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Querido Mateo:
Estoy en la Quebrada de Los Vientos. He regresado al camino que hicimos entonces como si la historia pudiera desandarse. Pero es imposible, lo que nos ocurrió quedó grabado, inmóvil, en estas rocas. Todo lo demás se fue rápido y sin ruido.
A pesar del tiempo, no puedo dejar de ver a Lucas envilecido asesinando al gato salvaje.
Nada volvió a ser lo mismo. Siento estupor al pensar en su crueldad y en la inmediatez de su vuelco a la templanza.
Era lo mismo que habíamos advertido tantas veces en Nessa, derrame y contención, de forma casi simultánea.
Hay imágenes que se precipitan, avanzan y se abren como las raíces de un árbol en crecimiento fulminante. El rostro de Lucas cubierto de sangre, el horror en nuestras miradas, el silencio frío de los niños, el descontrol de Nessa, la ira en tus ojos.
Tengo vértigo. Intento regular el voltaje de la conmoción empujándome a evocar otras cosas.
Entro a esos instantes velados por la nostalgia y el miedo.
El tiempo da un salto adelante y oigo la voz de Nessa: «Te espero en la laguna, señorita Bovary».
Pasamos el día tendidas bajo el ciprés. De pronto llegaste tú inmerso en tu propia revolución, alterado.
El paso por la gruta Tranquila cortó el cordón que nos unía.
Noté cómo cambiabas, yo intentaba detener la destrucción, la vida se desequilibraba a una velocidad frenética.
Carla
Kuyen estaba casi vacío. Todavía no comenzaban las clases, se iban apagando los últimos días del verano.
Las chicas pasaban el rato a orillas de la laguna.
Carla estaba recostada, de espaldas, miraba desde abajo las ramas verdísimas del ciprés.
Eran tan densas que casi no dejaban ver el cielo.
Mejor así, pensó, no quiero ver nada más que esto.
Los ojos de Lucas se le aparecían, interminables.
Nessa concluía el libro que la tenía fascinada: Mathilda.
De pronto suspiró, leyendo la última página, lo cerró y se tendió al lado de Carla.
«¿Quieres leerlo?», se lo dio. Era la primera vez que Nessa le entregaba un libro. Se emocionó, lo guardó en su mochila y se volvió a tumbar sobre la manta. Miró a Nessa.
«Me gusta tu nombre», soltó Carla en un impulso. Nessa se detuvo en ella un rato largo.
«Te lo regalo», le dijo y se rio. Luego se puso seria.
«No te engañes, Carla, no es un nombre cargado de belleza. Yo tengo la sangre negra», suspiró.
No entendió, pero calló intuyendo que algo se abría paso entre ellas y debía guardar silencio.
Al poco rato Nessa comenzó a hablar. Sus palabras ascendían, rodeaban el tronco del ciprés, como serpientes de humo, balanceándose en el viento, perdiéndose en las nubes.
«Tuve una hermana: Aine... era un año mayor que yo y era mi mejor amiga, es la persona que más he querido en la vida. De hecho, se parecía mucho a ti. La última vez que estuvimos juntas ella tenía trece años y yo doce. Óscar y Damián eran muy pequeños y los cuidábamos con devoción.
Mi hermana era brillante. Sacaba las mejores notas, era madura, sensata, generosa. Creo que, en muchos sentidos, Aine fue más mi madre que mi propia mamá. Con ella aprendí a leer. Para mi papá siempre fue importante nuestra educación. Tú lo conoces, es aventurero, pero, a la vez, exigente.
A la hora del estudio era sagrado saber, informarse. Aine cumplía con todas sus expectativas».
Nessa dejó pasar unos segundos, luego continuó: «Ella era muy delgada, casi etérea. Tenía los ojos brillantes y melancólicos. Hoy la recuerdo como un ángel. Alguien que se congeló siendo aún una niña. Mi padre no disimulaba su preferencia. Era preocupado por todos,
pero a Aine la miraba de otro modo. Cada cierto tiempo le traía algún regalo especial. Le decía “mi niña”. Tal como me dice a mí ahora. Solía traerle libros y ella los devoraba. Siempre estaba leyendo. Solo con esos libros ella era celosa, no me los prestaba,
decía que tenía que ser más grande para entenderlos. Pero yo quería ser como ella, deseaba saber, ser también la favorita. Aine los leía a escondidas para que yo no se los pidiera. Cuando mi papá la buscaba y la veía leyendo la dejaba en paz. Había que hacer silencio: Aine aprendía».
Carla estaba entregada a sus palabras. Se las bebía, quería retenerlo todo. Lo que Nessa revelaba era el más profundo de sus secretos. Nessa, la más perfecta criatura, también estaba herida, también había deseado ser otra.
«Una tarde de un domingo de invierno estábamos todos en nuestro departamento», continuó.
«Hacía mucho frío, era un día gris. Busqué a Aine para terminar un móvil de cerámica en frío que estábamos haciendo juntas, era el de las mariposas, el que te regalé cuando nos conocimos.
No la encontré. Fui al dormitorio de los niños, jugaban.
Fui al de mis padres, dormían la siesta.
La llamé y no contestó. De pronto miré hacia afuera, hacia el balcón.
La vi sentada sobre la baranda leyendo un libro que mi papá le había regalado esa misma mañana.
Estaba envuelta en un chal, concentrada, la bruma la rodeaba, caía una garúa fina, se veía más linda que nunca.
La observé unos instantes. Estaba mojada, me extrañó.
Abrí el ventanal para hablarle y, al hacerlo, la sobresalté, perdió el equilibrio, intenté alcanzarla con mi mano, pero se enredó en el chal y sin tiempo para aferrarse a nada mi hermana cayó al vacío...
Siete pisos de vuelo la separaron de la vida.
Segundos eternos en que solo se oía el silencio y las chispas de agua adhiriéndose a las ventanas.
»Entonces, oí un grito adentro de mi silencio: “¡¡Nessa!!, ¡¡¿qué hiciste?!!”
, las manos enormes de mi padre me sacudieron fuerte, su mirada me atravesó.
Luego me soltó y salió corriendo hacia la calle.
Me asomé por el balcón y lo vi agacharse sobre ella y aullar.
“¡Está muerta! ¡Dios mío, está muerta!”.
Miró hacia arriba y encontró mis ojos aterrados, incrédulos.
Se desató el horror, Carla. La casa se llenó de gente.
Ambulancia, policías, vecinos, familiares.
Solo atiné a encerrar a los niños en la salita de estar y ponerles una película a todo volumen.
Me quedé paralizada en un rincón del pasillo viendo a las personas entrar y salir del departamento.
No lograba mover ni un músculo, ni hablar.
Sentía que todo aquello era irreal, y que lo estaba observando desde una infinita distancia.
Me separé de mí, floté por encima de todos.
La que estaba allí, en esa esquina, no era yo.
Se llevaron a mi hermana entre los gritos de mi madre y el rostro desencajado de mi papá.
Él se aferraba a su cuerpo, quería impedir que la tocaran».
El viento comenzaba a levantarse con intensidad. Carla aguzó el oído para escucharla bien. No debía moverse ni suspirar. Nessa hablaba sin pausa. Hablaba sin emoción, todo de corrido, con el tono algo indiferente de quien tiene prisa.
«Oí cómo se intercalaban y sucedían los alaridos de mi mamá y la voz ronca de mi papá. Él intentaba abrazarla, ella lo rechazaba. Fue la primera vez que vi a mi papá gritar enloquecido, de una patada derribó la puerta del baño. Pasaron horas, siglos, la vida entera...
Cuando mi papá al fin reparó en mí, se acercó y me dijo al oído: “Yo vi lo que pasó, Nessa. Sé lo que hiciste. No quiero que te preocupes nunca, nadie más lo sabrá. Fue como un accidente. Este será nuestro secreto para siempre”, luego fijó sus ojos en los míos por un breve instante,
“nadie lo sabrá”, repitió y se fue a contener a mi mamá, dándome la espalda y abandonándome en el desierto. No pude decirle nada, seguía muda, cerrada por dentro y por fuera. Mi padre creyó que yo la empujé. Los pensamientos se me cruzaron a una velocidad imposible.
Yo jamás le habría hecho daño a Aine, ¡jamás! Pero ¿y si ella se cayó por mi culpa, por abrir la ventana y sorprenderla? O peor: ¿si ella misma pensó que mi mano iba a empujarla cuando en realidad yo deseaba sostenerla? Mi mente se hizo un nudo y no podía salir de allí,
mi memoria recorría cada cuadro de la escena, mi papá vio lo que vio y nadie podría arrancarle esa certeza. De pronto no había nada a qué aferrarse, Carla, absolutamente nada. Yo sabía que no la había empujado. ¡Por Dios! ¿Cómo podría seguir viviendo si mi papá creía lo que creía?
O quizás estaba delirando y todo lo que ocurría era solo una alucinación macabra. Las visiones me torturaban y Aine seguía en mis ojos, desplomada allá abajo, desangrándose, sobre el asfalto. Yo amaba a mi hermana. Jamás la habría herido.
Pero el veneno ya había entrado a ese rincón de los pecados innombrables. No tenía cómo defenderme. Y ahora había un secreto que me atrapaba, y que era solo de mi papá y mío».
Carla seguía su relato, estupefacta. Sentía su dolor calarla. ¡Cuánto comprendía su confusión, su aturdimiento! No podía hablar, no sabía qué hacer. Nessa estaba lejos, no la veía, seguía encadenando las palabras como si lo hiciera de memoria. Se detuvo unos segundos y continuó.
«Mi mamá dejó de trabajar. Se obsesionó con estar presente todo el tiempo. Se obstinó con la idea de que ella era madre de cuatro hijos y que estaba vacía. Sacaba cálculos febriles, cuatro partos y solo tres hijos. “Lucas, no puedo. ¡¿Qué hacemos, Lucas?!”, gritaba por las noches.
Decía que le dolía el vientre, que sentía que se congelaba por dentro. “¡Cuatro veces! ¡He parido cuatro veces!”, repetía y se ahogaba en el sollozo. El desgarro se prolongó, no había consuelo ni pausa. Todas las noches lloraba a gritos. No, no era llanto, eran los bramidos de un animal.
Nadie sabía qué hacer. Mi papá comenzó a darle medicamentos que traía de la farmacia para tranquilizarla. Todas las noches le daba una o dos píldoras para dormir. Pero el despertar era terrible. Unos meses después, decidieron adoptar a una niña.
Mi mamá necesitaba llenar la infinita cavidad que había dejado Aine. Llenaron formularios, hicieron llamados, recibieron a la asistente social. Pero no daban el visto bueno. El tiempo se extendía, mi mamá perdía la razón, y la criatura no llegaba. Una noche en que llovía mucho,