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Nessa esbozó una sonrisa para sí misma. Era esa rara sonrisa algo torcida que Carla conocía bien. Ella siempre sabía todo.
Deseaba que su amiga le contara algo, pero no dijo nada.
No importa, se dijo, es una señal de reconciliación, volveremos a ser tribu.
Nessa siguió caminando imperturbable, como si lo ocurrido, hacía tan solo unos minutos, ya hubiese quedado en el pasado.
Se veía orgullosa, había ganado la última partida.
Carla comprendió, en un segundo velocísimo, que aquello había sido el estertor final.
Algo así como la lucidez previa a la muerte. Una oleada.
No hay electricidad. Antes de bajar a tomar desayuno me doy una larga ducha, el agua me golpea fría. Cuando la luz se corta el agua corre débil y no alcanza a temperarse. Tirito, pero no quiero salir. Es como si necesitara una interminable purificación.
Bajo las escaleras con el pelo mojado. Me acerco a la cocina para entrar en calor.
Julián me saluda.
«Anoche se desató una tormenta inesperada en Los Pangues. El camino está completamente inundado. Estamos encerrados», y me sonríe. A mí no me causa gracia no tener la posibilidad de partir a voluntad. Todos los días pienso en irme.
«Si vas a salir te recomiendo que lo hagas temprano, el frente de lluvia viene hacia Kuyen. Es probable que esta noche tengamos un temporal», está horneando pan y preparando café.
Yo estoy determinada a ir a la gruta Tranquila.
Tiene que ser hoy. Hasta ahora siento como si una hoja metálica cortara en dos mi cerebro, no hay forma de conectar ambos lóbulos.
No pueden intercambiar información, completarla.
Por eso escribo y repaso la escritura, porque sé que existe un núcleo que está perdido.
Estoy construyendo un pasaje, un canal que intercambie los flujos entre las zonas divididas.
De pronto veo a un hombre joven salir de la galería y asomarse a la cocina. Me saluda.
«Buenos días», dice. «Parece que seremos compañeros de hostal. Mucho gusto. Me llamo Liam», extiende su mano y estrecha la mía.
«Yo soy Carla», respondo desconcertada con esta nueva presencia. «Bienvenido». Es un hombre relativamente joven, debe tener mi edad. Su rostro me resulta familiar.
Mi pelo aún está húmedo.
«Si vas a salir, usa un gorro de lana. Hace mucho frío», me estudia. Luego percibo que él y Julián intercambian una mirada cómplice. No, no puede ser. Me estoy volviendo paranoica, me digo.
«Veo que ya conociste a nuestro nuevo pasajero, Carla», aparece Dominga desde atrás de la alacena. «Liam ya ha estado aquí antes. Conoce bien el sector. Es montañista. Logró llegar anoche a pesar de la tormenta en Los Pangues. Imagínate», él no deja de observarme. Esboza una sonrisa amable.
«¿Qué plan tienes para hoy?», indaga Julián.
«Quizás vaya a la gruta Tranquila. Pero me devolveré si empieza a llover. Parece que el temporal viene recargado», me preparo para salir. Julián me entrega una bolsa de papel con un sándwich y llena mi termo con agua caliente.
No me gusta esta nueva presencia, me siento invadida. Tendré que dejar Kuyen pronto.
Voy a la casa de piedra y, desde allí, camino hacia la ruta que lleva a la Quebrada de Los Vientos. Repito el trayecto que hicimos aquella vez antes de llegar a la gruta Tranquila. Nada está lejos en Kuyen. El problema para avanzar es el viento.
El sótano de la casa tenía dos accesos. Uno estaba por dentro, junto al dormitorio de los niños, el otro afuera, y casi no se veía.
Cuando Lucas no estaba, ambos accesos permanecían cerrados con cerrojo.
Para entrar desde el jardín había que bajar por una estrechísima escalera de piedra que terminaba en una gruesa puerta de madera.
Estaba atravesada por una pesada tranca y cerrada con llave.
Junto a la puerta había una pequeña ventana por la que se filtraba algo de luz, pero no se podía abrir.
A veces, cuando Lucas llegaba de Los Pangues, ingresaba directo por la entrada exterior.
Traía medicamentos que se conservaban mejor en ese espacio frío que en la bodega de la farmacia.
También traía papeles y los líquidos para revelar sus fotografías.
Carla lo había oído muchas veces bajar por la escalera de piedra, levantar la tranca de madera y abrir el cerrojo.
El sótano era el lugar prohibido, pero Nessa había conseguido la copia de seguridad de las llaves.
Le gustaba revelar las fotografías que tomaba a escondidas, sus «disparos».
De vez en cuando ella y Carla entraban allí a escondidas.
Carla la acompañaba con culpa y asombro, pero no experimentaba miedo.
A pesar de todo, con Nessa se sentía protegida.
Los martes profanos habían perdido continuidad.
En varias oportunidades Nessa no llegó al colegio.
Mateo y Carla se miraban extrañados, pero él ya no iba a buscarla.
Ella iba con menos frecuencia. Lo evitaba esos días en que sabía que Nessa había convocado a Rosa, quien se encargaba de que todos lo supieran.
Las dos chicas tenían cada vez más cercanía.
Carla se llenaba de celos, pero se aferraba a la idea de que solo ella poseía los secretos de su amiga.
Un martes Nessa se acercó a Carla.
«Te espero en mi casa hoy, a las tres, señorita Bovary», le dijo al oído.
Carla aún sentía un calor especial cuando ella la llamaba así.
Cuando llegó a la casa Nessa la esperaba detrás de la hiedra, junto a la escalera que llegaba al sótano.
Otra vez su transgresión, pensó Carla, pero nunca protestaba en voz alta.
Bajaron. Nessa levantó la tranca y abrió la cerradura.
Adentro estaba oscuro y su amiga no quiso encender la pequeña lamparita que había junto al estante de los libros de Lucas.
«Voy a revelar unas imágenes, es una sorpresa para ti», se rio. «Por favor, quédate junto al estante un rato. Si sientes venir un auto avísame de inmediato. ¿De acuerdo?».
«Claro», afirmó Carla con inquietud. La confianza en Nessa hacía rato se le había quebrado. La atrapaban su encanto y la compasión, pero ya no se entregaba.
Esperó sentada en el suelo frío. Por la pequeña ventana entraba algo de luz.
Sus ojos se fueron adaptando a la oscuridad.
Mientras su amiga se movía, encerrada en el cuarto oscuro, ella observó el lomo de los libros de Lucas y se fijó en los títulos: La montaña mágica, En busca del tiempo perdido, Leaves of Grass...
habría deseado pasar horas allí. Carla se levantó y se acercó al pequeño armario en el que se guardaban los medicamentos.
Estaba abierto y miró. Identificó varias cajas con somníferos, también había benzodiazepinas y corticoides en altas dosis.
Los reconoció. Su mamá los había tomado.
En una milésima de segundo, ella volvió a aparecer, como una herida antigua, en el panorama de su memoria.
Ciérrate Carla, no es el momento de recordar, se dijo, y se enfocó en las pequeñas cajas y frascos con vitaminas que se almacenaban allí.
«¿Qué haces, Carla?», Nessa tenía las pupilas negras y una mirada reprobatoria.
Ella se había quedado tan absorta que no la oyó salir. De inmediato su amiga cambió el tono. Le dijo que había que esperar a que se secaran las fotos que estaba revelando. Ambas se sentaron en el suelo.
«Mira. Desde la muerte de Aine», se detuvo un instante.
Era la primera vez que la mencionaba desde aquel relato macabro.
Carla no deseaba oír. «Desde la muerte de Aine, mi papá nos da somníferos a todos, incluso a mi mamá... aunque esté embarazada. Dice que son vitaminas, pero hace rato que descubrí que es para mantenernos dormidos. Yo dejé de tomarlas hace tiempo», la luz de la ventana caía en diagonal sobre ella.
Carla la miró incrédula. Eran dosis de adultos y él se las daba a todos, incluyendo a Mía. ¿Qué pretendía? No dijo nada.
«No solo eso, Carla. A Óscar y a Damián a veces les da corticoides y los alterna con otro medicamento que los activa».
Recordó las palabras de Mateo acerca de lo intensos que eran los niños. Vio los ojos de Mía y los de Amanda, apagados por el sueño. Quiso salir de allí, pero Nessa había echado el cerrojo por dentro.
«No dirás nada de esto nunca, ¿no es así, señorita Bovary?», le tomó la mano y se la besó.
Cuando las fotos estuvieron secas, Nessa se las entregó a Carla.
«Las tomé para ti». Eran imágenes de Mateo. Las había tomado en secreto: su espalda, su perfil, apoyado en un árbol. Las siluetas de Mateo y Carla caminando juntos.
«Gracias, Nessa». Su amiga abrió el cerrojo y Carla le dijo que tenía que partir. Estaba mareada, no podía respirar bien. Supo que este secreto ya no lo podría guardar.
Camino por la Quebrada de Los Vientos, en este pasadizo casi no hay vegetación.
El paisaje es amarillo y extraordinariamente ventoso.
Veo unos grandes nubarrones aproximarse desde el norte.
Es el temporal que arrecia. No debo detenerme, tengo que dirigirme a la gruta.
Solo un poco más de caminata y llegaré al sendero verde donde los coihues protegen del viento.
La vastedad del horizonte me conmueve. Tropiezo con los restos de un animal.
Se ve que ha sido devorado por los pumas y las aves de rapiña.
«Es ahora, señorita Bovary. Valiente, siempre valiente».
Todo giraba de un modo extraño. Carla se sentía tensa, era una cuerda a punto de cortarse.
Mateo ya no interactuaba con Nessa, dejó de ir a la laguna.
Lucas se había transfigurado. Lo veía como una bestia.
Ya no podría volver a esa casa. No quería saber más.
Los ojos de Lucas se le aparecían ensangrentados, delirantes.
¿Qué lo llevaba a comportarse así? Pensaba en los niños, deseaba rescatarlos de la realidad perturbadora en la que crecían.
No sabía hacia dónde ir. Presenciaba, en primera fila, un desmoronamiento absoluto.
Buscó a Mateo.
«¿Podemos vernos hoy?», le susurró durante el primer recreo.
«Sí. ¿Pasa algo?», se fijó en la mirada alterada de Carla.
«Hablemos más tarde», le dijo y tomó aire. Reparó en que Nessa los observaba desde lejos. «En el cruce, a las cinco», y entró a la sala de clases.
Nessa se notaba suspicaz. Al salir de la escuela caminaron juntas, como siempre, Rosa también iba.
Cuando se acercaban a la casa de Carla, ella se despidió diciendo que no se encontraba bien, que iba a descansar.
Las dos chicas continuaron su ruta. Carla las vio desaparecer en el horizonte.