para poder curaros cuanto antes.
Somos fuertes, dicen que casi inmortales, aunque nadie ha vivido lo suficiente como para confirmarlo.
Sí, nuestra vida es muy larga, nada que ver con la de los humanos, pero no somos invencibles.
Ninguno ha enfrentado el verdadero Mal de cara.
Así que, antes de que os vayáis, os pregunto: ¿seguro que estáis preparados?
Los dos jóvenes se miraron con seriedad. Por último, el destinado a Thyra fue quien respondió.
―Entiendo lo que dices. Pero, Vidar, ¿qué no harías tú por Kindra? ¿Acaso dejarías que tu pareja vagara sin ti a su lado?
El viejo guerrero con la tez algo curtida por el paso inexorable del tiempo, pero igual de hermoso que un verdadero dios, sonrió al oír cómo lo tuteaba.
No se lo tendría en cuenta. Admiraba su resolución por querer rescatar a la errante que le calentaría el lecho durante los siglos venideros.
De pronto, un presentimiento lo golpeó con fuerza.
Tal vez Oskar ya la amara sin saberlo y, si lograba encontrarla, puede que esa unión se volviera la más fuerte de todas las que se habían conocido.
Ambos llevarían a su pueblo a un lugar entre montañas nevadas, donde permanecerían allí hasta el fin de los tiempos.
En realidad, era justo lo que él deseaba desde hacía mucho. Descansar de una buena vez.
El muchacho frunció las cejas, aún esperaba su respuesta.
―Ni por todo el oro de la tierra, Isaksen. ―Desenvainó la daga que llevaba en el cinto. Sin vacilar, se la ofreció―. Toma, ninguno de los nuestros merece perder a su elsket [8] .
―Desde luego que no. Pero esa es la daga…
―De mi padre. Lo sé .
―Es un honor, gracias ―dijo Oskar, mirando el enorme zafiro incrustado en la hermosa empuñadura―. La cuidaré con mi vida.
El joven no pudo evitarlo y su voz mostró el agradecimiento que sentía por el gesto que acababa de tener con él. Aquella deferencia por parte del guerrero significaba en el fondo que sentía un profundo respeto por la gesta a la que iba a enfrentarse, y eso jamás lo olvidaría.