Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 3. CONFÍA EN MÍ
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3. CONFÍA EN MÍ

A lana se apresuró a recorrer los últimos pasos que la separaban del río.

Estaba deseando notar aquella frialdad conocida que tanto la tranquilizaba.

Los rayos del sol la tentaron a descalzarse para sumergir los pies, pero recordó las palabras de su padre y se conformó con tocar la corriente con los dedos de la mano.

Sonrió porque estaba helada, así que tal vez no fuese tan mala idea solo sentarse a contemplar cómo la fuerza del agua fluía pendiente abajo.

Extendió una tosca pieza de lana en la orilla.

Tras sentarse y cruzar las piernas, se acurrucó con un cuadrante mullido frente a la belleza de la estampa que formaba aquel pedacito del bosque.

Llevaba toda su vida yendo al mismo lugar, aun así, observarlo con detenimiento siempre le robaba la respiración.

Acabó por unir las rodillas y apoyó la frente para esconderse del mundo.

No quería saber nada de ese don ni de ser la Portadora de…

No fue capaz ni de repetirlo en su mente.

Había visto a su madre levantar aquel aparador como si no pesase nada, pero ¿y si ella no pasara por ese cambio?

Le habían insistido en que sería al anochecer.

Caería en un profundo sopor y decenas de pesadillas la perseguirían.

No, peor aún. Lo que iba a experimentar no sería una invención, si no la recreación de otra vida.

De alguien en quien su madre creía con fervor.

Lana no sabía si esa fe de la que hablaba el padre León llegaría a crecer alguna vez en ella, aunque lo dudaba mucho.

Por lo que le habían contado, esta aparecería sin más después de la transición y la acompañaría el resto de su vida.

Aún faltaba bastante para que el sol cayera, de manera que, por lo pronto, se quedaría allí para pensar en todo lo que le iba a suponer ese cambio.

Volvió al momento en que su madre y ella habían hecho el camino de vuelta a su hogar.

Durante el recorrido, habían hablado de todas sus antepasadas.

Eran tantas que había olvidado la mayoría de sus nombres.

Quizás podría pedirle al padre León que los escribiera en un pergamino para poder recordarlas, y de paso también que la enseñara a leer.

Sin poder evitarlo, la historia de Raisa regresó con fuerza a su mente.

Aquella joven fue la primera y, sin duda, debió de estar muerta de miedo sin entender qué le estaba sucediendo.

Con cierto alivio, pensó que al menos ella contaba con la ventaja de saber lo que le esperaba.

Que sus padres la acompañaran toda la noche no podía ser lo mismo que pasar por ese trance sola.

Pero, de un modo u otro, el dolor sería suyo. Únicamente suyo, de nadie más.

Miró hacia el río y se fijó en la pequeña cascada que jugueteaba con las rocas pulidas.

Se mordió el labio inferior mientras se regañaba con dureza.

Si su madre lo había logrado con su misma edad, ella también sería capaz.

Trataba de insuflarse fuerzas cuando oyó con claridad que una pequeña rama se partía por la mitad.

―¿Quién anda ahí? ―dijo, poniéndose en pie con mucha más facilidad que de costumbre; sin embargo, el miedo no la hizo detenerse a pensar en aquel detalle.

Silencio.

―Puedo oír cómo respiras, Wade. Sal antes de que vaya a por ti ―agregó molesta.

Alana miró alrededor con los brazos apoyados en las caderas. Su hermano siempre terminaba pegándosele como una maldita sanguijuela; pero ese día no se lo iba a permitir, puesto que lo necesitaba para pensar en lo que iba a ocurrirle.

Más silencio.

―¡Tú lo has querido! ¡Cuando te encuentre, te vas a llevar los azotes que te mereces por no dejarme tranquila!

Sin percatarse de que el avance del día estaba provocando un pequeño cambio en ella, Lana corrió como una exhalación e inmovilizó a alguien por los hombros con un poco más de fuerza de la que se hubiera esperado para una joven de su altura y complexión .

―¡Ay! Suéltame, ¡me haces daño! ―gritó la chica que no pudo deshacerse de su sujeción.

Cuando la sacó de los matorrales, le quitó el paño de color dorado intenso que cubría su cabeza.

Jamás había visto a nadie de tal belleza.

Una muchacha, no mucho más joven que ella, la estaba mirando con los ojos de color verde más claros que había visto nunca.

Parecían dos gotas de rocío en la hoja más tierna.

Tenía las cejas bien perfiladas. Sus labios carnosos y mejillas sonrosadas quedaban enmarcadas en su preciosa cara, libre de cualquier imperfección, por un cabello sedoso de color castaño claro que le cubría los hombros.

Al oír reclamarle que la dejara ir, Alana la soltó.

―¿Quién eres? ―preguntó con curiosidad, aún impactada por sus bonitas facciones.

―Nadie. Solo estoy de paso.

La chica trató de levantarse, pero cayó de bruces porque tenía un feo corte en el muslo.

―¡Estás herida! ―exclamó Lana, que se impresionó al ver la sangre.

―No es nada ―aseguró la desconocida.

―No seas necia. Ese corte no es un rasguño. Ven, siéntate aquí ―señaló la pieza de lana donde había estado antes―. Necesitas que te lo limpie. Puede que haya que coserlo para que se cierre. Pero, primero, deja que le eche un vistazo.

La chica se quedó mirándola mientras sopesaba qué hacer. Al apoyar de nuevo la pierna, un dolor intenso la atravesó. No tuvo más remedio que aceptar que así no podía ir a ninguna parte.

―De acuerdo ―acabó accediendo.

Alana apartó el trozo de tela ensangrentado que apenas cubría su muslo. Hasta el momento, no había caído en la cuenta de que llevaba calzas como un hombre.

―Espera. No vayas a tocarte ―le insistió.

La extranjera asintió. Su aplomo comenzaba a desaparecer, puesto que el dolor iba en aumento.

Lana abrió el hatillo. Su madre siempre le cubría el pan con un trozo de tela limpia, separado del resto de las viandas. Lo dejó a un lado y corrió al río para empapar el lienzo de agua fresca.

―Esto te va a doler, pero no hay más remedio .

Ella asintió frunciendo los labios. Cuando le colocó la fría tela encima del corte, inspiró profundamente. Dos lágrimas corrieron por sus preciosas facciones y después cerró los ojos con fuerza. La inglesa sabía lo mucho que aquello debía de dolerle, aunque la joven no se quejó.

―Me llamo Alana ―dijo con un tono de voz pausado.

―Yo… Thyra. Esto duele como si me hubiera herido el mismísimo diablo.

―¿Con qué ha sido?

―Con una daga.

―¿Te has herido a ti misma?

―¿Y por qué iba a hacer eso? Hace unas horas me topé con unos indeseables. Me cogieron desprevenida, pero me defendí. Te aseguro que ya no molestarán a nadie más.

―¿Unos hombres? ¿Eran más de uno? ―preguntó Lana asustada.

―Tres. Trataron de robarme y forzarme. Los degollé.

―¿Tú sola?

―Pues claro ―respondió con orgullo.

―No eres de por aquí, ¿verdad? No, no lo creo. Nunca olvido una cara, y a ti jamás te había visto antes. ¿Me equivoco? ―dijo de forma atropellada.

―Eso no te incumbe, y no tengo por qué darte explicaciones cuando no nos conocemos.

―¿Por qué te lo tomas así? Tú no eres inglesa, eres… diferente.

―¿Es que no sabes de qué raza…? ¿Dónde demonios estoy?

―En Essex, Inglaterra. ¿Acaso no has nacido en estas tierras?

―No ―dijo mientras dejaba escapar una sonrisa entre los labios―. Vengo de muy lejos. Los míos y yo… ―Calló de pronto.

―¿Qué? Los tuyos y tú, ¿qué? ―insistió, deseando conocer algo más de aquella muchacha.

―Nada. No tiene importancia.

―Puedes confiar en mí, Thyra ―dijo con calma.

Alana la miró con una expresión de bondad que impactó de lleno en el corazón de la chica que la observaba con los ojos entrecerrados. La extranjera fue capaz de vislumbrar la pureza del alma de la inglesa en sus preciosos ojos, tan impactantes y azules como el mar.

―¿Quién… eres? ―Ahora, la que preguntó con verdadero interés fue la muchacha herida .

―Te lo he dicho antes. Me llamo Alana Shaw, aunque puedes llamarme Lana. Vivo muy cerca de aquí, al otro lado del bosque.

Thyra tomó una inspiración profunda, cerró los ojos e hizo algo que la joven campesina no esperaba: acercó la mano a su pecho y la dejó a la altura del corazón.

De forma instantánea, entre ambas se produjo una conexión que las impactó como si una dulce ráfaga de viento cálido y reconfortante las hubiera atravesado al mismo tiempo.

La joven, que aún permanecía sentada, se puso de golpe en pie. Con los labios entreabiertos, conmocionada por no haber sido capaz de reconocerla, apartó la mano como si hubiera tocado las llamas y cayó de rodillas con la cabeza gacha sin importarle el dolor de la pierna.

―¡Mi reina! ―susurró con voz temblorosa y los ojos empañados.

―¿Qué? ¡No! Yo soy Alana, hija de Fairfax y Leala, campesinos. Creo que me confundes con otra persona.

―ÉL está en vos. Disculpad mi torpeza ―dijo de corazón, cambiando el tratamiento.

―¿Quién está en…? ¡Ah! ―Entendió de pronto―. ¿Cómo puedes saber…? ¿Acaso te ha enviado el padre León?

―No, Alana de Essex, futura reina de Inglaterra.

―¿Qué…? ¡No! Yo no soy quien crees. Y siéntate, que vas a desangrarte. Espera aquí mientras vuelvo a limpiar el paño.

Cuando levantó el vendaje improvisado, la herida tenía peor pinta. Sin duda, el que se hubiera arrodillado no le había beneficiado en absoluto.

Alana volvió a poner la tela en la herida e hizo jirones con el paño que envolvía las viandas.

―Cómete el pan con el queso. Después, la manzana ―le ordenó sin titubear.

La joven obedeció. Estaba un poco débil y aquellos bocados la reconfortarían el tiempo suficiente para aguantar lo que iba a hacerle.

―Ahora, Thyra, has de ser fuerte. Voy a apretar la herida con esto ―dijo, mostrándole el lazo que había hecho uniendo las tiras para poder abarcarle el muslo―. Vas a sentir un dolor terrible. No sé si te desmayarás, pero, si no lo haces, te llevaré a mi casa para curarte.