Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) Roma, año 43 d.C. #2
4%

Roma, año 43 d.C. #2

―Venga, hija. Ordena que sirvan ya el almuerzo, luego he de irme para acabar un pedido. Vienen a recogerlo esta tarde.

Sin perder tiempo, Flavia y Edesia presentaron una mesa digna del mismo emperador.

Había varios platillos llenos de tortas de trigo, carne aderezada con especias, queso, verduras cocinadas, garum [3] y varios tipos de fruta.

El ama cogió una jarra y llenó las copas de barro con vino diluido en agua con miel.

―¡Menudo banquete! ―exclamó el tribuno a modo de cumplido.

―Mis hombres no se merecen menos ―dijo ella con solemnidad.

El almuerzo se desarrolló entre risas y ultimando los pocos flecos sueltos de la organización para el día siguiente.

Debían estar una hora después del mediodía en la casa de los padres del soldado, allí tendría lugar la ceremonia.

Tras una pequeña recepción, a la que habían sido invitados sus familiares y unos pocos amigos de la pareja, se marcharían a su nuevo hogar situado cerca del Tíber.

Sin duda, otro regalo de los padres de Tiberius, quien había recibido del emperador una deferencia reservada solo a unos pocos.

―Bueno, he de irme ya si no quiero llegar tarde ―comenzó a despedirse Gaius.

―Señor, quiero… ―Tiberius miró a Raisa y la cogió de la mano―, nos gustaría que viniera a vivir con nosotros. Voy a dejar mi carrera militar para entrar en política. Hace unos meses, fui elegido para trabajar como magistrado. Mi padre es amigo íntimo de Claudio, y bueno…

―¿Vas a dejar de ser soldado?

―Desde el próximo mes, así será. Nuestro deseo es que usted deje de trabajar porque ya no será necesario. Estará al cuidado de mi querida Raisa y protegerá la casa cuando tenga que ausentarme. Por supuesto, sus esclavos serán bien recibidos y seguirán con sus quehaceres habituales .

―¿Y tú qué quieres, hija?

―Que vendas el puesto y te vengas a vivir con nosotros, padre. Ya has trabajado suficiente para dos vidas. ―Carraspeó y se llevó la mano a la frente. La tenía perlada de un sudor helado.

―¿Te encuentras bien? ―preguntó Tiberius algo preocupado.

―Sí, supongo que habré cogido frío. Pero, tranquilo, mañana estaré bien. Entonces, padre, ¿qué nos dices?

El hombre inspiró profundamente. Lo que le ofrecían era una oportunidad única que fue incapaz de rechazar.

―Claro que iré con vosotros.

La pareja sonrió desde el corazón y ambos se levantaron para abrazar al mercader, que contenía las lágrimas para no quedar en mal lugar. Tras despedirse, Raisa se retiró a sus aposentos porque no se sentía nada bien.

Al anochecer, su padre volvió a la casa y se sorprendió al no ser recibido por su hija.

―¡Edesia! ―dijo elevando la voz.

La esclava apareció al instante.

―¿Dónde está Raisa?

―Señor, se siente enferma. Lleva toda la tarde acostada.

El hombre caminó deprisa hacia la alcoba y descorrió la cortina. Al verla, se acercó a ella y le tocó la frente. Hervía de fiebre.

―Hija, ¿qué te ocurre?

―Padre ―dijo con un hilo de voz.

―¿Acaso te ha sentado mal el almuerzo?

―No lo sé. No puedo ponerme en pie. Noto el cuerpo como si estuviera en llamas y no he sido capaz… Agua…

El ama llenó un pequeño cáliz. Gaius ayudó a Raisa a incorporarse y le arrebató el recipiente a la esclava. Con cuidado, se lo colocó en los labios y ella bebió con bastante dificultad.

―Hemos de avisar a un «medicus» ―añadió muy preocupado.

―Tranquilo, no es necesario. Estoy segura de que se me pasará.

―¿No me mientes?

―No, padre. Me encuentro mejor. El agua me ha hecho bien, aunque siento no poder acompañarte en la cena.

―No pienses en eso, hija. Edesia, ve ahora mismo a la cocina. Trae un poco de guiso templado y agua fresca con miel .

La mujer se marchó a paso ligero. Gaius volvió a tocarle la frente. Parecía que le había bajado un poco la calentura.

―Verás cómo te sientes mejor una vez comas algo ―agregó mientras le colocaba la almohada detrás de la espalda a fin de conseguir que se mantuviera un poco más erguida.

―Seguro que sí, padre.

Raisa cerró los ojos. Unos instantes más tarde, Edesia apareció con una bandeja con los alimentos que el mercader le había pedido.

―Amo, yo la asistiré. No se preocupe. Después de que cene, la lavaré con unas friegas de lavanda y romero para que descanse. ―La esclava le acercó otra almohada para que Raisa se incorporara.

―De acuerdo. Descansa, hija. Si empeorase, llámame ―exigió.

―Por supuesto, amo.

Gaius salió de la alcoba con la preocupación instalada en sus facciones. Edesia trató de darle un par de cucharadas de estofado a Raisa, pero le fue imposible. Apenas probó bocado, ya que su cuerpo tan solo rogaba por agua.

―Necesito dormir ―acabó diciendo.

―¿Y las friegas?

―Más tarde. Déjame descansar.

Ella asintió y retiró la comida para que el olor no la molestara. Cuando regresó a la estancia, Raisa ya estaba inmersa en un profundo sueño. Así que cogió una silla y se sentó en la cabecera para velarla.

La noche fue terrible. Pesadilla tras pesadilla, la joven prometida se sumió en un mar de dolor, vejaciones, latigazos, insultos y, por último, la crucifixión.

Aquellos sueños fueron demasiado impactantes.

Demasiado vívidos.

Al amanecer, abrió los ojos de golpe. Los recuerdos volvieron en tropel, llevándola hasta el momento exacto en el que, diez años atrás, tomó la sangre de los pies de aquel hombre al que habían destrozado.

―¡Su sangre! ¡Lo que he probado ha sido su sangre! ―susurró entre sollozos.

Edesia se espabiló de golpe al oír su llanto.

―Ama, ¿qué os ocurre?

Ella no contestó. El silencio, que de nuevo se había apoderado de la escena, se vio interrumpido por el canto del gallo.

Tres veces. Como siempre. Como en su sueño.

Sintió una pena inconmensurable por la pérdida de alguien que ni había conocido.

Era una niña cuando hizo aquello y se extrañó de que ese recuerdo lo hubiera enterrado junto con su vida en Judea.

Miró a Edesia, que tenía los ojos cansados por la noche en vela.

―Estoy bien. ―Se tocó la frente. La fiebre había remitido―. Avisad a mi padre de que estoy recuperada. Dadme un momento y volved para vestirme.

―¿Estáis segura?

―Sí, tranquila.

La esclava asintió y se marchó de los aposentos. Echó la cortina para que tuviera la intimidad que parecía necesitar.

En cuanto la vio salir, Raisa cerró los ojos y liberó aquellos sentimientos que la habían atormentado desde hacía horas. Necesitaba dejarlos salir, así que, con las manos a la altura del corazón, rezó la primera plegaria de toda su vida.

«Sé quién fuiste. Sé quién eres. Me lo has mostrado.

Espero que ÉL te haya otorgado el consuelo por el que rogaste con tanto fervor.

Tu sangre está en mí, y ahora he de vivir con ello.

Espero… No, te ruego, que borres de mí este dolor que me está destrozando por dentro.

Tu fe no la entiendo, pero sí la siento en todo mi ser.

Libérame, por favor, te lo suplico», pidió con tal intensidad que algo se quebró en ella.

Abrió los ojos y se incorporó. Al ponerse en pie, se quedó sin aliento. Se llevó las manos a la garganta e inspiró cuanto pudo. Sin más, notó cómo todo había cesado. Tras dar el primer paso, se sorprendió al notar que se sentía más ligera y fuerte a la vez.

Cerró los puños, volvió a llenar sus pulmones con el convencimiento de que algo había cambiado en su cuerpo.

No estaba segura, pero no se sentía ella misma.

Sacudió la cabeza para alejar aquellos pensamientos.

Supuso que las pesadillas la habían asustado, pero se estaba engañando.

De pronto, una calidez infinita llenó su pecho.

Poco a poco, esa sensación de plenitud se extendió por sus extremidades, por todo su ser.

«Lo entiendo. Ahora… lo entiendo», se repitió.

Los ojos se le llenaron de lágrimas porque había recibido un don.

Un regalo inesperado, pero no iba destinado a ella.

Tan solo era la Portadora, ya que la que debía poseerlo aún tardaría siglos en nacer.

Ese conocimiento le fue mostrado sin entender de dónde venía ni quién se lo estaba transmitiendo.

«Todas las primogénitas lo poseerán al cumplir los dieciséis.

Al igual que tú me has aceptado, ellas estarán contigo y conmigo hasta el final de los tiempos.

Hasta que la Elegida pronuncie la oración que los liberará a todos, hasta que su sacrificio sea desde el corazón», oyó en su mente o sintió de alguna manera en todo su cuerpo.

Se tapó la cara con las manos y volvió a llorar. Su padre, que justo en ese momento estaba descorriendo la cortina, se preocupó al verla.

―Hija, ¿qué te ocurre? ―La rodeó con sus brazos.

―Nada, padre. Estoy muy feliz. Estas lágrimas son de gozo.

―Menos mal, me habías asustado. ¿Cómo te encuentras?

―De maravilla. Ahora, vayamos a desayunar. Hoy comienza nuestra nueva vida. Dejaremos todo esto atrás y seremos más dichosos que nunca.

―Me gusta oírte hablar así, Raisa.

―Y a mí, padre. Vamos, estoy deseando que llegue el mediodía para partir.

―¿Crees que serás feliz con él? ―preguntó Gaius.

―Estoy segura. Nuestra primogénita será la niña de sus ojos.

―¿Raisa? ¿Qué dices? ¿Es que…?

―No, padre. Soy pura. Eso lo he visto en un sueño.

El hombre suspiró.

―¿Y crees que se hará realidad?

Ella dibujó una leve sonrisa.

―Con todo mi ser porque ÉL así lo ha decidido.