Sangre negra 8 #2
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mi papá abrió la puerta del departamento de golpe. Traía a una niña de la mano. Era un ser bello, de grandes ojos negros, brazos regordetes, mejillas rosadas. Así fue como Mía llegó a nuestras vidas. La pequeña fue la transición entre la vida y la muerte. Tenía menos de dos años.

Era tan chiquita que ni siquiera podía decir su nombre, decía que se llamaba Mía, por María. Lo supimos porque estaba inscrito en una pulserita que llevaba en su muñeca. Era tímida y muy dulce. Mi mamá, confundida, le preguntó a mi papá si entonces se habían decidido a darles la niña.

Me di cuenta de que titubeaba. Luego me tomó del brazo y me dijo que la niña iba a dormir con los chicos pero que yo debía cuidarla, ocuparme de ella. Y se fue sin mirarla. ¿Qué podía decir yo? Mía fue casi mi hija por un tiempo. Yo solo tenía doce años, pero cumplí con ella, cumplí con mis padres.

Al comienzo mi mamá la observaba con distancia y cierto repudio pero cuando Mía comenzó a llamarla mamá algo cambió, comenzó su lenta transición a la vida».

«Lograron adoptarla», aseveró Carla, con cierto alivio.

«No», dijo Nessa y la miró con intensidad.

«¿Cómo? ¡¿La secuestró?!», balbuceó Carla, aterrada. Nessa no respondió.

«Mi mamá decidió educar a los niños en casa, siempre bajo su cuidado. Ya no se le perderían más. Determinó que las puertas dentro de la casa no se volverían a cerrar, había que estar atentos. No podía haber más accidentes en nuestras vidas. Yo seguí yendo al colegio,

estaba muy grande para comenzar esta nueva fórmula, pero pasaríamos mucho tiempo juntos. Comenzamos un nuevo régimen de vida. Pero el nombre de Aine quedó proscrito. Hay silencios que no se decretan a viva voz, pero cuyo mandato es tan enorme que hasta los pequeños se callaron y la fueron olvidando.

Mis padres eliminaron todas sus fotografías, quemaron su ropa. Yo también colaboré en eso. Mi papá se hizo cargo de hacer desaparecer sus libros».

Carla seguía muda. No lograba dimensionar lo que su amiga le estaba contando.

«Tengo la sangre negra, Carla, ¿lo ves ahora? Provoqué una tragedia. La más cruel de las tragedias».

Se abrió un abismo. Carla sintió que caía y caía y estaba irremediablemente sola.

«Y, además, está lo de Mía», continuó. «Por eso decidimos venir a Kuyen. No sé qué será de nosotros en el futuro».

Después de un largo rato, se giró hacia Carla. Pestañeó una o dos veces y dijo: «Basta de cosas tristes», y empezó a hacerle cosquillas. Le arrancó una risa gutural, que era mitad risa y mitad espanto. Y entonces le propuso cambiar de roles.

Carla sería Nessa, ella sería Carla. «Solo por esta tarde, ¿te parece?». No pudo sino acceder y seguir el juego. Ambas se sentían desolladas. Había que hacer algo. Siguió sus instrucciones con el corazón comprimido. Estaba sin energías, sin deseos de nada. Pero se lo debía.

Entonces llegó Mateo y lo arrastraron al escenario de ese juego grotesco. A pesar de su desconcierto, no pudo oponerse.

Carla se acercó a él y lo abrazó. Dijo en voz alta: «Hola, mi Mateo», como si fuera Nessa. Le pidió al oído que por favor no se resistiera. «Confía en mí», susurró. Él no imaginaba el tormento del que venía saliendo. Fue una tarde loca, necesaria.

Fue la última vez que Mateo entró en el juego.

Las palabras de Nessa surcan mi memoria como ondas sonoras distorsionadas. «Tengo la sangre negra. Provoqué una tragedia. La más cruel de las tragedias». Parecía una confesión o una profecía. Escuché atentamente, pero no supe leer entrelíneas.

Se ahondó lo terrible. Su historia me consumió al punto de no poder levantar mi voluntad.

Entré en su juego como si estuviera en trance, como quien sigue caminando después de presenciar un accidente mortal.

No quedaba más remedio que continuar la pantomima.

Obedecí. Yo no tenía los medios para comprender lo que ocurría.

Esa noche, después del relato de Nessa, Carla no pudo conciliar el sueño.

El nombre de Aine la penetraba como un disparo, podía ver su caída, su desangramiento, oía los gritos de Amanda, llegó a oler el horror que emanaba el cuerpo de su amiga.

Se levantó y caminó por la casa, agitada.

Su padre roncaba. Ella no iba a dormir. Le costaba respirar.

Sentía el viento girar adentro de la casa, colándose a través de las ventanas.

En su desvelo fueron encajando algunas piezas: las ausencias, su desapego, el pánico a que algo le ocurriera a Mía.

Nessa llevaba el peso del universo sobre sus espaldas y, sin embargo, hacía todo para estar viva.

Vorazmente viva. Comprendió sus transgresiones, su sed de venganza.

Sintió admiración y, al mismo tiempo, repulsión. Nessa encarnaba el espanto.

Su balanza trepidaba. Necesitaba abrir algo, un canal de aire.

No podía hablar con nadie, menos aún con Mateo.

Él se esforzaba por tomar distancia. Podía oír su voz hablándole al oído, condenando a los Quinlan.

Lucas lo alteraba. Veía la crecida de su recelo por Nessa.

No era posible buscar oxígeno en él. Carla calló.

Nessa sabía que ella jamás diría nada. Su lealtad era a toda prueba.

Le había entregado su voluntad. La gratitud y una compasión inconmensurable la sometían.

Recoger esos recuerdos fue como tomar pedazos de vidrio.

Las manos cortadas, los dedos sangrando.

Lo que mi amiga me había revelado se abrió ante mí como una turbulencia descomunal que me acechaba y me seducía a la par.

Deseé dejarme succionar, entregarme, perderme de una vez en la bruma del vértigo.

Sacúdete, Carla, me digo, al pasado se lo tragó el tiempo.

Bajo a tomar desayuno y me encuentro con los dos hermanos sentados, cebando un mate. Parecen estar esperándome.

«Ven, Carla», dice Dominga. «Siéntate un rato con nosotros». No deseo hacerlo pero estoy exhausta, sin fuerzas para resistirme, inventar una excusa o huir. Hago acopio de mi energía y, para cambiar la dirección, lanzo la primera piedra. Los interrogo.

«¿Hace cuánto tiempo están a cargo de este hostal, chicos?».

Percibo un golpe de vista entre ellos, como para decidir quién hablará. Dominga toma la palabra.

«Esta casona era de nuestros abuelos Espósito. Cuando sus hijos crecieron la casa quedó vacía y decidieron arrendar las habitaciones a los turistas que aparecían por aquí de vez en cuando. Así empezó. Poco a poco se fue convirtiendo en un hostal.

Nuestro padre siguió con la tradición cuando ellos murieron. Es una casa vieja, pero le tenemos mucho cariño. De hecho, nuestras habitaciones son las mismas que usábamos de niños», sonríe.

«¿Y sus padres se retiraron?», otra vez intercambian una mirada veloz. Imagino que ya estarán algo mayores, pero no tanto, estos chicos no pasan de los veinticinco o veintiséis años.

«Murieron», responde Julián con los ojos vidriosos.

«El año pasado, en un accidente. La barcaza naufragó justo antes de llegar a Troncos Viejos. Hubo muchas víctimas de Kuyen. El profesor de la escuela también falleció en el desastre».

Coloane, mi querido maestro. Por un instante se me cierra la garganta. Dominga se ve compungida.

«Lo siento tanto. Nunca lo habría imaginado».

«Fue durante la pleamar. Las marejadas y la niebla cerrada desorientaron al capitán. La embarcación terminó azotándose contra las rocas de los acantilados. Muy pocos pasajeros se salvaron».

«Ha sido un año muy triste para nosotros», suspira Dominga.

Me conmueve la tristeza que removí sin querer. Siento culpa.

«Es muy bello que ustedes hayan seguido con la tradición de sus padres y abuelos. Es un homenaje a sus vidas. Estoy segura de que una parte de ellos vive en cada rincón de este lugar», digo a modo de consuelo.

Dominga me observa un rato, como cavilando. «Las tragedias dejan huellas imborrables», dice.

Tengo que irme. Les doy las gracias y me preparo.

«Espera», me detiene Dominga. «¿Cuánto tiempo crees que toma reconstruirse, Carla?». Quiero decir que la vida entera, pero sus ojos esperanzados no me lo permiten.

«Siempre vivirán en ustedes... El aliento viene de a poco. En unos meses ya no será desgarrador. En un año, paulatinamente, la vida volverá a ser vida».

«¿Has sufrido tú también una pérdida importante?», me pregunta Dominga cuando ya estoy de espaldas a ellos. Hago como si no hubiese oído. La puerta está abierta y el viento se cuela con su estridencia. Salgo, me dirijo a la casa de piedra.

Mateo:

Estoy sentada sobre una roca, justo frente a la casa de los Quinlan. He venido cada día y empiezo a sentirme acompañada. Aquí están ellos, aquí estás tú. Estoy a salvo.

En este lugar conocí la enorme densidad del silencio. Aprendí a llevarlo conmigo.

Admito que he seguido ocultando a Nessa, como si tuviera que mantener la lealtad fija, cerrada con una lápida.

Confieso que no te he contado todo lo que voy recogiendo.

¿Cómo me arranco a Nessa de los músculos, de los nervios?

No sé si mi silencio es necesario, pero me atraviesa un mandato más grande que yo.

Toco el lecho del río de mi memoria. El hallazgo es inmenso, me he demorado en darle forma, en apreciar su masa.

Veo su rostro y me repliego. Luego me miro al espejo y sé que esto debe salir.

El día en que jugamos a intercambiar personalidades Nessa me había arrastrado a un lugar innombrable.

Me contó cómo murió su hermana, Aine, y comprendí la razón de sus transgresiones, detrás de cada acto provocador había un desafío a la vida.

Se abrió el compás y calibré la magnitud de su biografía.

Creí haber alcanzado a descifrar sus vacíos, la ira, la obsesión.

No quise hablarte de esto; no totalmente.

La muerte de Aine enloqueció a Amanda. Decidieron adoptar a una niña que habitara ese espacio. Pero no se la daban, el duelo era muy reciente. Hasta que apareció Mía. Lucas la había arrancado de los brazos de su madre. Nunca supe si Amanda lo sabía.

Jamás pude decirlo, Mateo. Aún ahora, cuando ya no queda nada, me desgarra escribirlo para ti.

Mía estaba cargada. La veo como una pequeña sacerdotisa vaciada por los rituales de la familia. Fue por ella que los Quinlan se mudaron a Kuyen.

Pienso en el peso del silencio. Esa cavidad trágica que se escondía tras una casa llena de risas y conversaciones.