2. EL MAL EXISTE #2
―Por supuesto ―añadió Helmet para aceptar su humilde lugar en aquella enorme sala―. Entonces, dado que nos encontramos exhaustos y famélicos, le agradecería, si fuera posible, tener esta reunión en privado junto a una chimenea y una copa de «vino» caliente .
Alistair miró a su padre, que parecía estar decidiendo si era buena idea aceptar aquella sugerencia. Al contrario de lo que esperaba, el rey asintió.
Momentos más tarde, estaban sentados en una estancia mucho más acogedora para mantener aquella reunión en privado.
El séquito extranjero fue enviado a las habitaciones que se les habían asignado, y la mayoría de los nobles también.
Los únicos que quedaron por la parte que correspondía a los ingleses fueron el rey Athelstan, Alistair, Landon y los dos consejeros con más experiencia, sir Avery Callen y sir Thane Atwater.
Mientras los cinco extranjeros, Helmet, Xwînxwar, que parecía ser su mano derecha, Qiloçker y las dos hembras, Wêranker y Bêwestan, se acomodaban en sus asientos.
Media docena de sirvientes trajeron bandejas de varios tipos de asado, quesos, pan recién hecho, frutas y cuatro jarras de hidromiel.
―Bien, Helmet. Comed cuanto vuestras tripas os lo permitan. Después hablaremos de esa oferta de la que, utilizando vuestras propias palabras, «nuestra existencia depende de ello». Eso sí, creo que será mejor que las damas se marchen una vez terminado el banquete.
Él no respondió, solo levantó la mano con languidez.
De pronto, y ante la sorpresa del rey, los cuatro seres se movieron como si no fueran más que aire y se colocaron delante de cada uno de los que lo acompañaban.
Los miraron a los ojos y pronunciaron unas palabras ininteligibles.
Como otra exhalación, volvieron a sus asientos.
―¡Qué demonios…!
La puerta se abrió y una sirviente entró con un par de jarras más.
Al verla, el rey comenzó a levantarse con la intención de llamar a la guardia.
Los siguientes instantes fueron decisivos para evitar que todo el castillo fuera alarmado.
Como si el tiempo se hubiera ralentizado hasta casi detenerse, la joven y delicada Bêwestan llegó en un parpadeo a la puerta y la cerró sin hacer ruido, sujetó a la pobre chica y le ordenó mantenerse en silencio hasta que ella le permitiera hablar.
Al mismo tiempo, como si aquel ataque estuviera planeado hasta el más mínimo detalle, Helmet saltó sobre la mesa en un gesto casi imperceptible y se colocó delante de él.
―Silencio, «mi rey» ―susurró con ironía―. Permaneced inmóvil y observad.
Lo que sucedió a continuación fue algo que Athelstan jamás pensó que vería en toda su vida.
Xwînxwar se lanzó sin piedad al cuello de Atwater.
Del mismo modo, Qiloçker se empleó en la yugular de Callen mientras Wêranker se «ocupaba» de Landon y Bêwestan de la infeliz sirvienta.
Las cuatro víctimas eran como marionetas en sus brazos. Sin fuerza. Sin voluntad.
El rey, incapaz de moverse, presenció aquella atrocidad mientras los suyos se desangraban ante sus ojos. Por el momento, solo su hijo y él no habían sido atacados. Eso le dejó claro que ese bárbaro tenía otros planes para ellos.
―¿Entendéis ahora la importancia de nuestro futuro «acuerdo», rey Athelstan? Bien, voy a permitiros hablar, pero si intentáis avisar a la guardia, no tendremos piedad. Pestañead si estáis conforme.
El rey, desesperado por moverse, cerró con fuerza los ojos y los abrió de golpe.
―Sois muy sabio ―se burló Helmet―. ¿Oiréis mi… propuesta?
―Soltadlos y hablaremos.
El «No Muerto» hizo un gesto parecido a una sonrisa, sin embargo, su expresión fue mucho más terrorífica que si no hubiese gesticulado.
―Parad y curad las heridas ―ordenó.
Los cuatro obedecieron al instante. Lamieron las incisiones con su lengua rasposa, llena de diminutas púas infectadas de la ponzoña que portaban en su cuerpo, y estas comenzaron a curarse al instante. En poco tiempo desaparecerían sin dejar rastro.
―¿Qué buscáis realmente? ―preguntó el rey, que miró alrededor y vio que ninguno de sus hombres se movía.
―Ya os lo he dicho. Un trato.
―¿Por qué siguen como si fueran estatuas?
―Porque obedecen, al igual que vos.
Athelstan trató de separar un brazo, pero le fue imposible.
―¿Qué brujería es esta? ―protestó sin elevar la voz.
―La nuestra. La de mi especie. Sentémonos. Cuando hayamos cerrado nuestro pacto, los liberaremos.
―¿Y a mí?
―Sois libre de moveros como os plazca.
El rey recobró su autonomía. Se llevó las manos a la cara y frotó con fuerza para tratar de despertarse. Cuando las separó, la escena seguía como antes. No era un sueño, sino la peor pesadilla a la que iba a enfrentarse. Y no tenía escapatoria .
Tras ordenar a sus acompañantes que volvieran a sentarse de forma natural en sus sillas, la sirvienta fue liberada del yugo del silencio. Dejó las jarras encima de la mesa como si no hubiera sucedido nada. Antes de salir, Athelstan le ordenó que no los molestaran hasta que fueran requeridos.
La chica cerró la puerta, saliendo bastante más pálida de lo que había entrado.
Los diez regresaron a la posición inicial.
Solo el rey estaba consciente, el resto de los suyos permanecía en un limbo obligado, y mucho se temía el dueño y señor de Inglaterra que, si no aceptaba todas sus exigencias, pronto no quedaría nadie capaz de responder al embrujo al que esos seres eran capaces de someterlos.
Incluso tres de sus mejores guerreros habían sucumbido sin oponer la más mínima resistencia.
Aquello solo le dejaba una salida: oír su maldita propuesta y aceptar cuanto le pedía para salvar a todos.
―Bien, ya me tienes donde querías. Ahora, cuéntame qué demonios pretende tu amo ―escupió Athelstan.
―Tranquilo, «mi rey», yo no soy el perro de nadie. Lo que dije solo sirvió como excusa para que nos recibierais. Abbadon y yo somos… ¿Cómo podría definir nuestra relación? Hum… «iguales». Sí, algo así.
―Me da igual.
―A mí no ―respondió muy serio.
El rey se removió en su asiento. Se sentía muy incómodo. Estar a merced de un enemigo de esa envergadura lo dejaba a la altura de un pobre diablo, y jamás había ocupado ese lugar. Hasta ahora.
―¡Pues a mí sí! ―replicó furioso―. Sois una rata que viene del mismo nido infestado. Decidme, ¿qué clase de ser inmundo sois?
Helmet se echó hacia atrás en la silla y chasqueó la lengua. La actitud de aquel hombrecillo le molestó sobremanera. Y no iba a aceptar aquella falta de respeto de un ser inferior que tan solo servía como alimento.
El rey, pese a lo que se enfrentaba, fue incapaz de callar.
Había cometido el error de menospreciarlo y no era consciente de lo mucho que aquellas despectivas palabras habían irritado a su peculiar invitado.
Su altivez innata parecía impedirle aceptar su posición en su actual situación, pero el extranjero iba a aclarárselo de una vez por todas.