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Ella lo planeó todo en detalle. El martes yo acudiría a su casa muy temprano, debía esperar en el sótano hasta que Amanda y los niños partieran a Los Pangues.
Ese martes Lucas no asistiría a la farmacia, Nessa iba a inventar algo para retenerlo.
Le daría el desayuno antes de partir al colegio.
En el café iba a poner varios somníferos.
En cuanto él estuviese dormido me iría a buscar.
Era simple: ella iba a abrir las llaves del gas en el segundo piso.
Yo lo haría en los dormitorios del primero.
«Causa de muerte: intoxicación por monóxido de carbono. Un terrible accidente doméstico, estaba solo en casa».
Nosotras nos iríamos rápido al colegio. Sería sin dolor. Me lo juró.
Yo me sometí. Su poder me subyugaba. Durante toda la semana evalué mil maneras de escapar.
Todo lo posible, incluso morir yo misma antes que matar a un hombre.
Pero estaba Mía. Abandonarla era peor que sumergirla en el mismo pozo negro, hasta la asfixia.
Tenía que elegir: Lucas o ella. Creí que enloquecería.
Juré no decirte nada. Si lo hacía ibas a intervenir, ambas lo sabíamos. Pero tú sospechabas que algo crecía desmesurado. Me presionaste y lo negué de manera categórica. No podía hacerlo, ¿lo ves? También te arriesgaba a ti. Acepté el duelo.
Lo siento tanto, Mateo.
Carla
Me siento exhausta y no puedo regresar al hostal. La gruta es el fondo de un callejón oscuro y sin salida posible. Llegué al final. Tengo la impresión de que he estado aquí la vida entera.
Al fin va cesando la intensidad de la lluvia.
Han pasado varias horas. A lo lejos oigo ruidos que se acercan, pienso en animales, parecen aullidos.
Pero no, son voces humanas que gritan mi nombre.
Con los dedos ateridos meto mi mano en la mochila, busco mi propio silbato de emergencia e intento soplar.
El cansancio está ganando la contienda, pujo con todas mis fuerzas para lograr exhalar lo suficiente.
Tengo que emitir algún sonido. Finalmente lo logro.
Veo la silueta de dos hombres acercándose. Se les nota preparados, traen grandes mochilas, bastones, ropa de montaña.
No es una ilusión, de verdad me llaman a mí. Consigo alertarlos con mi silbato. Me doy cuenta de que tiemblo como una hoja. Son Julián y Liam, me han estado buscando. Siento un enorme alivio. Ya no estoy sola. Hay salida.
Nos encontramos. Se refugian junto a mí en la entrada de la gruta.
«¡Carla!, nos tenías muy preocupados. ¿Estás bien?», dice Julián envolviéndome con una manta, me frota para que entre en calor. Asiento, tiritando.
Liam despliega una pequeña carpa para ampliar nuestro refugio.
«Fue muy arriesgado venir. Deberíamos haberte alertado». El cielo encapotado derrama sombras, ellos encienden sus linternas. La luz me alberga. Ya no estoy sola, me digo, ya no estoy sola.
«Gracias a los dos por venir», intento sonreír. Ellos me observan con más ánimo. Sacan chocolates, pan y un termo con agua caliente para cebar unos mates. Adentro de la gruta Liam hace un pequeño fuego, deja solo las brasas.
«Si la tormenta no se aplaca en una hora tendremos que pasar la noche acá», dice Julián mirando hacia arriba, en busca de un claro.
Mateo observaba a Carla con preocupación. Ella intentaba no mostrar nada. Había vuelto a deambular sola por el colegio. Él la buscó, pero lo evitaba, contestaba a todas sus preguntas con evasivas.
Fue la semana más larga de su vida. La angustia le cerraba el paso del aire.
Al día siguiente Nessa le dio las instrucciones precisas, las llaves ya las tenía.
Ese fue el último intercambio que tuvieron.
Acordaron no encontrarse hasta el martes.
Nessa no se despegó de Rosa. Carla caminó sola de regreso a su casa esos días, llegaba temprano y se encerraba en su dormitorio.
¿Qué podía hacer para fijar el instante y que todo dejara de avanzar?
Llegó a pensar en detener su propio tiempo y, por lo mismo, empezó a recuperar el rostro de su madre.
Ella tampoco tuvo manera de fugarse. Carla se conectó con su desesperación y quiso volver a ella, la comprendió.
Elaboró todas las estrategias posibles: decirle a Nessa que huyeran, que se llevaran a Mía.
Acarició la idea de esconderse, de denunciar a Lucas.
¿A quién? No había nada. Se enfrentaba al vacío. Estaban atrapadas.
No existía ninguna alternativa que la liberara de la maldición. Imaginaba los ojos de Mía y sabía que no podía fallarle. Nessa y ella eran dos prisioneras al borde de la ejecución, solo que en esta oportunidad serían ellas mismas el verdugo.
Su padre se notaba extrañado con su presencia en la casa.
Intentó acercarse a ella con delicadeza.
Se sentaba a su lado a leer un libro o a oír algún programa en la radio.
Carla, en secreto, lo agradecía. El contacto con él la abrazaba, y ella necesitaba sentir su calor.
Él le propuso pintar las paredes de la casa y lo hicieron juntos.
Habría querido estar con su padre día y noche, aunque no tuvieran nada que decirse.
A pesar de todo, él era su territorio. Se dio cuenta de cuánto conocía su ritmo al caminar, esa respiración lenta, su vientre un poco abultado, su aroma, la textura de su ropa, el sonido que hacía al dormir.
Reparó en sus coincidencias físicas, ambos cerraban los ojos al sonreír, sus dedos largos eran iguales.
Quiso volver a ser niña. «Uno es el resultado de sus orígenes, es imposible cortar con el pasado», las palabras de Mateo vibraban sobre ella.
Deseaba cerrar todas las puertas. Habían escapado a Kuyen para nunca ser hallados y ahora ella iba a dinamitar el único espacio seguro.
Se sentía enferma. Se convenció de que debía faltar a clases para cuidarse.
Sin embargo, iba todos los días para no levantar la inquietud de Nessa.
Mateo continuaba observándola con suspicacia.
El lunes, al filo del plan, pensó que su corazón se detendría en cualquier instante.
Le dolían el pecho y los brazos. Deseaba que esa condición empeorara, quedar en pausa para siempre, paralizarse.
Quiso que se desatara el peor de los temporales, un terremoto, una muerte inesperada.
Durante la última hora de clases, Mateo se acercó y le susurró al oído:
«Quiero verte esta tarde. A las cinco en el cruce. Es muy importante», fue casi una orden.
Ella asintió, pero no quería ir, estaba aterrada.
Nessa la miró con atención. Carla respondió con sus ojos inquietos.
Sin decir nada, su amiga hizo un gesto con la cabeza que Carla supo leer: «Te espero mañana».
Ella sabía a la perfección lo que debía hacer.
Metió su mano en el bolsillo y tocó las llaves del sótano.
Ese día su amiga se retiró muy rápido de la escuela.
Carla caminó con lentitud, quería demorarlo todo. Rosa la alcanzó antes del cruce.
«¡Carla!, espera», se inquietó. Nunca estaban a solas ellas dos.
«¿Por qué ya no te juntas con Nessa, se pelearon?». Fue una pregunta directa. Carla solo asintió. Rosa la observó un rato y luego largó:
«Mejor así. Yo creo que ya no te quiere. ¿Sabes por qué te dice señorita Bovary?». No pudo creer que su amiga le hubiese contado ese secreto a Rosa. Se sintió aún más confundida.
«Porque cuando nos conocimos yo estaba leyendo ese libro», contestó intentando desembarazarse pronto de esa presencia que la fastidiaba.
«No», la miró con un brillo sarcástico. «No te dice señora Bovary. Tú eres la señorita, la hija de la mujer suicida».
Carla se estremeció. Eso era traición y maldad.
Rosa continuó, «La señora Bovary se mató porque estaba vacía. Sus amantes le fallaban, no quería a su marido ni a su hija. Ella me lo explicó. Ella no te quiere... te usa».
Carla se detuvo, incrédula. «Nessa leyó el libro de tu mamá, vio todo lo subrayado. Ahí está tu verdad», sonrió.
Ella se largó a correr. Esas palabras la aniquilaron.
No tenía cómo integrarlas. ¿Cómo podía Rosa inventar todo eso?
Nessa la había traicionado abriendo la peor de sus heridas.
La exponía en una vitrina para que le dispararan. Ella hacía estallar todo lo que quería.
Su madre estaba vacía, ¿sus amantes?, se detuvo en seco para calmar el corazón.
No llegó a su casa. Se quedó en medio del camino calibrando el peso de la traición.
Decidió que esta sería la última vez. No habría más Nessa.
Ni lástima, ni amistad. Lo del martes lo haría por Mía. Se puso de rodillas y vomitó.
Se sentó sobre el coirón, abrazó sus piernas y esperó a que fueran las cinco. Se sentía enajenada. Yo no soy de aquí, se dijo, estoy de tránsito, intentó aliviarse pensándose como un ente invisible y pasajero.
Llegó al cruce. Mateo la esperaba bajo el coihue. El viento corría rabioso.