2. EL MAL EXISTE #3
―La muerte. Las tinieblas. El horror. «Mi rey» ―pronunció estirando ambas palabras. Después dibujó la misma terrorífica mueca que había empleado desde que comenzaron la reunión en esa sala―, creo que aún no sois consciente de lo que conlleva no ser nuestro aliado.
―¿Y cómo pretendéis que me comporte si no sé qué queréis? ―dijo elevando el tono.
―No sois un necio. Al menos pensaba que no. Habéis visto cuál es nuestro sustento y poseéis un cuantioso ejército que puede suministrarnos lo que ansiamos.
―¿Es que queréis matarlos a todos? ―preguntó fuera de sí, poniendo las manos encima de la mesa y echando el cuerpo hacia delante.
―No, «mi rey» ―agregó recreándose en cada palabra―, queremos alimentarnos de todos vuestros súbditos. A cambio, por supuesto, contaréis con nuestra protección y costearemos vuestras insignificantes guerras por unas tierras que jamás os pertenecerán.
―Claro, porque son vuestras, ¿no? Si sois tan poderosos, ¿por qué no gobernáis en todas partes?
―Oh, mi dulce «niño», ¡si ya lo hacemos! ¿Acaso vuestra madre o ama de cría no os enseñó que no se juega con la comida? No podemos aniquilaros sin más. Preferimos formar alianzas que nos satisfagan mutuamente antes que perder nuestro sustento.
Athelstan entrecerró los ojos. Las palabras del extranjero no causaron el efecto que pretendía, ya que terminó dibujando una ligera sonrisa. Acababa de darse cuenta de un detalle importante.
―Ya, Helmet. Os entiendo, pero mi respuesta es no.
Mis hombres no serán tratados como ganado.
Sé quiénes sois. Había oído hablar de vosotros.
Vampir ―dijo, alargando la palabra―. «Vampiros» ―repitió despacio―.
Os alimentáis de la sangre de cuanto ser se os cruza por delante, incluso de las ratas.
Ves, al fin y al cabo, no me había equivocado tanto con vos.
El «No Muerto» volvió a chasquear la lengua. La conversación le había entretenido hasta el momento, pero él era el único que no se había alimentado y estaba empezando a cansarse de la palabrería de aquel pequeño saco de sangre que creía que aún ostentaba una posición de poder.
Los cuatro invitados restantes, casi al mismo tiempo, se pasaron la lengua por los afilados dientes mientras sonreían de un modo aterrador.
La negociación los estaba aburriendo. Su «sed», después de varios días de abstinencia, apenas había sido saciada.
Aquel primer contacto con la sangre había sido solo un pequeño aperitivo, y si Helmet no cerraba el trato cuanto antes, se lanzarían sin piedad a por el rey y su hijo sin importarles nada más.
―Señor… ―Xwînxwar carraspeó. Después, miró hacia arriba para recordarle que el séquito aguardaba en las habitaciones y estaban demasiado hambrientos.
―Lo sé, lo sé. Bien, este es el trato que os propongo: podéis ser libres y alimentarnos por iniciativa propia o no dejarnos más remedio que esclavizaros a todos y dejar que los de las Tierras Altas vuelvan y os aniquilen porque, cuando acabemos de saciarnos, no seréis más que sacos de huesos.
Se acerca una guerra como jamás ha existido y, creedme, nos necesitaremos mutuamente.
―¿Una guerra? ―lo interrumpió Athelstan.
―Así es. Vienen del este. Son mucho más salvajes y despiadados que nosotros, y os aseguro que no harán prisioneros.
―¿Y por qué no ha venido vuestro «igual» con vos si la guerra es tan inminente?
―soltó el rey, que aún se negaba a doblegarse.
Helmet lo miró entrecerrando los ojos―. A mí me parece que todo esto es una farsa y «tú» solo eres el perro faldero de Abbadon que se ha escapado sin permiso de sus cloacas ―añadió tuteándole, perdiéndole de ese modo el respeto―.
¡No voy a cerrar ningún trato contigo porque no eres nadie!
Aquellas palabras incendiaron la podrida sangre de Helmet. Su primero se echó hacia delante, pero él lo retuvo con el brazo.
―Sois muy afortunado, ¿lo sabéis? ―Formó una sonrisa que provocó que a su anfitrión se le helara la sangre―.
Tenéis la enorme suerte de que mis métodos difieren de los de Abbadon de forma sustancial.
Yo prefiero no desperdiciar vuestra sangre; él, sin embargo, hubiera cerrado esta negociación exanguinando a vuestro hijo frente a vos sin daros la oportunidad de tomar siquiera una decisión.
―Endureció el gesto―. Cuidad vuestras palabras u olvidaré mis buenos modales.
Y os aseguro que, si eso ocurre, os pasaréis vuestros últimos instantes de vida deseando haber aceptado mi propuesta.
Athelstan entendió que el vampiro no estaba bromeando. Los cinco cerraron filas, cambiando por completo la relajada pose que habían mantenido hasta el momento a una mucho más agresiva.
―Viéndolo así, no me dais demasiadas opciones ―acabó diciendo el rey.
―Me temo que nunca las habéis tenido .
―¿Y por qué mis tierras? ¿Por qué Inglaterra?
Helmet se pasó el índice por los labios para ocultar una sonrisa. En realidad, solo estaban allí porque había llegado a sus oídos que en aquella isla se encontraba algo que llevaban siglos buscando, pero esa información jamás la compartiría.
―Vos lo habéis dicho antes: vuestro maldito clima no acompaña la mayor parte de los días, pero a nosotros nos gusta el frío y la… oscuridad.
―Está bien, Helmet. Negociemos.