Sangre negra 10 #3
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Su cuerpo voló lejos y el fuego se apoderó del cielo y de la tierra.

Se disparó su instinto de fuga. Reptó como una víbora a ras de la tierra ardiendo, se deslizó veloz hasta llegar al agua.

Se había largado a llover como si el mar se hubiese abierto desde el cielo desprendiendo mil brazos de agua furiosa.

Me doy una larga ducha caliente. Estoy temblando.

Toco, no con la carne sino con los huesos desnudos de mi mano, la materia blanda del centro del olvido.

La aprieto para reventarla y hacerla desaparecer.

Pero es caliente, gelatinosa. Se escurre, se moldea, envuelta en una membrana húmeda y elástica.

Es un animal vivo en su bolsa amniótica, indestructible e inconsciente.

Me visto y bajo las escaleras. Estoy determinada a leer, de una vez, toda la noticia del semanario.

Quiero ir a la galería y llegar hasta el final de la catástrofe.

Ahí está la tragedia, rígida detrás de un vidrio, atrapada en ámbar.

Necesito saber qué se dijo, cuánto se reveló, los detalles de sus muertes.

En la sala están los hermanos y Liam. Controlo mis escalofríos, me siento acelerada. Intento calmarme, he pasado veinte años esperando este momento. Algo perverso en mí desea atesorar cada segundo de los que me quedan en la sombra de la ignorancia.

Ya lo tengo decidido: mañana me voy.

«Carla, ven a tomar un caldo caliente», me dice Dominga sirviéndolo en un gran plato en la mesa del centro.

Me instalo junto a Liam y me echo a la boca un pedazo de pan.

Bebo el líquido hirviendo y empiezo a restaurar mi respiración.

Me divido en dos. Hay una Carla que conversa animada junto al fuego.

La otra se precipita en una ciénaga de voces desconocidas.

Fui yo, me digo, la casa explotó porque rompí la ventana, el oxígeno propulsó la explosión, inflamó el aire.

Fui yo misma quien desató el fuego. La Carla que dialoga con los tres se ríe, parece atenta pero no oye nada.

Un zumbido violento se apodera de sus tímpanos.

De pronto regreso a la realidad.

«He descuidado todo, voy a poner las cosas en orden», oigo a Dominga. La chica se incorpora y va a la cocina.

«Yo voy a tomar una larguísima siesta. Estoy agotado», dice Julián. Se estira con un gran bostezo y camina hacia su dormitorio, al fondo de la galería.

Sé que se han ido para dejarme a solas con Liam. Pasamos un rato en silencio, mirando el fuego. Ambos sabemos que nos acercamos a la zona de peligro. La espera se hace necesaria. Me observa con dulzura. Me gustan sus ojos, tiene una mirada honesta.

«Esperé mucho tiempo con la ilusión de encontrarte. No te imaginas cuánto pensé en ti. Te busqué en las redes sociales, pregunté por ti en muchos lugares, te di por muerta», sonríe.

«Y ahora que estás a mi lado, ya no sé qué quiero preguntarte», suspira.

«Solo pienso en que tienes derecho a no decir nada».

Me conmueven sus palabras.

«Era mi familia y yo los quería, todas las familias tienen sus secretos y sus rupturas. Lucas y mi mamá eran inseparables. Compartían todos sus secretos. Ni siquiera sus parejas entraban en ese mundo que les pertenecía solo a ellos. Los niños no nos sentíamos primos, sino hermanos. ¿Entiendes?

Los perdí a todos. Mi madre nunca volvió a ser la misma después de esa desaparición tan violenta».

«Sí. Entiendo. ¿Qué pasó entre ellos, Liam?», indago como cuando sondeaba en la vida de Mateo, con la máxima delicadeza.

«Nessa pasó». Me estremezco. También como en mi vida, pasó Nessa.

«¿Cómo?».

«Ella tenía esta forma de ser, encantadora y disruptiva a la vez. Su lado oscuro hacía temblar la estructura familiar. Hacía cosas inadecuadas. A veces desafiantes. A veces excesivas. ¿Sabes a qué me refiero?».

Asiento. Claro que lo sé, hasta mi cuerpo está marcado. Toco la cicatriz que tengo en la palma de la mano. Los vidrios de la ventana del sótano. Pero lo guardo. Mi lengua aún la protege.

«Actuaba raro. Amanda temía por su integridad y por la de los niños. Lucas le dijo que él se haría cargo. Consultaron especialistas, la medicaron».

«¿Funcionó?».

«Al comienzo el tratamiento parecía andar bien».

Lo interrumpo.

«Hasta que murió Aine, ¿no es así?».

«¿A qué te refieres?», noto su desconcierto.

«A la hermana mayor, la que murió al caer por la ventana. El dolor más grande de Nessa», respondo y él empalidece.

«No sé de qué me hablas, Carla. Los hermanos eran tres: Damián, Óscar y Nessa. Nunca hubo una hermana mayor. ¿Quién te dijo eso? ¿Nessa habló de Aine?»

, estoy estupefacta. «Aine es el nombre de mi mamá, la hermana de Lucas, y está viva», remata, cierra los ojos e inclina su cabeza, abrumado.

La sala se va estrechando a mi alrededor, aparecen los destellos en mis pupilas.

No, no puedo dejarme llevar por la ceguera, «esto es ahora señorita Bovary, no hay otra oportunidad», me digo.

Debo escuchar con atención. Vuelvo a disociarme, no sé si pueda con esto.

Pero tengo que hacerlo. Mi propio imperativo me empuja a la lucidez.

Liam está golpeado.

Una parte de mí está suspendida en el aire, helada. Evoco a los niños, pienso en Mía, en el silencio de Amanda. Pienso en Mateo y en mí. Los Quinlan nos sacrificaron a los dos.

Callamos largamente.