Sangre negra 10
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«Dime», le dijo con una frialdad inusitada. Él se mostró sorprendido.

«He pensado mucho en lo que me contaste. Me atormenta lo que le ocurre a Nessa. No puedo vivir con esto. Debemos hacer algo. Tenemos que sacarla de allí, hablar con Amanda y denunciar. Ya se abrió el secreto, estamos condenados a hacer algo, Carla. Callarnos nos haría cómplices»,

atropellaba sus palabras, sus pupilas estaban encendidas.

Ella se encontraba aún atónita y confundida por la revelación de Rosa.

«Mateo, Nessa y yo ya lo resolvimos. Tú no te inquietes. Mañana todo esto tendrá un final. Mi papá me espera, tengo que volver a mi casa», dijo de prisa, antes de que sus palabras la delataran.

Giró y se largó apresurada, como si huyera.

Él la alcanzó, la inmovilizó con cuidado y la apretó contra sí.

Mientras forcejeaba para soltarse olió ese aroma cálido en que habría deseado sumergirse para siempre.

«¡Carla, no te vayas así! ¿Qué quieres decir?», estaba pálido.

«Por favor, confía en mí», los ojos se le nublaron y se echó a correr sin sentir los pies.

No escampa y la oscuridad es total. Estamos en la oquedad del universo.

Como si hubiésemos caído de golpe en el reverso de las montañas.

Julián mira a Liam con cierta inquietud y me doy cuenta de que pasaremos la noche aquí.

Me entrego. Las brasas nos abrigan, la carpa nos protege de la lluvia.

El espacio abierto por el que se aprecia la negrura nos oxigena.

Estoy tan cansada que sé que caeré rendida en unos minutos.

La lluvia acelera su ritmo otra vez. Pero ya no estoy sola, me repito.

Nos arropamos con unas mantas. La tenue luz de los rescoldos, la penumbra y el sonido rítmico de la lluvia crean una atmósfera íntima.

Es una de esas noches únicas, en las que el tiempo se suspende, cuando no hay arriba ni abajo, solo nosotros tres aislados en el planeta.

La gruta Tranquila se transforma una vez más en ese lugar mágico, una «burbuja de silencio en medio del universo».

Liam me ofrece galletas y nueces. Estaremos bien.

Nos acomodamos. Estoy en calma. Mi tranquilidad se parece a la paz de los suicidas cuando ya han tomado la decisión de partir.

De pronto solo siento quietud. Ninguna cosa me importa mucho.

Como si una capa de cenizas endurecidas me cubriera por completo, es mi propia costra, estoy estática y nada me altera.

«¿Qué te hizo regresar ahora, Carla?», pregunta Julián sin rodeos. A quién he querido engañar, de quién me oculto; claro que lo saben. Yo estoy lista. No me angustia contestar, pero Liam completa el sondeo justo en el momento en que la lluvia se vuelve aguanieve. Se expande el silencio.

«Sabemos que tú fuiste la chica que se salvó del fuego».

He estado esperando largo tiempo esas palabras.

Oírlas me causa alivio. Todas mis cartas están sobre la mesa, ya no tengo que esforzarme por velar la información.

A pesar de las tinieblas siento sus miradas sobre mí.

Tomo una bocanada de oxígeno. El grito de un pájaro atraviesa el aire desde adentro de las rocas, muy cerca de nosotros.

No somos los únicos refugiados en la gruta.

«Han pasado veinte años», digo. «Viví aquí los hechos más importantes de mi vida, pero olvidé lo fundamental. Sentí que no podía seguir siendo honesta conmigo misma si no regresaba para intentar recuperar la historia. Fue una tragedia brutal. Ha pasado el tiempo, pero una parte de mí se quedó aquí,

como petrificada. Es una fuerza enorme que me atrae y no me permite avanzar», ambos me escuchan atentos.

«¿Lo entienden? Es difícil explicarlo, por eso que no hablo de lo que pasó, no tengo el relato», suspiro.

Desearía experimentar una sacudida, que algo físico me saque de esta serenidad: un ataque de llanto, una convulsión. Necesito sentir en el cuerpo.

«¿Y en estos días has podido recordar?», pregunta Liam con su voz ronca y dulce a la vez.

«Un poco. Trato de recorrer los senderos que conocí, escribo lo que me resuena. ¿Cómo se puede saber qué es, de verdad, lo real? Yo no lo sé. Ciertas visiones llegan como certezas. Otras imágenes son un hilván que debo completar. A ratos me sumerjo en la historia como si todo ocurriera hoy mismo,

después me parece que está muy lejos, en una vida anterior. He podido recordar, pero nunca es suficiente. ¿Cómo lo supieron?» , digo con calma.

«Tu nombre», dice Liam, «está publicado en la página del semanario que está en la galería del hostal. Tú eres esa Carla Reiss, ¿no es así?». Asiento pensando que, a pesar de las sombras, ellos me ven con claridad.

Julián enciende su linterna. Me sonrojo con la luz. No quiero ir a ningún lugar. He vivido en fuga y ya no deseo hacerlo más. Aquí estoy, me digo, si es necesario, disparen.

Liam me rescata. «Debe haber sido terrible, Carla. Yo no he podido eliminar los pensamientos que se levantaron desde que lo supe. De verdad te compadezco», y luego remata su frase: «Quisiera saber qué pasó. Cuál es tu hipótesis. Lo que ocurrió todavía es un enorme misterio».

Entonces salgo de mi encierro, sin comprender.

«¿Por qué te interesa tanto, Liam?».

«Era mi familia».

Toco su mano en señal de consuelo y los ojos se me cierran, mi cabeza cae sobre el hombro de Julián. Deseo que algo me derrumbe esta calma, este espacio en blanco que se parece tanto a la muerte.

Ese lunes eterno, a medida que avanzaba hacia su casa, la asaltó una nostalgia insondable, profunda como el océano, y tuvo un acceso de llanto. Cuando llegó, su padre ya había regresado de Los Pangues.

«¿Qué pasó?», le preguntó a Carla, sin la habitual espera, cuando vio sus ojos enrojecidos. «Estás pálida», le dijo antes de poner una mano sobre su frente. Ella se emocionó.

«Nada, papá», cuánto habría dado por poder hablar.

Le habría rogado que se fueran otra vez.

Solos, los dos, lejos. «Todo está bien», afirmó, titubeante.

«¿Qué te gustaría comer hoy?», cambió el tema de forma abrupta mientras él la examinaba sin animarse a insistir.

Pero se notaba preocupado. Solo había que sortear la última noche.

Luego el martes quedaría enterrado para siempre.

Aunque el corazón se le reventara en el camino al olvido.

Nessa la había citado a las cinco de la madrugada. A las cuatro, después de pasar la noche en vela, se vistió, y a las cuatro y media se acercó a la puerta.

«¿A dónde vas tan temprano, hija?», la voz de su papá la sobrecogió. Quería protegerlo, no involucrarlo en nada. Hacía años que él no pronunciaba la palabra «hija». Otra vez le vinieron ganas de llorar, pero se contuvo.

«Anda a dormir, papá. Quedé de llegar temprano al colegio hoy. Estamos haciendo turnos para alimentar a un zorro herido. Lo trajo el profesor. En cuanto esté bien lo liberaremos».

Era mentira y verdad. El profesor Coloane había rescatado a un pequeño zorro que había sido atacado por un animal, pero era él mismo quien se encargaba.

Le asombró su capacidad para mentir de esa forma tan inmediata.

«Está bien», se veía poco convencido. «Hace mucho frío y está oscuro. Abrígate y lleva una linterna, por favor», y esperó a que ella se arropara.

La despidió con un beso en la mejilla. Ella se estremeció.

Corrió hacia la casa de piedra. Había algo estático en el aire que enlentecía sus movimientos, quizás era la ausencia de viento, el silencio le pesaba más que nunca.

El camino estaba escarchado y se cayó un par de veces, deslizándose en el hielo.

Habría deseado golpearse la cabeza, quedar inconsciente.

Al llegar, bajó por la escalera lateral, levantó la tranca y, con total sigilo, introdujo la llave en la cerradura.

Entró al sótano y se sentó sobre el piso gélido a esperar la llamada de Nessa.

A pesar del frío glacial, sudaba. Son solo unas horas, se dijo, esto se lo llevará el pasado, es solo un pestañeo cósmico, a nadie le importará.

Esperó rígida y en absoluto silencio. De repente sintió que alguien abría suavemente el cerrojo de la puerta interior.

Se recogió en un rincón. Era Nessa. Bajó las escaleras, vino hasta ella, se acercó mucho y le susurró al oído.

«Es ahora señorita Bovary, no podemos esperar más. Valiente. Siempre valiente».

Carla pensó en las palabras de Rosa y percibió un golpe agudo que venía desde adentro, contra las costillas.

«Mi mamá y los niños se irán en un rato. Esto pasará pronto. En cuanto partan te abriré la puerta. Ya sabes lo que debes hacer. Al fin seremos libres. Gracias, señorita Bovary», la miró a los ojos y le dio un beso suave sobre los labios.

Nessa salió y le echó llave a la puerta interior.

Carla era de piedra, casi no respiraba. En la casa no se oía nada.

Le extrañó no escuchar las voces de los niños.

De pronto sintió un golpe sordo en la puerta de afuera del sótano.

Alguien había cerrado la tranca. Seguramente Nessa, pensó, para no levantar sospechas.

Solo había que esperar a que Amanda se fuera.

Se acercó a la ventana muy despacio, arrimó una silla y se encaramó para tener más claro el panorama. La ventana era muy estrecha, recién se atisbaba algo de luz. Allí estaba la camioneta de Amanda, cubierta de escarcha.

Decidió subir por la escalera y pegó su oído a la puerta. Sintió ruidos. «¡Preparé el desayuno para todos! ¡Hice panqueques y está listo el café! ¡Vengan!», era la voz de Nessa. Oyó también la de los niños. Aparecieron Amanda y Lucas.

«Gracias, Nessa», le dijo su padre.

Conversaban con alegría. El entusiasmo habitual de los niños llenaba el aire. Atrás oyó la voz de Mía.

Miró su reloj, las 6. El tiempo era elástico y largo.

Bajó las escaleras, intentó distraerse, observó los libros de Lucas.

Hamlet, en inglés: To die, to sleep, no more, perchance to dream, leyó una de las frases subrayadas.

No sabía qué más hacer para acelerar los minutos.

Se asomó al armario de los medicamentos.

Le sorprendió ver que ya no había somníferos.

Al rato las voces se apagaron. Ya eran las 6:45.

Volvió a subir, de puntillas. Se arrimó a la puerta.

Nada. 7. No podía moverse de allí. Amanda no había salido aún.

Un papel se deslizó por debajo de la puerta.

«Ya hice mi trabajo, señorita Bovary. Abrí todas las llaves del gas. Te libero. No tendrás que hacer nada».

No entendió. Se sentía aturdida. Oyó que la puerta de la entrada se cerraba con fuerza.