Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1) Roma, año 43 d.C.
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Roma, año 43 d.C.

El gallo cantó por segunda vez. Raisa, aún con los ojos cerrados, dibujó una diminuta sonrisa mientras negociaba consigo misma esperar al tercer aviso.

Su ama no le dio la oportunidad, ya que descorrió la cortina.

Nada más hacerlo, su padre pasó por delante.

No entró en la alcoba, pero sí le guiñó un ojo mientras canturreaba una musiquilla con su característico silbido.

―Arriba, hija. Ya ha despuntado el alba.

―Esclava, noble Raisa . ―Se inclinó de forma exagerada y le sacó la lengua―. Venga, arriba. Hoy es vuestro aniversario. Además, os falta decidir qué vais a hacer con ese baúl horroroso.

La joven sonrió. Quería a esa mujer como si fuera su propia hermana.

Al llegar a la ciudad, su padre había decidido visitar un mercado de esclavos para surtir de personal su nuevo hogar.

A ella la compraron a muy bajo costo. Estaba enferma y apenas podía mantenerse en pie.

La habían flagelado por insolente, por lo que no era válida ni para trabajar en un burdel.

Tras oírle decir a uno de los comerciantes que la chica no le servía ni para yacer en la cama y que esa misma noche iba acabar con su vida, puesto que no valía ni el mendrugo que gastaba para alimentarla, Raisa le rogó a su padre que pujara por ella.

Ya habían pasado casi diez años de aquello, y ninguno de los dos nunca se habían arrepentido de haberla salvado.

―Ese baúl era de mi madre. Después de desayunar, lo revisaré.

―Muy bien. Venga, voy a vestiros.

Edesia volvió a echar la espesa cortina.

Ayudó a Raisa a cambiarse la camisola por una túnica de color verde esmeralda, que iba a juego con sus ojos, y le anudó la cintura con un cordoncillo dorado.

Peinó sus preciosos cabellos rubios como el sol del mediodía y se los recogió en una cola baja con un fino lazo negro.

Después le vertió un poco de agua en un recipiente para que pudiera lavarse la cara.

La esclava estiró la fina manta en el lecho y, antes de que descorriera la cortina, Raisa se miró en el pequeño espejo de cobre que le había hecho a mano su padre a su madre años atrás. Seguía tan pulido como antaño, por lo que reflejaba a la perfección sus bonitas facciones.

Entró en la cocina y lo vio dándole instrucciones a la cocinera, que estaba removiendo algo en el fuego.

―Padre, deja tranquila a Flavia. Al final vas a conseguir que queme las gachas.

Se volvió hacia ella para quejarse cuando se fijó en que llevaba puesta la túnica que le había regalado la tarde anterior. La miró emocionado y se acercó para abrazarla. La mujer suspiró aliviada al verlo marcharse de sus dominios.

―Hija mía, feliz aniversario ―expresó con amor―. Dieciséis años ya. Me recuerdas tanto a tu madre…

―Gracias, padre ―respondió con los ojos brillantes.

―Así vestida pareces una gran patricia ―añadió con orgullo.

―Es una túnica preciosa ―dijo emocionada―, pero no deberías haberte molestado.

―Es lo mínimo que te mereces por hacerte mujer.

Por cierto, tu tribuni angusticlavii [2] vino hace un rato.

Hemos hablado unos instantes y te ha dejado un presente ― agregó, haciendo un gesto con la cabeza para señalar un enorme paquete envuelto con una tela suave de color claro rodeada por un cordoncillo de oro.

―¿Por qué no me has avisado? ―se quejó―. Y deja de llamarlo de esa manera. Su nombre es Tiberius.

―No me creo que vayas a unirte a una familia noble de Roma. Sabes que esto cambiará tu vida para siempre, ¿verdad?

―Padre, yo… ―Bajó la mirada. Entendía el paso que iba a tomar, pero no podía cambiar lo que sentía.

―Ya, ya. Te has enamorado de él.

―Sí. Es un buen hombre y mejor soldado.

―Eso es lo que me tiene confuso. Tiberius… ―dijo, ladeando un poco la cabeza mientras ella asentía complacida― podría elegir a alguien más cercano a su posición. Por su rango militar y la familia de la que procede…

―Su familia me acepta, padre ―lo interrumpió―. En verdad, nos aceptan a los dos. Ya llevas un tiempo tratándolos, ¿acaso has percibido hacia nosotros algún tipo de desprecio o animadversión?

―No, hija. Todo lo contrario. Es solo que…

―Entonces, tranquilo. Ellos son patricios, de acuerdo, pero tú eres un comerciante muy respetado.

Suministras sal al ejército y otras especias.

Mira nuestro hogar. Sabes que en nada se parece al de una familia humilde.

No somos iguales, pero mañana formaré parte de su mundo, y, por tanto, tú también.

Así que empieza a querer a tu futuro hijo Tiberius.

Ah, y debiste despertarme para recibir el presente de sus propias manos.

―Tranquila, volverá un poco más tarde. No he sido capaz de disuadirlo del todo porque dice que ha de comunicarme algo importante.

―Eso está bien. ―Sonrió satisfecha y se mordió la lengua para no estropear la noticia―. Flavia, ya puedes servir ―dijo antes de salir de la cocina cogida del brazo de su padre.

―Bueno, hija, ¿ya tienes preparado todo lo que vas a llevarte?

―Casi. Solo me queda por escoger algunos enseres más de los que no quiero desprenderme.

Raisa sonrió al pensar cuán diferente iba a ser su vida a partir del día siguiente. No podía esperar a que llegara ese momento ni tampoco a compartir la sorpresa que Tiberius y ella le tenían preparada a su padre.

Después de acabar el desayuno, se dirigió a su alcoba con el regalo de su prometido.

Lo dejó encima de la cama y, con sumo cuidado, deshizo el lazo del cordón.

Al revisarlo, se sorprendió al descubrir que no era de color dorado, sino que llevaba finos hilos de oro entremezclados en el trenzado.

Lo dejó a un lado y abrió el paquete. Dejó escapar una exclamación al desplegar el contenido.

En sus manos sostenía la túnica más lujosa y bonita que había visto nunca.

No reconocía la tela. Era suave, de un color azul profundo.

Iba adornada con flecos e hilos de oro. Solo había visto ese tipo de vestimenta a las patricias, así que aquella túnica debía de haberle costado varios meses de sueldo.

Claro que su padre era muy rico. O puede que ese vestido hubiera pertenecido a su madre o a la hermana mayor en algún momento, pero no se veía usado.

Lo dejó con cuidado y cogió el pliego de papel que su prometido había incluido.

Se alegró de que, pese a su constante negativa, él le hubiera insistido en que aprendiera a leer para poder estar en contacto en caso de que lo enviaran a una campaña lejos de Roma.

Apreciada Raisa:

Acepta este presente por tu aniversario. Me encantaría que te vistieras con él mañana cuando nos unamos. Mis padres lo han costeado, aunque yo he contribuido con lo que buenamente he podido.

No puedo esperar para ser tu esposo.

Siempre tuyo,

Tiberius Graco

―¡Padre! ¡Padre! ¡Venid rápido!

―Dime, hija ―dijo al entrar en la alcoba.

―Mira, padre. ―Cogió la túnica y se la colocó delante del cuerpo.

―¡Es el vestido de una auténtica patricia!

―Este es el presente de sus padres, aunque él también ha colaborado. Me ha pedido que lo lleve mañana.

A Gaius se le llenaron los ojos de lágrimas. Ese gesto significaba que aquella familia romana sí que había aceptado a su hija sin restricciones.

El viejo mercader sonrió y abrió los brazos para abrazarla. Ella soltó la túnica sin pensarlo y lo rodeó con fuerza.

―Vas a ser importante, hija mía. Tus hijos lograrán grandes hazañas. Estoy convencido.

―Me vale con ser una buena esposa y bendecir a mi esposo con hijos varones fuertes.

―Verás cómo será así antes de que acabe el año .

Ella le dio un beso en la mejilla y se separó.

―Bueno, mejor será que comience con lo que había venido a hacer.

―Está bien. Me marcho ya. Volveré al mediodía, el soldado me lo ha hecho prometer. Me pregunto qué estará tramando.

―No sé de qué me hablas ―trató de disimular ella.

―Vaya par. Anda, cuida bien de la casa.

―Por supuesto, padre.

Gaius la dejó para abrir su puesto de especias en el mercado, y Raisa volvió a la tarea de guardar el pequeño ajuar que aportaría a la unión.

Abrió el raído baúl que había pertenecido a su madre.

Allí atesoraba sus pocos vestidos, un par de zapatos y el zurrón que la había acompañado durante años hasta que se le partió la cinta de cuero.

Su padre le había asegurado que lo repararía, aunque, entre una cosa y otra, nunca llegó a hacerlo.

Lo sacó con cuidado, como si se tratara del mayor tesoro del mundo.

Revisó su interior y encontró en él unas pocas baratijas: una piedra blanca, que recogió años atrás cuando viajaron a Roma; flores secas del camino; un trozo de carbón y un pequeño frasco.

Lo miró con curiosidad, puesto que no recordaba haberlo metido allí.

Trató de abrirlo, pero el tapón de cera estaba derretido por un lateral. Tiró con fuerza y, al sacarlo, el extremo le hizo un pequeño corte en el dedo.

―¡Será posible! ―se quejó. Acto seguido, se lo llevó a los labios y lamió la sangre.

Miró el recipiente y le dio la sensación de que contenía algún líquido.

Colocó el mismo dedo para tapar la boca y lo giró.

Creyó que se trataba de una especie conservada.

Esta desprendía un olor embriagador a rosas, como el campo en primavera, a…

felicidad. Sin pensarlo, repitió el acto de llevárselo a los labios y recogió el preciado líquido con la lengua.

Frunció el entrecejo porque no supo distinguir de qué se trataba.

Tapó el bote con cuidado, lo guardó en el zurrón y decidió llevárselo junto con el resto de sus enseres.

La mañana pasó volando. Tras acabar de recoger, se dedicó a leer un pequeño manuscrito que le había regalado Tiberius. Mientras Edesia adecentaba la casa con esmero, Flavia preparaba un almuerzo más acorde al invitado que iban a tener.

A mediodía, su padre apareció con su prometido.

―Querida hija mía, mira lo que me he encontrado por el camino.

Ella levantó la vista de la lectura y les dedicó una espectacular sonrisa.

―Bienvenidos.

―Raisa.

―Tiberius.