1. REVELACIÓN
A lana comenzó a mascullar una queja ininteligible mientras terminaba de colocarse los botines de cuero. Aún no había amanecido, y su madre ya la había despertado para ir a ordeñar la vaca. Sin hacer demasiado ruido, se echó un enorme echarpe de lana gruesa para combatir el relente de la mañana.
Antes de dejar la alcoba, se agachó para despedirse de su hermano pequeño dándole un beso en la frente. Abrió la puerta y entró en la sala que hacía las veces de cocina. Al no verla, supuso que ya se encontraba maltratando al pobre animal, puesto que ordeñar nunca se le había dado demasiado bien.
Nada más poner un pie fuera de la casa, el frío de marzo la golpeó con fuerza en el rostro. Miró al cielo con resignación. No entendía la necesidad de hacer aquello bajo el fuego de una antorcha, cuando en poco tiempo saldría el sol. Por supuesto, se abstuvo de maldecir incluso para sus adentros.
Cerró la puerta y se arrebujó con el mantón. Se llevó un buen susto al verla sentada con las manos entrelazadas en el banco de madera que había tallado su padre tres inviernos atrás.
―Buenos días, madre ―dijo en un tono bastante alejado de un saludo cordial.
―Buenos días, cascarrabias ―respondió Leala con una sonrisa.
―¡Ey! ¡Yo no soy…!
―¿Cuántas veces te has quejado hasta salir por esa puerta?
―Dieciséis, creo.
―Bonito número, muy acorde. ¿Sabes qué día es hoy?
―Claro, madre. Es mi aniversario ―añadió, mirando al suelo.
―Exacto. Dieciséis primaveras, hija mía. Hoy vas a convertirte en una auténtica mujer, por lo que ha llegado el momento de que conozcas la verdad sobre quiénes somos. Vamos, démonos prisa. El padre León nos aguarda.
―¿Por qué?
―Porque él forma parte de nuestra historia y es clave para mantener a salvo nuestro secreto.
―¿Secreto? ¿Qué secreto?
―Algo por lo que vas a sorprenderte. Venga, apúrate.
Las dos tomaron el camino hacia la iglesia. La noche cerrada era su única compañía, pero, a lo lejos, ya podían verse los primeros claros que anunciaban el nuevo día.
―Madre, yo no quiero ir a hablar con él. Me pone nerviosa.
―¿Y eso por qué?
―No sé, es como si supiera algo de mí o estuviera esperando a que me equivoque para regañarme.
Leala la detuvo sosteniéndola del brazo. La miró con cierto pesar y asintió, aceptando lo que estaba por venir. Esa noche Alana sufriría la transición, por lo que era imperativo contarle cuanto sabía antes de que comenzara el proceso.
Desde hacía nueve siglos, todas las primogénitas de su estirpe habían pasado por una transformación que las cambiaba para siempre. Ella no sabía si su hija sería la Elegida. En realidad, nadie podía saberlo, pero no por ello iban a mantenerlo en secreto.
La hora de desvelarle la verdad para salvaguardar la futura generación se acercaba de manera inexorable. Y ya no había vuelta atrás.
―No, Lana ―dijo con cariño, pero también con contundencia―.
El padre León solo busca tu protección. Es un gran hombre.
Piensa que lo conozco desde que tenía tu edad, y te aseguro que no hay mejor persona.
Pronto te darás cuenta de que tendrás que confiar en él, puesto que tu vida y tu futuro estarán en sus manos.
―Madre, no te entiendo.
―Lo sé. Venga, sigamos.
Mientras caminaban, el sol comenzó a salir.
―¿Y padre? ¿Sabe a dónde vamos?
―Por supuesto, cariño. Él y yo no tenemos secretos.
―Entonces, ¿por qué no ha venido con nosotras?
―Porque está arando. Hoy comienza la siembra, así que para otoño, si el tiempo está de nuestro lado, tendremos coliflores, cebollas, hinojos, lechugas, repollos y zanahorias.
―Somos muy afortunados, madre.
―Sí, hija. Me alegro de que te des cuenta.
―¿Y padre sabe también de lo que vamos a hablar?
―Desde que naciste.
Alana se quedó callada. Acabó bajando de nuevo la mirada al suelo porque la expectación estaba comenzando a hacer mella en su corazón.
Con cariño, Leala la abrigó un poco más con el echarpe que llevaba.
Antes de llamar, le sostuvo un instante la mejilla.
Sonrió, implorando que no fuera ella la que tuviese que sostener el peso del Destino sobre sus hombros.
Asintió con ligereza y tocó dos veces a la puerta de la pequeña casa parroquial.
En el pueblo, desde hacía al menos dos siglos, todos los sacerdotes que allí vivían habían sido trasladados desde Francia.
Los pocos que escuchaban la llamada de Cristo eran enviados a otras provincias.
Nadie entendía por qué, pero tampoco preguntaban por miedo a las represalias por parte de la Iglesia.
―Adelante ―dijo el párroco con una mueca de preocupación.
Entraron y él cerró tras de sí. La casa era muy sencilla y austera.
En el centro, la estancia contaba con una mesa y cuatro sillas, cada una de una forma y estilo diferentes.
En la pared del fondo, una simple cruz. Debajo de ella, un pesado aparador.
A la derecha, un pequeño fogón que hacía las veces de hogar y, a la izquierda, un pasillo.
Tras el saludo de rigor, los tres se sentaron a la mesa. Alana pudo comprobar que había en un lateral una puerta, por lo que supuso que allí se encontrarían los aposentos del párroco .
―Bien, padre. Hoy es el día ―dijo Leala con emoción. Por mucho que trató de disimular, se le quebró la voz al pronunciar aquellas temidas palabras.
―Así es, hija mía. ¿Ella sabe…?
―Nada. Como es la tradición ―aseguró la mujer.
―Bien. ¿Os apetece un poco de agua caliente con miel?
―Sí, gracias ―respondió Leala, tratando de sonreír.
―¿Qué ocurre, madre? ―Alana comenzó a angustiarse. Aquella situación le estaba resultando demasiado extraña para apenas haber empezado el día.
El párroco sirvió las bebidas y soltó sin más el motivo de por qué se encontraban allí.
―La sangre de Cristo corre por tus venas, Alana. Permanece latente desde que naciste, pero hoy despertará porque así está escrito desde tiempos inmemoriales.
―¿Cómo? Madre, ¿qué está diciendo?
―Déjalo hablar, hija mía. Presta mucha atención porque de ello puede depender tu vida y la de tus descendientes.
La joven palideció. No comprendía qué estaba sucediendo allí, pero decidió obedecer. Como única respuesta, asintió.
El párroco miró a su madre, que, con un casi imperceptible cabeceo, le dio su bendición.
―Vuestra historia comienza hace justo novecientos cuarenta y tres años. Un día de primavera en la pascua judía…
León le contó cuanto sabía de su antepasada Raisa y cómo se les había transmitido a las primogénitas, generación tras generación, lo sucedido.
Hacía poco más de doscientos años que una de ellas había confiado la pequeña vasija a la casa de Dios, donde el mal no tenía cabida.
Como Portadora, su misión consistía en proteger aquel recipiente con su vida hasta que naciera aquella que los liberaría a todos de una condena eterna.
El hombre demostró verdadero fervor por la historia y agradeció de corazón el papel que se le había asignado desde que su antecesor falleciera antes de que pasara su madre por la «transición».
Tras acabar, miró a Leala y asintió. A ella le correspondía revelarle el resto .
―Alana, hija mía, a partir de esta noche, tu vida va a ser un poco distinta.
Al atardecer, comenzarás una transformación que provocará que tu cuerpo entre en llamas.
Caerás en un profundo sueño en el que sentirás mucho dolor, miedo y desesperación.
Todo lo que vas a ver es real. Notarás en tus propias carnes la pasión de…
Cada pesadilla te acercará de manera inexorable hasta la crucifixión.
Pasarás por ella, y después se te revelará tu misión.
Así ha ocurrido siglo tras siglo, y espero que no seas tú…
Espero que no seas la Elegida. Pero has de entender quién eres ahora.
La sangre de Cristo está en mí y… en ti.
Hemos de protegerla con nuestra vida y no permitir jamás que caiga en manos de nadie que quiera beneficiarse de ella.
Alana negó repetidas veces. Echó la silla hacia atrás y se puso en pie. Recelosa, se tapó los oídos con las manos para dejar de escuchar.
―Para, ¡estás mintiendo! Eso es… imposible. ¡Blasfemas! ¡Ambos lo hacéis! ―dijo de forma atropellada mientras sus ojos se empañaban por la desazón que la invadía.
―¡Alana! ―exclamó su madre.
Ella miró hacia la puerta. Leala leyó sus intenciones y se levantó justo a tiempo para situarse en su camino a fin de interrumpirle el paso.
―¡Déjame salir! ―exigió fuera de sí.
―Escúchame bien: ¡esto va a suceder! Ya no hay tiempo, y nadie puede impedirlo.
―Estoy maldita… ¡Me habéis maldecido! ―les acusó mirando de forma intermitente a uno y a otro con la rabia instalada en su precioso rostro.
El párroco se persignó mientras vocalizaba algo que la joven no llegó a entender.
―Te equivocas. Solo eres la Portadora, como yo. La Elegida aún no ha nacido ―dijo casi como una plegaria―. Podrás tener una vida normal, tan solo tendrás que aprender a controlarte y a fingir de vez en cuando que…
―¿A controlarme? ―la cortó exasperada―. ¿En qué? ¿De qué estás hablando, madre?
―Tras la transición, tu cuerpo nunca enfermará y tendrás una fuerza muy superior a la de cualquier hombre. Lo que se nos concedió fue un don. Te lo repito, hija mía: solo somos las Portadoras, pero hemos de ser muy cuidadosas.
―¿Acaso te burlas de mí? ¡No creo ni una sola palabra!
Su madre se cansó de su actitud y decidió acabar con aquella chiquillada en un instante.
―Madre, ¿qué vas a hacer? ―preguntó con los ojos desorbitados.
―¡No, Leala! ―gritó León.
Pero ella no le escuchó, rodeó la mesa y se dirigió al aparador que se encontraba bajo la cruz.
―No hay otra forma, padre. Nunca te he mentido, Alana. ―La miró un momento antes de coger el enorme mueble con las manos―. Esto es lo que somos.
―¡Madre!
Lo levantó como si tan solo fuera un pequeño madero y volvió a dejarlo con suavidad en el suelo.
―Pero… ¿qué?
Leala se dio la vuelta y se apoyó en el enorme enser mientras esperaba a que ella se calmara.