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Era una sustancia invisible, voluminosa, que habitaba detrás de las palabras, de las acciones, de las puertas abiertas, de las miradas secretas.
Era un estado latente que Nessa, de a poco, como para escapar de su acecho, fue revelando para nosotros, convirtiéndolo en una realidad casi tangible.
Ese día creí descubrir la naturaleza de su hermetismo. Estábamos tan cerca los tres, pero no nos alcanzábamos. Tú y yo aprendimos a leer algunos códigos para poder ser parte sin poner en riesgo la arquitectura del clan.
Tú lo intuiste desde el comienzo. No había pausa en esa casa, todo era ruido, voces, música. Era una fachada perfecta. A ti y a mí nos integraron a la comparsa; nos hicimos necesarios, sin saberlo los amparábamos.
Hace frío. La casa parece viva, desprende un aliento helado. Empieza a caer la tarde, es la hora en que el cielo parece abrirse y rompe las sombras con breves rayos de luz. Aquí no me siento sola.
Carla
Carla necesitaba huir de esas visiones. A ratos los Quinlan comenzaron a parecerle una jauría vengativa a punto de atacar a su presa, luego obligaba a su imaginario a regresar a la sensatez.
Sabía que la querían, la incorporaban a la tribu.
Estaban heridos, los justificaba frente a sí misma, eso era todo.
Sin embargo, se encontraba rígida, algo debía ordenarse en ella antes de permitirse sentir, estaba atrapada en la ignorancia.
Siguió yendo con frecuencia a la casa de piedra pero ya no iba con soltura. Quiso observar de cerca las miradas, las posibles fricciones. No veía nada.
En los días posteriores a la última excursión, Lucas trajo un generador que funcionaba con gasolina.
El combustible era escaso, por lo que la máquina solo se usaría durante los apagones largos.
También había contratado a Renato para construir un invernadero.
Era el sueño de Amanda y él quería agradarla.
Le señaló al joven el lugar exacto, las dimensiones, la altura, el material.
«Una vez que hayas terminado la primera parte de la estructura, quiero que vayas a Los Pangues y compres unos sacos de cemento y abono para la tierra. Trae gasolina, nunca es suficiente. ¿Me entendiste bien?», le decía con severidad.
«Claro, Lucas», respondía él, mirándolo con fijeza.
Renato era un hombre de pocas palabras, trabajador, y no tenía la actitud condescendiente que se solía esperar de un empleado.
Nessa se lo señaló. Estaban en su dormitorio, observaban a Renato, sin que él lo notara, desde atrás de los visillos. Seccionaba troncos para levantar la construcción. A Carla aquellos leños gruesos le semejaron cuerpos. Se avergonzó de esa idea y la eliminó de inmediato.
«Renato es valiente», dijo Nessa mientras lo miraban trabajar. «¿Sabes lo que me gusta? Para él no existen las asimetrías, en nada».
«¿Qué quieres decir?», preguntó sin entender.
«Mi papá es su empleador, pero nunca será su jefe. Eso quiero decir. Él posee una certeza de sí mismo que es raro encontrar. Confía en la vida, en el entorno, en la justicia natural. Míralo, se entrega a la tarea como si fuera lo más importante. Todo él está allí. Deja fuera los ruidos de su mente,
las órdenes de mi papá», Carla lo observó, era fuerte y eficiente. Nada lo distraía. Nessa continuó.
«Admiro su aplomo. Es tan sólido que nada lo doblega. Nadie lo somete. Es como si no sintiera miedo», sonrió. «Eso me gusta, mucho».
Pasaron un largo rato observándolo trabajar sin pausa.
En un par de horas había avanzado más que tres hombres juntos.
Solo se detuvo para tomar agua y alimentar a su caballo.
Cuando se puso el sol se aprestó para irse.
Se despidió de Lucas, se montó en el caballo y desapareció en el horizonte. Ellas lo siguieron con la mirada.
«¿Viste cómo se tensaba cada músculo de sus brazos, de su espalda, de su cuello? Parece un animal perfecto, en comunión total con la tierra. Cada espasmo de su cuerpo tiene un sentido. Nada se sale de su lugar. Ni siquiera la ira», dijo Nessa, y suspiró.
«Eso me gusta», repitió. «Hace unos días lo vi bañarse en el río, desnudo. Ni siquiera el hielo del agua lo inmutó».
Carla se sintió confundida. Intentó descomprimir su desazón.
«Estás un poco loca», se rio.
«Sí. Lo sé», respondió ella con las pupilas ya dilatadas. De pronto sacó un cuchillo que tenía debajo de su cama.
«¿Y eso?», ahora sí estaba alarmada.
«Lo hizo él para mí. Para que pudiera defenderme y abrirme paso en la vida, dijo cuando me lo dio. Mira qué bien hecho está. Él mismo talló la empuñadura y trabajó el metal».
Carla pasó de la confusión al miedo.
«¿Defenderte de qué?», pero ella no respondió.
Entonces oyeron a Lucas subir las escaleras.
Nessa lo ocultó, tomó a Carla del brazo y la sentó en la cama.
Ella se precipitó a su escritorio y se instaló, rápido, con un libro abierto en las manos.
Lucas abrió la puerta sin tocar. Ella le sonrió con desenvoltura.
La tensión entre ellos parecía haberse aflojado.
«Hola, pa», le dijo. Y él salió.
Carla comenzó el año escolar mareada, oía dos voces estridentes que le hablaban desde ángulos distintos. La relación con su padre estaba cada vez más fría. Otra vez estaba sola, rodeada de bruma.
Ella y Nessa siguieron siendo, en apariencia, inseparables.
Pero los últimos acontecimientos la habían dejado en un rincón oscuro, sin poder reaccionar.
En sus retinas se replicaba una y otra vez la caída de Aine, el vértigo.
Su mente recorría las escenas como si en ellas pudiera encontrar algo que la salvara de la destrucción; las visiones le llegaban en rachas, la atormentaban.
La voz de Nessa se volvió una vibración constante, un rumor en sus oídos.
No mencionó más a Aine. Carla intentó relegar su turbación, se le hacía imprescindible convencerse de que todo estaba igual.
En pocos días había perdido a Lucas, y su amiga también era otra.
Tenía un dolor clavado en el pecho. No, no podía dejarlos ir.
Todas las familias guardan secretos, se dijo.
Aunque el de ellos era tan turbio y macizo que le aplastaba el cuerpo.
Mateo se alejaba. Dejó de ir a la casa de piedra. Era como una ola de mar que se recoge y, aunque no desaparece, está persistentemente yéndose. Al comienzo fue un retraimiento sutil. Una distancia blanda a la que Carla se resistía con el mismo silencio que los atravesaba a los tres.
Temblaba de solo pensar en que el grupo podía quebrarse.
Habían construido una complicidad única, eran un solo organismo, se conocían tanto.
Sus cuerpos eran su paisaje diario. Ella podría haber enumerado los lunares de Nessa, la forma triangular de los dedos de sus pies, la curvatura angulosa de sus hombros.
Podría haber descrito con la máxima precisión el color de los ojos de Mateo, las asimetrías en el tinte de sus iris, el arco de su nariz, el vello claro que cubría el dorso de sus manos.
Sabía a qué olía cada uno cuando los mojaba la lluvia, o cuando se sentían cansados.
Se los sabía mucho más de lo que se sabía a sí misma.
Ellos eran, para Carla, lo más cercano a un hogar.
Nessa ignoraba su temor y parecía no estar atenta a la quebrazón que se aproximaba.
Carla, en cambio, percibía cómo la tierra se trizaba, crecían las grietas, se aceleraba el final.
Por otra parte, se asomaba en el escenario la posible partida de Nessa.
Había dicho que estarían en Kuyen solo por un año.
La fecha expiraba. No habría sabido qué hacer consigo misma si los Quinlan se marchaban.
La acechaba la urgencia de evitar el derrumbe.
Por ella, por los tres. Sintió aproximarse la posibilidad de la traición; su propia traición.
Luego volvía a la sensatez. Ciérrate, Carla, que tu lengua no diga nada. Que tu corazón aprenda a esperar.
Fue un temor que se fue disipando al observar que no había ningún preparativo.
Pensó que esperarían a que naciera Virginia, no podían arriesgar su salud ni la de Amanda.
Ella estaba radiante, ajena a todas las corrientes.
Además, cuidaba con esmero los brotes que había sembrado en el invernadero.
Habría hortalizas en todas las estaciones.
Había plantado acelgas, zanahorias, papas y arvejas.
Al final del verano ya se habían dado cebollines y tomates verdes.
Crecían la salvia, el ruibarbo y el calafate.
Amanda se pasaba gran parte del día moviendo la tierra, regando en pequeñas dosis, protegiendo el lugar de los pulgones y las liebres.
No parecía vislumbrarse una pronta partida.
Nessa iba al colegio con regularidad. Lucas seguía a cargo de la farmacia de Los Pangues.
Todo parecía estar en orden, como si nada hubiese ocurrido.
Fue un sueño, se decía, una horrible pesadilla que debo encerrar en mi cerebro, esperar a que se diluya.
Confió en su propio olvido, en que las cosas podían volver a ser lo que habían sido.
Creyó posible retornar a ese estado añorado de calor y felicidad.
Intentó acallar la revelación de Nessa, la ferocidad que desplegó Lucas en el camino a la gruta Tranquila.
Nessa se aproximaba a los quince años. Carla aún se demoraba, era la menor de los tres.
Aunque seguía siendo muy delgada su cuerpo ya cambiaba, al fin.
Se sorprendía con el crecimiento de sus pechos, el contorno de las caderas, el brillo de su pelo, los ciclos que aparecían con regularidad y estabilizaban su propio caos.
Observarse a sí misma en detalle y con placer la distraía de lo demás.
A pesar de que Mateo ya no iba a la casa, a veces se encontraban los tres en la laguna. Carla se transformó en la bisagra, el punto de confluencia. Aceptó esa responsabilidad.
De vez en cuando, Damián y Óscar se sumaban a las tardes junto a la laguna. Un día Carla aprovechó la presencia de los niños para despejar de una vez sus dudas. Le habló a Damián. Óscar era un poco más reservado.
«¿Te gusta Kuyen, Damián?».
«¡Es mi lugar favorito en el mundo!», respondió con entusiasmo mientras arrojaba piedritas al agua.
«¿Te gustaría vivir acá cuando seas grande?», le preguntó en tono lúdico.
«Cuando sea chico y cuando sea grande», dijo. «Mi papá ya me lo prometió. Nunca más nos iremos de aquí».
Óscar estaba en silencio, pero oía la conversación y asintió alegre.
«¡Yo también!», le dijo Carla a Damián mirándolo con cariño. «Aquí me quedo para siempre».