3. CONFÍA EN MÍ #2
―Un momento, por favor. Por si eso llega a ocurrir, antes necesito deciros algo. ―Lana asintió―. Lo que os voy a revelar puede que os sea difícil de creer, pero… puedo ver cuanto os sucederá en vuestra vida. En realidad, conozco vuestro destino desde que era una niña .
―¿Qué estás diciendo?
―Al nacer, a cada uno de los míos se les concede un don. El mío es el de ver con nitidez vuestro porvenir. Sin embargo, hoy no he podido hasta que os he tocado. ¿Por qué me habrá pasado? ¿Y por qué no os he reconocido? No lo entiendo ―dijo más para sí que para ambas.
Alana la miró un instante antes de entender el motivo.
―Aún no ha sucedido ―dijo sin más, aceptándolo al fin.
―¿Aún no…? ―Entrecerró los ojos―. Claro, ¡soy una necia! Todavía es vuestro aniversario, ¿verdad?
―Así es.
―Debería haberme presentado mañana, pero aquellos hombres me golpearon en la cabeza y me dejaron inconsciente. Se ve que la lucha y la pérdida de sangre me han afectado más de lo que esperaba, puesto que creía que había transcurrido todo un día.
―¿Qué quieres de mí, Thyra? ―preguntó recelosa.
―Nada. Solo teníamos que conocernos, tan solo eso. Ahora he de irme, no puedo cambiar lo que está escrito.
―¿De qué hablas? Primero, no creo que nadie decida nuestro destino, y, segundo, con esa herida no vas a llegar viva a ninguna parte.
―Pero, yo…
―¿De verdad voy a ser tu reina? ―dijo para evitar que se levantara de nuevo. La muchacha asintió con expresión muy seria―. Bien, entonces, no te queda más remedio que hacerme caso. ¿Alcanzas esa pequeña rama de ahí? ―preguntó, señalándola con la barbilla.
―Sí.
―Muérdela ―pidió mientras le pasaba el cordón improvisado bajo la pierna―. Thyra, mírame. ―Ella lo hizo―. A la de tres voy a apretar todo lo que pueda. ¿De acuerdo?
―De acuerdo. ―Resopló con fuerza antes de morder el palo.
―A la de una, a la de…
Alana anudó con fuerza los jirones sin esperar. La muchacha soltó un alarido mientras hundía con fuerza sus dientes en el trozo de madera. Trató de no romperse, pero un par de lágrimas se le escaparon al notar la presión por encima del corte.
―Ya está, ya está… ―susurró Lana, secándole las mejillas como si de su hermana pequeña se tratara―. Lo siento, no esperarlo es mucho mejor .
La chica lanzó con rabia la rama y se humedeció los labios. Tenía la boca seca.
―No sabría deciros… ―Volvió a resoplar con ganas.
―¿Tienes sed?
Ella asintió. Alana la ayudó a levantarse. La acercó al río y cogió agua con sus manos. Thyra no se lo pensó dos veces y bebió de ellas. Después, se limpió el sudor frío de la frente. En realidad, se sentía un poco mejor, pero aún tenía que solucionar lo de la herida.
Tras ver cómo ella bebía después. Fue incapaz de retener aquello que sabía desde siempre.
―Sois muy buena.
―No lo creo. Cualquiera hubiese hecho lo mismo.
―Sabéis que no.
―Bueno, ni tú ni yo vamos a discutir sobre eso. Ahora, pasa tu brazo por mi hombro. Si salimos ya, creo que llegaremos a mi casa antes del atardecer.
―No, dejadme aquí. No puedo acompañaros. Eso sería romper las reglas.
―En serio, no sé qué pretendes, pero si no quieres que se te infecte, hemos de irnos. Obedece, y en el futuro seré benevolente contigo ―bromeó mientras trataba de contener una sonrisa. No creía ni una sola palabra, pero no iba a dejarla a merced de los lobos en plena noche.
―Está bien ―acató Thyra sin rechistar.
Aquella respuesta y la pequeña reverencia que le vio hacer provocaron que un escalofrío recorriera la espalda de Alana. Ella no respondió, tan solo se acercó y la sujetó por la cintura. Paso a paso, lograron alcanzar el borde del bosque y tomaron el camino de vuelta.
Su padre, que aún estaba trajinando en el campo, se extrañó al verla acompañada de otra muchacha. Cuando se dio cuenta de que esta cojeaba, salió a su encuentro.
―¿Qué ha ocurrido, Lana? ¿Quién es…? ―Fairfax se detuvo al quedar impresionado por el precioso rostro de la desconocida. Su belleza casi podía compararse a la de su hija.
―Padre, ella es Thyra. La han atacado en el bosque y tiene una herida muy fea en el muslo. Hay que llevarla a casa para curarla.
―Le he dicho diez veces que no hacía falta ―se defendió la muchacha, tratando de disimular una mueca de dolor .
El hombre negó al tiempo que chasqueaba la lengua.
―Thyra, me llamo Fairfax. Sin duda, eres muy valiente, pero si no quieres cojear durante el resto de tu vida, permite que te coja en brazos y te llevemos a nuestro hogar ahora mismo.
―Gracias, padre.
El hombre se acercó a la joven malherida y la sujetó sin apenas hacer fuerza.
―¿Dónde están los que te han atacado? ―preguntó él con un gesto de preocupación.
―Habla, Thyra, mi padre no te hará ningún daño ni te denunciará ante nadie.
Fairfax giró la cabeza hacia su hija con las cejas levantadas.
―Intentaron robarme y… Acabé con ellos, pero no dejé rastro.
―¿Tú sola?
―Degollé a los tres.
El campesino bajó la mirada un instante, pero continuó caminando con ella sin esfuerzo.
―Sin duda, eres valiente y diestra. Ahora, puesto que te voy a llevar a mi casa, dime quién eres. Tus rasgos no son de estas tierras.
―Vengo de muy lejos. Hemos cruzado valles, montañas y el mar para llegar hasta aquí. Hace poco me separé de los míos porque debía cumplir la misión que se me había encomendado, aunque no la he llevado a cabo demasiado bien, como podéis comprobar.
―Bueno, todos nos equivocamos. ¿Qué te ocurre en la pierna?