7 #3
Tenía la mandíbula tensa y los ojos vidriosos, inyectados.
Jadeaba, estaba como alienado. Lo golpeó tantas veces y con tal vigor que la bestia parecía otra cosa, desangrándose por la boca, ya sin dientes.
Tenía el cráneo destruido. Él no se detenía.
Era un depredador ultimando a su víctima.
«¡Basta!», vociferó Mateo, «¡Ya es suficiente!».
Pero él continuó flagelando a ese cuerpo ya inerte.
«¡Lucas! ¡Suficiente!», Mateo agravó su voz. Tenía el rostro enrojecido.
Lucas lo miró de hito en hito, con el gato muerto, sangrando, cogido de la cola en una mano y, en la otra, la gran piedra con restos de piel del animal.
Lo lanzó lejos, tiró la piedra, y se pasó el antebrazo por la frente sudorosa, luego se limpió las manos y el rostro con el agua de su cantimplora.
El color de sus ojos se realzaba en contraste con las manchas de sangre que no había conseguido lavar. Todos lo observaban callados.
«Vamos», dijo, «esos animales son peligrosos, pero ya no nos volverán a molestar».
Siguió caminando como si nada hubiese ocurrido.
Nessa dejó a Mía por unos segundos y se acercó a mirar los restos del animal, luego regresó junto a su hermana.
Anduvieron un largo trecho en silencio absoluto.
A Carla le pareció que todos estaban atónitos con la violencia de la escena, con la mirada enajenada de Lucas.
Mateo caminaba muy lento, alejándose del padre de Nessa.
Miraba a Carla de reojo. El aire corría en contra de ellos y los cegaba.
Carla sentía su corazón latir apresurado y la mano húmeda de Damián apretarla con nervio.
¿Qué había ocurrido? ¿Podía ese hombre convertirse así, sin mediar una real amenaza, en esa fiera?
Al rato Lucas sugirió que se sentaran a descansar cerca de un roble viejo, a la orilla de un río.
Sacó el chocolate caliente y lo distribuyó entre los siete.
Mateo no quiso el suyo y se lo dio a Óscar.
La conversación empezó a animarse gracias a los niños.
Carla vio en los ojos de Mateo extrañamiento, cólera, frustración.
Lucas los había hecho cómplices. Entre todos habían asesinado a un animal indefenso.
La gruta Tranquila era enorme, húmeda, fría, inundada de un silencio total.
Adentro no quedaba ni un rastro del rumor del viento.
Sus voces se amplificaban sin fricción. Tal como Óscar había anticipado, tuvieron la sensación de estar en una enorme burbuja de aire en medio del universo.
A lo lejos se oían unos goterones rítmicos cayendo sobre el suelo.
Pasaron un buen rato adentro, iluminando el espacio con las linternas. Salieron extasiados.
«Antes la gruta tenía otro nombre», dijo Óscar mirando a Mateo, pero él no lo oyó. «Se llamaba Paihuen, que es otra manera de decir tranquilo». Entonces Mateo dibujó una breve sonrisa para Óscar y el pequeño se sintió satisfecho.
Caminaron un rato, bajando junto al río hasta que Lucas se detuvo. Era la hora de comer. Se sentaron en círculo y comieron sus sándwiches. Mateo no comió. Tenía el ceño fruncido, no había vuelto a abrir la boca.
Lucas lo desafió.
«Mateo, ese roble se ve muy firme para treparlo. No es de la zona, ha sobrevivido a todo. Es un árbol potente. Anda tú primero, lleva la cuerda, sube y te seguimos. Toma, lleva mi cuchillo», se lo sacó del cinturón y miró hacia lo alto.
«Son ramas firmes. Cabemos todos. Desde arriba la gruta se debe ver soberbia. Dale», le dijo y se incorporó para ayudarlo a subir.
Todos lo siguieron.
Mateo obedeció en silencio, rechazó el apoyo.
Se ató la cuerda al cinto y trepó por el tronco con seguridad.
Llevaba unos tres metros cuando se deslizó como empujado por algo.
Todos se asustaron, pero él logró retomar el equilibrio y se montó en una rama firme.
Pensaron que ahí se detendría, pero siguió hasta la otra rama, y otra.
Nessa lo miraba preocupada, le daba instrucciones sobre cómo sostenerse.
«¡Es peligroso ir tan arriba!», gritó, «¡baja un poco!».
Pero él siguió ascendiendo hasta que una de las ramas menos firmes cedió bajo sus pies. Todos exclamaron a la vez: «¡Cuidado!».
Óscar le gritó: «¡La rama de la derecha, afírmate en ella!», Mateo obedeció y se estabilizó. Luego los miró. Fijó sus ojos en los de Nessa.
Ató la cuerda a una rama y la arrojó para que el próximo subiera más seguro.
Carla miró a Nessa. Estaba pálida.
«¡¿Dónde está Mía?!», exclamó.
Comenzó a buscarla con desesperación.
«¡¡Mía!!, ¡¿dónde está?!», y continuó, «¡¿dónde está mi papá?!».
Los dos habían desaparecido. La cara de Nessa se transformó. Carla jamás había visto tanto terror en los ojos de nadie. Su espanto era tal que apenas le salía la voz.
Olvidaron a Mateo y empezaron a gritar y a buscar por el bosque: «¡Mía!, ¡Lucas!, ¡papá!». Carla creyó que Nessa enloquecería. Podía sentir su corazón latiendo desbocado, las rodillas sin tono, la garganta seca. Los escalofríos que ascendían por su columna y también la suya. El pánico hecho carne.
Mateo fue el primero en verlos desde arriba.
«¡Allá están!», gritó señalando al sur. Vieron aparecer a Mía primero, montada sobre los hombros de Lucas.
Nessa se precipitó hacia ellos, tomó a su hermana y la arrancó de los hombros de su papá.
Corrió con ella en brazos, respirando apenas.
Carla la oyó decir: «Nunca más, Mía. Nunca más en la vida te alejes».
«No pasa nada», dijo Lucas con calma, «se fue caminando hacia la gruta y la seguí. Todo está bien».
Pero Nessa no se tranquilizaba. Sus ojos no estaban en paz. Mía le pidió perdón y la abrazó. Entonces Nessa la bajó de sus brazos y le acarició la mejilla.
El evento también dejó a Carla extenuada. Sintió que todo daba vueltas. Fue a refugiarse detrás de un tronco viejo, se puso de rodillas y vomitó. La tensión la había superado. Tal era su simbiosis con Nessa, con esa angustia secreta que la paralizaba.
Regresaron. Nessa no volvió a ser ella ese día. Mateo tampoco logró regresar a su centro.
Al llegar a casa, Mateo dijo. «Gracias por la excursión. Ahora me tengo que ir. Vamos Carla». No fue una pregunta. Deseaba salir de allí cuanto antes, y sacarla a ella también.