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Ellos se miraron perplejos. La observaron nadar como un delfín, asomarse y hundirse, mostrarse desnuda. Cuando se cansó dijo:
«¡Carla! Por favor trae tu chal. No quiero que Mateo me vea salir».
Ella pensó que Mateo ya había visto todo lo que se podía ver, pero tomó el chal y lo abrió para cubrirla, como una pantalla. Salió del agua, su cuerpo perfecto se acercó a ella, sin apuro. Carla tembló. La envolvió y la secó. Volvió a evidenciar su pudor y su desenfado. La paradoja hecha carne.
Pasaron el resto de la tarde jugando cartas y haciendo bromas. Nessa permaneció así, arropada con el chal, sin vestirse. Cada cierto rato se acomodaba y, al hacerlo, se asomaba parte de su cuerpo desnudo. Luego se cubría examinando las miradas de Carla y Mateo.
«¿Les conté que Mía aprendió a leer?», dijo saliéndose del contexto. «Pobrecita. Así se acaba la infancia. Demasiado rápido», y continuó revolviendo el mazo de cartas. A Carla le extrañó el comentario. Mía era su orgullo. Para Nessa era la más lista de todos.
Cuando sintieron llegar el auto de Amanda, la chica se levantó, se despidió y partió rápido en dirección a su casa.
«¡Mañana es el cumpleaños de Damián! ¡Los esperamos en la tarde!», gritó mientras se largaba a correr. Vieron sus prendas tiradas en el suelo, las había dejado como quien deja su piel. Carla tomó su ropa, la dobló y la puso en su mochila.
Todavía estaba emocionada por el encuentro con los ojos de Mateo. No lograba dar curso a todas las emociones que tanto él como Nessa habían precipitado.
Mateo y ella se fueron caminando en silencio. Carla tenía muchas cosas que contarle, pero su mirada la había cohibido. Le dio la impresión de que él también estaba afectado, pero no sabía si por el empalme de sus miradas o por la visión de Nessa, desnuda y desafiante, entre los dos.
Al día siguiente Carla fue la primera en llegar al cumpleaños número siete de Damián.
De pronto vio a Lucas sentado en su butaca, tenía un libro abierto sobre el regazo.
Sus ojos estaban húmedos como si hubiese llorado.
Nessa notó su sorpresa y le dijo: «Síndrome de Stendhal. Le ocurre con lo extremadamente bello», y rio con un gesto algo displicente.
Carla no entendió nada, pero sonrió. Observó lo que leía, era un texto llamado De profundis.
Al poco rato llegó Mateo y vieron a Damián bajar por la baranda, lleno de alegría. La atmósfera cambió.
Pasaron la tarde en torno a él, jugando, cantando las canciones que le gustaban, comieron la torta de chocolate que Amanda hizo y que era su favorita.
«¡Mamá, come tú también!», le dijo Damián a Amanda, «hay que alimentar a Virginia», sonrió.
«¿Virginia?», preguntó Carla, sin pensar.
«¡Sí! Así se llama nuestra hermanita nueva», dijo Damián con su cara manchada de chocolate.
Miró a Nessa, pero no reaccionó. Al caer la noche Lucas inauguró su tornamesa, puso un disco de Los Beatles y todos comenzaron a bailar.
Él y Amanda bailaban muy juntos, él la miraba a los ojos y le tarareaba la canción.
Tenía una mano en su espalda, con la otra le acariciaba el vientre que había crecido bastante.
Ella se veía radiante, aunque más taciturna que lo habitual.
Nessa bailó con Óscar, Carla bailó con Mateo. Nessa seguía sin decir nada de su relación. Carla pensaba que a él ya no le importaba.
Antes de que oscureciera fue el momento de los regalos.
Cada uno le entregó a Damián lo que le había traído.
Estaba dichoso. Cuando ya los había abierto todos Lucas quiso tomar la palabra pero, en un segundo, se fue la luz y hubo que encender las velas.
Los apagones eran comunes en Kuyen. Lucas se dirigió a Amanda.
«Ahora que estás embarazada vamos a traer un generador para no quedar siempre a oscuras. Te vas a sentir más protegida», le dijo con una sonrisa. Luego golpeó su copa con una cuchara para llamar nuestra atención.
«Hoy es un día muy especial, nació el menor de mis hijos varones y para celebrarlo tengo un pequeño recuerdo para cada uno de ustedes».
Fue inesperado. Partió por Amanda, un par de aros de oro.
Siguió con algo para cada uno. Hasta Mateo y Carla estuvieron incluidos en la repartición.
A ella le dio una pulsera de plata, a Mateo una linterna de explorador.
Luego le tocó a Nessa: «Para ti, Nessa», le dijo entregándole un libro.
Era Ana Karenina, de Tolstói. Carla lo conocía bien por la mujer de la portada, delgada como ella, arrojándose a la vía férrea mientras un tren se acerca a toda velocidad.
Su mamá tenía el mismo libro, esa imagen la estremecía, lo había dejado para más adelante.
«Gracias, papá», le dijo Nessa y fue a darle un beso.
Todos los demás la siguieron y lo abrazaron en grupo.
«Este último regalito es para mi niña, Mía», dijo y le acarició la mejilla a la pequeña.
Era la primera vez que le regalaba un libro.
Carla notó a Nessa ponerse rígida. Recordó sus palabras sobre el fin de la infancia. Lucas, en cambio, estaba contento.
«Este sábado iremos a explorar la gruta Tranquila. Vamos todos, Carla y Mateo también», dijo.
Los niños aplaudieron felices. Ellos intercambiaron una mirada, un poco fuera de lugar. Al rato se despidieron y partieron hacia sus casas.
Carla y Mateo salieron de casa de los Quinlan con la sensación de haberse sumergido en otra dimensión.
No había luna, estaba muy oscuro. Al comienzo caminaron en silencio.
Después de un rato ella le comentó a Mateo cuánto deseaba haber tenido una familia como la de Nessa. Mateo la observó durante unos segundos.
«¿Lo dices en serio? A mí algo me sigue preocupando», dijo al fin.
«¿Qué cosa?».
«¿A ti te parece que Nessa es feliz?». La verdad es que últimamente Carla ya no la veía tan alegre como cuando recién llegó.
Mateo continuó. «¿Qué piensas de Mía? Es una niña preciosa y muy inteligente. ¿Por qué crees que Amanda y Nessa se preocupan tanto por ella? No es igual que con los niños. A veces creo que está enferma y no lo quieren decir. Pero Lucas no la trata así. De hecho,
hoy es la primera vez que lo vi ser más cariñoso con ella», sintió que había hablado mucho, se calló y esperó.
«No lo sé», retomó después de unos minutos.
«No lo sé. Lucas me intimida un poco. Adoro a Óscar y a Damián, pero ¿no te parece extraño que siempre, sin excepción, estén tan alegres, riendo, jugando? Nessa me lo señaló el otro día. Me dijo que la agotaba un poco el exceso de vitalidad de sus hermanos».
«Pero ¿qué tiene eso de malo, Mateo?, son niños. A mí me causan una enorme ternura».
«A mí también, Carla, no me malinterpretes. Pero siento que su alegría es tan expansiva que no deja espacio para otras cosas».
«¿A qué cosas te refieres?», lo contempló intrigada. Sus análisis la situaban en un espacio de malestar. Él veía cosas que ella no había percibido.
«Olvídalo. Quizás estoy exagerando. Los quiero, pero me intranquiliza no entenderlos. Eso es todo», sonrió dando por zanjado el tema.
Ella se rio, algo nerviosa, y lo empujó con su hombro.
«Te has convertido en un paranoico», le dijo con cariño.
Él la empujó de vuelta despacito, riendo, pero ella tropezó y cayó sobre el suelo húmedo.
Él la ayudó a incorporarse. Quedaron frente a frente rodeados de esa penumbra que los aislaba del mundo.
Se acercaron, ella notó su aliento cerca de su boca.
Sus pupilas la miraban de un modo diferente.
Sintió que una enorme atracción los poseía. Pero él, rápido, se alejó.
Luego, por primera vez, Carla habló de sí misma.
«Querías saber por qué llegamos a Kuyen, Mateo. Bueno, creo que ya estoy lista para contarte», reparó en cómo cambiaba su foco y se prendía de sus palabras, casi no respiraba.
«Nos vinimos a este pueblo porque mi mamá murió. Mi padre no quiso seguir cerca de sus objetos, ni de nadie que se la recordara», sintió un nudo crecer entre el esófago y la lengua.
«Lo sé», dijo bajito.
«¿Lo sabes?», lo miró con sorpresa. Casi no lo veía, cubierto por esa penumbra.
«Antes de que llegaras al colegio, el profesor nos contó que tu madre había muerto. Nos pidió que fuéramos delicados, considerados contigo», respiró hondo.
Eso explicaba tanto. Era tan evidente y ella ni siquiera lo había sospechado. Comprendió el silencio a su alrededor. ¿Cómo puede un niño abordar el duelo de otro niño? Quizás el peor de los duelos. La dejaron ser, en su sigilo, en su retiro. Tomaron distancia. Ella estaba manchada de muerte.
«¿De qué murió tu mamá, Carla?», siguió hablando en un tono muy bajo, permitiéndole no oír si así lo decidía.
«De insomnio», contestó.
«¿Cómo de insomnio?», sabía que la miraba. La oscuridad parecía amplificar sus voces.
«No estamos hechos para no dormir. Los insomnios prolongados pueden ser muy crueles. Mi mamá no pudo más... decidió partir», fue la primera vez que lo dijo, salió como si se desgarrara un órgano de su cuerpo.
Él se detuvo, se acercó a ella. La abrazó como nunca nadie lo había hecho. La abrazó mucho rato, acarició su pelo, la meció en sus brazos. Carla se sintió, al fin, cobijada. De pronto le habló al oído.
«Te quiero, Carla. Lo sabes, ¿no? Ya no estás sola».
No quería desprenderse de él. Fue un abrazo tan grande, tan completo. Cupo en sus brazos en un calce perfecto. Aspiró el aroma de su cuello. Se sintió acunada por el universo. Pero como todo, se detuvo. La tomó de la mano y siguieron caminando hasta llegar a su casa.
Esa noche lloró, al fin lloró. No lo había hecho desde que vio los ojos vacíos de su madre. Sintió el mismo hielo visceral que cuando la muerte se le tornó real. Era un frío interior que la cortaba en dos.
Fue un verano más extenso y caluroso de lo habitual. Los días eran largos, el viento no se detenía. Se prepararon para la excursión del sábado siguiente al cumpleaños de Damián. Irían todos, menos Amanda. La noche anterior cenaron juntos los Quinlan, Mateo y Carla.
«¿Te consideras feminista, mamá?», preguntó esa noche Nessa a Amanda. Carla reparó en la mirada atenta de Lucas.
«Todo depende de lo que consideres feminismo, hija. Creo en la maternidad. Para mí es la condición más importante de ser mujer», Amanda les sonrió a los chicos mientras se levantaba para retirar los platos.