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Hasta que comenzaron a poseerme los insomnios.
Comprendí la experiencia de mi mamá, el desvelo persistente es como morar una enorme habitación sellada y vacía.
Una de esas noches en que no lograba conciliar el sueño miré hacia la puerta de mi dormitorio y vi a Lucas detenido bajo el dintel, me miraba con sus ojos transparentes, serio.
Se congeló mi sangre, mis pulmones se rigidizaron.
Aluciné esa noche, y luego otra y otra. Mi propia casa se incendiaba, yo asesinaba a un animal golpeándolo, ferozmente, con una roca, había manos infantiles que tiraban de mis ropas.
Mi precario mecanismo de existencia se desplomaba.
Se desataron las crisis de pánico y no me quedó más alternativa que pedir ayuda profesional.
Logré hablar de la muerte de mi madre, del horror que se llevó a los Quinlan, de Mateo.
Pude evocar algunas imágenes, incluso describir con precisión ciertas vivencias, pero era como repetir el pasaje conocido de una novela incompleta.
Sentía una gran extrañeza frente a mi propia distancia emocional.
Mi único recuerdo vivo era la muerte, solo podía sentir el instante de la devastación. Lo había perdido todo en el fuego.
Descubrí el peso de la conmoción y del silencio.
La sensación de estar inmóvil frente a un océano que se expande descontrolado, contemplar cómo crece una ola desmesurada que se eleva, te cubre, te traga, y te expulsa todo el tiempo.
La resaca lo arrastra todo. Habitaba una indolencia que inhibía la alarma o el asombro.
La violencia de lo ocurrido generó un estrés tan extremo que me disocié de mis emociones para poder vivir, para no morir.
Todo lo demás quedó velado por el callamiento.
La primera capa del silencio comienza en el olvido.
Y yo olvidé, pero sabiendo que había dejado de ver algo fundamental.
Sabía que muy adentro de la amnesia estaba yo misma pujando por salir.
Ese verano, ya con catorce años, ninguno de los tres salió del pueblo.
Sus compañeros habían partido con sus familias en busca de las playas, del sol y la gente.
Las calles de Kuyen estaban más deshabitadas que de costumbre y hacía mucho calor.
Lejos de los árboles el viento soplaba con tal fuerza que podía arrastrar a un niño.
El viento estival era aún más intenso que el del invierno.
Se decía que eran las temperaturas frías de las cumbres chocando contra el calor que subía desde los valles.
Kuyen, instalado entre dos cimas, se volvía un canal abierto, un pasadizo de aire caliente.
Solo los protegía la vegetación, anclada con firmeza a la tierra volcánica.
Era martes. El pueblo estaba vacío. Como todos los martes, Amanda estaba en Los Pangues con los tres chicos y se pasaría la mañana completa abasteciéndose para la semana.
Además, se acercaba Navidad, fiesta que se celebraba en grande en casa de los Quinlan, más aún con la novedad del embarazo.
Mateo y Carla se dirigieron a la laguna.
Habían quedado de encontrarse con Nessa allá.
Pasaron frente a su casa y la vieron conversando con Renato mientras él alimentaba a su caballo.
Estaban muy cerca, como si hablaran en secreto.
Ella no los miró hasta que la llamaron. Se fue con ellos, pero no dijo nada hasta que vieron a un pequeño pájaro que había caído de su nido, piaba apenas.
Parecía el polluelo de una loica. Nessa se detuvo, lo miró durante un instante, levantó su pie izquierdo y lo aplastó con su zapato hasta matarlo.
«Pobrecito, no iba a sobrevivir. Es mejor así», dijo compungida.
Tomó el cuerpo minúsculo, lo dejó bajo un árbol con delicadeza y lo cubrió con la hoja de una nalca.
Carla se sintió turbada. Era cierto, no sobreviviría.
En la laguna, Nessa, más callada que de costumbre, se instaló a leer apoyando la espalda en una roca lisa.
Desde que anunciaron la llegada de la nueva hermana, estaba incómoda.
Su habitual desenvoltura se había transformado en retiro y, al mismo tiempo, abierta provocación.
En momentos inesperados, Nessa percutaba un tiro certero.
De repente la oyeron leer un pasaje de su libro, El amante:
«La historia de mi vida no existe. Eso no existe. Nunca hay centro. Ni camino, ni línea. Hay vastos pasajes donde se insinúa que alguien hubo, no es cierto, no hubo nadie», y calló. Continuó leyendo en silencio.
Mateo estaba tendido, a la sombra, sobre una manta.
El calor distorsionaba la atmósfera, se sentían embotados.
Carla se tendió a su lado, boca abajo, sobre la misma manta y se durmió por unos segundos.
Al despertar se encontró con sus ojos, contemplándola.
Los ojos húmedos y ámbar de Mateo. Estaban frente a frente, tan cerca que ella podía sentir su aliento, tendidos e inmóviles; sus miradas se habían encontrado con el asombro de un descubrimiento.
Permanecieron mucho rato así, como en estado de ensoñación.
Fue muy largo, fue inquietante. Carla sintió que esos ojos la acariciaban con ternura.
Lo sintió rodear su cuerpo en un abrazo invisible.
De pronto oyeron un ruido de aguas quebradas. Se incorporaron. Nessa se había arrojado a la laguna y nadaba desnuda. Una vez más, rompió el encantamiento.
Les hizo señas desde adentro.
«¡Vengan! ¡El agua está deliciosa!».