9 #2
Hizo el fuego de la cocina y esperó mirando el reloj de la pared, eran las tres de la tarde y su cabeza daba vueltas a una velocidad frenética.
Se largó a llover. El viento hacía temblar las ventanas.
Estaba oscuro. A las cuatro y media vio el auto de su papá aproximarse por el camino de tierra.
Regresaba más temprano de lo habitual. Se sintió contrariada.
Tomó su chaqueta y la capa de agua. Estaba calzándose las botas cuando él abrió la puerta.
«¿A dónde vas ahora?», ni siquiera la saludó. Ella tomó nota de ese «ahora» incriminatorio.
«Necesito salir», dijo seria y apurada.
«Hoy no, Carla. Llevas mucho tiempo sin parar en la casa. Creo que ya es hora de ordenar nuestras vidas», puso una mano sobre su hombro, interceptándola.
Carla sintió su sangre bullir, circular exaltada.
De todos los días posibles él había elegido justo ese para dar dirección a sus existencias.
Su animal se soltó, ácido, y disparó sin meditar, apremiado por el evento mayor que tendría que enfrentar.
No podía dejar escapar la oportunidad de hablar con Mateo.
Era imperioso. Sacudió su hombro, rechazando su mano.
Lo miró a los ojos y dejó salir las peores frases que había pronunciado en su vida.
«Eso de nuestras vidas ya no existe, papá. Tú mismo te encargaste de enterrarlo hace mucho tiempo. ¿Qué sabes de mí? Mírame. Ya no soy la niña huérfana de hace un par de años», su cólera se desbordaba.
«Sí, huérfana porque el abandono fue por partida doble: madre y padre. Me arrastraste hasta acá, me desprendiste de mi vida, borraste de mi memoria todo rastro de mi mamá. Me hiciste callar. ¿Y ahora estás dispuesto a retomar? ¿Ahora que ya crecí y dejé ir mi pasado? Ya soy mayor. No te necesito.
Estoy conociendo la vida sin tu ayuda, encárgate tú de la tuya. Me he dado cuenta de que todos los caminos son posibles para mí. Todos, incluso el que mi mamá eligió».
Su padre la miraba estupefacto, ella percibió su conmoción.
Pero, aunque hubiese querido hacerlo, no se podía detener. Sus palabras trascendían su voluntad.
Habló de corrido, con las pupilas fijas, sintiendo que expulsaba de sí todos los demonios.
Era su propio exorcismo. No era consciente de haber guardado tanta ira.
Su padre abría los ojos, con espanto, intentando comprender toda esa información exhibida de golpe.
Experimentando, por primera vez en la vida, de qué estaba hecha la furia de su hija.
No le dio tiempo para responder. Un relámpago cruzó el cielo y el trueno hizo temblar la tierra.
«Ahora déjame pasar. Tengo algo urgente que hacer. ¡Algo mucho más importante que tu plan para nuestras vidas!». Lo apartó de su camino y salió golpeando la puerta con la misma fuerza con que latía su corazón.
Se asombró de su propia crueldad. Supo que lo había fulminado.
Y, lo que era peor, sabía que no toda esa rabia estaba dirigida a él.
Se lanzó a correr por el sendero, alcanzó el cruce, sofocada.
Mateo aún no había llegado. Le costaba dominar su ahogo.
Era un estertor de pena. Se sentía desolada. La lluvia no daba tregua.
Entonces lo vio acercarse, corriendo bajo el agua. Intentó componerse. Él la encontró temblando, empapada.
«Ven. Vamos a mi casa», la abrazó para arroparla con su abrigo y caminaron hacia el oeste.
La casa de Mateo era como la suya, pequeña y cubierta de tejuelas de alerce. Pero manaba luz. Adentro estaba cálido. Se instalaron junto al fuego. De repente apareció una mujer de pelo rizado y ojos brillantes.
«Al fin nos conocemos, Carla», la saludó con un beso. «A veces voy al salón del hostal a tomar un café y me siento frente a la ventana, Te he visto pasar muchas veces por la calle central. Me llamo Victoria».
«Mucho gusto», dijo agradecida por la hospitalidad.
«Mateo habla mucho de ti», sonrió. Carla miró a Mateo, le dio la impresión de que se sonrojaba.
«Los dejo, chicos», le acarició el pelo a Mateo, «voy a dormir. Hay pan y queso fresco si quieren comer algo».
«Gracias, mamá», Mateo la apuró y le dio un beso en la mejilla.
«Gracias, Victoria», le gustó su tibieza y naturalidad. Era el contrapunto de Amanda.
Carla se arrimó al fuego.
«¿Y tu papá?», le preguntó. Mateo la miró largo rato, sopesando su respuesta.
«Se fue. Nos dejó hace un mes. Parece que la historia no deja de volver».
«Lo siento tanto», dijo advirtiendo su tristeza. «¿Quieres hablar de eso?».
«No hay mucho que decir, Carla. Él no pudo con este exilio. Volvió con los suyos».
«¿Y tu mamá?».
«No tiene adónde ir. Su decisión de venir acá fue un corte total, sin retorno posible... Hay uniones que quizá nunca debieron ser», inhaló hondo. «Todo se está desintegrando. He llegado a verme a mí mismo como hijo de la traición».
«Tú no tienes nada que ver en esa historia. Te tocó. Tú no decidiste nada».
«Pero sí, Carla. Sí tengo que ver. Uno es el resultado de sus orígenes, es imposible cortar con el pasado. No puedes vaciarte de tu propia sangre. Tú misma eres parte de tu madre y tu padre», y continuó, «no quiero que te preocupes. De verdad es mejor así. La vida me parece más honesta»,
le tomó ambas manos.
Carla lo miró largamente, con cariño. Se sintió aturdida con la precisión con que Mateo describía la raíz de su propia vida. «Te escucho. Cuéntame qué te pasó».
«Necesito hablarte de Nessa», él negó con la cabeza.
«Espera», la interrumpió. «Por favor, dejemos a Nessa afuera de nuestra conversación».
«Es urgente», dijo. Pero él volvió a hablar.
«Dime algo: ¿Qué sabe Nessa de ti?», le sorprendió esa pregunta.
«A veces creo que ve todo. Pero nunca indaga en nada», respondió.
«¿Sabe que tu mamá se quitó la vida?», oírlo así la estremeció. Nadie lo había dicho nunca. «¿Sabe lo terriblemente sola que te sientes? ¿Conoce lo que piensas? ¿Ha estado alguna vez en tu casa?», descargaba sus palabras. Avanzaba veloz. Ella notó la crecida de su coraje.
«¿De qué hablas, Mateo?».
«Tampoco sabe nada de mí. Creo que no le importamos, Carla. Nessa solo ve a Nessa. A veces pienso que nos incorporó a su familia para tener una audiencia, un público leal. Como si hubiera montado una escena para atraparnos. Desconfío. Lo que hace para provocarnos es violento.
Por eso y porque presencié la maldad de Lucas tomé distancia. Se acabó», declaró categórico.
Carla estaba perpleja. Sabía que no debía hablar, pero Mateo se deslizaba hacia afuera.
Una fuerza exorbitante lo succionaba y se lo llevaba muy lejos de ellas.
Le dio la impresión de que se había acelerado su entrada a la adultez.
Sentía una nostalgia de hielo, su propio duelo anticipado.
Solo él podía comprender lo que ocurría.
Entonces lo hizo, dijo lo que no debía decir.
«Necesito que me escuches, Mateo. Es urgente».
Y se largó a hablar. La traicionó. Mateo le apretaba las manos, incrédulo.
Su mirada se ensombrecía. Lo dijo casi todo, pero se reservó lo de Mía.
No podía con eso. Le contó lo de los medicamentos, le habló de Renato, relató la horrorosa muerte de Aine.
Repasó el momento en que Nessa le habló de ella.
El instante de la caída, la acusación de Lucas y la incapacidad de refutarlo.
Aterrada de revelar aquello, se le empuñó el corazón. Se descargaba y, al mismo tiempo, desnudaba a su amiga. Soy miserable, se dijo. Pero las palabras brotaban atropellándose, igual que con su padre.
Mateo estaba en silencio, como petrificado. Negaba con su cabeza.
«¡¿Dices que Lucas extorsiona a Nessa?! ¡¿Que droga a su familia?!», nombró aquello a lo que Carla aún no le había dado cuerpo. Era siniestro oírlo así. Pero no podía detenerse. Es ahora o nunca, se dijo.
«Sé que es un momento difícil para ti, con lo de tu papá», él asintió, «pero, por favor no te alejes de nosotras ahora. Nessa y su familia son víctimas de Lucas. No te vayas, ¡por favor! Con lo que he conocido en estos días he logrado entender sus parálisis, su desafío, su ira con todos.
Admito que nos ha herido, pero la están destruyendo y no podemos abandonarla ahora. Lucas es perverso, tenías toda la razón», se le humedecieron los ojos. Mateo tomaba su cabeza entre las manos.
«Lo que me dices me mata», respiró hondo. «No sé qué hacer. No sé qué creer».
«¿Piensas que ella podría inventar algo así? Mateo, Nessa y los niños están retenidos por ese hombre. Viven en peligro», se detuvo en seco. Súbitamente la había atravesado una conjetura: esta conversación que había buscado con él, ¿era por Nessa o por ella misma? Sintió vergüenza y se calló.
Los ojos de Mateo estaban muy adentro.
«Lo siento. No podemos volver a lo mismo, las cosas cambiaron. Nessa ya me sacó de su vida. Tengo que pensar, Carla. Dame tiempo. Solo unos días para intentar comprender. ¿Tú no estás cansada? No sé cómo podríamos sostener esto», exhaló con dificultad y se levantó.
«Vamos. Te acompaño a tu casa», y cerró el diálogo.
En su casa había una luz encendida. Caminaban muy lento, Carla no quería entrar.
Por primera vez dejó que Mateo la acompañara hasta la puerta.
La lluvia les mojaba el rostro. Aumentaba el malestar consigo misma.
Lo había dicho casi todo. Traicionó a Nessa.
Golpeó a su padre. Ignoró el dolor de Mateo.
Antes de partir, su amigo le dio un largo abrazo, pero ella no se conmovió. Estaba congelada.
¿Cómo se dejó arrastrar así por una ebullición emocional? Se retrajo arrepentida. Estaba intoxicada de Nessa. Comprendió la distancia de Mateo, su recogimiento era un acto de conservación. Pero ese día aún no se había cerrado. Abrió la puerta, su padre la esperaba.
«Hola Carla».
«Hola», respondió seca.
«Tu amiga te vino a buscar», dijo mientras la ayudaba con la capa de agua. Durante un segundo su corazón dejó de latir.
«¿Qué amiga?», disimuló su agitación.
«Nessa. Le dije que no sabía dónde estabas», continuó. «Hacía tanto frío que la invité a pasar para que entrara en calor».
Un dardo le perforó el cerebro. Nessa jamás se había aproximado a esa vida suya.
A pesar de verse casi todos los días desde hacía más de un año, nunca mostró curiosidad por conocer su casa o a su papá.
Ella se sentía tranquila y en control con ese acuerdo tácito.
Al ir a su casa transgredió una ley fundamental.
Ese era su mundo oculto, gris, casi inexistente.