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«Entonces vamos a ser grandes los dos juntos. Hasta nos podríamos casar», sonrió con un diente menos. Óscar se largó a reír.
Mateo había oído el intercambio.
«Yo, en cuanto pueda, me largo de aquí», dijo. «Y cuando ustedes crezcan podrán ir a verme al lugar en el que yo viva», los niños se notaron desconcertados.
«¿A dónde te quieres ir?», indagó Óscar.
«Lejos. Muy lejos».
Nessa estaba callada. Ya no insistía con Mateo.
En la superficie la magia de la casa se parecía a la de antes.
La alegría y las risas de los niños se replicaban entre las paredes.
Mía se arrimaba a Amanda o a Nessa. Era una casa tibia.
Siempre se estaba abrigado allí, pero ya no era igual.
La presencia del silencio oculto detrás del ruido crecía inexorable.
Carla lo percibía como una vibración blanca y descalibrada que, en el transcurso de los días, iba adquiriendo cuerpo, volumen, masa, densidad.
Se transformaba en un ente inmenso e invisible para los Quinlan que amenazaba con derrumbarse sobre ellos.
Le faltaba Mateo. Y, aunque nunca lo mencionaba, suponía que a su amiga también le pesaba su ausencia.
Durante las horas de clases ella lo observaba.
A veces lo sorprendía observando a Nessa deslumbrado, pero luego la ignoraba.
A Carla la miraba de reojo y cuando ella lo descubría cambiaba el foco, llevaba sus pupilas a otro lugar.
Le pareció que Mateo estaba dispuesto a un sacrificio.
Su retirada era casi un acto de supervivencia.
Lo comprendía, a ella también algo enorme la sostenía por las espaldas y le impedía entregarse como antes.
«Tengo la sangre negra», esas palabras eran un eco que se amplificaba en su oído, aunque ella se empeñaba en apagarlas.
Y, si bien en apariencia nada había cambiado, sentía que una serpiente oscura transitaba por debajo de la tierra.
Querido Mateo:
Es la segunda vez que te escribo hoy. Al fin converso contigo como lo hacíamos antes. Este diálogo se me ha vuelto imprescindible. Sin ti este viaje me habría quebrado.
Regresé al hostal. Los días se hacen cada vez más cortos, atardece. Me gusta la oscuridad lenta del crepúsculo. Es la hora de la luz anaranjada, el tiempo de la nostalgia. Es el momento en que se asoman las ánimas y el cielo nos permite tener un delicado contacto con nuestros muertos.
A esta hora puedo sondear con mayor facilidad en el pasado y ver, con claridad, esas imágenes vacilantes que han ido tomando cuerpo y llenándose de carácter.
Tengo las hebras en mi mano, hago palabra de lo que no tiene nombre.
Aún no estoy allí. Todavía es un vuelo rasante por encima de la escena.
Pero voy cayendo, siento que mi alma se apodera de mi cuerpo.
Después de lo sucedido en la gruta Tranquila te fuiste apartando de nosotras. Yo te extrañaba tanto. Nessa también iba mutando. No sabía bien cuál era su objetivo; sus costumbres se alteraban. Toda ella estaba en revolución, todo menos su relación con Mía.
Me prendí de ella como quien se aferra a la borda resbaladiza de una embarcación que está naufragando. No tenía nada más. Si perdía a los Quinlan me atraparía un limbo oscuro para siempre. Nadie podría rescatarme de allí.
Tú fuiste más valiente. A pesar de la atracción, te resististe a que te infiltraran. Admiré tu coraje.
Pasaron cosas cuando tú no estabas. Hubo pasajes que aún me atraviesan sin un contenido visible, pero te prometo que los recuperaré.
Estoy determinada a rescatarlos. Por ti, por mí. Por el infinito amor que nos unió en esa adolescencia turbia.
Te abrazo,
Carla
Comenzó un otoño frío. Dentro del verde permanente crecían manchones colorados, amarillos, violeta, y un color marrón rojizo parecido a la sangre seca. Las rachas de viento hacían volar hojas y ramas de notros y arrayanes. Todo el suelo en Kuyen era una crujidera de tallos y brozas multicolor.
La complicidad del trío se había fracturado. Carla notaba el dolor en todos, y veía cómo cada uno se resistía a su manera.
Una tarde helada y muy lluviosa vio a Mateo y a Nessa salir rápido de clases, iban de la mano.
Se cubrió con su capa de agua y los siguió desde lejos.
No tomaron el camino habitual. Se adentraron en el bosque.
Esas tierras estaban protegidas por el Estado.
Eran parte de una reserva forestal y casi nunca se aventuraban ahí, era un lugar prohibido.
Pero ellos lo hicieron. De pronto se detuvieron en un claro, Carla se agazapó detrás del tronco de un alerce.
Mateo cubrió a Nessa con sus brazos y ella desapareció bajo su chaqueta, aferrándose a su cuerpo.
Se acariciaron. Se besaron con pasión hasta caer sobre la tierra mojada.
Estuvieron largo rato revolcándose en el barro.
De repente ella vio a Nessa descubrirse los pechos.
Él los miró un rato y los tomó en sus manos.
Luego, en un movimiento rápido se puso de rodillas y los besó.
Desde su roca le pareció ver a Nessa cerrar los ojos y emitir un suave quejido mientras todo su cuerpo se sacudía sobre el lodo y el agua caía a baldadas.
Luego él se incorporó. Nessa quería más, intentó arrastrarlo hacia ella otra vez. Él se opuso. El corazón de Carla latía desbocado. Ella también quería más y a la vez la comprimía el dolor de no poseerlo de esa manera.
Mateo se cerró la chaqueta, le tendió una mano para ayudarla a levantarse, le dio un beso breve y comenzó a andar.
La chica caminó a su lado, iba mojada, embarrada, con el pelo oscuro lleno de rastros de hierba.
No la vieron. Salieron al camino. Carla apuró el paso para alcanzarlos en el cruce.
Su esperanza en el reencuentro germinaba. Quizás la vida volvería a encauzarse.
Los vio bajo el coihue y se acercó. Nessa le sonrió y la tomó de la mano para ir a casa.
Carla observó a Mateo y le pareció ver en sus ojos cierta decepción. Estaba como molesto consigo mismo. Se despidió de ambas y siguió la ruta a su casa.
«¿Nos viste, señorita Bovary?», preguntó Nessa de improviso.
Carla mintió. «¿De qué me hablas?».