Sangre negra 7 #2
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«Entonces quizás no eres feminista», ya estábamos todos pendientes del intercambio.

«Para mí el feminismo es la libertad de ser. Yo sí me siento feminista. Creo en la igualdad de derechos y, también, en la igualdad de deberes. Y, en la libertad de decidir cómo quieres administrar tu vida», dijo Nessa, sin un ánimo particularmente desafiante. Amanda se veía algo desconcertada.

Lucas interrumpió el intercambio. Zanjó la conversación con un comentario aplastante.

«Ustedes son muy niños todavía, Nessa. No tienen una opinión formada». Carla vio a Mateo incómodo. Sabía que no soportaba que lo infantilizaran. Habló.

«A lo mejor somos jóvenes, Lucas, pero creo que las ideas de los jóvenes son tan importantes como las de los mayores. Yo también creo en la igualdad de derechos», dijo y miró a Nessa con complicidad. «Este país ya vivió una gran desigualdad de derechos y todo terminó mal».

«¿A qué te refieres?», Lucas lo escuchaba con curiosidad.

«A las atrocidades que se cometieron durante la dictadura», respondió Mateo.

«Ese es un tema muy largo. No lo conversaremos hoy, pero no dejes de considerar que quienes sufrieron la persecución fue por algo. Nada es gratis», dijo Lucas muy serio.

Mateo estaba tenso, su rostro se había encendido. Carla lo tocó por debajo de la mesa, no era el momento de armar una discusión. Él reprimió su respuesta. Ella, al segundo, se arrepintió de haberlo censurado. Intentó reparar.

«¿Y los desaparecidos, Lucas?», le preguntó.

Ni siquiera la miró. Estaba concentrado en su comida.

«Es una cuestión tan vieja, tan manoseada y aburrida. Creo que el país está cansado de la reiteración vacía de la misma historia», cortaba su carne, buscaba la sal. Miró a Amanda. Ella asentía. Por un brevísimo segundo Carla lo odió con toda su alma.

En ese instante llegaron Óscar y Damián con el postre, diluyendo la tensión.

«¡Miren! ¡Hicimos leche asada!», gritaron al mismo tiempo. Carla pensó en las palabras de Mateo acerca del entusiasmo de los niños. Pero Nessa no había terminado.

«¿Y crees en el amor, mamá?», ahora sí la interpelaba.

Amanda sonrió, algo incómoda, mientras servía el postre.

«¡Qué pregunta! ¡Claro que creo en el amor! Ustedes son hijos del amor», acarició la mano de Óscar.

«Yo no», dijo Nessa. Todos se sorprendieron. Mateo la miraba, incrédulo.

«El amor y el matrimonio son solo una invención. Yo creo en la cópula libre», estaba seria. Los ojos fijos en Lucas.

«¡Nessa!», exclamó Lucas.

«¿Cúpula?», preguntó Damián. Nadie rio.

«Có-pu-la», remarcó Nessa, con un tono agresivo que jamás usaba con sus hermanos. Pero su violencia no iba dirigida a los niños.

«¡Silencio!», sentenció Lucas alzando la voz. Todos callaron.

«No te preocupes, papá. Es una frase que saqué de un libro de Vargas Llosa. Tú me lo regalaste para mi cumpleaños. Soy una chica instruida», lo miró desafiante.

El aire en la casa de los Quinlan se había vuelto pesado. Los niños correteaban y reían, pero no transmitían alegría.

Ya era tarde. Mateo se despidió, disgustado, y partió a su casa.

«Hasta mañana», dijo antes de cerrar la puerta. Carla inhaló hondo, se tranquilizó. Era tanto el malestar de Mateo que llegó a pensar que no iría con ellos. Carla se quedó. Nessa la había invitado a alojar.

Pasó la noche en casa de los Quinlan. Mía las acompañó hasta que fue su hora de dormir. Nessa le hacía cosquillas y jugaba con ella diciéndole:

«¿Quién eres tú?».

«Yo soy Mía».

«¡No! ¡Tú eres mía!», y ambas se reían a carcajadas.

Finalmente, ambas llevaron a Mía a la cama.

«Acuérdate, si necesitas algo tocas esta campanita y yo vengo a buscarte», Nessa señaló una pequeña campana que había sobre el velador.

«Sí. Buenas noches, Nessa. Buenas noches, Carla», le dio un beso a cada una, se giró y se durmió casi al instante.

Las chicas subieron al cuarto de Nessa. Carla no se atrevió a preguntar sobre lo que había ocurrido durante la cena.

Su amiga no daba señales de estar enojada, al contrario, se veía más conectada con el vacío, como si nada hubiese pasado.

La siguió en su tono. Hablaron con calma.

Nessa le mostró sus dibujos. Luego le enseñó dónde guardaba su diario de vida y sus secretos, debajo de una tabla del parqué que estaba suelta.

«Quiero que lo sepas por si alguna vez yo no estoy; te harás cargo de tomar todo eso y quemarlo», aseveró.

¿Por qué le decía eso? Le pareció que su amiga era un tanto dramática, pero asintió.

Carla alcanzó a vislumbrar algunas fotografías, un cuaderno, un par de libros.

Después, Nessa sacó unas blusas que ella misma se hacía y cosía a mano.

Había una bellísima, celeste como sus ojos.

Se fijó que Carla la miraba con admiración.

«Quédatela, Carla. Yo ya no la voy a usar».

«¡No puedo! Es tuya, tú misma la hiciste».

«Sí, pero crecí mucho y ya no me sienta como antes. A ti se te verá mucho mejor. Mira, pruébatela».

Nessa no se apegaba a nada. Era excesiva en su generosidad.

Carla se puso la blusa y se miró al espejo. Le quedaba perfecta. Nessa la miró satisfecha.

De pronto, Lucas abrió la puerta.

«Chicas, ya es hora de descansar. Hay que guardar energías para mañana. Que pases una buena noche, Carla», le guiñó un ojo. «Nessa, toma tus vitaminas».

Nessa no lo miró. Él apagó la luz, dejó la puerta semi abierta y se fue.

Los vientos arrachados golpeaban los árboles allá afuera, los doblegaban.

Hacían vibrar con estruendo las ventanas de la casa.

Soplaban con tal ímpetu que Carla llegó a pensar que Lucas iba a suspender la travesía.

Se durmió, cuando abrió los ojos Nessa seguía sumergida en su lectura.

Leía un libro que se veía gastado. Era Mathilda, de Mary Shelley. Carla no lo conocía.

Se levantaron al alba para preparar las cosas. El plan continuaba igual. Sería una expedición algo más larga que las anteriores. La gruta Tranquila estaba a dos horas caminando, con los niños y el viento podía prolongarse.

Carla aprovechó un momento en que Nessa fue a ver a Mía y tomó el libro que su amiga había estado leyendo. Lo abrió y alcanzó a leer una dedicatoria: «Para A, el amor de mi vida. Lucas». Reparó en que nunca había visto a Amanda interesarse por la lectura.

Mateo llegó temprano. Los chicos se deslizaron por el pasamanos de la escalera y corrieron a arremolinarse en torno a él. Óscar lo admiraba y lo seguía en todo. Damián se le acercaba mucho, quería tener su atención.

«¿Sabes por qué se llama gruta Tranquila, Mateo?», le preguntó Óscar, orgulloso de conocer esa información.

«No lo sé, ¿Por qué?».

«Porque cuando tú entras hay silencio, ya no se escucha el viento. Es como una burbuja de aire en el espacio. Eso explica mi papá», dijo con convicción.

El viento corría veloz todavía. Lucas les pidió a los mayores que cada uno se hiciera cargo de un menor. Óscar pidió ir con Mateo. Mía marcharía junto a Nessa. Carla con Damián. Le guiñó un ojo a Damián, que corrió a tomarla de la mano.

Antes de partir repasaron las indicaciones. No separarse del compañero de ruta y si una racha de aire los atrapaba desprevenidos, debían agacharse y esperar a que bajara la intensidad, así estarían protegidos. Amanda terminó de arropar a Mía.

«Mamá, el trayecto es largo. ¿No será mejor que Mía se quede en casa hoy?», Nessa escrutó a Amanda.

«Por ningún motivo», se apuró a decir Lucas. «Amanda tiene que descansar y Mía ya está suficientemente grande, ¿no es así?», puso su mano sobre el hombro de la pequeña, mirándola.

Salieron de la casa de los Quinlan cada uno con su cortaviento y su mochila con agua, almendras, avellanas y sándwiches. Lucas llevaba un termo con chocolate caliente y vasos desechables.

A lo largo del trayecto no pudieron conversar mucho, el zumbido del viento les impedía oírse con claridad.

De tanto en tanto Lucas los reunía. Eran alumnos atentos al guía y a sus respectivas responsabilidades.

Él les contaba de las piedras. Cómo se habían formado esas estructuras enormes después de una erupción volcánica milenaria.

El volcán Mayor estaba extinto. Pero su actividad había sido fundamental en la formación rocosa del sector y en el curso de las aguas que alimentaban la frondosa vegetación que los rodeaba.

Una piedra grande, muy distinta a las otras, llamó la atención de Carla.

Tenía varios colores y una textura irregular. Lucas la vio.

«¡Qué observadora, Carla! Esa es una roca errática. Es decir, es una composición rocosa que ha viajado por diferentes lugares a través de los deshielos milenarios. Su estructura da cuenta de la cantidad de minerales que ha arrastrado en su historia. Vino a dar aquí, pero no es de acá»,

lo miraron con admiración.

Carla pensó en sí misma como una roca errática.

Ascendían hacia la gruta, habían pasado la Quebrada de Los Vientos. Nessa estaba muy pendiente de Mía, le explicaba todo en un lenguaje infantil. De pronto, vieron pasar a un animal corriendo a toda velocidad. No alcanzaron a distinguir qué era.

«¡Un puma!», exclamó Damián arrastrando a Carla con su mano. Lucas se interpuso e hizo un gesto de detenerse y guardar silencio. Los niños lo miraron con ansiedad. Los hizo acercarse a él. Habló en voz baja.

«Hay que dejar a los animales. Algunos pueden sentirse amenazados y ser agresivos», pararon en seco.

«¿Agresivos?», preguntó Mía.

«Sí», le dijo Nessa, «se ponen un poco feroces». Mía la miró con sus ojos inmensos, asustados.

«No te preocupes, si no los molestamos no nos harán nada».

De pronto oyeron un siseo, miraron hacia la izquierda, era un gato salvaje que los observaba avanzar, en guardia.

Mía gritó asustada. Entonces vieron a Lucas precipitarse sobre el animal.

Este no alcanzó a reaccionar, Lucas lo tomó de la cola y lo sostuvo de las patas traseras.

Lo sacudió con fuerza y lo azotó contra el suelo muchas veces, mientras el gato aullaba.

Carla pensó que se detendría, pero con una potencia sobrehumana, frenética, fustigó al animal, ya no contra la tierra sino contra una roca.

Los seis jóvenes se quedaron congelados.

Oyeron su gruñido gutural. Nessa cubrió los ojos de Mía.

Entonces, Lucas dejó al gato en el suelo, tomó una piedra grande y lo golpeó en la cabeza hasta dejarlo inconsciente.