4. DEBÉIS ENCONTRARLA
Al verlo, los dos lo saludaron con una inclinación de cabeza como muestra de respeto.
―¿Y bien? ―dijo el rey.
―Aún no sabemos nada, Šāhanšāh . Ninguno ha regresado aún, pero espero que esta tarde…
―¡Es solo una niña, por los Altos Guardianes! ¡Debéis encontrarla ya! ―vociferó―. ¿Qué clase de inútiles habéis enviado para atraparla?
―Señor, la princesa tiene el don ―respondió muy serio Gudrun.
Él mismo había elegido a los tres que la estaban buscando entre los de su propia casa, la legendaria Strøm. Las palabras del rey eran una ofensa directa hacia los suyos, pero se abstuvo de quejarse por el momento .
―Tranquilo, guerrero, nunca dudaría de los vuestros ―añadió al ver cómo apretaba la mandíbula.
―Señor. ―Bajó la cabeza en señal de agradecimiento.
―Vuestra hija ha debido de encontrarla ―medió Vidar―. Hoy es el aniversario de ambas. Con seguridad, la conexión se ha intensificado.
―¡Pero le ordené que no se le acercara! ¡Aún no era el momento!
El rey poseía el preciado don de ver el futuro, o lo que el pueblo errante denominaba «Lucidez». Thyra, al igual que su padre, algún día también sería capaz de ver el de todos, pero, por ahora, solo podía distinguir el de la que iba a convertirse en la nueva Portadora de la sangre.
Al contrario de algunos herederos de otras casas importantes, que habían nacido con muchas más capacidades y llevaban tiempo utilizándolas, la joven siempre había pensado que ella no desarrollaría la suya por completo.
Por ese motivo, tenía la convicción de que no le quedaba nada más que aprender.
Por supuesto, tras el sagrado ritual sjelevenner [5] , todo volvería a su lugar.
Su compañero designado y ella, hasta que un filo dojehî lograra llevárselos, permanecerían juntos por siempre.
La unión de las parejas las decidía la sangre que corría por sus venas.
El Destino, a fin de cometer el mínimo de errores, a veces saltaba una generación para evitar la endogamia.
Los errantes eran un pueblo muy antiguo.
En realidad, ninguno de ellos sabía con seguridad de dónde partían, pero sí que tenían un objetivo claro: proteger a la Elegida de cuanto mal caminara por la tierra.
Eirik se lamentó de que su hija se hubiera adelantado.
Su misión era otra, pero su cabezonería por escapar de su compromiso la había hecho correr un peligro innecesario.
Para colmo, ahora le tocaba lidiar con aquella reunión que solo iba a empeorar las cosas en cuanto se dieran cuenta de lo que estaba sucediendo.
Por el momento, no revelaría la verdad. Le daría el beneficio de la duda a Gudrun.
Al anochecer, si los emisarios no habían regresado, tomaría una decisión en firme.
Un guerrero anunció la llegada de Brand y Oskar de la casa Isaksen, o lo que era lo mismo: su futuro suegro y el prometido de Thyra.
―Mi rey ―dijo, haciendo una reverencia, emocionado por lo que ese encuentro significaba. Su hijo lo imitó.
―Brand, amigo mío .
Él se acercó y ambos se saludaron cogiéndose de los antebrazos con efusividad. Después, tomó el relevo con el joven, que parecía haber crecido tres palmos desde la última vez que lo había visto.
―Vaya, Oskar, sí que te has hecho uno de los nuestros.
―Me honra, mi rey ―expresó con voz firme.
La belleza de todos los presentes era abrumadora.
La raza de los errantes se caracterizaba por tener piel tersa, labios gruesos y ojos muy claros.
Excepto el joven que acababa de entrar, que los tenía de un azul profundo, algo realmente singular entre los suyos.
Sin duda, la complexión de los varones era digna de admiración.
Brazos musculosos, torsos bien formados, anchas espaldas y piernas fuertes.
Auténticos nómadas forjados bajo el calor de las múltiples batallas y por los poderes, llamados dones, con los que habían sido bendecidos.
En algunas tierras los habían nombrado brujos, en otras, hechiceros.
Ellos no aceptaban esos despectivos términos y se autodenominaban «Hacedores del bien», puesto que nunca habían dañado a nadie por codicia o ambición de poder.
Su casa estaba bajo las estrellas. Su hogar era la propia tierra allá donde se encontraran.
Jamás habían entendido a la raza de los hombres, a la que sin duda pertenecieron antaño.
Pero sus caminos fueron separados. Desde hacía mucho, se sentían completamente distanciados de ellos, de sus deseos e intereses.
Por desgracia, sabían que aún tendría que pasar mucho tiempo para que las convulsionadas mentes de los humanos encontraran la paz interior que ellos mismos disfrutaban desde que se les había concedido esa nueva vida.
―Pasad y sentaos ―los invitó Eirik―. Traed vino y algunas viandas. Tenemos mucho de lo que hablar.
Varios sirvientes salieron a toda prisa.
Poco después regresaron con bandejas llenas de frutas, carne asada, verduras crudas y trozos de paneles de miel.
Mientras degustaban aquellos manjares, Oskar observó al rey y a su padre.
Reían sin restricciones mientras bromeaban sobre cómo habían pasado los años y que se veían mucho más viejos.
Copa tras copa, se mantuvo callado. La generosidad de Eirik se había extendido a sus dos guerreros más fieles, y tanto Vidar como Gudrun se sentaron a la mesa para dar buena cuenta de todo lo que allí se había servido.
Tras ver cómo agotaban la cuarta jarra de vino, se impacientó y no pudo permanecer callado ni un instante más .
―Bien, mi rey. ¿Dónde está Thyra? ―dijo muy serio.
Ragnasson lo miró con un gesto que no gustó al padre del muchacho, pero Brand se guardó lo que pensaba antes de decir un comentario inapropiado.
El joven tenía motivos más que suficientes como para exigir una respuesta.
Ella ya debería estar allí, era lo que se esperaba debido a la naturaleza de aquella reunión; pero el tiempo transcurría y aún no había aparecido.
Aquello podía ser considerado una falta de respeto para la casa Isaksen y motivo suficiente como para romper lazos que habían permanecido intactos durante siglos.
―En una misión ―soltó Eirik como si nada y apuró el vino. Después, le dedicó una mirada asesina para atemorizarlo. No lo logró.
―Ya, a solo una luna de nuestro sjelevenner . ¿Consideráis que es lo más adecuado?
―¿Acaso cuestionas mis decisiones, muchacho?
―Sí, por supuesto.
La seguridad con la que respondió hizo que los cuatro se le quedaran mirando con una expresión de asombro.
Oskar no se amilanó.
―El ritual es sagrado ―prosiguió con seguridad―. La unión ha de llevarse a cabo en el momento en que vos decidisteis que debía hacerse.
―Las circunstancias cambian.
―Mi rey, sé que acabo de alcanzar la madurez, pero no insultéis mi inteligencia. Hace dos días oí a varios guerreros de Gudrun bromear con que ella se había escapado porque rechazaba nuestro ekteskap [6] . Así que, os lo vuelvo a preguntar con todo el respeto, ¿dónde está Thyra?
Eirik se quedó mirándolo un instante con una expresión severa.
Brand, en cambio, había palidecido al oír a su hijo porque, aunque Oskar había hablado con un tono tranquilo, sin apenas inflexiones, sabía que por dentro estaba a punto de saltar si no obtenía la información que estaba exigiéndole.
Lo peor de todo era que tenía razón. Había sido el propio rey quien había decidido su futuro.
Él lo había aceptado sin rechistar e iba a acatar su voluntad porque la sabiduría del Šāhanšāh era incuestionable.
Durante siglos había logrado la fusión de las casas sin ninguna alteración, y eso merecía la lealtad de todo su pueblo .
Gudrun dejó de malos modos su copa encima de la mesa y estalló para defender a los suyos.
―¿A quién estáis acusando, Isaksen?
―¡No vuelvas a hablarle así a mi hijo, Strøm!
Los dos comenzaron a discutir de manera acalorada mientras el rey observaba al joven.
Le gustó que le sostuviera la mirada. Allí no había insolencia, sino la valentía de un guerrero luchando por su pareja.
Una vez acabada la unión, un amor puro e incondicional nacería en ambos, puesto que el destino así lo había decidido.
Por el momento, sabía que Thyra era reacia al ritual, pero no podría negarse puesto que, tarde o temprano, acabaría sintiendo el corazón de aquel con el que estaba destinada pasar el resto de su larga y casi inmortal vida.
Eirik acabó por mirarlo a través de las pestañas con una expresión de complacencia. Había llegado la hora de acabar con aquella disputa.
―¡Basta! ―dijo en un tono profundo que reverberó en el pecho de sus guerreros―. Muchacho, aún no sé si son agallas lo que veo en tus ojos o, por el contrario, bravuconería.
―Thyra lo es todo para mí como la reina Brina lo es para vos ―respondió con seguridad.
―¿Acaso ya sentís…?
―No, mi rey. Pero todo lo que soy me exige que vaya a por ella. Oír a sus guerreros ―añadió, mirando a Godrun un instante― fue casual. He dejado pasar estos dos días porque esperaba que regresara por iniciativa propia.
―Ella no ha huido de ti ―confirmó Eirik.
―Ah, ¿no?
―No, Isaksen. Lo que ha hecho ha sido desafiarme porque, como de costumbre, no estaba de acuerdo con mi decisión. La cuestión es que la misión que está llevando a cabo era ineludible, pero no ahora, sino en un futuro cercano.
―Entonces, ¿por qué se ha ido sola sabiendo que las huestes de Helmet han marchado hacia el castillo del rey Athelstan? ¿Qué es tan importante como para que haya decidido desafiar al Destino?
―¿Es que no me has escuchado, hijo?
―Os ha desafiado a vos. ―Oskar bajó la mirada y asintió―. Y aún no han vuelto los emisarios.
―¿Cómo sabéis… ?