9 #3
Había visto sus miserias. Nadie tenía derecho a traspasar esa frontera.
La cruzó un espasmo, estaba atrapada entre la rabia y el pudor. Nessa también la estaba traicionando.
Deseó arrojarse a los brazos de su padre, sentirse amparada, pero debía sostener la frialdad. Habían tenido un intercambio del que no podía sacudirse aún.
«Entró un rato y tomamos un café, esperando a que llegaras. Es una chica muy amable», la observó. «Pero te demoraste, se hizo tarde y tuvo que partir», siguió mirándola con cierta fijeza. Eso era raro en él.
«¿De qué hablaron?», preguntó deseando que le diera toda la información posible en un solo movimiento. No debía insistir.
«Hablamos de ti», otro ramalazo. Sí, la traición había tenido dos puntas. Él no dijo nada más.
«¿A qué hora se fue?», intentó con la última pregunta, controlando el desborde emocional. La respuesta le alarmó.
«Recién. Cinco o seis minutos antes de que llegaras». Nessa jugaba con fuego. Carla estaba segura de que la había visto con Mateo.
«Bueno», se apuró, nerviosa, «mañana nos veremos en el colegio y podremos ponernos al día. Buenas noches».
Se fue a la cama. Otra vez era Nessa quien trazaba el campo de juego.
La pequeña tribu estallaba en mil pedazos.
Intentó dormir, pero sus músculos estaban rígidos.
Sostenía las riendas de un animal desenfrenado, no lograba conducirlo.
Sobre su velador estaba el libro que Nessa le había prestado. Lo tomó.
«Para A, el amor de mi vida. Lucas». Pasó toda la noche leyendo, hasta terminarlo. Lo cerró sintiendo un gran desasosiego. Era la historia entre un padre y una hija que se enamoran. Un relato de incesto y suicidio. Despuntó la luz del amanecer.
Llego a la gruta Tranquila en el momento en que las chispas de agua se vuelven gruesas gotas veloces.
Estoy mojada y hace frío. Me refugio en la entrada.
Al interior hay silencio. Me preparo un mate y saco mi libreta húmeda para anotar lo que viene llegando a mi memoria.
Aquí dentro huele a tierra, hay vapores que se levantan y me envuelven.
De a poco me voy sintiendo abrigada. Mis párpados están pesados.
El desvelo le activó un zumbido en los oídos. No se encontraba bien, le urgía salir de su casa. Se puso el uniforme para ir a la escuela y una gruesa chaqueta de lana. Había dejado de llover y la luz de un sol frío caía oblicuo, sobre la tierra. Oyó la voz de Nessa.
«¡Espérame, señorita Bovary!», se detuvo, ansiosa. La noche había sido una verdadera asonada.
Como tantas veces, caminaron juntas hacia el colegio. Nessa no mencionó su visita a la casa de Carla. Ella le entregó el libro.
«¿Lo leíste?».
«Sí. Muchas gracias», evitó mencionar la desazón que le había provocado. Nessa no preguntó nada.
«Vi la dedicatoria. Me llamó la atención, nunca he visto a tu mamá leer novelas».
«No era un regalo para mi mamá».
Se sorprendió. ¿Entonces a quién le había escrito Lucas esas palabras?
Guardó su pregunta bajo la lengua. Se cruzaron con Renato.
Esta vez venía en la camioneta de Lucas.
Había ido hasta Troncos Viejos a buscar los contenedores de gas licuado.
Otro lujo que solo tenían los Quinlan. Era necesario viajar dos horas para ir a buscarlos al embarcadero.
También traía gasolina para los autos y para el generador.
Esos viajes solía hacerlos Amanda, pero por lo avanzado de su embarazo Lucas prefería que fuera Renato. Se saludaron y él siguió su camino.
«Me gusta él», volvió a recalcar Nessa. «Es la única persona que conozco que jamás me traicionaría». Carla se sobresaltó. Nessa sabía.
«Mañana es martes. Quiero ir al alerzal. ¿Me acompañas?».
«¿Me estás pidiendo que falte a clases?».
Nessa rio.
«Por una vez que no asistas nada te va a pasar, señorita Bovary. Solo di que estabas muy resfriada. Te pasaré a buscar temprano, ¿te parece, mi Carlita?».
«Sí», se rindió, como siempre. Ya estaban entrando a la escuela. Rosa, que ya no se despegaba de Nessa, las aguardaba. A medida que avanzaba el día la inquietud la fue atrapando. Mateo la observaba desde lejos.
El martes, al salir de casa, Nessa ya la esperaba. Caminaron en silencio. Contemplaban el paisaje. El cielo estaba despejado, del mismo color de los ojos de su amiga. Llegaron al alerzal y buscaron un claro, extendieron una manta y cebaron unos mates.
«Ese libro no era para mi mamá», lanzó Nessa, de súbito. «Está dedicado a Aine...», una sensación de caída se instaló en la base del estómago de Carla. Su amiga examinaba su reacción.
«Sí, Carla. ¿Lo oyes? Él tenía una relación especial con mi hermana, ¿entiendes a qué me refiero?». Carla estaba muda.
«Cuando ella murió, mi padre me buscó a mí», sus ojos transparentes estaban opacos.
«Tú lo sospechabas, ¿no?», ella nunca lo había pensado así.
Sin embargo, sintió que esa información era como una evidencia al fin revelada.
«Al comienzo callé pensando que él me quería, que necesitaba consuelo por la muerte de mi hermana, que pronto pasaría. Era el delirio propio del duelo, ambos lo olvidaríamos. Pronto me di cuenta de que no sería así, bastaba con mirar los libros de Aine, los que rescaté del fuego,
para comprender que nuestro contacto seguiría en escalada. Y así fue. Para no arriesgar a nadie más de la familia lo acepté. No puedo darte detalles, creo que si lo hiciera me rompería en mil pedazos. No puedo», respiraba agitada.
«¡Es horrible vivir con este secreto!», la voz le trepidaba. Ocultó su rostro entre las manos. Con los ojos tapados dijo, «No puedo dejar de sentir sus dedos ásperos sobre mi piel». Su cuerpo se sacudía, estremeciéndose en oleadas. Carla, consternada, no se atrevió a tocarla.
«Estoy aterrada, Carla», retomó. «Yo ya crecí. Él perdió el interés en mí. ¿Lo ves...?», ella asintió, pero no lograba conectar su aparato neuronal.
«Temo por Mía. Ya aprendió a leer. Él le está trayendo libros, esa es su táctica. Alimenta una complicidad muy oscura. Cada libro que regala trae señales. Mi hermanita no debe pasar por esto. No tenemos tiempo... ¿Sabes lo que te digo?»
, tomó la mano de Carla sin dejar de temblar.
Ahora la miraba con una fijeza perturbadora.
«Aquí, en Kuyen, él está protegido. Nadie nos conoce, es imposible trazar sus movimientos. Actúa con total impunidad. Dime, ¿quién podría sospechar algo? Estamos aislados y condenados. Los únicos que vienen a la casa son Mateo y tú. Ustedes se han convertido en su mejor fachada»,
las palabras de Nessa brotaban entrecortadas.
Mateo tenía razón, ellos dos eran solo piezas insignificantes del juego.
«¿Y tú mamá..., no sabe nada?», preguntó Carla.
«No lo sé, pero da igual, ¿la ves capaz de hacer algo? Soy la única que puede hacer contrapeso», dijo observándola, estaba pálida. «¡Tienes que ayudarme, Carla! Eres la única persona que puede hacerlo. No te lo pido por mí, es por Mía», parecía tener un espasmo tras otro.
Ella asintió horrorizada, sabiendo que se venía lo peor.
«La única manera de detenerlo es..., es...», se ahogaba. Las fauces de un dragón se abrían enormes y Carla se deslizaba hacia adentro. No tenía de qué sostenerse.
«Lo tengo todo planeado, pero no puedo hacerlo sola. Tú no harás nada malo, te lo prometo. Solo yo seré responsable de esto. Va a parecer un accidente», Carla sentía cómo el frío de la cordillera avanzaba dentro de su cuerpo desgarrándola en capas sucesivas, penetraba su piel, sus músculos,
sus huesos.
«Todos los días agradezco haberte encontrado», Nessa tenía una mirada diferente, le acarició una mejilla. «Has sido mi ángel, mi amiga incondicional».
No podía contener sus palpitaciones, un aluvión de sangre corría, desaforado, por sus venas.
«¿Qué tengo que hacer?», le dijo en un susurro ahogado.
El día estaba tan claro que los ojos de Nessa brillaban como si estuvieran encendidos por dentro. Su amiga le tomó ambas manos, tal como lo había hecho Mateo la noche anterior. El arrebato de las horas, pensó, parecía que hubiesen pasado siglos desde la noche anterior.
«Ven a mi casa el próximo martes muy temprano. Vas a abrir el cerrojo de la puerta exterior del sótano, aquí están las llaves, toma. Quiero que entres allí y esperes a que mi mamá y los niños se vayan al mercado. Yo te diré qué hacer. Confía en mí, Carla», pero, aunque se forzaba por creer,
ya no se fiaba de ella.
«Durante la semana intentemos no pasar tiempo juntas, no quiero que nadie relacione esto contigo... y, sobre todo, te ruego, te suplico que esto no lo sepa nadie. Menos aún Mateo. Si lo llega a saber tú y yo vamos a terminar muy mal, y no podremos proteger a Mía,
ni a la hermanita que viene en camino. Hay que detenerlo, esto se puede prolongar por años. Me entiendes, ¿verdad?» .
Carla desvió sus pupilas, unas lágrimas turbias corrían por sus mejillas.
Abro los ojos. Me dormí. El ruido del agua y el extraño calor de la gruta gatillaron el sueño. El caudal de lo soñado traspasó los límites de la conciencia, atracó en la vigilia. Resurge el espanto, su potencia abre mis viejas cicatrices.
Me quiero ir de aquí, pero no puedo. La lluvia y la bruma me lo impiden, se levantan como una pared sólida. Busco en mi bolsillo la radio portátil e intento comunicarme, parece que estoy muy lejos. No hay señal.
Querido Mateo:
Estoy en la gruta Tranquila, atrapada por un temporal. Caigo por el vacío, mi cuerpo se azota contra las rocas. Allá abajo está el pozo negro, es la boca del dragón que me succiona antes de quemarme.
Lo vi. Comencé a ver el origen de la tragedia. Nessa me empujó al precipicio. Salí disparada de mí misma. El derrumbe era inminente. Las imágenes me envuelven como una enorme serpiente que asciende desde mis pies y sube rápida, rodeando mi cuerpo, comprimiéndolo hasta la asfixia.
Solo tenía una semana para prepararme. Yo andaba como dormida, no conseguía imprimir realidad a las palabras de Nessa. Tú y yo recién salíamos de una niñez que, en Kuyen, se alargaba. A pesar de creernos jóvenes sabios, éramos profundamente ingenuos. Hasta que ella desgarró las veladuras.
Nessa me habló de lo que nunca te dije: Lucas abusaba de ella. Lo había hecho también con Aine. Había que detenerlo de inmediato. Mía era su próxima víctima.