3. CONFÍA EN MÍ #3
―Esos indeseables trataron de forzarme. Uno de ellos me hirió con su daga porque no dejaba de patalear. Se la arrebaté y acabé con todos.
―¿Y lo hiciste tú sola? ―indagó frunciendo el entrecejo. Le costaba creer que aquello hubiera sucedido tal y como lo había relatado.
―Soy más fuerte de lo que parezco.
―No lo voy a poner en duda, sin embargo…
―Padre ―lo interrumpió―, estoy segura de que Thyra nos contará lo sucedido con más detalle en cuanto madre vea la herida.
―Claro, hija. Una pregunta más y zanjo el tema.
―Adelante.
―Dime quién eres. La verdad.
Ella inspiró y miró a Alana. Una vez más, la pureza de su alma la impactó de tal modo que no pudo mentir .
―Soy la princesa Thyra, de la casa Ragnasson. Pertenezco a la raza de los Errantes. Venimos del este, pero no se nos permite revelar el nombre de nuestra tierra. Está prohibido. Para el resto de los hombres, nunca hemos existido; sin embargo, no… ―se detuvo un instante.
―¿Qué? ―preguntó angustiada Alana.
―No podemos morir, a no ser que se nos hiera con acero dojehî .
―¿Acero dojehî ? ¿Y ese cuál es?
―Tampoco puedo decíroslo. Aún no.
Llegaron a la casa y Alana abrió la puerta enseguida.
―Madre, ¡necesitamos tu ayuda!
A toda prisa, ella hizo las presentaciones y le contó que había encontrado a Thyra en el bosque después de ser atacada por unos bandidos.
Antes de proseguir, miró a su padre. Le sorprendió ver que él negaba de forma casi imperceptible, como si supiera que, al conocer quién era aquella muchacha, su madre iba a perder el temple por el miedo a que le ocurriese algo.
La joven inglesa bajó la vista y asintió solo una vez.
Por el momento, era mejor reservarse el resto de la información que parecía de vital importancia.
Al menos la futura Portadora lo sintió de esa manera.
Leala puso agua en el fuego y buscó lienzos limpios. Miró en su pequeña despensa y encontró el ungüento que buscaba. Volvió a toda prisa a su lado para comenzar a curarla.
―Bien, Thyra. ¿Estás cómoda sentada?
―Sí ―dijo, estirando la pierna con dificultad.
―Ahora, mírame.
La princesa lo hizo sin rechistar. Fairfax y Alana permanecieron en silencio. Ella agradeció que Wade estuviera en casa de sus abuelos, si no, aquella situación se habría vuelto aún más complicada.
―He de soltar la compresión para comprobar cómo está la herida ―continuó Leala―. Lana, lávate las manos ―añadió sin mirarla―. Coge aguja e hilo, pero, antes de traerlos, pasa la aguja por las llamas. Hemos de evitar cualquier infección.
―¿Sabéis coser heridas? ―preguntó Thyra sintiendo algo de aprensión.
―Por desgracia, la guerra es la mejor maestra.
Con cuidado, Leala retiró el torniquete que había improvisado su hija y descubrió el tajo.
Cogió un cuchillo y rasgó un poco más sus calzas.
Jamás había visto a una mujer con aquella vestimenta.
Se abstuvo de opinar, puesto que aquel no era el momento para preocuparse por eso.
Después asintió, dándole entender a la muchacha que iba a tocarla.
Cuando palpó alrededor del corte, Thyra cerró con fuerza los ojos y tomó una inspiración profunda mientras se encogía sin poder evitarlo.
―Lo siento, pero he de ver si tienes algo dentro. Querido ―se dirigió a su esposo―, tráeme en un cuenco un poco de agua hirviendo y mézclala con un chorro de agua fría.
Fairfax obedeció al instante bajo la atenta mirada de Alana, que ya tenía preparado lo que su madre le había pedido.
El hombre se lo acercó, ella cogió un lienzo y lo empapó. Inmediatamente, lo llevó a la herida y derramó encima el agua sobrante. La pobre muchacha volvió a encogerse de dolor, aunque no se quejó.
―Está limpia. No hay restos de acero dojehî . Saldrás de esta.
―¿Cómo sabéis…? ―Dejó escapar el aire entre sus labios al darse cuenta―. Pues claro. Sois la Portadora ―añadió, cerrando los ojos mientras negaba―. ¿Dónde habéis oído hablar…?
―Nuestro párroco conoció hace mucho a uno de los vuestros. Me habló de vosotros hace años y me aseguró que un día alguien vendría. Supongo, si no me equivoco, que esa eres tú.
―Nos está prohibido revelar quiénes somos a las personas inadecuadas. Vuestro párroco debe de ser alguien muy especial.
―Lo es. Me habló de vuestra raza, de vuestra belleza en todos los sentidos. Los poderes que ostentáis no son de este mundo, pero si has venido a cuidar de mi hija, no me interpondré en tu camino. Alana ―dijo, mirándola un instante para que le acercara la aguja enhebrada.
Justo antes de que comenzara a coser, la princesa la detuvo poniendo la mano en su antebrazo.
―Aún no, falta un poco para eso, me temo. Pero debéis saber que, llegado el momento, jamás me separaré de ella.
―¿Qué quieres decir? ―preguntó contrariada. De pronto, comprendió el alcance de sus palabras. Asintió despacio mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.
―Con tu vida ―exigió Leala.
―Con mi vida ―confirmó Thyra.
La mujer se secó las mejillas con el dorso de la mano y la errante le soltó el brazo para que pudiera coserle la herida. El destino de Alana estaba sellado y la princesa, con aquellas tres palabras, acababa de confirmarlo.