Sangre negra 6 #2
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Se me hace difícil recuperar el hilo de los eventos. Intento reconstruir escenas para comprender. Un día se acabaron las excursiones. Fue abrupto. Dejamos de ser tropa. Fue la visita a la gruta Tranquila la última vez.

Me incorporo. Ya me siento bien. Espero que Dominga no me haga preguntas. Bajo al comedor, ella me trae el desayuno en una bandeja y se sienta a mi lado. Estoy tensa.

«¿Estás mejor?», indaga estudiándome con atención. La noto diferente.

«Ya estoy bien. Lo de ayer fue solo una baja brusca de presión. Te agradezco mucho todo lo que hiciste por mí», apuro mi café.

«¿Qué haces aquí, Carla?», lanza como un misil. «Nadie se queda aquí más que unos días. Quizás los montañistas, pero tú no lo eres», sigue adherida a mis ojos.

«Soy escritora. Estoy trabajando una novela. Quiero que este sea el entorno, por eso me ves caminar tanto. Ha sido fascinante investigar los alrededores de Kuyen», miento con descaro. Es evidente que no me cree.

«¿Y de qué se trata tu novela?», insiste.

«Es una especie de autobiografía, pero con muchos elementos de ficción», sonrío mientras me incorporo y me preparo para salir.

«Eres muy joven para escribir algo así. ¿Cuánta historia has vivido en realidad?»

, no espera a que le conteste. También se levanta de la mesa y retira los platos del desayuno.

Mi corazón corre desaforado. Dominga cruzó el umbral que nos separaba.

No podré seguir ocultándome por mucho tiempo.

Quizás sea el momento de partir, pero no, no puedo irme todavía.

«Ciérrate, Carla», mi propia voz me habla al oído.

Salgo. Me dirijo a la Quebrada de Los Vientos.

No sé todavía por qué, pero me llama como si fuera un punto neurálgico del pasado.

Es el canto de una sirena. En el camino pienso en las palabras de Dominga: «¿Cuánta historia has vivido en realidad?»

. A mis treinta y cuatro años siento que ya lo he vivido todo.

A pesar de verme joven, no lo soy. A los catorce años envejecí de un solo golpe.

En el momento en que la vida se volvió irreversible.

Se terminaba la primavera. Las tardes eran apenas un poco más cálidas, al estilo de Kuyen. Las mañanas eran luminosas, aunque todavía muy frías.

Un viernes Nessa no llegó a clases. Carla pensó que sería una de esas escapadas repentinas.

Pero era viernes, no martes. Temió que estuviera transitando un vacío, ese escenario la alarmaba más que ningún otro.

Más incluso que sentir que alguna parte de Nessa deseaba herirla.

Dejó en pausa el malestar de ese beso. Mateo había tomado distancia de ambas.

Se dirigió a la casa de piedra. Ya se había habituado a tocar la campana, pero dudó si hacerlo o no. No quería exponerla. Entró sin tirar de la cuerda.

Al llegar a la puerta oyó las voces de la familia, el rumor cálido de los niños y la voz de Lucas entre ellos. Distinguió también la de Nessa. Todo estaba en orden. Golpeó la aldaba. Ella abrió.

«¡Carla! ¡Qué linda sorpresa! Pasa», tiró con fuerza la hoja de roble para dejarla entrar.

Fueron saludándola de a uno los chicos. Damián y Óscar corrieron a abrazarla y luego continuaron con sus juegos.

Mía se acercó a darle un beso en la mejilla y se quedó junto a ella.

Últimamente la chiquita ya confiaba en ella.

Se acercaba con naturalidad y cariño. A Nessa le gustaba pasar tiempo con Carla y con Mía.

«¿Te preocupaste porque no fui a clases, bonita?», le preguntó con ternura.

«Sí», respondió. «Pensé que estabas enferma y vine a ver si necesitabas algo».

«Yo estoy bien. Fuimos todos a Los Pangues porque mi mamá tenía que ir al centro médico. Mi papá la acompañó y yo me quedé con los niños en el Café del Mañío. Esperamos a que salieran. Pero fue largo», le sonrió.

«¿Y Amanda está bien?», se animó a preguntar. Se dio cuenta de que la había notado más pálida que de costumbre.

«Sí. Le fue bien. Al parecer fue un cuadro de vértigo. Pero ya se siente mejor», se instalaron en la mesa de la cocina. Olía a naranjas dulces. Mía seguía pegada a ellas. Los niños armaban un rompecabezas en la sala.

De pronto Lucas y Amanda llamaron a sus hijos, bajaban las escaleras desde su habitación.

«Chicos, reunión familiar aquí, vengan», dijo Lucas con su vozarrón. Todos se juntaron en la sala. Carla los saludó y tomó su chaqueta. Ya era tiempo de irse. Lucas la detuvo. Puso su mano grande sobre su hombro.

«Quédate, Carla. Vamos, siéntate con nosotros un rato», la miró con firmeza. Obedeció y se sentó en un sillón junto a Nessa, algo incómoda.

Lucas y Amanda permanecieron de pie. Amanda sonreía, reparó en aquello que tanto le gustaba de ella: esa sonrisa poco frecuente la iluminaba. Lucas aclaró la garganta.

«Tenemos una linda sorpresa para ustedes: Amanda está embarazada», dijo con alegría, mirándolos uno a uno, estudiándolos.

«¡Vamos a tener un hermanito!», gritó Damián mientras corría a abrazar a su mamá. Óscar lo siguió, Mía se acercó a tomarle la mano.

«¡Felicitaciones, Amanda!», le dijo Carla, con cariño. Era mágico estar allí en ese momento. Estaban todos tan extasiados que se demoró en ver que Nessa se había quedado en silencio, con una semi sonrisa rígida, sombría.

Amanda habló.

«Mis niños. Quiero que sepan que estamos felices, su papá y yo. Siempre quisimos tener una familia grande. Y nuestro sueño se ha ido cumpliendo», ella y Lucas se miraban satisfechos.

«En verdad no es un hermanito, es una hermanita», dijo Lucas, radiante.

Carla percibió cómo Nessa se hundía en el sillón.

«¿Están contentos?». Los niños hablaron todos al unísono, aplaudían, se reían, los abrazaban. Estaban felices.

«Bueno», siguió, «vamos a tener que cuidar mucho a la mamá y debemos pensar en un nombre especial para nuestra bebé».

«Ya sé», dijo Óscar, «se puede llamar Ángela, porque es como un ángel que llega a Kuyen».

«¡O Golondrina!», interrumpió Damián, «ayer vi a la primera golondrina del verano», todos se rieron de su ocurrencia.

«¡Damián! Quizás viste un murciélago, aquí no hay golondrinas», le dijo Óscar revolviéndole el pelo. El pequeño protestó. Carla observó a Nessa, permanecía callada.

«¿Y qué les parece Aine?», dijo, de pronto, y se produjo un silencio de hielo.

Miró a Amanda. Sus ojos y su sonrisa se apagaron en un segundo.

Los niños seguían debatiendo un nombre. Lucas, en cambio, fulminó a Nessa con la mirada.

Ella sostuvo sus pupilas en las de él, fijas.

La tensión entre los dos creció como una larga descarga eléctrica.

Los ojos de Lucas parecían incendiarse de furia.

Nessa lo desafiaba, era un animal al acecho.

Carla notó cómo se hinchaban las venas del cuello de Lucas.

Se asustó. Nunca había visto en él esa mirada.

Lucas era hasta entonces lo invulnerable, lo inderrotable.

«Bueno, es tarde», dijo al fin, con el ceño fruncido, sin dejar de observar a Nessa. «Hora de dormir. Mañana celebraremos y decidimos el nombre».

Carla entendió el mensaje y se levantó rápido para salir. Nessa y Mía la acompañaron a la puerta, Nessa se despidió, estaba algo ausente. Mía se le acercó y tiró de su manga, ella se agachó para darle un beso de despedida. Se sorprendió cuando le dijo al oído:

«Carla, ¿quién es Aine?», la notó intranquila.

«No lo sé, preciosa», le dijo y salió. Es probable que ambas sintieran el mismo desasosiego.

Fue la primera vez que nadie la acompañó hasta su casa. Partió con la sensación de que un pájaro enorme, oscuro, había atravesado el cielo de los Quinlan, rompiéndolo. El sol ya se había puesto y hacía un frío de nieve.

Algo inmenso se fracturó en mi memoria después de la tragedia. Mi padre y yo nos fuimos lejos, de inmediato, exiliados otra vez. Volvimos a Santiago y, ya adulta, me fui a vivir frente al mar. Sin lengas, ni coihues, ni montañas que cambian su carácter cada día. El mar es otra cosa.

Tengo borrados los primeros años después de la catástrofe.

La muerte de mi mamá enterró mi infancia.

La desgracia de los Quinlan arrasó con mi juventud.

Viví mi vida como si hubiese sido otra, mi cuerpo buscaba, a ciegas, el núcleo de lo extraviado, pero era una pulsión exclusivamente corporal, yo carecía de voluntad.

Era una empresa perdida. Movimiento y parálisis.

Solo atisbaba pedazos de vida desvinculados entre sí.

Eran láminas desmembradas, incoherentes, flotando en el océano.

Terminé mi educación en casa, nunca volví a la escuela.

La soledad se me hacía vital. Comencé mis estudios universitarios levantando a un personaje para sobrevivir.

Todo transcurrió en sordina, desde lejos.