Sangre Primigenia. El Despertar Inmortal (El Destino de la Sangre 1)
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Judea, año 33 d.C.
Tras el último suspiro, el cielo, antes de un azul intenso, casi insultante porque el sol ofrecía un día delicioso de primavera, se tornó oscuro y opresivo.
De la nada, multitud de truenos ensordecieron la estampa.
Los terribles estruendos reverberaban con fuerza en los corazones de todos los presentes.
A los creyentes les proporcionaron consuelo.
A los retractores, sin embargo, les mostraron la barbarie que acababan de cometer.
―¡Padre, padre! ¡Ha muerto! ―balbuceó Raisa. Corrió hacia él con los ojos llenos de lágrimas. Después se enroscó en su pierna y empezó a sollozar.
Gaius se armó de paciencia. Sin motivo alguno, su pequeña estaba sintiendo un dolor indescriptible que escapaba de su comprensión. Se agachó y le separó con suavidad las manitas de su pantorrilla. La tomó en brazos y comenzó a mecerla.
―Sí, cariño, ha muerto. ¿Por qué lloras, hija mía?
―Pero, padre, ¿acaso no lo notas aquí? ―Le tocó el pecho, justo a la altura del corazón―. Era bueno, lo sé.
―¿Y cómo puedes saberlo si no lo conocías?
―Pues… no te lo puedo explicar. Es algo que siento aquí. ―Esta vez, la niña se puso la mano encima de su propio corazón.
―Raisa, no creo que eso sea posible. Además, ¿por qué iban a condenarlo si fuera inocente? Ninguno de los tres podía salvarse porque eran culpables. Por eso los han juzgado y condenado. Venga, mi niña, no llores más .
Ella se enfurruñó por su respuesta.
―Los otros… no sé, ÉL no. ÉL no hizo nada malo ― añadió entrecerrando los ojitos mientras se volvía hacia el monte.
Pasados unos segundos, apoyó la cabeza en su pecho y posó de nuevo la diminuta mano en su corazón. De pronto, el hombre comenzó a sentir que un peso enorme le desaparecía de los hombros.
―No lo hizo, padre. Sí, era muy bueno ―prosiguió sin moverse―. ¿Por qué iba a llorar tanta gente si no lo fuese? ¿Es que no los oyes?
El hombre recorrió con la mirada todo a su alrededor. Muchos gemían de dolor, pero otros reían mientras se burlaban del que tenía una inscripción clavada en lo alto del madero que había arrastrado.
―¡INRI, INRI! ―repetían aquellos a voz en grito. Sus carcajadas llenaban el aire de un hedor espeso.
Sin entender por qué, Gaius sintió esas risas como cuchillos perforándole la piel.
Aunque no creía en la palabra de aquel hombre, la mofa ajena le taladró el alma.
Echó un último vistazo a los tres crucificados y después elevó la vista al cielo.
Parecía que iba a caer un diluvio. La cadencia de los truenos se intensificó, algo que pareció azuzar el ánimo de los presentes.
El griterío se hizo insoportable, y su pequeña se le aferró al cuerpo como si la vida le fuera en ello.
No había dejado de llorar en silencio. Con solo cinco años, era mucho más intuitiva y despierta que la mayoría de los niños de su edad.
Sin mirar hacia atrás, dijo con verdadero pesar:
―¿Has visto cuánta sangre, padre?
Aquella pregunta lo tomó por sorpresa.
―Sí, hija. Cuando una persona se desangra, es lo normal.
―Mira ―dijo compungida―, me he cortado con la ramita que he cogido antes.
Raisa se soltó del cuello y le enseñó el rasguño en el dedo índice. Él le revisó la herida. Tenía la zona ligeramente enrojecida, el corte se veía algo profundo y sangraba un poco.
Con ternura, se llevó el dedito a los labios y lo besó.
―No es nada, mi niña. Mañana ya estará curado.
Ella volvió a mirar hacia donde no debía.
―No ha gritado, padre. Ni siquiera ha llorado. Yo no hubiera sido tan valiente en su lugar. No puedo creer lo que ha dicho después de las cosas tan terribles que le han hecho .
―¿Has oído lo que decía… desde aquí?
Raisa se giró hacia él y lo miró a los ojos antes de asentir.
―¿Por qué se ríe la gente? ―soltó sin más mientras comenzaba a llorar de nuevo.
El pobre hombre, que ya no sabía cómo consolarla, se alejó a grandes pasos.
―Déjalo ya, hija. Venga, volvamos a casa. Le diré a Flavia que te prepare unas gachas. Te sentirás mejor cuando te las comas.
Ella volvió la cabeza hacia atrás. Muy seria, se borró las lágrimas de sus mejillas regordetas.
―Para, padre. Bájame al suelo.
Gaius se sintió aliviado al ver que había dejado de llorar y decidió complacerla para evitar que volviera a empezar.
―Espera aquí. No tardo.
―¿A dónde vas? ―preguntó sin entender.
Raisa no respondió, sino que salió disparada hacia las cruces. Él, al darse cuenta, corrió tras ella. La niña se detuvo en seco delante de uno de los charcos de sangre que se habían formado tras las ejecuciones.
Con las manitas temblorosas, ignorando la marea incesante de gritos, burlas y quejas que se oían por doquier, abrió el zurrón que siempre llevaba colgado.
Era grande, demasiado para su pequeño cuerpecito.
Pertenecía a su difunta madre y lo cuidaba más que a nada en el mundo.
Sacó una pequeña vasija de barro de su interior.
Convencida, le quitó el tapón de cera de abeja.
Se acercó al charco y la rellenó de sangre.
Sin percatarse, se manchó el dedo, justo donde tenía el corte.
Tras acabar, colocó el tapón con mucho cuidado.
Lo guardó sin reparar en que la herida en su dedo se había curado.
Su padre se quedó mirándola. Cuando terminó, la niña se dio la vuelta y lo cogió de la mano.
―Cariño, ¿por qué has hecho eso?
―Porque ÉL me lo ha pedido.
―¿Quién?
Ella frunció el entrecejo, pensando en qué decir. Después pronunció unas palabras que ni tenían sentido ni correspondían a una niña de su edad.
―ÉL, padre ―añadió, girando la cabeza hacia la cruz de en medio―. Me ha dicho que nos mantendrá a salvo. A nosotros y a todos nuestros descendientes. Llegará el día que mantendrá el equilibrio y los liberará de la muerte eterna.
Gaius la observó extrañado y asintió. No sabía qué responder a aquella declaración tan solemne. Supuso que las ejecuciones la habían afectado profundamente.
Con adoración, la volvió a coger en brazos.
Quería protegerla, pero sentía que en esa ciudad le iba a ser imposible.
Pese a ser romano de nacimiento, había amado aquella tierra, puesto que era la que había visto nacer a su querida esposa y a su hija.
Ahora el ambiente estaba enrarecido, y el ansia de poder lo llenaba todo a su paso.
En realidad, en los últimos tiempos, vivir en ese lugar se había convertido en un infierno.
Deseó con todas sus fuerzas alejarse de allí. No solo de aquel monte que desprendía muerte a raudales, sino de su hogar, de la ciudad.
Pensó en la forma de abandonar esa vida.
La respuesta le vino al momento. Como mercader de especias, tenía libertad para dejar atrás aquella barbarie.
Sonrió para sí recordando que ese mismo fue el motivo por el que probó suerte en la provincia: quería labrarse un futuro.
Poco después de establecerse, conoció a la madre de Raisa.
Se enamoraron y se unieron. Por desgracia, ella falleció al dar a luz.
Él solo permaneció en la casa con la pequeña por los recuerdos que albergaban esas cuatro paredes. Nada más.
Miró un instante al horizonte y tomó la decisión de que ya nada los retenía.
Era como si algo o alguien le hubiese insuflado la determinación necesaria susurrándole que debía hacerlo.
Aquellas palabras en su cabeza borraron sus dudas, de modo que se juró que se marcharían lo antes posible.
De repente, notaba el aire viciado y le resultaba imposible continuar en Judea.
Sin mirar atrás, caminó monte abajo a paso ligero para recoger sus pertenencias. Lo subirían todo al carro y saldrían aquella misma tarde.
―¿Nos vamos a casa, padre?
―No, Raisa.
―¿No? Entonces, ¿a dónde…?
―A nuestro verdadero hogar. A Roma.