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«A mi abuela materna la detuvieron una mañana, cuando llevaba a sus hijos al colegio. Un auto negro les cortó el camino y se la llevaron. Al comienzo la familia creyó que la habían llevado a un campo de detención, pero a pesar de buscarla incansablemente, no la encontraron.
Solo diez años después el mayor de sus hijos supo la verdad», aclaró su garganta antes de continuar.
«La ejecutaron, Carla, la hicieron desaparecer. También recibieron otra información: quién había dado la orden...»
, siguió ya sin mirarla, como presa de la vergüenza y, a la vez, ansioso por hablar.
Daba la impresión de esperar a que ella terminara de decir lo que él ya no podía.
«...Anselmo, ¿tu abuelo?», dedujo Carla con la voz entrecortada, sintió una corriente de aire helado subir por su columna. Él asintió. «Entonces ¿tus padres traicionaron a sus familias enamorándose, Mateo?, ¡¿eso es lo que me quieres decir?!», largó sin medirse.
«Ellos no lo sabían cuando se conocieron», logró fijar sus pupilas en las de ella. Carla contuvo su horror, suavizó sus palabras.
«Lo siento tanto...», murmuró en busca de algún consuelo imposible.
«Quizás ellos sean el primer paso hacia una reconciliación. Quizás haya que dejar que el tiempo pase», percibió la tristeza de su amigo.
Supo de inmediato que había mucho, muchísimo más detrás de sus palabras.
Esa conversación había logrado separarla del beso.
«Sé que eres muy leal con Nessa,», dijo Mateo, regresando a su inquietud inicial. «Nunca dices nada que la pueda exponer. Lo valoro, pero también me asusta». Sus palabras la removieron y volvió a ver el episodio de la tarde.
Era hora de despedirse.
Ya estaban cerca de su casa. Como siempre, no quiso que él llegara hasta la entrada. Antes de separarse, Mateo le preguntó:
«¿Y tú?, ¿me contarás algún día por qué ustedes están aquí?».
Ella dejó pasar un instante, lo miró y movió sus labios diciendo, sin voz, sí.
«Gracias, Mateo. Gracias por confiar en mí», le dio un beso en la mejilla y partió. Antes de entrar en su casa lo oyó decir:
«No le des importancia a ese beso, bórralo. Mañana ya no existirá en la memoria de Nessa». Susurró un «sí», sintiéndose abrazada por su tibieza. Mateo había arrojado esa botella para protegerla, no de Rodrigo, sino de Nessa.
Enciendo la luz del velador. Ya no podré dormir.
El recuerdo de la escena del beso vuelve a perturbarme, los años no aplacan la emoción que me produce.
Fue la primera vez que advertí que Nessa deseaba herirme.
De pronto fui el blanco de una crueldad que me costaba comprender.
Hubo otros eventos desconcertantes, sin duda, pero esa tarde comenzó a abrirse una grieta entre nosotras.
Sentí rabia, vértigo, deseo. Me preguntaba por qué lo había hecho, qué quería en verdad.
Al comienzo la fisura fue sutil, casi invisible.
Sin embargo, ya estaba en movimiento; era una serpiente de aire transitando bajo tierra.
Tomo mi carpeta. Necesito comprender el pasado, la intención agria que se desbordaba entre nosotros.
Necesito, al mismo tiempo, acariciarlo. Quiero abrazarlo hasta fundirme en él.
Doy con otras fotografías. Hay una que reconozco como si la estuviera viviendo en este instante.
Estamos todos, menos Mía, posamos frente a un helecho que estaba a un costado de la casa.
Lucas tomó el retrato antes de una de las últimas excursiones que hicimos.
Todos nos vemos contentos, a Amanda ya se le nota la panza más redonda. A veces éramos felices.
Luego aparece una imagen de Renato.
Mateo:
Vi una portada del semanario de Los Pangues enmarcada y colgada en una pared del hostal. Hablaba de la tragedia. Leí la noticia y mi cuerpo colapsó. Perdí la conciencia.
Aún hay cosas que me producen un enorme bloqueo.
Es un cortocircuito en mi red neuronal. No alcanzo a ver lo que está frente a mí, mi propio cuerpo se desconecta violentamente.
No logro resignarme a sus muertes. No puedo con el olor a fuego, con los aullidos.
¿Qué ocurrió? ¿Qué hice? Me revuelco en mí misma y solo encuentro penumbra.
El incendio me quemó por dentro, estoy llena de cenizas.
De repente la familia comenzó a mutar. Los eventos que se iban desencadenando cada vez más veloces nos inquietaban, pero no tenían nombre y eso los diluía en ese limbo en el que no existen las palabras.
Descubrimos cómo Nessa se precipitaba hacia otro ángulo.
Las oscilaciones entre la euforia, la ira y el silencio se hicieron más frecuentes y tanto tú como yo nos congelábamos frente a su caos.
Cuando me recuperé del impacto de ver la noticia impresa, tomé mi carpeta.
Solo a ti puedo confesarte cuánto me cuesta abrir esos recuerdos.
Entre las fotografías di con una imagen de Renato.
Desvié mi atención hacia él. Cuando cambio el foco así, rápido, siento un enorme alivio de desprenderme de lo anterior. Hasta que vuelvo a anegarme.
Está montado en su caballo, con su expresión severa, mirando al horizonte.
Damián y Mía están más atrás, observándolo con admiración.
Es una foto que Nessa le tomó, escondida, ese verano, cuando Amanda hizo construir el invernadero.
Lucas lo había contratado para levantar la obra gruesa.
Todos los demás colaboramos en su habilitación.
Me acordé de haber ido con Nessa al cuarto oscuro, un martes, en secreto, para revelar las imágenes que ella había tomado.
Las llamaba sus «disparos». A medida que las láminas aparecían bajo el líquido me di cuenta de que casi todas eran fotos de Renato, y que las había capturado sin que él lo supiera.
Aparecía su rostro adusto, la quijada apretada, la espalda ancha, las piernas robustas, los pies calzados con sus botas de montar y las espuelas.
Nessa me las entregó, no quería dejar rastro de que había estado en el cuarto vedado por Lucas. Yo las conservé para ella.
Estaba prohibido bajar al sótano. Allí se encontraba el armario en el que él almacenaba medicamentos de la farmacia, un estante con sus libros personales y la habitación negra con la ampolleta roja.
Renato era un misterio para nosotros. Su relación con Nessa nos intrigaba, y ella no explicaba nada.
Esa complicidad no entraba en nuestro paisaje.
A mí él me intimidaba. Me parecía un volcán a punto de explotar.
Nunca nos atrevimos a preguntar. ¿Qué nos hacía callar así?
A veces pienso que callábamos porque las palabras terminan siendo acciones, y cualquier acción podía desatar un acontecimiento peligroso.
Quizás fue nuestra manera de equilibrar la balanza hacia lo que creíamos un centro, un contrapeso.
Estábamos atrapados en una jungla de lianas que nos retenía en las tinieblas. Seducidos por su ternura, nos rendíamos y volvíamos a callar.
Carla
Cada vez que Lucas proponía una excursión todo era una fiesta.
Los niños preparaban sus ropas, llenaban sus mochilas con los implementos necesarios.
Amanda hacía sándwiches para todos y los despedía desde la puerta de la casa, prometiendo esperarlos con una rica cena.
El ambiente se encendía. Fue gracias a esas travesías que Carla aprendió a amar las montañas, conoció su pulso, su enormidad, la protección que le brindaban. Se fascinó con Kuyen y lo hizo suyo.
Lucas era el mejor guía que podía haber. Con él todos se sentían resguardados al cruzar un canal, adentrarse en un bosque o escalar las rocas más altas. Nada podía ocurrirles. Estaban a salvo.
«Niños, miren bien, este tronco fue de un árbol que vivió noventa años».
«¿Cómo lo sabes, papá?», Óscar era quien más preguntaba.
«Solo hay que contar sus anillos. Les voy a enseñar», y acaparaba toda la atención.
Carla admiraba su energía y motivación. Los niños lo buscaban todo el tiempo.
Y él siempre contestaba a sus preguntas, los subía sobre sus hombros, les enseñaba el mundo.
Durante mucho tiempo Carla deseó haber tenido un padre como él.
Transitaban por las inclemencias del clima y las dificultades del terreno, pero a él nada se le oponía.
Jamás se daba por vencido. Les enseñaba botánica, geografía, literatura.
Era enorme como las montañas. A pesar de la exaltación que la envolvía en esos días mágicos, Carla se preguntó muchas veces por qué Lucas la incorporaba siempre en todo, como si la hubiese adoptado.
Ella circulaba entre los Quinlan como una más del clan.
Luego se sacudía de sus conjeturas. «Son generosos», se decía. «De verdad me quieren».
Juntos llegaron hasta la punta de la Roca Madre, conocieron el final del río Pedregoso, donde se arroja al vacío y cae en el río Turbio.
Fueron hasta los alerzales prohibidos, abrieron sus propios senderos, rodearon la laguna Santa, caminando y hundiéndose entre los juncos.
Lucas despejaba los caminos con su machete, limpiándolos de la maleza que les impedía avanzar.
Mateo se sumaba a esas tareas. Nessa también se sumergía en la aventura, lo tomaba todo con mucha seriedad.
Era la primera en entrar en las grutas que encontraban en el camino, o en pisar las piedras hundidas en el agua para transitar con cuidado.
Lo hacía con habilidad, tanteando la seguridad de la geografía.
Solo había un asunto que podía ensombrecer la experiencia: Mía.
Cuando la pequeña se hacía parte del grupo, Nessa se perdía.
Esas salidas se transformaban en un evento grave para ella.
Antes de partir Amanda le decía: «Nessa, tú te encargas de Mía, por favor».
Y se volcaba en su tarea, sumergiéndose hasta el punto de estar ausente de todo lo demás.
Carla y Mateo no lograban descifrar esa extraña atadura.
Mía era muy diferente a los demás. Sus grandes ojos negros y su tez morena contrastaban con la de sus padres y hermanos.
Era tan bajita que parecía aún menor de lo que era.
Era tímida, escondía sus palabras como si tuviera que protegerse de algo.
Nessa la cuidaba como si fuera su propia criatura.
Carla se preguntaba por qué la obsesión de rodearla para que nada la tocara.
En esas oportunidades la atención de Carla se dividía en dos: la fascinación por el entorno y la inquietud de ver a Nessa, su enérgica y libre amiga, recluida en sí, albergando a su hermana como si estuviera en un riesgo inminente.