Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 2. EL MAL EXISTE
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2. EL MAL EXISTE

E l sol del mediodía dejó de calentar de pronto, ya que quedó oculto tras unas nubes negras que no presagiaban nada bueno.

El rey Athelstan había desplegado parte de su ejército por los alrededores con el fin de proteger el exterior del castillo, pero también como muestra de poder ante su próximo «invitado».

Desde que recibió el pergamino de manos de aquel emisario con la promesa de un desconocido, en la que ofrecía una oferta imposible de rechazar, no había podido pegar ojo.

Si no se fiaba de sus delicadas palabras, que eran pura oscuridad cubierta con una fina capa de melaza, mucho menos iba a creer que sus intenciones no fuesen turbias.

Pero todo se decidiría en ese día. Y esperaba que la balanza llena de ventajas se inclinara de forma exclusiva para él y los suyos.

Claro está que no iba a aceptar menos, si no, tendría que ir a la guerra.

Por supuesto, no estaba en posición de aceptar ese desafío hasta que su hijo se desposara con la hija ilegítima del fallecido Guillermo I de Normandía.

Ahora, su sucesor, Ricardo I, de tan solo cinco años, era manipulado sin piedad por los asesores de su padre.

Poco le importaba su corta edad, a Athelstan lo único que le interesaba era disponer de su ejército, y la única forma que había encontrado para afianzar esa alianza era sacrificar a su heredero en pos de un bien mayor: continuar siendo el rey de Inglaterra.

Mientras tanto, detrás de los inmensos muros el revuelo era considerable. Decenas de sirvientes corrían de aquí para allá adecentando las distintas estancias. En las cocinas, los fuegos ardían sin descanso mientras se preparaban los más deliciosos manjares que la región era capaz de ofrecer.

Poco a poco, empezaron a llegar al salón del trono los nobles que formaban el consejo.

Pronto se esperaba que las huestes de aquel extranjero hicieran acto de presencia, así que la excitación se podía notar tanto en el aire como en las expresiones que formaban en sus caras los hombres leales al rey.

Un piso más arriba, donde el silencio apenas era interrumpido por unos raudos pies en busca de algún enser olvidado, el príncipe Alistair era aleccionado por su tutor, el capitán sir Landon Youngblood.

Aquel soldado era uno de los más fuertes, valientes y comprometidos con el rey.

Ahora, tras haber ganado la última guerra, su labor se ceñía a cuidar al heredero.

No se quejaba. Guiar sus pasos era mucho mejor que destripar escoceses a millas de su hogar, pero el joven se volvía más insolente cada día.

Las razones eran fáciles de adivinar: pese haber alcanzado la mayoría de edad hacía bastante y ser un verdadero prodigio con la espada, ya que podía vencer a cualquiera de sus hombres, su padre continuaba tratándolo como a un niño.

Aquel día estaba especialmente insoportable, y la templanza del guerrero comenzaba a resquebrajarse.

El rey únicamente le había pedido que su hijo mantuviera la lengua a buen recaudo y no echara a perder una posible alianza, solo que aún no sabía cómo iba a lograr que su pupilo lo obedeciera sin llegar a romperle la cabeza.

Respiró una vez más antes de dirigirse a él, ya que estaba a punto de perder el control.

―Mi príncipe, os aconsejo que permanezcáis atento a todo cuanto hoy se diga, pero será mejor que no intervengáis en ningún momento ―pidió Landon―. Vuestro padre así me lo ha…

―¿Exigido? ¿Acaso cree que soy un simple bufón? ¡Ya tengo diecinueve años y soy el heredero! ¿Es que pretende mantenerme al margen de todas las decisiones? ―Alistair chocó con fuerza el puño contra la palma de la otra mano.

―Eso no lo sé, pero, hoy, más que nunca, os ruego que no digáis ninguna de esas palabras delante de vuestro rey. ―El curtido soldado dibujó una mueca reprobatoria.

―Youngblood, amigo mío, te recuerdo que no soy un necio .

―Entonces, demostradlo.

―Cuidado. No vuelvas a hablarme en ese tono. Sabes que podría hacer que te flagelaran hasta la muerte.

El hombre sonrió como si la amenaza del príncipe tuviera el mismo valor que la de un niño protestando por un trozo de pan.

―Alistair, sed razonable. Os conozco desde que nacisteis y creo que no merezco ese trato.

―Lo sé, lo sé. Pero deja ya de regodearte en mi inexperiencia. ¡Solo tienes diez años más que yo!

―Y he ganado una guerra junto a vuestro padre. Así que tenedme el mismo respeto que él me profesa. Os puso a mi cuidado, pero no dudéis de que os azotaré como a un crío si volvéis a insinuar algo parecido.

―Eres inaguantable ―se quejó con rabia.

Caminó hacia el ventanuco resoplando. Miró hacia el cielo, parecía que estaba a punto de tronar.

Después, bajó la vista y divisó una pequeña comitiva que se acercaba a las puertas del castillo.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Aquellos seres no parecían hombres, pero tampoco podía estar seguro desde la distancia a la que se encontraba.

De lo que no tuvo dudas fue de que esa reunión no iba a ser plato de gusto para su padre. Lo que se acercaba desprendía oscuridad, y aquello le dio muy mala espina.

―Están llegando ―dijo sin mirarlo.

Su protector se acercó a su lado para comprobarlo.

―Bien. Pongámonos en marcha. Y, Alistair…

―Obedeceré. No te preocupes.

Landon abrió la puerta, pero el heredero lo detuvo empujando con la mano para volver a cerrarla.

―¿Qué ocurre? ―preguntó el guerrero.

―No me gusta esta reunión. Estate muy atento. Hay algo que…

―Tranquilo, muchacho. El ejército vela por el rey dentro y fuera de estos muros.

―Lo sé. Olvídalo. Vamos, no quiero llegar tarde.

Ambos avanzaron por el pasillo y bajaron la enorme escalera de piedra que daba a un espacio de paso. Los soldados los saludaron al verlos y, nada más entrar en el salón del trono, se dirigieron hacia donde se encontraba el rey.

―Padre ―dijo Alistair, bajando la cabeza en señal de respeto .

―Vaya, Landon, veo que has cumplido tu palabra.

―Mi rey… ―El experimentado soldado también inclinó la cabeza y se colocó tras el príncipe.

―Padre, ¿estáis seguro de esto? ―preguntó con una mueca de preocupación.

Athelstan iba a reprenderle con severidad, pero se contuvo al fijarse en la expresión de su rostro.

―No hay más remedio, hijo. Algunas veces no podemos elegir. Esperemos que sean razonables, pero eso ya lo veremos.

―Tu juicio no tiene parangón, padre. Espero que hoy tampoco falle.

La respuesta del rey quedó en el aire, puesto que anunciaron que los invitados acababan de llegar. Un murmullo generalizado llenó el salón, aunque, nada más entrar el séquito, el silencio se hizo protagonista.

Aquellos seres mostraban un aspecto siniestro en el peor de los sentidos.

La tez de sus rostros era especialmente blanquecina.

Sus cuerpos se movían como si fuesen empujados por una ligera brisa.

La delgadez de algunos de sus miembros rayaba la más pura inanición, sin embargo, sus ojos eran vivaces y curiosos.

Los pronunciados pómulos no dejaban duda de que sonreían, aunque los presentes no pudieron discernir si aquella era buena o mala señal.

El que encabezaba el misterioso grupo tenía un halo diferente.

Su complexión era más corpulenta y sus facciones mucho más enjutas.

Los labios llenos daban paso a una mandíbula cuadrada, temible.

La nariz estaba proporcionada con el resto de la cara.

Derecha, casi perfecta. Cejas poco pobladas y ojos que parecían tener un matiz rojizo nada común.

Cuando aquel hombre alcanzó la distancia requerida, hizo una pequeña reverencia con la cabeza.

―Rey Athelstan, me complace su «invitación» y recibimiento ―dijo con un acento marcado y rudo.

―Y a mí me complace saber que todos han llegado sanos y salvos a mi hogar.

Aquel ser sonrió con unos perfectos dientes blanquecinos, tan afilados que sorprendieron al príncipe. Su padre, sin embargo, no se inmutó. No había llegado a ser rey por tener el pulso de una inocente y simple doncella.

―Permitidme que me presente, aunque ya lo hice en mi misiva. Soy Helmet, de la casa Drăgoi. Supongo que, dado nuestro abolengo, habréis oído hablar en alguna ocasión de mi «socio», Abbadon, de la casa Ursu, y de mí. Bien, pues considerad que también vengo en su nombre.

Athelstan asintió, aceptando aquella pantomima porque aún no sabía qué hacía allí y cuál era su propuesta.

―Bien, Helmet. Decidme, ¿a qué debo este… honor?

Alistair miró a Landon un instante. El guerrero hizo un gesto casi imperceptible, pero el heredero lo captó enseguida. El recién llegado también lo vio y sonrió para sus adentros, aunque ninguno de los dos se dio cuenta de que los estaba observando.

―Mi coterráneo y yo deseamos hacer «negocios» en vuestras tierras. Nuestras singulares necesidades nos han impulsado a abrir mercado por gran parte de la antigua Galia, ahora mal llamada Francia ―pronunció con desprecio―, pero venimos de mucho más lejos.

―¿Y qué negocio es ese? ―preguntó el rey con desconfianza.

―Rey Athelstan, nuestro viaje ha sido largo y sufrido para la mayoría…

La sonrisa que dibujó desapareció tan rápido de sus labios que Alistair pensó que solo había sido un espasmo. Landon se pegó un poco más a él y, sin molestarse en disimular, apoyó la mano en la empuñadura de su espada.

―Lo entiendo ―respondió el rey―. El mar no es gusto de todos y nuestro maldito clima lluvioso tampoco acompaña la mayor parte de los días.

―El frío y la oscuridad no nos molesta, solo la falta de un caldo templado y espeso que nos llene por dentro cada pocos días. Eso sí que lo hemos echado de menos, y no siempre es sencillo encontrarlo cuando las tierras están yermas y escasamente habitadas.

Aquellas palabras sonaron de una manera inquietante, pero nadie lo interrumpió. Al rey parecía agradarle aquel extraño hombre, cuya altura superaba con facilidad los ocho o nueve palmos.

―Así es. La basta extensión de mi reino hace imposible el ser habitado en su totalidad ―agregó Athelstan formando media sonrisa, vanagloriándose así del poder que ostentaba.