Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) 1. REVELACIÓN #2
6%

1. REVELACIÓN #2

―Te lo he dicho. Una vez hecha la transición, recibimos una vitalidad y fuerza extraordinarias.

Somos veloces. Oímos, sentimos, degustamos, olemos y amamos con tanta intensidad que los primeros días serán complicados, te lo aseguro; pero también te garantizo que el conocimiento que adquirirás gracias al cambio no te pesará en absoluto.

―¿No… no me habéis mentido? ―susurró con un nudo en la garganta.

―No, hija mía. Esto no es para herirte, créeme.

Se nos concedió un don maravilloso que hará que tu vida sea muy especial.

Mañana serás libre de un modo que no esperas porque, desde el amanecer, te convertirás en la nueva Portadora.

Eso significa que ÉL siempre estará contigo.

Así lleva siendo desde el principio, y se cumplirá hasta que tu primogénita cumpla los dieciséis.

―Pero ¿y si no llegara a desposarme? ¿Y si no pudiera tener hijos? ―trató de averiguar Alana.

―Tu destino no es ese.

―¿Cómo lo sabes ?

―Lo sé. Sé que serás madre y conocerás el amor del mejor hombre que camine sobre la tierra.

―Hijas, siento mucho interrumpiros, pero será mejor que regreséis a vuestra casa ―dijo el párroco para terminar con aquella conversación que parecía no llegar a ninguna parte―. Se hace tarde, y he de visitar a unos feligreses.

―Padre León…

―¿Sí, Alana?

―¿Es verdad que usted guarda…?

―Así es.

―¿Dónde?

―En un lugar seguro.

―Ya. ¿Y por qué deberíamos confiar en usted? ¿Quién nos dice que no quiere la sangre para…?

―¡Mi fe es inquebrantable! ―respondió él con un tono de voz que provocó que a la joven se le erizara la piel―.

Jamás cometería tal osadía porque conozco la verdad.

Mi deber es proteger el recipiente y a ti.

Tu madre se ha apoyado en mí desde que hizo el tránsito.

La pregunta es: ¿podrás confiar tú en mí?

Ella miró a su madre y vio la pena reflejada en su rostro.

―Está bien. Hacedme esa misma pregunta mañana ―acabó diciendo con un hilo de voz―.

No estoy segura de que vaya a ocurrirme.

De hecho, rezaré toda la noche para que así sea.

Me encuentro bien, no siento nada de lo que decís, así que tal vez me libre.

¿Podría pasar? ―preguntó esperanzada―. Ha sucedido antes, ¿verdad?

Leala miró a León mientras asentían con media sonrisa. Prefirieron no seguir insistiéndole, ya que lo descubriría aquella misma noche.

―Vamos, hija. Regresaremos mañana.

―¿Y si no me pasara a mí? ―insistió.

―Entonces, te prometo que no volveremos ―agregó su madre.

Se despidieron de él y regresaron todo el camino en silencio. Nada más entrar en casa, su hermano pequeño, Wade, las interrogó acerca de dónde habían estado mientras se quejaba sin reparos de que tenía hambre.

Leala le quitó importancia al asunto y preparó el desayuno para acallar los ruidos de las tripas de su hijo de doce años .

―Madre, ¿puedo salir para dar un paseo? Necesito pensar. ―Se sentía sobrepasada. No había sido capaz de ingerir un solo bocado y aquellas cuatro paredes estaban comenzando a asfixiarla.

―Claro, hija, pero regresa antes del atardecer. Este diablillo ―dijo, despeinando a su pequeño―, va a dormir hoy con los abuelos porque encalaremos vuestra alcoba mañana temprano.

La joven la miró agradecida. Su madre sonrió con una expresión de entendimiento, haciéndola ver que la situación que le esperaba era inevitable, pero que, a la larga, sería capaz de aceptar el peso que iba a recaer sobre sus hombros.

Antes de salir, se dio la vuelta y la besó en la mejilla.

―Gracias.

―Ten ―dijo, entregándole un pequeño hatillo con un trozo de pan, queso y una manzana.

Alana asintió y anduvo hacia el campo sembrado para saludar a su padre. Después, caminaría por el bosque hasta llegar al río. Allí pasaría el resto de la mañana y parte de la tarde antes de regresar. Quizás el correr del agua aclarara sus ideas.

Al verla, Fairfax se detuvo y la saludó con la mano.

―¿A dónde vas, hija? ―preguntó el hombre, secándose la frente con un pañuelo.

―Al río. Madre me ha dado permiso.

―Está bien, pero nada de meter los pies. El agua está helada, y no quiero que enfermes. ¿De acuerdo?

―De acuerdo, padre ―respondió con una sonrisa mientras pensaba en que, si se cumplía lo que le habían asegurado que iba a suceder, jamás volvería a enfermar.

―Se te ve algo cansada.

―Tranquilo, padre. No es nada. El aire fresco me mejorará.

―Alana, no es necesario que trates de ocultarme cómo te sientes. Sé que no es fácil lo que te espera, pero tanto tu madre como yo estaremos a tu lado.

―He visto a madre hacer…

―No lo digas. Me lo imagino.

―¿Por qué no me lo habéis contado antes ?

El hombre se quedó callado sopesando qué decir.

Miró hacia la casa y recordó el momento en el que Leala le confesó quién era.

Al principio, se enfadó por habérselo ocultado, pero, con el tiempo, comprendió que ella era, en cierta manera, una víctima circunstancial.

No había elegido tener esa responsabilidad, sin embargo, la había aceptado con entereza sin cuestionar el porqué.

Su vida, en realidad, había sido justo la que deseaba.

Eran felices. Tenían una familia preciosa.

Un techo bajo sus cabezas. Un campo fértil que les proporcionaba lo necesario para vivir…

Fairfax se volvió hacia ella y supo qué debía responderle.

―Porque preferimos preservar tu inocencia hasta que fuera inevitable decírtelo. Dime, hija, si lo hubieras sabido antes, ¿crees que habrías vivido del mismo modo?

―Puede que no.

―¿Puede, Alana?

―No, lo más seguro es que no. Pero ya no hay vuelta atrás, ¿verdad?

―Así es.

―Marcho ya ―dijo mirando hacia el bosque―. Dile a madre que volveré antes de que se ponga el sol.

―Sé juiciosa, hija.

―Descuida, padre.

Le dedicó una sonrisa triste antes de darse la vuelta para dirigirse al camino. Sentía la cabeza a punto de explotar. Le faltaba el aire. El corazón bombeaba tan fuerte en su pecho que se sintió algo mareada, pero no se detuvo. Un paso tras otro avanzó hasta alcanzar el bosque.

Cuando estuvo alejada de la vista de todos, se llevó las manos temblorosas a los labios para ahogar un sollozo. Entonces, echó a correr. La vida tal y como la conocía estaba a punto de desaparecer, y no sabía cómo iba a poder seguir adelante.

Mientras avanzaba un poco más aprisa de lo habitual, no dejaba de preguntarse si iba a ser capaz de aceptar aquel cambio o, por el contrario, dejaría que el río se la llevara porque, pese a todo, no deseaba aquel don que le había sido impuesto.