Sangre negra 10 #2
93%

10 #2

Pensó en Amanda y los niños yéndose a Los Pangues.

Oía su corazón. Toda ella era latidos intermitentes golpeando enérgicos las válvulas arteriales.

Se acercó a la ventana, subió a la silla y miró.

La camioneta de Amanda seguía allí, cubierta de escarcha.

La ventana estaba empañada, la limpió con la manga de su chaqueta. Atisbó a alguien moviéndose entre los helechos. Comenzó a sentir olor a gas.

De pronto dos ojos negrísimos se acercaron a la ventana. Parecían los ojos de un animal que la miraban fijo. Tuvo que esforzarse para ver con claridad. Era Nessa observándola con desdén. Supo de inmediato que ella era el blanco de su odio. Vivía su propio final.

Despierto ahogada, siento olor a gas. No. No es gas. Es el olor que desprende la humedad metálica de la gruta. Está nevando y el silencio es absoluto. Miro a Julián, tiene los ojos cerrados, duerme. Luego miro a Liam, él me observa, expectante.

«Soñabas», susurra.

«Una pesadilla. ¿Qué hora es?».

«Son las 11:30. Todavía nos falta gran parte de la noche. Hay que saber esperar», sus ojos no me sueltan. El cansancio ya llegó a mi médula. Me dejo ir.

«¿Quién eres, Liam? ¿Qué sabes de los Quinlan?», noto cómo se inquieta.

«Soy sobrino de Lucas, el hijo de su única hermana. Yo los quería mucho. Crecí con Nessa y los chicos eran como mis hermanos, pero mi mamá y Lucas cortaron su relación antes de que la familia se mudara a Kuyen. No te imaginas cuánto me costó habituarme a su ausencia», percibo su nostalgia.

Pienso en cómo hablan las ausencias. «Se fueron de improviso, sin decir adónde iban. Los buscamos, pero nunca logramos averiguar nada. Hasta que ocurrió la tragedia. Nos ubicaron desde Los Pangues».

«Por eso llegaste a Kuyen», digo.

«Sí. He venido muchas veces. Busco respuestas. Quiero entender qué les pasó. Como tú, vine a completar mi historia. No podemos desligarnos del origen, ¿sabes? Ellos eran parte de mi familia», sus palabras activan el recuerdo de Mateo.

«Uno es el resultado de sus orígenes. Es imposible cortar con el pasado. No puedes vaciarte de tu propia sangre», oigo sus palabras como un rumor que viene por detrás de mi cabeza.

Y continúa.

«¿Me contarías lo que tú sabes? Dicen que tú y Nessa fueron muy cercanas. Estabas allí el día de la explosión. Cuando Dominga y Julián vieron tu nombre y conocieron tus datos me llamaron. Ellos saben lo importante que es para mí recuperarlos, honrarlos. Vine desde Santiago en cuanto pude,

pero tuve que esperar un día completo a que saliera la barcaza», se abriga, el hielo nos corta el aliento.

¿Qué puedo decir, Nessa?, pienso en un segundo.

¿Cómo le cuento a tu primo que tú los dormiste a todos, giraste las llaves de paso, llenaste la casa de gas?

¿Con qué vísceras puedo decirle que también querías eliminarme a mí?

Eras tú quien iba a cometer el crimen. Yo también era tu presa.

Pero mi lealtad me cerca. No puedo hablar.

Tengo la lengua seca. Después de todos estos años todavía me somete.

Julián despierta y bosteza. Mira hacia fuera y ve la nieve iluminando el paisaje como un enorme velo blanco. Nos observa y luego mueve las brasas. Liam es discreto. No dice nada más y me permite callar. Los secretos se guardan debajo de la lengua.

Al amanecer, tomamos el último sorbo de agua caliente y comemos frutos secos.

Reservamos una barra de chocolate y el agua fría para el camino de regreso.

Apagamos las brasas y nos echamos a andar.

Los ojos de Liam me miran con el mismo asombro con que me miraba Mateo.

Añoro a Mateo. Él debería estar aquí, junto a mí.

No hay viento, después de la nieve la atmósfera se transforma en algo blando y amable. El tramo de regreso será más rápido que lo habitual.

Vamos muy juntos, los tres, para mantenernos abrigados. Llevamos la boca y la nariz cubiertas con una tela gruesa. Lo agradezco, es difícil oírnos. Casi no hablamos hasta llegar al hostal.

Dominga nos espera. Se nota alarmada.

«Julián me dijo que era probable que no regresaran ayer. Pero me quedé intranquila. ¿Están bien?», dice mirando a Julián, preocupada. Él asiente.

Nos sacamos el cubre boca, los gorros, los zapatos. Ella ha encendido la chimenea y tiene pan caliente y un caldo de carne y verduras para que nos repongamos. Julián se queda con ella.

«Voy a darme una ducha y bajo de inmediato», les digo con la voz apretada.

«Lo mismo yo. Estoy hambriento», Liam le sonríe a Dominga.

Apuro el paso por las escaleras. Evito estar a solas con él.

Carla vio a través de la ventana la sonrisa de Nessa que ya conocía, esa que ocultaba placer y crueldad.

El gas se expandía velocísimo adentro de la casa sellada.

Intentó abrir con las llaves, mientras se cubría la boca y la nariz con su bufanda.

Nada. Nessa había trancado ambas puertas.

Volvió a la ventana. Todo quedaría atrás: su padre, Mateo, la cordillera, los niños.

Tenía el cuerpo rígido y el rostro adherido al vidrio.

De pronto notó que Nessa no estaba sola.

Distinguió con claridad la silueta de Renato.

Cada uno llevaba un contenedor de metal con la gasolina del generador y la regaban alrededor de la casa.

Lo rociaban todo con esmero, incluyendo puertas y ventanas.

Nessa la miró otra vez antes de bañar la ventana con un gran chorro del líquido amarillento.

Aclaró su mente, ella no moriría quemada.

Debía hacer algo. Una pulsión enorme la poseyó.

Buscó rápido, encontró un martillo y, con todas sus fuerzas, golpeó la ventana y la quebró.

Con destreza, gracias a su delgadez, se escurrió hacia afuera.

No sintió los cristales incrustándose en sus manos y en su pecho.

Corrió hacia el bosque, sin respirar, sangraba.

Antes de perderse entre los helechos se giró.

Nessa no la había visto. Ella y Renato encendieron una antorcha, no alcanzaron a acercarla a la casa.

Oyó un grito: «¡Carla!». Y todo estalló en un segundo.

El estruendo repletó todos los átomos de aire y atravesó su cráneo.